La maldición del dragón 26
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C olgados de la pared que tengo delante, hay todo tipo de sierras, gruesas agujas de metal, cinceles, martillos y alicates.

Los cadáveres de dragón se procesan rápidamente en la superficie, lo justo como para que quepan por los conductos.

Aquí debe de ser donde los despiezan por completo para acabar la tarea de dispersar la Sombra de Éter.

—Debéis reducir el cráneo a trozos tan pequeños como para que quepan en ese barril.

—El Caballero de la Piedad señala a un recipiente que hay a la derecha de la puerta, que es claramente demasiado pequeño.

Tendríamos que reducir el cráneo a poco más que pulpa para conseguir que quepa…

—. Volveré en una hora para evaluar vuestro progreso y para asegurarme de que ninguno de los dos es especialmente susceptible a la Sombra de Éter.

— Quiere decir malditos . Por eso estamos aquí en realidad.

Nos ponen a todos delante de un montón de Sombra de Éter y ven si alguien se transforma.

» Poneos eso —nos indica, y señala dos pares de guantes que parecen lo bastante grandes como para estirarse más allá de los codos.

Descansan sobre un par de botas de cuero igual de altas que están frente a unos delantales de cuero pesado colgados de la pared.

Son rojos, como las túnicas de los Caballeros de la Piedad, pero de un rojo desigual, y me dan ganas de vomitar cuando me doy cuenta de la cantidad de sangre de dragón que los ha manchado, año tras año, sin que nadie los haya lavado en condiciones.

Por lo menos, si tenemos la maldición del dragón, no moriremos cubiertos de tripas de dragón. Estoy aprendiendo que todo se basa en las pequeñas victorias durante el Tribunal.

Acto seguido, el caballero se va y la puerta se cierra tras él con un siniestro ruido sordo. Un escalofrío me recorre la espalda ante el distintivo sonido de una cerradura bloqueada detrás de la puerta.

Lucan no dice nada. En su lugar, se queda mirando la cabeza del dragón con los labios apretados formando una línea rígida.

Cruzo hasta la pared y me pongo un par de botas y de guantes, y después me cuelgo el delantal del cuello y lo ato.

Todo me queda un poco grande, pero prefiero el espacio de sobra a tener los dedos apretados.

Después me giro hacia las herramientas que hay colgadas en la pared.

Junto a ellas hay una tabla anatómica básica de un dragón.

Lleva el sello de la Piedad en la esquina inferior derecha: una espada envuelta por un dragón al que atraviesa.

—¿Cuál quieres primero? —Elijo una sierra para huesos. Como Lucan no me contesta de inmediato, vuelvo a mirarlo de reojo. Sigue mirando la cabeza del dragón con los hombros un poco caídos. Comprensible . Cruzo la sala y le doy un martillo—. Deberíamos ponernos a ello.

Sus ojos vagan hacia el martillo y luego a mi cara. Está pálido y en la ceja tiene un fino brillo de sudor, como si se fuera a desmayar en cualquier momento. Contengo un suspiro. No quería encontrar algo en común con él, pero si odia esto tanto como yo…

—Van a volver antes de que nos demos cuenta —le digo con más cuidado. Lo que no digo es lo que sé que entiende bien: van a querer ver resultados y no tenerlos es un grave riesgo.

—Cierto. —Me quita el martillo con la mandíbula en tensión.

—Allí hay una tabla. Los puntos más blandos y los buenos puntos de separación están marcados. —Le indico con un gesto y después voy directa a por la cabeza.

Es una visión verdaderamente repugnante.

La bilis me sube por la garganta a medida que me acerco.

Estar tan cerca de la cabeza de un dragón (incluso la de uno muy muy muerto), me tiene con un nudo en la garganta.

El miedo innato lucha con la aversión cuando hundo la sierra en la carne despachurrada y podrida.

Las escamas se desprenden con facilidad, pues la carne de debajo ya no las sujeta.

—Esto… se te da muy bien. —Lucan sigue sin moverse.

—He pasado casi la mitad de mi vida consciente bajo la tutela del Credo.

—Y yo también. Por eso sé que esto no te lo han enseñado ellos.

Debería haber esperado que esa excusa improvisada no funcionara con él. Enderezándome, sopeso si puedo contarle la verdad. Si quiere que seamos aliados, esta es una buena prueba.

—Mi madre.

La compresión se refleja en su rostro.

—Estudia los dragones tanto como estudia el azote. Ella cree que «los dragones no son la causa del azote» —repito sus palabras al final.

—El estudio de cualquier asunto relacionado con la Sombra de Éter está prohibido si no es en servicio del Credo o la Piedad. —Su voz carece de convicción, como si se estuviera limitando a recitarlo por costumbre.

Le lanzo una mirada aburrida que espero que transmita que puede parar de repetir las palabras del vicario conmigo.

—¿Vas a delatarla?

—No —responde sin dudarlo y aparta la mirada, como arrepentido de haber sacado el tema siquiera. Los hombros se me destensan un poco. Pretendía ser sarcástica, pero había un poco de verdad en esa pregunta. Está superando la prueba, siempre y cuando mantenga su palabra en eso.

—Ya la han desacreditado: la apartaron de su gremio, le quitaron el apoyo para sus investigaciones. Creo que ya ha sufrido bastante. — Perdió a su familia feliz, por así decirlo… —. Bueno, centrémonos en lo que tenemos que hacer.

Va hasta la pared y se pone las botas y los guantes a empujones, luego viene a mi lado, y agarra bien el martillo antes de dar un golpe al trozo de vértebras del cuello que siguen unidas a la cabeza. Esquivo por poco la pringue que sale proyectada.

—Siento lo que le hicieron.

Paro a mitad de un corte y miro el trozo de hueso que estoy cortando en dos en vez de a él. Lucan mira hacia donde estoy, lo veo en mi periferia, pero no me giro para mirarle. No quiero que vea mi expresión; puede que interprete demasiadas cosas.

Era más fácil que no me cayeras bien cuando pensaba que eras un adulador del Credo , quiero contestarle.

La sierra me vibra en la mano cuando le doy a un trozo de hueso especialmente duro y ahora se ha quedado atascada. Tiro del mango e intento liberarla.

—¿Quieres que te ayude? —Lucan se endereza después del último golpe.

—No hace falta.

Me señala el hueso que hay por encima de la sierra

—Aquí está la parte más gruesa. Déjame…

—He dicho que no hace falta. —Le lanzo una mirada firme.

—¿Se puede saber cuál es tu problema? —Rodea la cabeza gigante igualmente—. ¿Por qué sigues peleando conmigo cuando solo estoy intentando ayudarte?

—¿Por qué me estás ayudando siquiera? No me has dado una buena respuesta —mascullo sin hacer contacto visual e intento cortar a la fuerza el grueso bulto de hueso en el que está atascada la sierra.

—Ya te lo dije: me gustas.

Lo ignoro adrede.

—¿Lo haces por tu padre?

—Ese hombre no es mi padre —me contesta con tanto veneno que me asusta, aun sabiendo más de su historia desde que vinimos al Tribunal—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Haré lo que tenga que hacer, pero nunca porque quiera engañarte.

—Yo… —Todos mis pensamientos contradictorios me silencian.

Todos los cálculos ordenados que Saipha y yo hicimos de pros y contras son un desastre—.

No importa lo que me diga a mí misma, ¡parece que no soy capaz de superar la idea de que no puedo confiar en ti!

—Empujo hacia adelante y la sierra se libera de golpe.

Aflojo el agarre en el momento de sorpresa y el mango se me escapa de los dedos.

La sierra sale disparada por el suelo, patinando hasta la esquina posterior de la habitación.

Pero, en vez de ir a por ella, levanto la mirada hasta la de él.

Ninguno nos movemos—. No puedo parar de pensar que eres uno de ellos .

—¿Ellos? —repite con una voz baja y pausada, y frunce el ceño.

Me doy cuenta de que podría haberme referido tanto a los malditos como al Credo.

—Uno de los estúpidos aduladores del vicario. —Aparto la mirada—. No debería haber dicho eso.

Lucan da un paso más cerca. Yo me muevo para rodearlo y alcanzar la sierra.

Me agarra del codo, reteniéndome. No tan fuerte como para obligarme a quedarme parada, lo justo para pedírmelo.

Cara a cara, me sorprende lo alto que es en comparación conmigo.

Casi puedo sentir el volumen de sus músculos, los cuales soy incapaz de ignorar desde que Saipha lo señalara con tanto acierto, y tengo que hacer un esfuerzo por no acercarme más.

Por primera vez, parece alguien que podría protegerme si llegara a necesitarlo.

No porque sea del Credo o porque sepa usar sellos.

Ni siquiera porque tenga poder en Vinguard como hijo del vicario…

, sino porque quizás también tenga la voluntad.

Es una fantasía peligrosa que trato de eliminar tan pronto como cobra vida en mi mente.

—¿Por qué iba a importar que sea uno de «ellos»? ¿No confías en los coadjutores siendo Valor Reencarnado? —Lucan me analiza el rostro, las cejas, los labios, como si estuviera buscando indicios de una mentira.

Trago saliva con dificultad y consigo contestar:

—Claro que sí.

Entrecierra un poco los ojos y se le tuercen las comisuras de los labios, pero no sé diferenciar si es por diversión o desaprobación.

—Ahora dilo como si lo sintieras de verdad.

—¿Perdón? —Mis palabras son poco más que un susurro.

—Puede que eso te funcione con el resto, pero conmigo no. Yo te veo, Isola, hasta las partes que desearías que no viera. —Me sostiene la mirada. Es como si me estuviese leyendo como a un pergamino y acabase de llegar a la mejor parte.

—¿Eso es una amenaza? —Estoy con el alma en vilo. Me cuesta respirar. Nunca antes me han observado así.

—Si lo fuera, ya estarías en problemas. —Hace una mueca cuando un destello de dolor le atraviesa la mirada—. Puedes confiar en mí. Por favor , confía en mí.

—Quiero hacerlo —susurro—. No tienes ni idea de lo difícil que es ser Valor Reencarnado. La gente no se suele poner en fila para ser mi amiga por los motivos correctos. Pensaba que lo entenderías por ser el hijo del vicario. Puede que incluso me entendieras a mí.

—Lo hago.

—Entonces, sabes por qué me dolió tanto cuando deposité mi confianza en ti y me traicionaste ante el hombre al que más odio.

Sé que fue algo insignificante y sin importancia.

Sé que estoy siendo inmadura con esto, pero es como si hubiera una parte de mi mente que lo entiende y una parte que está asustada.

—Mis palabras son tan frágiles como yo me siento, y Lucan las acepta con la misma delicadeza con la que descansa su mano sobre mí—.

Mira, yo… —Las palabras se me quedan en la garganta y las obligo a salir—.

Quiero volver a confiar en ti. Estoy en ello.

Asiente y me suelta.

Camino hasta donde aterrizó la sierra, y voy levantando motas de polvo con mis botas grandes mientras me pregunto cuándo habrá sido la última vez que alguien puso un pie en este trozo de piedra en concreto.

Lo que sea con tal de huir del desorden de mis pensamientos y sentimientos sobre Lucan.

De mi miedo a confiar en alguien cuando es tan posible que me puedan decepcionar.

O peor, que me importe lo suficiente el ser yo la que decepciona.

Estoy tan concentrada en todo lo demás que no me doy cuenta de lo que está pasando hasta que lo tenemos justo encima.

No reparo en la repentina bajada de temperatura hasta que el frío me atraviesa.

El empalagoso olor a podredumbre aborda mis sentidos; aunque no es de carne de dragón.

En su lugar, huele a flores y tierra. A piedra que se desmorona ante el paso del tiempo.

Una podredumbre que es tan dulce como punzante.

Una ligera quemazón al final de cada inhalación.

Es claramente distinto del ácido de dragón verde.

Es más fuerte. Me quema la nariz y me chisporrotea en la piel.

Es un aroma que detecté por última vez en el viento cuando subí al muro con Saipha.

Miro hacia arriba y el terror me agarra del cuello. Un delgado bucle de niebla oxidada ondea por el techo. Me tambaleo hacia atrás.

—¿Isola? —pregunta Lucan con una voz severa por la preocupación.

Me giro y lo miro a los ojos.

—Azote.