19
S aipha y yo nos alejamos de la puerta y compartimos una mirada que contiene miles de palabras, aunque ambas mantenemos la boca cerrada para evitar que se nos escapen. Aun así, nuestras expresiones preocupadas lo dicen todo.
«Al menos uno de los suplicantes de este año está maldito» .
Esa frase va a perseguirme durante el tiempo que me queda aquí.
Ya me está consumiendo los pensamientos a medida que nos escabullimos.
Está reduciendo mi optimismo vacío y mis falsas esperanzas.
Retomamos el ritmo cuando ganamos distancia, obligadas a volver sobre nuestros pasos y a esperar que hubiera algún camino que pasamos por alto.
Justo a la vuelta de la esquina en la que empezamos (pero en la dirección opuesta hacia la que fuimos, por supuesto), hay una puerta con una palanca incrustada en la pared a su lado.
Miro a Saipha. Se encoge de hombros. No es que tengamos otra opción ; estoy segura de que ambas pensamos lo mismo.
Cuando tira de la palanca, nos preparamos para lo que pueda pasar.
La puerta se abre deslizándose hacia el lado, dentro de la pared, y salimos a una escalera conocida. Tan pronto como Saipha suelta la palanca, el mecanismo empieza a girar y la puerta comienza a vibrar y vuelve a su sitio. Se cuela con un paso lateral justo antes de que se selle.
—Un pasadizo oculto… —murmura, manteniendo la voz baja.
Ahora la puerta no es más que un cuadro alto al lado de un rellano de escalera.
—Tiene que haber más de estos. ¿Recuerdas que el vicario dijo que podría haber gente vigilándonos incluso si no los veíamos?
—Paso los dedos por el marco del cuadro en busca del mecanismo que pueda provocar que se abra por este lado.
Sea lo que sea, no es obvio de inmediato, y Saipha interrumpe mi búsqueda.
Acepto de mala gana que deberíamos irnos antes de que algún inquisidor se dé cuenta de dónde hemos acabado.
Puede que hayamos logrado escapar de ellos.
Hasta donde saben, seguimos dando tumbos por esa habitación oscura, gritando hasta quedarnos sin voz.
Lo que significa que quizás tenemos una oportunidad para llegar al invernadero antes de que se las arreglen para encerrarnos en ese horrible sótano otra vez. O algo peor.
El hielo me recubre la columna cuando entramos en el familiar invernadero. Su vegetación frondosa y la suave luz de la luna que se filtra parecen no concordar con el miedo que me corre por las venas. Uno de nosotros está maldito . Es lo único que puedo pensar. Una y otra y otra vez…
—¿Crees que aquí estaremos a salvo? —inquiere Saipha mientras examina las paredes.
—No creo que estemos «a salvo» en ningún sitio, pero a veces tienes que fingir que los monstruos no son reales para poder dormir.
—Sueno más valiente de lo que me siento.
Nos guío hacia la parte trasera, aguantando la respiración cuando tiro de la puerta para entrar al cobertizo.
Está igual que ayer, con todos los tiestos y los estantes que parecen intactos.
—Dudo que ninguna de las dos vaya a dormir esta noche. —Saipha entra y se tambalea hasta el fondo, donde se deja caer con un resoplido.
Mi mirada va de la mesita a las bolsas de abono, y de ahí a unas pocas herramientas para cavar.
Tenía la esperanza de que el cuenco pequeño que usó Lucan para mezclar aquel emplasto todavía estuviera aquí, pero no está.
¿Se lo llevaría consigo para emborronar los otros sellos?
¿Lo limpiaría para que nadie más pudiera usarlo? ¿Lo quitaría un inquisidor?
Me doy cuenta de que en realidad no sé qué le pasó a Lucan después de irme, y esto produce un cambio inquietante en mi interior. Pasé el día en la habitación de Saipha y no salí hasta que cayó la noche. ¿Consiguió una llave? ¿Y si lo capturaron los inquisidores? ¿O peor?
No , no me voy a preocupar por él. Me lo imagino yéndose con aire despreocupado después de entregarme a los inquisidores sin pestañear para después centrarse en arruinar cualquier ventaja que pueda tener. Toda la compasión que sentía por él se evapora como el agua sobre piedras calientes.
Me pongo cómoda al lado de Saipha y ella apoya su hombro en el mío.
—Ese pasadizo… ¿Crees que esperaban que lo encontrásemos? —Su voz es apenas un suspiro y la forma en que lo pregunta me indica que ya sabe la respuesta.
—No, en absoluto. —A pesar de que el aire del invernadero está húmedo y cargado del aroma de tierra mojada, sigo teniendo frío. El hedor del ácido de dragón verde me ha quemado la nariz por dentro.
—Seguro que hay más como ese —reflexiona.
—Seguro. De pronto todo este lugar parece un tablero de juego y nosotras somos las piezas.
—Claro, solo que el tablero cambia cuando a ellos les conviene.
Me hace pensar en las distintas palancas y tiradores que diseñaba mi padre. Las cajitas con compartimentos ocultos con las que me sorprendía en mi cumpleaños. Los puzles diminutos que me daba «solo por ver» si era capaz de descifrarlos.
¿Estabas entrenándome también entonces? Ojalá pudiera preguntarle. Otra pregunta para cuando salga de aquí. A fin de cuentas, imagino que habrá mucho de lo que hablar. Si es que salgo de aquí…
El silencio es pesado. Sé a dónde están vagando nuestros pensamientos. Aquello que nos va a mantener despiertas toda la noche, coqueteando con nuestras peores pesadillas y miedos.
—¿Quién crees que es? —pregunta con un susurro—. Mi padre me dijo que estar maldito es increíblemente raro.
—No lo sé. —Descanso la nuca contra la piedra fría mientras miro hacia los jardines elevados—. Espero que sea Lucan.
—No te gusta nada , ¿eh?
—¿Puedes culparme? —Me encojo de hombros, aunque una parte de mí ya se arrepiente de lo que he dicho. No es su culpa que sea así , dice una parte de mí. ¡A h, por el amor de Valor, deja de justificarlo! , otra se pone en su contra.
—Parece que ha sido bastante amable contigo.
No contesto, estoy demasiado ocupada discutiendo mentalmente conmigo misma por un chico. Un desperdicio total de mi energía mental.
—Apuesto a que podrías ganártelo —continúa—. ¿Y si flirteas con él hasta que sea tu títere?
—Saipha. Asqueroso —repito mi afirmación de antes y se ríe. Es una risa tenue y un tanto vacía. Pero auténtica.
—Solo digo que nos vendría bien toda la ayuda que podamos conseguir aquí dentro. —Suena ambigua.
—Pues sí… —Mi voz se va apagando. No soy capaz de decir nada más de todas formas. Solo un pensamiento me da vueltas en la cabeza ahora mismo.
Soy yo. Yo soy la que está maldita.