La maldición del dragón 25
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A penas consigo pegar ojo. Sé que lo necesito, pero estoy demasiado inquieta, con el cuerpo prácticamente vibrando entre la ansiedad y el terror absoluto toda la noche.

En el desayuno a la mañana siguiente, Saipha y yo estamos tan calladas que, cuando araña el plato con el cuchillo, nos choca como si fuera un grito.

Nos miramos a los ojos. Nos tragamos la galleta seca y devolvemos la atención a los platos.

¿Qué podemos decir? Creo que ambas nos sentimos lejos de estar preparadas.

Sobre todo después de obtener una muestra de lo que los inquisidores pueden lanzarnos en nuestra segunda noche.

Justo después del desayuno, nos conducen al claustro central.

Los inquisidores se reúnen en la parte delantera del vestíbulo, debajo del balcón de hierro forjado en el que está encaramado el vicario Darius. Está agarrado a la baranda y tiene los ojos resplandecientes.

—Bienvenidos de nuevo, mis queridos suplicantes. Habéis superado cinco días de vuestras tres semanas aquí. —Proyecta la voz para que todos puedan escucharle con facilidad—. Me complace saber que ninguno de vosotros ha mostrado síntomas de la maldición, hasta ahora.

Hasta ahora . Saipha y yo nos miramos de reojo. Mi atención se desplaza hacia donde se ha puesto Lucan, por detrás de su hombro. Nuestros ojos se encuentran. Arquea una ceja y me pregunta con la mirada «¿aliados?».

Me encojo de hombros indiferente.

Él pone los ojos en blanco.

—Pero debemos ser rigurosos. Debemos asegurarnos de que la maldición se extraiga de los huesos de los muertos en vida.

No puede caber duda cuando paséis por el dorado de que estáis libres de la atracción que ejerce la Sombra de Éter.

Para ello, os pondremos a prueba. Probaremos vuestro temple y vuestro amor y lealtad a Vinguard.

Actuaréis al servicio del Credo y sus Caballeros de la Piedad durante estas pruebas.

No solo aprenderéis más de nuestra ciudad, su historia y nuestro glorioso propósito, sino que cada uno de vosotros tendrá la oportunidad de demostrar si tenéis lo que hace falta para estar entre los ilustres rangos de los Caballeros de la Piedad, los defensores de Vinguard.

Se oyen murmullos de entusiasmo. Los suplicantes se ponen un poco más rectos, sobre todo Saipha. Seguro que ya se están imaginando que llaman la atención de un caballero que querrá que sean su escudero en cuanto salgan de aquí.

—Ahora, seguid a los inquisidores y acatad las órdenes de los caballeros que nos mantienen a salvo —remata el vicario.

Los inquisidores nos cercan como una soga que se cierra a medida que nos organizamos tras la prelada.

Abre una de las puertas del claustro que antes estaba enrejada y nos guía hasta una escalera.

Bajamos en espiral más y más y, por un momento, creo que llegaremos al sótano en el que nos torturaron a Saipha y a mí con el veneno del dragón verde.

Descendemos más todavía, hasta que las paredes de la escalera abren paso y una metrópolis subterránea y neblinosa brilla ante nosotros como estrellas a través de un laberinto de puentes y pasarelas suspendidas del techo hueco de esta cueva gigante.

Estamos en lo más alto de la Subcorteza.

—Siempre se me olvida lo grande que es —murmura Saipha.

—Y a mí. —Mamá me trajo una vez aquí abajo, hace tiempo.

Estaba investigando sobre la Pila cuando todavía era una Guardiana de la Tierra.

Es imposible ver la Pila desde aquí arriba.

Toda la ciudad de la Subcorteza está incrustada en estalactitas que cuelgan por debajo de Vinguard, que está arriba, y en salientes que se aferran a los muros y se extienden sobre un vasto abismo.

Mucho más abajo, en alguna parte de esa bruma dorada de Luz de Éter, está la Pila legendaria.

El último manantial de Luz de Éter del mundo.

Es lo único que nos da una oportunidad de luchar.

Saipha se para en la baranda del puente en el que estamos, aunque solo por un segundo.

—Cuesta creer que la gente prefiera esto. —Lanza una mirada rápida a Horowin y su grupo.

—Las campanas no se oyen tan abajo —contesto—. Hay paz en eso.

—Cierto, pero es como darse por vencido. Ahí arriba está lo que queda de nuestra tierra.

Dicho como una verdadera Caballera de la Piedad.

Llegamos a una intersección, y luego a otra, antes de subir por una rampa. Trato de llevar un control de dónde podemos estar en relación con la ciudad de arriba, pero es imposible de averiguar desde aquí abajo. La prelada abre una puerta de metal al fondo con un estruendo pesado.

El siguiente tramo de escaleras está tan poco iluminado que dependemos de las paredes para mantenernos erguidos cuando regresamos al lecho de roca que conforma los cimientos de la Ciudad Alta. Oigo a suplicantes cayéndose a mis espaldas. Maldiciendo. Pero nadie se para.

A medida que ascendemos, por algún motivo la pared de piedra parece más suave bajo mis uñas. Me imagino hundiéndolas en ella para conseguir agarre. Hay una onda en la oscuridad, como una brisa que no debería existir. No, no está en la oscuridad, está bajo mi piel.

Tiemblo y me zumba la cabeza. Después la vista se me aguza de forma antinatural solo un segundo antes de que una puerta más adelante se abra y todo vuelva a la normalidad con un parpadeo.

Puedo sentir los ojos de Lucan sobre mí, pero no me atrevo a mirar hacia atrás por miedo a llamar la atención de un inquisidor. Tampoco me froto el esternón; siento como si la cicatriz estuviera en llamas.

Acabamos en una habitación enorme parecida a una mazmorra.

Hay múltiples caminos que se extienden más allá en la oscuridad; casi todos cerrados con rejas.

A la derecha hay una puerta pesada, de esas antiguas de madera reforzadas con barras de hierro.

El techo es tan bajo que los suplicantes más altos, como Lucan, tienen que agacharse. Y el aire…

El aire está cargado de putrefacción.

Los suplicantes de mi alrededor tienen arcadas.

Un chico con el pelo castaño ondulado al que he visto algunas veces en la biblioteca se tambalea, se apoya en la pared, y devuelve el desayuno.

Los inquisidores lo agarran del codo bruscamente, tiran de él con violencia y lo arrastran por la habitación.

—Yo no… Solo estaba… —Lo que fuera a añadir se pierde con el cierre de la pesada puerta.

No muestres debilidad . Los inquisidores saben que hay un maldito entre nosotros y no cabe duda de que están tensos. Harán lo que haga falta para averiguar quién es.

—Creo que sé dónde estamos —me susurra Saipha. Miro en su dirección—. Las fosas de quebranto.

Se me afloja un poco la mandíbula. Eso explicaría el hedor, el aspecto extraño y disonante de estas habitaciones, pues no parecen de la Ciudad Alta ni de la Subcorteza, y la perturbadora sensación que sentí de camino aquí.

Los dragones asesinados se llevan a las fosas de quebranto.

Según el Credo, no puede dejarse que se pudran en la superficie porque podrían atraer a carroñeros en forma de otros dragones.

Además, cuando se pudren, el Credo afirma que sueltan Sombra de Éter, lo que provocaría un brote de azote en Vinguard.

Las fosas de quebranto descomponen los cadáveres de los dragones asesinados.

Se cree que, cuando el cadáver se despieza, la Sombra de Éter es menos potente.

Está menos concentrada, por lo que hay menos posibilidades de causar daño a Vinguard o a la Pila gracias a la gruesa corteza de la tierra que protege tanto lo de arriba como lo de abajo.

Los dragones se dividen en pedazos hasta que la Sombra de Éter es tan mínima que se pueden dejar pudriéndose en estos pasajes que parecen sacados de una pesadilla.

Aunque mamá está en desacuerdo con todo esto, claro.

—Se os asignará de dos en dos a una habitación y los caballeros os darán instrucciones —anuncia la prelada con una voz tan afilada como una daga de la Piedad.

Todos empezamos a mirar a nuestro alrededor y evaluamos con quién podrían emparejarnos. Le doy la mano a Saipha.

—Se examinará y juzgará vuestro desempeño. Recordad que todo lo que vais a hacer es en servicio de Vinguard, el Credo y aquellos que entregan sus vidas en los baluartes para mantenernos a salvo.

Nadie se atreve a hablar. Todos estamos tensos.

La prelada señala la puerta por la que acaba de pasar el chico.

—Actuad bien. No nos deis motivos para llevaros por esta puerta y aplicaros una prueba más dura para asegurarnos de que vuestro corazón no se ha ablandado con los dragones por la maldición.

Sin necesidad de más advertencias, la prelada empieza a gritar nombres, y empareja a unos con otros.

A Horowin lo ponen con Rovin, otro chico de la Subcorteza.

Cindel con Benj. Nelly, le suplicante que vi pelear con Cindel la primera noche, con Daisy, a la que conozco solo de pasada pero que sé que es otra suplicante de la Ciudad Alta.

La lista sigue y más suplicantes dan un paso al frente e intercambian miradas de sorpresa, combinadas con mandíbulas decididas y fijas.

A la vez que la prelada lee, llegan Caballeros de la Piedad, que emergen de los pasillos con todo su atuendo oficial.

Los ojos de Saipha se agrandan y se le tensan los dedos enlazados con los míos cuando los observa, como si no hubiera crecido viendo esas capas de color sangre de dragón y esas armaduras de piel salpicadas de placas plateadas que crepitan con llamas, chispean con la luz o brillan con una plata casi iridiscente, según los sellos que se hayan grabado en la parte inferior.

Los caballeros guían a las parejas por pasajes aparentemente aleatorios. Por algún motivo, la noción de dejar de estar al cuidado de los inquisidores parece más reconfortante.

—Isola Thaz —me llama la prelada.

Me enderezo un poco y espiro para estabilizarme, intercambio una última mirada con Saipha, que baja un poco la barbilla, y me muevo al frente del grupo.

A pesar de que no puedo ver los ojos de la prelada bajo la sombra de su capucha, puedo sentir su mirada penetrante.

La sensación hace que me pique la piel como con la primera helada del invierno.

—Lucan Darius —llama después.

Lucan se desplaza a mi lado con pasos simples y seguros.

Tiene una expresión calmada, con la mirada indiferente, como si estuviera en otro mundo.

Nunca me había dado cuenta de lo diferentes que se han vuelto su comportamiento y sus expresiones cuando hemos estado solos en el Tribunal.

Este es el Lucan con el que estoy familiarizada: el hijo adoptivo del vicario, el inmutable y diligente servidor del Credo.

Nuestras miradas se encuentran y aparto la mía rápidamente.

De entre todos, era evidente que me emparejarían con él.

La mano del vicario está detrás de esta unión.

Aunque… ¿puede que no sea lo peor? La propuesta de Lucan de formar una alianza con Saipha y conmigo sigue pendiente entre nosotros.

Esta sería una oportunidad excelente para poner a prueba la entereza de su oferta y formalizar la elección obvia.

Un caballero da un paso adelante y nos guía. Nuestro paseo por el pasillo es demasiado largo e increíblemente claustrofóbico, y me obligo a mantener la respiración normal. Imagino que habremos caminado dos o tres bloques de la ciudad cuando por fin llegamos a una puerta.

La habitación en la que entramos parece incluso peor que el pasillo.

Ante nosotros está la cabeza de un dragón verde, uno al que reconozco .

Es la bestia que atacó Vinguard el día que Saipha y yo nos colamos en el muro.

Está infectado de podredumbre, con las escamas que cuelgan a duras penas del fango que antes era carne y músculo.

Le han cortado el cuello con un hacha de manera brusca.

Los nervios y huesos sobresalen en ángulos irregulares.

No puedo contener el escalofrío que me baja por la columna cuando me doy cuenta de que sus ojos ahora son solo agujeros rojos, vacíos y supurantes.

Un rastro de sangre seca conecta al dragón con un conducto enorme que sobresale desde arriba de la pared.

A juzgar por la mancha permanente en la abertura, doy por hecho que conecta con la ciudad; una forma sencilla de que los Caballeros de la Piedad que están arriba envíen trozos de dragón hasta la gruesa roca de la corteza, lejos del cielo y de la Pila.

—Vuestras herramientas —nos indica el Caballero de la Piedad con un gesto brusco hacia la pared de nuestra izquierda.

Miro fijo a la pared y a las herramientas que la recubren con el estómago revuelto. Sé exactamente lo que van a pedirme que haga.