22
L ucan cambia de posición en el banco para estar de cara a mí y estira la mano con la palma hacia arriba.
—Dame la mano.
Me reclino un poco, poniendo más distancia entre los dos de manera instintiva cuando me pide que me acerque.
—¿Por qué?
—Ya verás.
Ya, eso no me convence en absoluto .
—Primero dime lo que quieres.
Me aguanta la mirada con la mano extendida hacia mí y, de pronto, soy muy consciente de lo cerca que estamos ahora mismo. Nunca había reparado en el leve tono verdoso que rodea sus pupilas o lo negras que tiene las pestañas. Estoy tensa. ¿Por qué me estoy fijando en sus pestañas?
—¿Qué piensas realmente que te voy a hacer? —Mantiene la voz baja para que no haga eco en el espacio cavernoso, pero también enfatiza la nota provocativa que tiene.
La verdad es que no tengo ni idea de lo que creo que hará, o de por qué dudo.
Puede que sea porque me lo ha pedido. Todas las otras veces que nos hemos tocado, ha habido una circunstancia inevitable; entrenando en la Gran Capilla o la otra noche cuando me hice daño.
Pero hacerlo aquí y ahora parece diferente.
Peligroso incluso. Y no sé identificar por qué.
Su presencia me pone nerviosa, con cada nervio vibrando con energía, a pesar del agotamiento.
—¿Y bien?
—No será un truco que se va a volver en mi contra, ¿no? —La pregunta suena mucho más vulnerable de lo que me gustaría.
—No, te lo prometo.
Clavo los ojos en su palma abierta un segundo más y después coloco la mía en la suya.
Los dedos de Lucan se enrollan alrededor de los míos lentamente, cálidos y firmes, como si estuviera disfrutando del movimiento.
Con la otra mano, se presiona los dedos en el pecho.
Al principio, creo que se está burlando del movimiento que hago cuando me froto la cicatriz, y estoy a punto de quitar la mano de un tirón.
Pero entonces un torrente de Luz de Éter surge de su mano.
El aire entre nosotros bulle.
Él brilla.
No de la luz de la lámpara de araña que hay más arriba, sino de energía pura que se acumula a su alrededor.
Me quedo sin aliento cuando la leve niebla se desenrolla como un lazo.
Lo rodea con chispas centelleantes. Nunca he visto nada igual.
Nunca he contemplado nada más hermoso y, por un instante, se me olvida respirar.
He podido sentir la Luz de Éter, ver lo que crea cuando se la extrae, pero la única Luz de Éter visible de verdad conocida por la humanidad es la Pila en sí; es tanto poder condensado que ilumina la Subcorteza.
Pero nunca es visible más allá de la forma en que se manifiesta cuando se la extrae a través de un sello de artífice, como fuego, luz, hielo o gas nocivo.
Esto es algo completamente distinto. Es como si estuviera vislumbrando las corrientes de vida y magia que giran en torno a él.
Como si estuviera siendo testigo de hebras de la Pila misma.
La Luz de Éter de color oro anaranjado fluye como las aguas termales que se canalizan desde el fondo de la Subcorteza.
Se me filtra por la piel, relajando la tensión de los músculos, curando magulladuras que ni siquiera sabía que estaban ahí.
No puedo verme la espalda, pero puedo sentir cómo se suavizan las heridas.
Y entonces los dolores se desvanecen por completo al curarme.
Durante todo el tiempo, no puedo despegar los ojos de los suyos.
Es… deslumbrante. La Luz de Éter le resalta el fuerte borde de la mandíbula y proyecta sombras cambiantes sobre sus mejillas.
Lucan está centrado en mí intensamente, pero la expresión es más delicada de lo que he visto nunca en él.
El oro en sus ojos avellana parece brillar.
Cuando la magia se relaja, su concentración se desplaza de mi rostro a nuestras manos unidas.
Por un instante, ninguno habla. La Luz de Éter se disipa en el aire como polvo de estrellas, y desaparece de la vista como ascuas en una brisa. Incluso noto un ligero olor a azufre.
¿Tú también has visto la Luz de Éter? La pregunta me arde en la lengua, pero no me atrevo a hacerla.
Dirigir la atención hacia eso descubriría que algo en mí es diferente, lo que podría explicarse diciendo que soy Valor Reencarnado.
Pero aquí dentro también podría ser algo que se usa en mi contra como indicio de la maldición.
Es un riesgo que no puedo tomar, sobre todo con él. Lucan sigue mirándome. Le mantengo la mirada sin aliento, decidida a no ser la primera en hablar. Las motas doradas siguen ahí, en sus ojos, y nunca han estado más bonitos.
—Ya puedes soltarme. —Su voz es poco más que un suspiro, pero no pierde el tono divertido.
No me había dado cuenta de lo fuerte que le estaba agarrando los dedos. Retiro la mano rápido y todos mis pensamientos me vuelven a la cabeza de golpe.
—Has usado un sello —le digo cuando empiezo a entenderlo.
—Creo que la palabra que estás buscando es «gracias». —Sonríe ligeramente con suficiencia. ¡Sonríe! Lucan, de entre todos, don Estoico-más-allá-de-la-razón-e-imposible-de-leer-o-ceñudo-como-mucho, me está sonriendo a mí.
Ignoro el comentario:
—No tienes el dorado. La gente que tiene conexión suficiente con la Luz de Éter como para poder usar sellos sin el dorado es…
— Muy escasa —acaba la frase cuando el asombro me silencia.
No estoy sola . Es lo primero que me pasa por la cabeza.
No está al nivel de «Valor Reencarnado», pero también él tiene algo que lo hace muy especial.
Algo que sin duda el vicario ha querido mantener para sí mismo desde que descubrió que Lucan tiene esta habilidad.
Puede que lo supiera cuando lo declaró como hijo suyo.
Como si fuera una especie de coleccionista repugnante de individuos particularmente dotados.
Como dijo Saipha, es útil . Me fuerzo a pensar en eso para reemplazar el otro pensamiento. Pero lo que mi corazón quiere es tenerlo más cerca y hablar… de todo. ¿ Cómo siente él la Luz de Éter? ¿Cuándo lo descubrió y cómo? ¿Qué otros sellos conoce, si es que conoce más?
—Tenías razón. Sí que volví al claustro hace dos noches, pero solo para conseguir este sello.
—Tira de los cordones de su chaleco y después lo retira junto con el cuello flojo de la camisa, exponiendo la parte superior del pecho.
Reprimo un rubor que me sube de forma instantánea a las mejillas al verle la clavícula y, en vez de eso, me centro en la línea gruesa y negra que le marca la piel como los posos de té en una taza; es el inicio de un marco de artífice—. Pensé que nos sería útil.
— ¿Nos?
—Considéralo mi solicitud. —Se suelta la camisa y odio lo mucho que me molesta que la tela caiga de nuevo en su sitio.
—¿Para qué?
—Para ser tu aliado en el Tribunal. —Quizás es la Luz de Éter que queda, pero los ojos todavía le brillan con motas de oro, como un dorado accidental.
—¿Quieres ser mi aliado cuando me ocultas secretos a diestro y siniestro? —Entrecierro los ojos y tiene la audacia de parecer entretenido con mi enfado.
—Todos tenemos algo que ocultar, ¿no? —Me lanza una mirada penetrante, expectante. Es imposible que pueda estar refiriéndose a mi miedo a estar maldita, aunque lo parece. Le aparto la mirada.
—Y pensar que hace cuatro días pensaba que me odiabas. —Me paso la mano por los rizos, sin estar segura de si estoy más molesta con él o con mi reacción hacia él.
—Nunca ha sido odio, Isola. —Su mirada se suaviza, aunque no sé el motivo. Algo se remueve en su expresión, parecido a la admiración.
Pongo las manos en el banco, me inclino hacia adelante y lo miro directo a los ojos. Intento ver a través de todo lo que no está diciendo.
—Nunca te has esforzado por ganarte mi simpatía.
—¿ Todavía sigues con lo del cumpleaños de tu madre? —Suspira.
—Es más que eso.
—No es como si el vicario me dejara simplemente pasar tiempo con su Valor Reencarnado cuando estabas en la capilla.
—Podrías haberme buscado fuera de la capilla.
—¿Me hubieras dejado? —pregunta como si lo hubiera reflexionado en innumerables ocasiones—. Sé sincera. ¿Podría haberme acercado a ti y haberte pedido que pasaras la tarde conmigo, y habrías dicho que sí?
Me cruzo de brazos y pienso en lo centrada que estuve en evitarlo a él en particular cuando me salté el entrenamiento.
—Bueno, no fuiste precisamente agradable conmigo la primera noche aquí.
—Literalmente nos estaban atacando, y tú estabas haciendo tu mejor imitación de una estatua. —Niega con la cabeza y devuelve la atención hacia mí—. Si no me gustaras, ¿por qué iba a complicarme la vida para curarte entonces, o por ayudarte ahora?
—Lo hiciste para conseguir algo a cambio —señalo.
Se ríe y el sonido casi me hace saltar cuando retumba en el suelo y el techo.
—Eres una persona increíblemente testaruda. —Me recuerda a lo que dijo la primera noche, y me doy cuenta de lo que casi me llamó la atención entonces: que lo dice como si fuera un cumplido.
—Enséñame el resto de los sellos que había en los dragones y consideraré todo este asunto de los «aliados».
—Me tienes en tan alta estima. —Pone los ojos en blanco, pero vuelve a ponerse serio—.
Solo fui capaz de conseguir uno por mí mismo, y fui a por el dragón amarillo porque esperaba que fuera sanador.
Me llevé una buena paliza en el proceso, así que, por suerte, lo era.
Me escondí debajo del dragón amarillo hasta la mañana.
Los inquisidores deben de haber desactivado los otros mientras dormía.
—¿Te preguntaron si habías visto algún sello? —pregunto. Lucan niega con la cabeza—. A mí tampoco, así que no debe de importarles que los usemos…
—Bien. Tú tienes uno que protege. Yo tengo uno que cura. Ahí tenemos un buen equipo. ¿Por qué no trabajar juntos?
—¿Y qué pasa con Saipha?
—Dos aliados son mejores que uno. Somos más fuertes juntos. —La propuesta flota en el aire mientras la considero. ¿Puedo fiarme de él? Ya han empezado a formarse otras facciones. A Saipha y a mí nos superarán menos en número si tenemos a un tercero.
Me estaría chillando para que dijera que sí, o muriendo de la risa, si supiera que lo tengo suplicándome por ayudarnos sin haber tenido siquiera que pestañear ni un poquito.
Por suerte, no soy Saipha, y mi cautela nos mantendrá a salvo.
—¿Cómo sé que no le has pedido lo mismo a otra gente? ¿Que no me la estás jugando?
—No expondría así mi ventaja a cualquiera. —No es un argumento particularmente convincente… Mientras sopeso el riesgo frente a la posible recompensa, añade—: Tómate tu tiempo y piénsalo. No necesito presionarte ahora porque sé que tomarás la decisión correcta.
Arrogante .
—Está bien. —Me levanto y me dirijo a la puerta.
—De nada, por cierto. —Vuelve a dirigir mi atención hacia él. La comisura de los labios se le curva un poco—. Por curarte.
La verdad es que le estoy increíblemente agradecida (y avergonzada por no haberle dado las gracias todavía), así que por supuesto que suelto un «Gracias».
Lucan sonríe y toda la sala se ilumina. Parece brillar de nuevo. Pero esta vez no hay magia de por medio…, es todo por sí mismo.
Me voy rápido antes de que me pille mirándole. Lo último que necesito es que piense que me gusta mirarle. Pero, cuando salgo de la sala capitular y regreso a los soportales, escucho dos voces que vienen de un pasillo más adelante.
Voces que conozco demasiado bien.