21
P or un instante, creo que el vicario está a punto de señalarme. Se queda mirándome un segundo más de la cuenta.
Pero justo cuando me preparo para ello, sea lo que sea, cambia de postura. Barre la sala con la mirada. Cindel casi salta de la silla en el breve momento en que se centra en ella.
—Suplicantes, futuro de Vinguard, acompañadme a la sala capitular. —El vicario gira sobre los talones y se va, con la túnica de color rojo sangre ondeando tras de sí.
Cindel es la primera en levantarse. Su grupo de aduladores recién formado lucha por seguirle el ritmo cuando camina a zancadas hacia la puerta. Los demás somos mucho más lentos; nos estamos llevando los últimos bocados de comida a la boca.
A medida que nos marchamos, intento hacerme una idea de cómo ven al vicario los otros suplicantes. Unos pocos parecen encantados de seguirlo, aunque no con el mismo nivel de fervor que Cindel y sus compinches. Algunos arrastran los pies, pero la mayoría parecen neutrales.
El vicario mencionó que las lecciones tendrían lugar mientras estuviéramos aquí, pero no había pensado mucho en ello.
Los inquisidores me han tenido bastante ocupada hasta ahora.
Se me hace un nudo el estómago cuando me doy cuenta de que sus pruebas y competiciones solo están empezando, sobre todo porque ya tienen constancia de que uno de nosotros está maldito.
Me obligo a descartar este pensamiento cuando pasamos junto a los tapices del claustro, incapaz de ignorar sus ojos sin vida que me miran acusadores con cada puntada perfecta.
Incluso si los autómatas de detrás están desactivados, saber que están ah í y que solo hace falta alguien que conozca los sellos correctos para armarlos de nuevo me tiene con el alma en vilo.
Lucan se me acerca por la derecha, en completo silencio, como si fuera normal que esté ahí. Le lanzo una mirada recelosa por el rabillo del ojo. Saipha, a mi izquierda, hace lo mismo y se inclina hacia adelante para mirarlo a los ojos.
—Estoy seguro de que el vicario querrá ver que estoy cuidándote bien —dice.
—¿Igual que « cuidaste» de mí cuando no tardaste en decirles a los inquisidores que fui yo quien sostuvo el fuego sin quemarse?
—Tienen ojos, Isola. —Se está aguantando las ganas de poner los suyos en blanco.
—O querías asegurarte de que tenías tiempo para sabotear los otros sellos para que no pudiera conseguirlos —le digo entre dientes y dejo en manos del destino si lo escucha o no.
—Estoy seguro de que no sé de lo que estás hablando. —Tiene mejor oído de lo que pensaba. Está bien saberlo.
—¿Ah, no? —replico, con un tono que le reta a negarlo de nuevo.
—Solo recuerdo haberte ayudado a curarte después de que te hirieras.
Y puede que salvarte la vida, al menos una vez.
—Me echa un vistazo por el rabillo del ojo.
Tiene los labios presionados formando una línea dura de frustración, como si se estuviera esforzando por no hablar.
Pero en sus ojos solo hay advertencia: «hablamos luego», creo ver en ellos.
—No tengo ni idea de a qué te refieres —le digo y lo dejo ahí, por ahora, con la esperanza de haber acertado y de que no sea la última palabra sobre el tema.
La sala capitular se encuentra al final de un pasaje enclaustrado.
No es muy grande, pero rebosa un aire de importancia que atenúa la conversación a medida que nuestro pequeño grupo entra en fila.
Las paredes de piedra se elevan tres pisos hasta un techo elevado que se sostiene en unas gruesas vigas de madera.
Colgada del centro del techo, hay una lámpara de araña de hierro que bulle con Luz de Éter, la cual arroja un brillo cálido a la sala.
Hay cinco tapices colgados en semicírculo frente a la entrada, detrás del facistol.
Aunque nunca he visto estas obras en concreto, reconozco el contenido: cada tapiz tiene simbolismos que representan los cinco dogmas del Credo.
El primero es un rostro de dragón que sale de entre nubes densas que representan el azote: Los dragones son el enemigo de la vida.
El segundo, una espada vertical con un dragón enrollado alrededor del pomo, como la que llevan los Caballeros de la Piedad, que representa la hoja legendaria de Valor: La Piedad se otorga por la espada.
El tercero contiene un remolino que representa la Luz de Éter, de la que gotean estrellas: La Luz de Éter es sagrada.
La cuarta, un pergamino apretado en un puño: El Credo es la verdad absoluta.
El quinto, un casco blindado con alas de dragón que se elevan de las sienes, sin su portador, con un estilo ya en desuso en comparación con lo que llevan ahora los Caballeros de la Piedad: Hay Valor en el sacrificio.
Cinco dogmas que comienzan con el enemigo y acaban con el salvador. Cada vez que veo los símbolos, el desasosiego se apodera de mí. Es como si tanto el dragón como Valor me miraran fijamente con sus ojos vacíos… a mí y solo a mí. Como si ambos trataran de reclamarme.
Múltiples filas de bancos de piedra, gastados tras siglos de innumerables suplicantes, nos esperan.
Todo me recuerda vagamente a la Gran Capilla de la Piedad.
El vicario empieza a hablar antes de que los últimos hayamos tomado asiento en medio de la sala, en la fila de detrás de todos los suplicantes.
La sala puede albergar al doble de gente sin problemas.
Lucan permanece a mi derecha y Saipha a mi izquierda.
—¿Quién puede decirme por qué estáis aquí? —El vicario irradia poder.
—Para averiguar si estamos malditos —contesta alguien en voz baja.
—Efectivamente. —El hombre agarra el facistol y se inclina un poco hacia adelante—.
El azote puede pudrir nuestras tierras, pero la maldición es un azote sobre nuestras almas.
Los que cargan con esta marca siniestra y oculta, que son débiles a la atracción de la S ombra de Éter, están entre nosotros, escondidos a simple vista.
Pueden estar sentados a vuestro lado. O quizás la atracción esté dentro de vosotros .
Todos miran a su alrededor. Me muevo incómoda en mi asiento.
—Comienza con palpitaciones, luego con una mente inquieta. Dudas y miedos surgen a la vez que la humanidad del maldito empieza a verse consumida por el dragón que tiene dentro. Muchos incluso muestran signos de compasión hacia nuestros enemigos, porque esas bestias son la familia real del maldito.
—¿Compasión? ¿Hacia un dragón? —dice Saipha por lo bajo. Posa sus ojos en mí—. Lo dudo.
Miro hacia otro lado y me froto el pecho, ausente.
—El Credo, los Caballeros de la Piedad y cada uno de vosotros tiene el deber de liberar al mundo de estas bestias.
Destruyen nuestra Luz de Éter, debilitando la Pila de Vinguard cada vez que uno consigue traspasar el muro.
Pues llevan con ellos la Sombra de Éter, que da energía al azote, y es por esto que deben morir y sus cadáveres deben manejarse adecuadamente para evitar que la desgracia entre en nuestra ciudad y que nuestra Pila se debilite aún más.
Saipha se endereza un poco a mi lado mientras el vicario prosigue, hablando poéticamente sobre el papel de los Caballeros de la Piedad. Reitera que son una extensión del Credo. Que su piedad es una santidad parecida a la del mismísimo Valor.
Entonces el vicario me lanza una mirada, lo que también atrae la atención de todos los demás. Me enderezo un poco e intento parecer tan embelesada como el resto. No es sencillo.
—Y esto nos lleva al dogma más sagrado del Credo, de vivir como un ciudadano de Vinguard: hay valor en el sacrifico.
—Se mueve alrededor del facistol—. La supervivencia requiere más que valentía, requiere el sacrificio de aquellos que consideran la vida misma como algo sagrado.
Entregarte por la mayoría. Valor no dudó.
Atacó sin miedo para asesinar al Dragón Anciano.
¿Y qué consiguió con eso? Las historias pintan a Valor como un gran guerrero, pero nadie parece pararse a pensar en el hecho de que Valor se fue para matar al Dragón Anciano y nunca regresó.
Aquí estamos, siglos después, y seguimos con el Dragón Anciano y con una horda de dragones menores tras él, pero sin héroe legendario.
—Por eso existe el Tribunal, para asegurar que no suponéis un riesgo para esta ciudad que os ha criado, que os mantendrá durante el resto de vuestros días. Y cuando abandonéis estos salones, serviréis. Pero llevaos las lecciones de este lugar con vosotros para siempre.
Hace una pausa dramática antes de continuar:
—Somos la última barrera contra el azote. Somos todo lo que se opone a los dragones. Somos los últimos guardianes de la Luz de Éter. Toda alma más allá de estos muros está desperdigada y condenada en una tierra inhóspita.
Cuando era una niña, me imaginaba qué aspecto tendrían los que están fuera de los muros. Mamá hablaba de ellos de una forma totalmente opuesta al Credo: decía que, si todavía quedaban más humanos, serían como nosotros. Resolutivos y decididos.
Una vez, durante el primer año después de que mis ojos se volvieran dorados, le pregunté al vicario Darius sobre ellos y me enseñó un dibujo suyo en un libro.
Cada trazo esbozaba almas desgraciadas, retorcidas por el azote y la Sombra de Éter.
Las garras se extendían de sus manos. Algunas partes de sus cuerpos tenían escamas.
Unas alas rotas sobresalían de sus espaldas en ángulos extraños, como una abominación impía salida de la unión de un humano y un dragón.
Lo que sea que haya ahí fuera en realidad, lleva muerto mucho tiempo.
El azote se ha extendido demasiado y la Luz de Éter es demasiado escasa como para que un foco de vida sobreviva fuera de Vinguard.
Somos todo lo que queda y por eso, ahora más que nunca, tenemos que luchar para conservar nuestro hogar.
Como si me robara los pensamientos, el vicario acaba:
—Somos un ejemplo de lo que podría ser. Somos la última esperanza para toda la humanidad.
Cindel da un brinco y aplaude como loca.
Los otros a su alrededor hacen lo mismo.
Muchos suplicantes hacen una reverencia con la cabeza y piden ser bendecidos con fuerza y deber.
Incluso los que parecían ligeramente escépticos al entrar ahora parecen…
más atrevidos. Más seguros de sí mismos.
Como si, con unas pocas palabras convincentes, estuvieran listos para entregar sus vidas por el vicario.
—Hay que reconocérselo… Sabe cómo motivar a una multitud —me dice Saipha en voz baja.
—Es todo material típico de capilla. —No me arriesgo a decir nada más en contra del vicario en un marco tan público, sobre todo junto a Lucan, cuyos ojos puedo sentir sobre mí.
Saipha se encoge de hombros y se levanta estirándose.
—Esto me ha dado ganas de entrenar.
No hay nada que me apetezca menos que hacer uso de las salas de entrenamiento ahora mismo. Todavía me duele todo el cuerpo y tengo la espalda hecha un desastre. Pero, en vez de eso, le contesto:
—Claro.
—Isola, ¿podemos hablar un momento? —pregunta Lucan. Cuando Saipha se queda, él añade—: A solas.
—¿Nos vemos allí? —le digo a ella.
Mi amiga me lanza una amplia sonrisa.
—Te veo allí. O no. Si te entretienes, ya sabes.
Refunfuño ante su intento obvio de que manipule a Lucan para que sea nuestro soldado y repito:
—Nos vemos allí pronto .
Pero ella ya se ha dado la vuelta y se ha ido antes de que acabe de hablar. Suspiro. Puede que sea mi mejor amiga, pero a veces me gustaría asesinarla.
Me quedo mirando a Lucan, pero no se levanta. Le pongo los ojos en blanco y me siento a horcajadas en el banco para mirarlo. Ahora somos solo nosotros dos y el pesado silencio. Estamos muy solos en esta habitación enorme que, no sé por qué, de pronto parece demasiado pequeña.
Trato de ignorar el pozo de miedo que me crece en el estómago cuando me mantiene la mirada. Hay algo que quiere decirme y, por algún motivo, me aterroriza más lo que pueda ser que un dragón.