La maldición del dragón 28
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–D ime. —No hay duda en su voz.

—Tienes que meterte en el conducto.

Echa un vistazo al agujero.

—Por la Piedad, ¿por qué vamos a entrar ahí? —Sube tanto las cejas que casi le llegan al nacimiento del pelo.

—¿Qué ha sido de eso de que ibas a hacer todo lo que te dijera? —Pongo los brazos en jarra—. O piensas que puedo sacarnos de aquí o no.

—Vale, es cierto. —Muestra una sonrisita ante mi entusiasmo.

Me muevo y agarro un pegote de sangre de dragón, y el chapoteo leve del fango me da náuseas. La carne en descomposición ya se está chamuscando en presencia del azote. No hay tiempo para pararse a pensar en lo que esto significa.

Lucan está a mi lado.

—¿Estás segura de esto? —Se atraganta, apenas le salen las palabras.

—Para nada. —Todavía agachada, me dibujo un símbolo en el delantal con tripas de dragón sobre el esternón; un círculo con un cuadrado y una línea vertical.

Lucan me mira con recelo y me pregunto si sabe lo que hace este sello.

Tiene que haber estado en el autómata del dragón amarillo también—. Voy a necesitar que me cures.

Imagino que esto va a doler… mucho.

—Está bien. —Se aparta el cuello de la camisa a un lado y veo el borde conocido del sello marcado en su piel. Necesito un poco de lo que sea que ha usado para hacer eso —. Estoy listo.

Me ajusto la camisa para cubrirme la mitad inferior de la cara, estiro la mano enguantada para tomar más tripas de dragón y después me pongo de pie. Los pulmones me queman al instante y los ojos me lloran a medida que el azote espesa el aire sobre nosotros. Pero me mantengo concentrada.

Con sangre y tripas, dibujo un cuadrado alrededor de la abertura del conducto; me cuesta llegar a la parte de arriba.

—Tus intereses artísticos dejan algo que desear. —Tose después de hacerme el comentario. El azote le está afectando también.

Lo ignoro y me dibujo un cuadrado en el torso, y después una línea carmesí desde una de las muñecas al pie opuesto, la cual corta el cuadrado en dos triángulos.

Me trago la bilis que sube por la garganta.

Después hago otra desde la otra mano al otro pie.

Espero de verdad que, después de esto, me den ropa nueva…

—Vale. —Jadeo y toso—. Métete dentro.

—Isola… —Mi nombre suena desesperado en sus labios. Me pregunto si ha averiguado lo que voy a hacer.

—No te me pongas sentimental. No hay tiempo.

Trepa dentro y me extiende la mano, con la que me ayudo a subir a la abertura.

Gruñe y se mueve hacia atrás para dejarme espacio, hasta que los dos estamos dentro del conducto por completo.

El azote es tan denso aquí arriba que me lloran los ojos y parpadeo varias veces, desesperada por encontrar las líneas que pinté en el borde.

Siento tanto alivio cuando las veo que casi lloro. Las toco con las puntas de los dedos cuando me agarro firmemente a las dos esquinas superiores. Extiendo una pierna hacia delante, presiono el pie derecho en la esquina inferior derecha y la presión me mantiene encajada.

Respiro hondo, tratando de bajar las pulsaciones. Levanto la vista hasta Lucan.

—¿Preparado?

—Casi me da miedo decirlo, pero sí. —Tiene los ojos llenos de preocupación.

No hay tiempo que perder. No hay tiempo para dudar o para seguirme preparando mentalmente para lo que se viene. Muevo el pie izquierdo hacia la esquina izquierda. Las líneas que tengo dibujadas por el cuerpo conectan con el símbolo que dibujé alrededor del exterior, formando un sello protector.

Hay una intensa oleada de Luz de Éter en el momento en que las líneas confluyen. El cuerpo me brilla con una bruma dorada que parpadea débil contra el denso azote carmesí.

—¡Isola! No puedes convertirte en un sello humano, eso es…

—Nuestra mejor oportunidad —le contesto con un gruñido entre respiraciones, fulminándolo con la mirada.

Estamos tan cerca dentro de este conducto diminuto.

Lo suficiente como para poder notar su respiración aterrada—.

El sello protector nos mantendrá a salvo aquí dentro, evitará que entre más azote.

El otro extrae Luz de Éter de la Pila. Voy a usarlo para equilibrar el Éter de la sala, para restaurar el balance entre Luz y Sombra y, con suerte, eliminar el azote.

—Deberías haberme dejado hacer esto. —Eleva el brazo. Me roza la mejilla con las yemas de los dedos, cálidas y endurecidas.

—Es demasiado tarde para eso. —Le lanzo una sonrisa salvaje. Creo que es una expresión que Saipha adoptaría; mucho más valiente de cómo me siento.

—El azote se come la Luz de Éter, ¿no? ¿No va a atraerlo más rápido hacia ti?

—El azote es un producto del desequilibrio.

Ese es el secreto, Lucan. Demasiada Sombra de Éter es mala, al igual que lo es demasiada Luz de Éter, solo que el Credo no quiere admitir esa parte —le confieso en voz baja, como si alguien estuviese escuchando tras la puerta—.

Pero si las vuelves a poner en equilibrio, obtienes armonía.

Obtienes Éter, solo Éter , como debe ser.

Apuesto a que puedo extraer la suficiente Luz de Éter como para neutralizar lo que hay en la sala.

Todavía tiene las yemas de los dedos en mi mandíbula.

—Pero ¿será suficiente sin llegar a matarte?

—Me la estoy jugando a que soy lo bastante fuerte. —Las palabras son poco más que un susurro.

Cuando era una niña pequeña, nunca soñaba con ir a los muros. Nunca quería jugar a ser la heroína. Quería ser investigadora, como mamá. Quería salvar el mundo, pero no con actos valientes. Con una pluma y un diario lleno de papel vitela y un taller.

No importa si soy Valor Reencarnado o no. Mientras siga respirando, voy a hacer lo que haga falta para defender mi hogar.

—Entonces, yo apuesto por ti también. —Me quita la mano de la cara y, antes de poder preguntar a qué se refiere, un resplandor neblinoso de color amarillo se mezcla con la luz que irradia mi cuerpo. El resplandor lo perfila, rellena los huecos y le dora el rostro.

Sus ojos están fijos en los míos. Respiramos a la vez, perfectamente sincronizados. Baja la mano hasta mi cintura y el resplandor nos envuelve a los dos. Sigo sin saber si él lo ve o no. Pero algo en su mirada me asegura que sí. Como si fuera nuestro secreto. Preciado, peligroso y prohibido.

Me estabilizo y extraigo Luz a través del primer sello que me dibujé en el cuerpo: el que saca la Luz de Éter de la Pila.

La avalancha es tan abrumadora que se me sube directa a la cabeza y hace que todo me dé vueltas. Que me sienta ingrávida. Como si fuéramos las dos únicas personas en el mundo.

A pesar de que me cuesta respirar y que siento como si un millar de manos estuviesen desgarrándome, arañándome bajo la piel, buscando sujeción. A pesar de que las heridas recién curadas de la espalda me dan punzadas, solo estamos nosotros dos.

Me mantengo centrada en la Luz de Éter que fluye a nuestro alrededor, entre nosotros, dentro de nosotros .

La barrera que he creado con la Luz de Éter y mi cuerpo junto con el sello protector es suficiente para evitar que nos siga atacando el azote.

Gracias al torrente de Luz de Éter que he extraído de la Pila, los rasguños de la espalda se me alivian y el azote de la habitación comienza a disminuir.

Sin embargo, a medida que se alargan los segundos, empiezo a notarme la piel demasiado tirante. La cicatriz me arde. El corazón se me acelera y me da una sacudida.

Ignorar.

Ignorar. Ignorar.

Respiro con dificultad y siento que me vengo abajo, pero hago presión en la abertura de piedra con los dedos para mantenerme recta. Aún no . Aún no he acabado. Él no está a salvo.

—¿Estás bien? —Lucan me sujeta más fuerte.

—Estoy bien. Escuece un poco, pero no mucho.

—Mientes muy mal.

—Vale, el dolor es insoportable. —Se me nubla la vista y los pensamientos se me revuelven.

—Aguanta conmigo, Isola —me susurra, y me hace recobrar el conocimiento—. Estás a salvo conmigo.

Esos ojos color avellana, iluminados por motas doradas, me absorben. Si no fuera por la posición ridículamente peligrosa en la que estamos, le creería.

—Lucan, ¿de verdad estás de mi lado? —le susurro.

—Siempre. —No hay duda. No hay cambios en su tono.

No quiero creerle…, pero lo hago.

—¿Porque te lo dijo el vicario?

—Porque quiero estarlo.

Mi última barrera se hace añicos. Quiero desplomarme en él y rendirme por completo. Trato de formar palabras, pero no me sale nada.

El dolor atroz del azote en mi espalda disminuye por fin. Me tiemblan los dedos antes de fallarme cuando creo que ya es lo suficientemente seguro; espero tener razón. Espero que él me agarre si acabo soltándome.

El pie se me resbala en la abertura y caigo hacia atrás, casi sin conocimiento. Lucan salta hacia adelante. Aprieta las manos alrededor de mi cintura y aguanta mi peso. Se desploma conmigo. Giramos en el aire mientras caemos.

Intento rodearle el cuello con los brazos y me preparo.

Después todo se vuelve negro.