27
V uelvo corriendo hacia Lucan a la vez que él intenta formular otra pregunta. Le agarro la muñeca y cargo en dirección a la puerta. Estoy a punto de gritar para pedir ayuda cuando se quita un guante deprisa y me tapa la boca abierta con la mano desnuda.
Lo suelto, me giro y lo fulmino con la mirada.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—¿Y si es parte del desafío?
—¿Te has vuelto loco? No nos expondrían al azote solo para ver si estamos malditos.
Una sombra le cruza los ojos cuando baja la barbilla, y la severidad se apodera de su mirada. Niego con la cabeza.
—No —susurro—. No… No puede ser.
—Sabes de lo que es capaz el vicario. Despiezar un dragón para que quepa en el conducto debería haber impedido que haya azote.
—Lucan habla con tal autoridad que solo puedo pensar que sabe algo que yo no—.
Y si pedimos ayuda, estoy seguro de que lo usarían en nuestra contra y sostendrían que somos demasiado sensibles a la Sombra de Éter.
—¡Todo el mundo es «demasiado sensible» a la muerte literal! ¿Qué dragones se supone que tenemos que hacer? —Pese a que no estoy gritando para pedir ayuda, no puedo evitar subir la voz—. ¿Morir?
—Incluso si no es una prueba, sabes que no van a abrir la puerta. No se van a arriesgar a que salga el azote.
La decepción y la desesperación me aflojan todas las articulaciones del cuerpo y casi me desplomo.
Nos dejarán morir aquí dentro si piensan que abrir la puerta dejaría que el azote se extienda más.
Levanto la vista para mirarlo y me pregunto si el suyo va a ser el último rostro que vea.
¿Esto es todo? ¿Voy a pasar mis últimos momentos en una sala llena de podredumbre y enfermedad, mirando a un tío del que ni siquiera estoy segura de si me gusta ?
Se quita el otro guante y me agarra de los hombros con firmeza.
—Descifraste el funcionamiento de los autómatas, puedes descifrar esto. La muerte no está lista para recibirnos todavía. Vas a sacarnos de aquí, Isola, y voy a ayudar haciendo todo lo que me digas que haga.
—Yo no…
—Isola Thaz. Tú vas a sacarnos de aquí. —Hay algo familiar en la forma en que dice mi nombre que me hace darme cuenta de cómo me ha llamado siempre. Isola. No Valor Reencarnado. Para él, siempre he sido Isola.
Me está ordenando que nos salve. No como la favorita bien entrenada del vicario. No como Valor Reencarnado y los poderes legendarios que pueda o no poseer. Como Isola. La chica que ha sido entrenada, no solo por el Credo, sino por su madre. Su padre. Como alguien que puede .
Maldita sea . ¿Por qué funciona eso conmigo? ¿Por qué estoy buscando de pronto una salida a una situación desesperada porque me ha dicho que va a depositar toda su confianza en mí?
Bajo la voz y le hablo deprisa.
—Tenemos diez minutos, quizás , antes de que la bruma del azote reemplace el aire de la habitación.
Antes de que eso pase, empezarán a quemarnos los pulmones.
La piel nos picará y se despellejará. Nos volveremos locos cuando empecemos a pudrirnos desde dentro hasta que no seamos nada más que cáscaras descerebradas que se mueven antes de consumirnos por completo.
— Y todo eso dando por hecho que ninguno está maldito ; no lo digo en voz alta, porque considero que es innecesario e inútil.
—Un gran resumen de una muerte horrible. Y ahora, ¿cómo lo paramos?
—Pues, si supiera cómo hacerlo, nuestro mundo estaría a salvo.
—No hay mejor momento que el presente para averiguar cómo salvar el mundo —bromea con demasiada facilidad para estar enfrentándose a una muerte casi segura.
Le lanzo una mirada asesina. Se limita a sonreír como diciendo «sigue». Y… sigo. Observo la habitación, no con los ojos del Credo, sino con el entendimiento del azote como siempre me enseñó mi madre.
Para las masas, el azote es una enfermedad infecciosa, una plaga sobre la tierra misma. Y no es que sea del todo falso …, pero tampoco es del todo cierto.
Piensa en el azote como si fuera la consecuencia de un vacío , diría mi madre.
Los sitios en los que la Luz de Éter se ha extraído por completo pueden crear un desequilibrio hacia la Sombra de Éter.
Así se forma el azote. Es, en cierto modo, una especie de descomposición.
Se manifiesta allá donde está la muerte, donde la vida se ha ido.
Una vez que la balanza de nuestro mundo dejó de estar equilibrada, fue imposible restaurarla.
Y por eso prolifera el azote. Sigue alimentándose de la vida hasta que no queda nada. La cual, ahora mismo, somos Lucan y yo.
Así que tengo que hacer tres cosas:
Restaurar el equilibro de la habitación por arte de magia.
Protegernos a Lucan y a mí mientras lo hago.
No. Morir.
Busco frenética entre todo lo que sé, todo lo que he aprendido de mamá y de padre y, por mucho que odie admitirlo, del vicario. Y, cuando miro los ojos esperanzados de Lucan, me golpea como el sol penetrando las nubes.
—Creo que sé cómo vamos a sobrevivir a esto, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga.