20
N o sé cómo, pero al final debo haberme quedado dormida, porque Saipha me despierta agitándome. La luz del sol entra por las ventanas y dejo escapar un largo suspiro. Hemos sobrevivido otra noche.
Me quedo mirando la luz tenue del invernadero, obligándome así a mantenerme alerta. Seguimos siendo las únicas aquí, así que debe de ser muy temprano. Los otros suplicantes todavía no están recorriendo los pasillos, manteniéndose ocupados con lo que puedan encontrar.
—Me voy a comer todo lo que sirvan en el refectorio esta mañana y después voy a repetir. —Se estira y después extiende la mano en mi dirección para ayudarme a levantarme—. Y luego vamos a encontrar una llave para ti.
No puedo evitar estar de acuerdo. Pero, cuando nos estamos yendo, una mata diminuta de capullos rojos y suaves capta mi atención. La pequeña planta crece felizmente en una maceta que hay sobre un estante alto.
—¿Qué es eso? —Saipha también se detiene.
—Seguro que no es… —murmuro.
—¿Qué? —Parpadea.
Cruzo hacia la maceta. Está separada de las demás solo un poco. Como si alguien la hubiera movido hace menos tiempo que a las demás. La levanto y, en efecto, debajo hay una llave resplandeciente.
—Oh, por el amor de Valor —Saipha echa pestes en voz baja—. ¿Cómo no la hemos visto?
La flor, que es más bien una maleza, se llama aliento de dragón. Crece en las grietas de la piedra cercana al muro. La arrancamos y la quemamos porque es venenosa. Casi todo lo que tiene el nombre «dragón» en Vinguard va a intentar matarte.
—Te juro que registré este invernadero de arriba abajo el primer día —refunfuño.
—No me sorprendería si los inquisidores la hubieran puesto después. —Su tono es tan amargo como el mío.
—Este lugar es de lo peor.
—Bueno, al menos ya tenemos algo hecho por hoy. —Saipha intenta restarle importancia.
Quiero estampar la maceta contra la pared, pero en vez de eso la vuelvo a colocar con delicadeza y agarro la llave.
—Vamos a por comida… ¿Y qué tal si no parecemos tan homicidas de camino? —sugiere con un guiño.
—¿Mejor? —pregunto forzando una sonrisa.
—En cierto modo, peor. —Se ríe y suena un poco forzada y a la vez sincera. No puedo evitar unirme. Si no me río, este sitio me va a hacer llorar.
El refectorio está conectado al claustro central por unas escaleras pequeñas que bajan; cuando pasamos junto a los tapices, le dedico otro pensamiento enfadado a Lucan.
Por el camino, nos paramos con un inquisidor para intercambiar mi llave por la llave de la habitación que está enfrente de la de Saipha en la cuarta planta.
Para cuando llegamos al refectorio, los otros suplicantes ya se han instalado en su mayoría.
Hay siete mesas redondas con sitio para ocho, que son tres más de las necesarias: mi recuento original del número de suplicantes solo estaba mal por dos.
Me pregunto si estas son las mesas que hay siempre en el monasterio o si las han puesto de manera intencionada para que no todas tengan que estar llenas.
Para que la gente pueda escoger y decidir con quién quiere sentarse, con quién aliarse.
Parece que ya se están formando facciones. Cindel es el centro de atención en un grupo de cuatro. Se pone erguida cuando entro.
—Tienes muy mal aspecto. ¿Noche dura? —Intenta pintarlo como preocupación. No me dejo engañar.
—Es el aspecto de alguien que se ha pasado la noche en busca de conocimiento y habilidades, Cindel. Pero gracias por preguntar.
Me doy la vuelta e inspecciono la sala, pero no veo al chico que viene directo a mí hasta el último segundo. Intento quitarme del medio, pero juro que se choca conmigo adrede y me golpea el hombro, y casi acabo con un bol de estofado caliente en el pecho.
—¡Mira por dónde vas! —Un par de ojos marrones claros familiar me mira. Es Benj, el siniestro doble de Lucan propiedad de Cindel.
—Perdona —murmuro y doy un paso largo alrededor de la sopa derramada.
—¿Por qué le pides perdón? —Saipha da un paso adelante—. Se ha chocado contigo a propósito.
—¿Por qué iba a hacer eso? —Benj no es capaz ni de ocultar la sonrisa para no parecer culpable—. Ahora mi sopa está en el suelo. Supongo que tendré que quedarme tu ración.
—Vale. —Suspiro; no quiero tener que lidiar con esto después de las dos noches que he pasado.
—No, de vale nada. —Saipha da otro paso y casi se pone pecho con pecho con Benj—. No vas a chocarte con ella y luego a quitarle la comida.
—Yo creo que es lo justo, ya que Benj se ha quedado sin comida por su culpa —dice Cindel, metiéndose en la conversación sin levantarse de la mesa, porque está claro que lo hace.
—No pasa nada, Saipha, deja que se quede la mía.
Se pasa todo el rato que él tarda en ir a por otra ración refunfuñando, pero no discute.
Por eso sé que también está agotada. Mientras le dan su bol a Saipha, analizo la sala en busca de una complexión alta conocida.
Al no ver a Lucan en ningún sitio, finjo que la tirantez de mi pecho no tiene nada que ver con la duda de si sobrevivió anoche.
Mi amiga se está alejando de las bandejas comunitarias cuando siento que alguien me observa.
Ignoro a Lucan y al alivio que inunda mi cuerpo intencionadamente.
No me va a hacer ningún bien el ablandarme ni un ápice por este tío.
Cada vez que estoy un poquito vulnerable, me recuerda que me traicionará si tiene que hacerlo.
Que él tenga elección o no en el asunto no cambia el hecho de que ser vulnerable a su alrededor es peligroso para mí.
Pero también… me alegro de que esté bien.
Elijo una mesa aleatoria y acabo sentada con un chico que tiene un ojo azul y otro marrón.
Es raro ver a alguien con los ojos de colores diferentes cuando uno no es dorado.
Saipha se sienta frente a él y desliza su bandeja entre nosotras.
No me resisto a la oferta y como un poco de la sopa de champiñones.
—Horowin Kael —se presenta—. Y sé quiénes sois vosotras dos, claro.
Doy un bocado al huevo frito.
—¿De dónde eres?
—De la Subcorteza, segundo nivel.
Hago una pausa, con la cuchara suspendida en el aire.
—¿La Subcorteza?
—Lo dices como si yo fuera el especial aquí. —Se ríe. Es un sonido cálido, de barriga llena.
—No conozco a mucha gente de la Subcorteza.
—Aunque el tránsito entre las mitades superior e inferior de Vinguard es de libre acceso, es poco frecuente que los ciudadanos las crucen.
Aquellos que viven abajo lo hacen para evitar los cielos.
Y aquellos que viven arriba ven la retirada a las profundidades como una deshonra silenciosa.
Hemos dado por perdida tantas de nuestras tierras que pocos de nosotros pueden soportar la idea de ceder un terreno más.
—Ni yo —añade Saipha.
—Los cincos somos de allí. —Hace un gesto hacia la otra gente que estaba sentada en la mesa cuando llegamos, y los presenta a todos.
Así que este es el grupito que está formando él…
Aunque les agradezco que nos hayan dejado unirnos—.
Estás viendo a todos los jóvenes de dieciocho años que se han reunido este año desde la ciudad que está bajo la ciudad.
—¿Solo cinco? —Me sorprende, teniendo en cuenta cuántas mujeres van a la Subcorteza durante el embarazo (la única vez que hacerlo no recibe el juicio de los que viven en la superficie).
No me imagino teniendo un hijo. En parte porque nunca he estado segura de si voy a sobrevivir lo suficiente, ya sea por la maldición o por un ataque de dragón o porque me suceda algo horrible por no ser Valor Reencarnado en realidad.
Pero también porque es difícil imaginarse traer una nueva vida a este mundo.
—La mayoría de la gente de la Subcorteza quiere que sus hijos crezcan con el sol —nos dice Horowin.
—Piensan que así serán más valientes —añade Yenni, una chica que lleva una trenza oscura y gruesa.
—¿Esta es la primera vez que veis el sol? —pregunta Saipha. Espero por ella que la pregunta no sea ofensiva… porque yo también quiero saberlo.
Horowin asiente.
—Mi primera vez en la superficie. Aunque he estudiado mucho sobre ella.
Los otros asienten también. Un chico llamado Ulven nos cuenta:
—Yo he estado arriba una vez, pero solo en las horas centrales del día para evitar a los dragones.
Aquí arriba hay demasiada luz para mi gusto.
—Dada la tonalidad fantasmal de su piel, no le culpo.
Está más pálido que yo, y eso que mi piel a veces parece arder ante la idea del sol—.
Seré muy feliz ocupándome de una granja a la luz de la Pila cuando todo esto haya acabado.
La idea de que alguien pueda vivir toda su vida y nunca escuchar las campanas. No experimentar nunca el miedo de un ataque de dragón… Es tan extraño que esta gente bien podría ser de otro mundo.
Tengo miles de preguntas que quiero hacer, pero no tengo la oportunidad. De pronto, la atención de todos está puesta en la entrada del refectorio. Sigo sus miradas fijas y amplias.
El vicario Darius me sostiene la mirada y sonríe.