18
– J amás pensé que sería tan feliz de estar en otro pasillo oscuro. —Mira a su alrededor y hace una mueca.
—Por lo menos en este hay una vela. —Señalo un aplique que está al fondo del estrecho pasaje.
—El paradigma del lujo. —Saipha finge un desmayo y yo contengo una risa que parece tan fuera de lugar pero tan bienvenida ahora mismo.
Me apoyo contra la pared y cojo una bocanada de aire, espiro todo el aire y lo vuelvo a hacer. Es probable que este pasadizo estrecho no tenga trampas, ya que no creo que pretendieran que lo encontrásemos, pero en realidad no estoy pensando en eso.
—Has estado genial ahí dentro. —Se apoya contra la pared a mi lado, también recuperando el aliento. Cuando me limito a mirar fijamente al suelo como respuesta, se mueve, se inclina y ladea la cabeza para captar mi mirada—. ¿Qué pasa?
—Me quedé petrificada. —No puedo evitar sentir la ola de frustración e impotencia que acompaña a esas palabras. Suficiente para que quiera gritar—. Dos veces.
—Isola…
—Anoche también me pasó.
Mi amiga se despega de la pared para ponerse frente a mí, me agarra de los hombros y me sacude con suavidad.
—Estuviste genial ahí dentro. Tú has sido la que nos has sacado. Igual que hiciste anoche con Lucan. ¿No?
La incompetencia se cierne sobre mi nuca como un hacha.
—Anoche también me quedé petrificada. Tuvo que ayudarme. Y, si no fuera por ti, esta vez quién sabe cuánto tiempo habría estado atascada mirando al espejismo de un dragón con las rodillas como gelatina.
—Oye, oye . Eres tú quien desactivó esos sellos.
Yo ni siquiera podía verlos. No digas tonterías.
Eres la Isola que se cuela en la biblioteca del Credo para encontrar torres antiguas en el muro para escalarlas y poner a prueba su valentía.
La que se enfrenta al vicario siempre que puede. La que es Valor Reencarnado .
No lo está entendiendo, porque nunca le he contado mi secreto a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga. Pero si las dos vamos a estar encerradas en pruebas como la última, en las que va a necesitar contar conmigo…, merece conocer la vergonzosa verdad.
—La que no puede ni mirar a un dragón sin que se le bloquee el cuerpo, y mucho menos luchar contra uno. —Por fin la miro a los ojos. Abre la boca. Y yo ya me siento aplastada por su decepción.
—Tuve que detenerte para que no fueras corriendo a atacar a un dragón anteanoche —me susurra. La verdad sobre la que iba a preguntarme en nuestro primer día regresa a su mente.
—No, no lo hiciste. —El odio y el autodesprecio son más amargos que el leve aroma de ácido de dragón que todavía se aferra a mi ropa.
Los Celest son la única familia que ha sido buena conmigo y les he mentido—.
No me estabas sujetando. Estaba congelada de miedo.
Sabes que me fui después de que hubiera muerto el dragón; no estaba corriendo porque sintiera la atracción de la Luz de Éter y una necesidad de asesinar.
Corría por mi madre y estaba completamente aterrada todo el tiempo, a pesar de que estaba muerto.
No soy ningún héroe renacido… Siento no habértelo contado nunca.
Los hombros se me hunden. Cuando mi amiga se limita a mirarme, me doy prisa en explicarme:
—Cada vez que me bloqueo…, pienso que lo superaré, que a la próxima estaré bien.
Pero siempre que veo a uno, vuelvo a ser esa niña pequeña asustada en el tejado.
Cada vez que veo a uno de esos monstruos, puedo sentir la garra del que intentó matarme perforándome la piel y el esternón, estirándose para alcanzar mi corazón como si quisiera jugar conmigo antes de matarme.
—Mientras hablo, esa misma cicatriz me duele.
Me ha estado molestando desde que entramos en el monasterio, pero ahora el malestar y el picor se han t ransformado en un dolor palpitante tan insoportable que no puedo evitar frotarla.
La expresión de Saipha se suaviza. Desliza las manos por mis brazos y entrelaza sus dedos con los míos.
—Y luego lo mataste . Ese día, incluso cuando eras pequeña y estabas asustada, mataste a un dragón. Esa niña pequeña sin entrenamiento, sin sellos sofisticados, sin ballestas.
—Pero ni siquiera sé cómo lo hice —murmuro. Ni siquiera sé qué poder usé.
—Eso da igual. Lo hiciste. Tú . Y tus ojos lo demuestran. —Se aleja. Me sorprende que no huya o me grite—. ¿Por qué no me habías contado todo esto antes?
—Yo… no quería decepcionarte —admito. Saipha palidece.
—Debe de ser lo más ofensivo que me has dicho nunca.
—¿Cómo? —Repito las palabras en mi cabeza intentando averiguar el por qué.
—¿Crees que nuestra amistad es así de débil? —Me sonríe con suficiencia. La chispa traviesa está volviendo a sus ojos. Ni una habitación llena de vapor de dragón verde puede eliminarla—. No te voy a abandonar, Isola. Eres brillante, y eres mi mejor amiga.
—¿Incluso si soy una cobarde?
—Eres una de las personas más valientes que conozco. —No hay ni rastro de duda en su voz—. La valentía no va de superar desafíos sencillos. Va de enfrentarte a lo que te asusta y hacerlo de todos modos.
Me pican los ojos y bajo la mirada. Es demasiado buena conmigo.
—Podría ser una carga para ti aquí dentro.
—Por una vez, puedo decir con seguridad que no eres tan especial, Isola. Prácticamente todo el mundo en Vinguard teme a los dragones.
—Pero…
—Y además, sé cómo conseguiremos que lo superes.
—¿Eh? —Dudo que se le pueda ocurrir algo que no haya intentado, pero agradecería cualquier sugerencia a estas alturas.
—Convirtiéndonos en Caballeras de la Piedad.
La risa burbujea en mi interior, pequeña y breve, pero honesta. Si el muro estuviera unido con la voluntad de Saipha, nunca necesitaría reparaciones.
—Está bien.
—Bien, ahora que ya hemos resuelto eso… —Para y me mira por el rabillo del ojo—. No hay nada más que quieras decirme, ¿no?
Abro la boca y estoy a punto de contarle mi mayor miedo.
Puede que tenga la maldición . Pero no lo digo.
Puede que lo último que haga sea traicionarla…
, pero por lo menos podré vivir estos últimos días como su amiga.
Es egoísta, pero lo considero un último deseo, si es que todo eso llegara a ocurrir.
Aunque no me he transformado todavía, ni siquiera después de lo de esta noche. Puede que sea cierto que no estoy maldita.
—Nada en absoluto. —A pesar de mi intento por ser optimista, las palabras son como cenizas en mi boca. Lo único que veo es la expresión de mi madre cuando le pregunté si estaba maldita, alarmada y asustada.
—Bien. Pues vamos a ver si encontramos el camino de vuelta.
No me opongo y comenzamos a caminar en dirección hacia arriba en general.
—¿Dónde crees que estamos? —pregunta.
—No lo sé, quizás…
Escuchamos las voces a la vez. Ambas corremos para pegarnos a la pared, pero los sonidos amortiguados no cambian.
Nos atrevemos a seguir lentamente, agachadas por instinto.
Solo hay una forma de subir y nos vamos a arriesgar con lo que sea que haya a la vuelta de la esquina porque está claro que no vamos a regresar ahí abajo.
En la siguiente esquina, la raya de color naranja que sale por la rendija de una puerta que hay más adelante es casi cegadora. Es ahí donde acaba este pasaje estrecho. Y las voces vienen de detrás de esa puerta.
Echo un vistazo a Saipha. Asiente alentadora. Nos arrastramos hacia adelante hasta estar lo suficientemente cerca como para escuchar a través de la gruesa madera.
—… demasiado pronto. Tendremos que hacer más cosas que los involucren a todos.
Presionarlos como grupo para deshacernos de los posibles afectados; buscar cualquier signo de debilidad que pueda atribuirse a la maldición.
Las pruebas principales serán una buena oportunidad para ello.
— Es la mujer que me dejó en el tejado anoche , me percato.
Por la forma en que habla, sí que está al mando—.
Espero los planes para la primera prueba al amanecer.
—¿Podría ser una falsa alarma, prelada? —pregunta uno de los otros inquisidores.
—No, la alarma que indica que hay un maldito por el dragón la hizo el mismísimo alto coadjutor Kassin Thaz.
¿Padre? Un escalofrío me recorre el cuerpo desde la cabeza a los pies.
—¿Podríamos probarla de nuevo?
—Por desgracia, el prototipo era inestable y se rompió debido a la presión. Kassin dice que no tendrá las provisiones apropiadas para hacer reparaciones hasta dentro de meses.
¿Se rompió? Las creaciones de mi padre no se rompen. A menos de que le obligaran a hacerlo con prisa. E incluso entonces… La idea es como ponerse un zapato en el pie contrario. No puede ser cierto.
—Incluso si pudiéramos arreglarlo, usa demasiada Luz de Éter —continúa la prelada—.
El Credo no quiere que extraigamos tanto de la Pila.
Además, no necesitamos ningún tipo de alarma.
Tenemos los mismos métodos comprobados que se han usado en el Tribunal durante siglos.
Todos lo visteis cuando los suplicantes se reunieron por primera vez. Su señal fue clara…
Hace una pausa antes de confirmar la verdad que me revuelve el estómago.
—Al menos uno de los suplicantes de este año está maldito.