La maldición del dragón 23
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V eo a Saipha con Cindel y me pregunto de inmediato: ¿E stoy a punto de detener una pelea?

Antes de llegar y averiguarlo por mí misma, Cindel me ve, levanta la barbilla y se va. Saipha se gira y se me acerca.

— Entonces … —comienza a decir, arrastrando la palabra—. ¿De qué has hablado con Lucan? —Tiene una ceja levantada a juego con la comisura del labio burlona.

—Tú primero —digo, y hago un gesto en la dirección en que Cindel se ha escabullido—. ¿De qué estabais hablando vosotras dos?

La sonrisa de Saipha se aplana.

—Ah, la he apartado para decirle que si intenta atacarte otra vez, o envía a uno de sus compinches, va a tener que lidiar con mucho más que palabras por mi parte, y yo puedo devolver los golpes más fuerte de lo que ella y sus pequeños lacayos pueden imaginar.

—Lo de Benj no fue para tanto.

—No, pero ya conoces a Cindel. Hará que lo sea. —La expresión seria de Saipha se alivia y le sale una sonrisita extraña en los labios—. Y me conoces a mí. Me enfado cuando tengo hambre, así que lo último que queremos es que tenga que dividir mis raciones contigo constantemente.

El pecho se me tensa, la agarro de la mano y le doy un apretón.

—Eres la mejor, ¿lo sabes?

—Lo sé —contesta sin dudarlo y ambas compartimos una sonrisita—. Pero no vas a usar mi grandeza como distracción para no contarme lo de Lucan.

—Sí, hablando de cubrirnos las espaldas… Lucan tenía una propuesta interesante para mí; para nosotras.

—¡Oh! Así que sí has usado tu belleza para algo bueno. —No me suelta la mano y me acerca—. Sabía que serías capaz.

—No lo he hecho, y no estoy segura de si sería «para algo bueno», Saipha —le contesto con una reprimenda sarcástica.

—Necesitamos usar todas las ventajas que podamos aquí dentro. —Se encoge de hombros—. Deja de darme largas y cuéntame lo que te dijo.

Repito lo que me dijo y detallo cómo me curó.

Cuando acabo, exponemos los riesgos y las ventajas de aceptarlo como aliado formal.

Si el vicario está pendiente de él…, puede que haya beneficios que obtener de tenerlo en nuestro rebaño.

Puede que posea conocimientos importantes.

Ser capaz de usar sellos es algo muy significativo en la lista de «ventajas».

Pero también está claro que siente la necesidad de obedecer a cualquiera que esté por encima de él, como el vicario o los inquisidores.

Y preocuparnos sobre si podemos confiarle nuestros secretos cuando las cosas se pongan difíciles es un riesgo bastante grande.

Le digo a Saipha de forma clara que me sentiré profundamente estúpida si confío en él para que luego huya otra vez y me acuse de algo a la primera de cambio.

Debatimos a ratos durante el resto del día; mientras pasamos tiempo en las salas de entrenamiento, donde no hablamos de nada; en el almuerzo y la cena; y hasta que cae la noche y nos obligan a retirarnos a nuestras respectivas habitaciones.

Por primera vez desde que llegamos, tengo una almohada bajo la cabeza. Una noche en la que puedo descansar y nada más.

O… eso pensaba.

Justo después del atardecer, los inquisidores aparecen y nos quitan las llaves.

Por lo visto esa prueba se ha acabado. Ahora solo puedo pensar en que mi puerta no está cerrada con llave y cualquiera podría entrar.

A mi mente le gusta torturarme con imaginaciones retorcidas de inquisidores de la primera noche que entran y me vuelven a arrastrar al tejado.

Estoy segura de que eso es lo que quieren, de que esto es solo otra forma más de tortura psicológica diseñada para el Tribunal para hacer que se manifieste la maldición.

Me pregunto si esta es la primera muestra que obtienen los otros suplicantes de lo que les espera de verdad.

Como resultado, duermo intranquila en mi primera noche en la habitación.

Aunque solo estemos Saipha y yo en la cuarta planta, juro que escucho pasos caminando por el pasillo.

Susurros más allá de lo que puedo reconocer, tan claros que me despiertan de un sobresalto, pero tan vagos que, cuando abro los ojos…

, no estoy segura de si lo estaba soñando después de todo.

Me paso todo el tiempo olfateando por si capto el más mínimo olor a tierra podrida que anuncia al ácido de dragón verde y aguzando el oído para oír los estallidos y chasquidos de las maquinaciones que puedan tener reservadas para torturarnos después.

Al final, el sueño profundo se apodera de mí y duermo el resto de la noche. Pero no me hago ilusiones con que los inquisidores hayan acabado con nosotros.

A la mañana siguiente, me levanto tan cansada como me acosté, pero el lujo de levantarse tarde no existe en el Tribunal.

La caja de color cobre del pasillo se enciende y la voz de un inquisidor suena alta hasta en mi habitación: «Todos los suplicantes deben presentarse en el claustro central de inmediato » .

Nos damos prisa en ponernos los uniformes y bajamos en fila como se nos ha indicado. Uno a uno, los inquisidores nos llevan aparte. Solos.

Para cuando me llaman, tengo el corazón acelerado. Los suplicantes que ya se fueron han vuelto un poco agitados, pero no heridos.

Dos inquisidores me flanquean a cada lado y me dirigen por un pasillo largo y estrecho que hay al final del vestíbulo principal hasta una habitación poco iluminada que solo tiene una silla en el centro.

Hay un inquisidor alto a un lado con un pergamino en la mano y todo lo demás está sumergido en una sombra tan oscura que podría esconder a otra persona más.

Las preguntas son escasas pero directas.

—¿Has experimentado algún síntoma de la maldición?

»¿Has visto a alguien exhibir síntomas de la maldición?

»¿Juras por tu vida y por el Credo que reportarás de inmediato a cualquier persona que pueda estar maldita?

No. No. Sí.

Me trago el nudo de la garganta cuando el inquisidor me mantiene la mirada con los ojos entrecerrados. Pero entonces se gira y hace un gesto hacia la puerta.

—Puedes irte.

Siento que unos ojos me miran desde una esquina al fondo de la habitación al levantarme. Los pelos de la nuca se me erizan. No me atrevo a mirar por encima del hombro, pero estoy segura de que es la prelada. Simplemente lo sé.

La pesada puerta de metal hace eco al cerrarse tras de mí y soy libre.

Me tiemblan las manos cuando regreso por el pasillo.

El interrogatorio ha sido demasiado breve, demasiado limpio.

No ha sido la prueba que pensábamos que era.

¿Cómo iba a serlo? Puedo ver que el mismo miedo atormenta a los demás en el vestíbulo principal, que siguen esperando su turno.

La inquietud espesa el aire, y veo miradas de reojo llenas de juicio y desconfianza.

Nadie muestra síntomas de estar maldito. No soy capaz de decidir si eso es algo bueno o malo.

Por lo general, pensaría que es bueno. Pero saber que alguien está maldito y seguir sospechando que ese alguien soy yo es angustioso. Si soy yo, casi deseo que la maldición se ponga en marcha ya. Cosa que nunca admitiría en voz alta.

Paso junto a Lucan, que sigue esperando a que lo llamen, cuando me dirijo a desayunar. No dice nada, pero su presencia está cargada de expectación. Su mirada pregunta con claridad «¿aliados?».

Sigo caminando con el corazón acelerado. Ya sé lo que le voy a decir cuando al fin vuelva a preguntar directamente. Da igual por donde lo miremos Saipha y yo, solo hay una opción real que tenga sentido.

La idea me sigue cuando entro en el refectorio, con el aire cargado del olor a tubérculos y setas.

Hay un estrépito de bandejas, voces que suben y bajan, y gente que entra y sale.

Encuentro la mirada de Saipha, que ya se ha hecho con una mesa, asiento y agarro una bandeja con una patata asada y un pincho de champiñones grandes antes de sentarme a su lado.

—¿Cómo ha ido? —inquiere.

—Bien. La verdad es que esperaba más. —Por cómo lo digo, parece que esperaba un reto. Cuando, en realidad, no podría estar más agradecida de que no lo haya sido.

—Y yo. —Es probable que Saipha sí que estuviera esperando algo más parecido a un reto. Estudio su rostro mientras mastico un champiñón. Se está retorciendo un mechón de su pelo corto rojo con el dedo índice y reprime una sonrisa.

Sé exactamente lo que significa esa mirada.

—¿Qué pasa?

Mira a su alrededor y baja la voz.

—Cuando me estaba yendo del interrogatorio, oí por casualidad cómo uno de los inquisidores le preguntaba a otro si estaba todo listo para la primera prueba de mañana. Creo que es la primera de las pruebas importantes de las que nos habló el vicario.

— ¿Mañana? Mañana solo es el quinto día. Es demasiado pronto. —Trato de esconder las palabras mientras como, muy atenta a todo el que camina cerca.

—Eso pensé yo. Pero, el primer día, el vicario solo dijo que habría tres pruebas importantes a lo largo de las tres semanas.

Nunca dijo cuándo tendrían lugar. ¿Por qué iban a hacerlas de manera ordenada, como una a la semana?

Que sepamos, podrían ser consecutivas. —Las palabras de Saipha son pesadas.

Van a hacer lo que haga falta para jugar con nuestras mentes y deshacerse de los débiles; los malditos—.

Y pensar que, incluso después de todo lo que hemos pasado, las verdaderas pruebas ni siquiera han empezado…

Y, sea la prueba que sea, no será buena . Ninguna de las dos lo dice, pero estoy segura de que ambas lo pensamos. Seguro que es algo peor que nada de lo que ya hayamos soportado aquí dentro. Y va a suceder lo queramos o no.