La maldición del dragón 17
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G rito cuando algo choca contra mí desde la derecha, me tira al suelo con un ruido sordo y me deja sin aire en los pulmones.

La cola del dragón, ¿quizás? Con un gruñido, giro y me pongo de pie con los brazos extendidos, lista para defenderme de garras y dientes y de lo que sea que tenga planeado la bestia.

Pero doy un paso atrás y me tropiezo con algo.

—Isola —Saipha me llama con voz áspera y casi lloro ante el sonido de su voz proveniente del suelo de tierra bajo mis pies.

Extiendo el brazo y sus dedos encuentran los míos, que me agarran tan fuerte que casi me duele—.

Perdona por haberme chocado contigo —susurra.

Era mi amiga y no un dragón lo que me tiró al suelo.

Me suelta la mano y me giro en círculo, esperando nuestra muerte en cualquier momento. Pero no hay nada. Lo ojos morados relucientes no están. No hay siseo. Y no hay dragón. Nada. Estamos solas.

—¿Lo has visto? —le digo en voz baja.

—He visto muchas cosas. —Tiene la voz débil y temblorosa. Parece estar tan alterada como yo—. No sé qué dragones es este sitio, pero quiero irme. Ya.

¿Cómo es posible que no lo haya visto? El monstruo estaba justo ahí.

Examino el vacío. Ni siquiera hay luz suficiente para ver a Saipha a mis pies.

Asusta a algo primario en mi interior, y hace que los pelos de la nuca se me pongan de punta.

Cierro los ojos, confío en mis otros sentidos, aguzo el oído y me concentro en sentir las vibraciones del suelo.

No siento ninguna, pero un cierto sentimiento todavía arde.

Cuando era una niña pequeña, mamá decía que tenía un talento con el Éter.

Padre incluso dijo que pensaba que tenía los sentidos de un futuro artífice.

Pero todo cambió tras el ataque. Su entusiasmo se convirtió en preocupación.

Mi cuerpo ya no me parecía un lugar seguro, sino un objeto peligroso que yo habitaba por casualidad.

Quizás… debería dejar de estar asustada de él. Puede que mis peores miedos sean ciertos y que no sea la Luz de Éter lo que siento, sino la Sombra de Éter. Puede que mis esperanzas anteriores estuvieran depositadas donde no debían y estos sentidos sean otra prueba más de que estoy maldita.

Pero, si estar maldita va a ayudar a mi amiga, entonces lo voy a usar a mi favor.

Inspiro hondo y me concentro como mamá me enseñó; igual que hice anoche bajo el autómata de dragón, permitiendo a mi mente y mi cuerpo que se relajen y perciban.

En mi mente se unen puntos de energía densa en cada una de las paredes y puedo sentir las corrientes invisibles de Luz de Éter tendidas entre ellas, formando una red. Red en la que ahora estamos atrapadas.

Sé lo que es. Leí del tema en uno de los diarios de padre hace años; no tenía ningún boceto de sellos, pero estaba lleno de teorías sobre ellos. Puede incluso que la red y los sellos los haya creado él. Y además, está ese olor…

—No es real —susurro.

—¿Qué?

—Nada de esto es real. —La ayudo a levantarse—. Da igual lo que veas, tú agárrate a mí y sigue caminando.

Lentamente, la guío hacia donde todavía visualizo uno de los puntos de energía de la pared. Pero antes de poder alcanzarlo, chilla y da un tirón para soltarse de mí. Sus pisadas golpean la piedra con fuerza en la oscuridad como si estuviera corriendo por su vida.

El instinto me dice que vaya detrás de mi amiga, pero deshacer esto es lo que la ayudará de verdad.

— ¡ No es real, Saipha! —grito tras ella, pero sigo yendo hacia el punto al que nos estaba guiando.

Me quito la bota y la uso para llegar lo suficientemente alto como para pasarla por la piedra desde la que siento que viene la energía y espero que este sello, al igual que los otros, esté dibujado en tiza y no con algo más permanente.

Mi apuesta da sus frutos. La magia parpadea, luego cruje, y luego se atenúa, lo que rompe la red que la conecta con los otros sellos y las horribles visiones que provocaba.

Me apoyo contra la pared y recupero el aliento mientras la sensación del sello del lado opuesto se apaga también, y después otro, y otro.

No puedo evitar sonreír. Los circuitos de sellos son como un castillo de naipes; todos dependen de los demás para funcionar. Quita uno y los demás fallan.

—Se acabó, Saipha —grito en la oscuridad. La falta de luz no era un invento—. No era real. —Puedo escuchar cómo respira irregularmente en el lado opuesto. Mis sentidos vuelven a ser míos de nuevo—. Ya es seguro, te lo prometo.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que nada era real? —La voz le tiembla un poco y su respiración se niega a calmarse. Me pregunto qué forma tomaron las ilusiones en su caso.

—Por el olor. —Debería haberme dado cuenta de inmediato.

He olido este aroma hace poco—. Para un segundo.

Respira —le aconsejo, porque no creo que estemos en peligro real ahora que los sellos de artífice están inhabilitados.

Saipha sigue mis instrucciones—. Conoces ese olor.

—Ahora que los sellos ya no lo están esparciendo por la habitación, es débil, pero sigue quedando algo.

Vuelve a inhalar más fuerte y más rápido.

—Dragón verde. —Es probable que lo oliese en el uniforme de su padre cuando volvió a casa la otra noche mientras nos interrogaban a mi madre y a mí.

Su ácido lo consume todo, hasta el acero; la mayoría de la gente se centra en eso. Pero inhalar sus gases puede provocar alucinaciones horripilantes.

—Esta habitación no es más que magia y mecánica —afirmo para mantenernos en calma—.

Seguro que usaron un poco de veneno del dragón verde que atacó el otro día para hacer los sellos.

—Me levanto y meto el pie en la bota, encantada de verdad de no haber tocado eso con las manos.

Después me giro hacia donde escucho su voz.

—¿Eso quiere decir que los sellos estaban funcionando con Sombra de Éter? —musita escandalizada.

La pregunta tiene sentido, dado que el Credo dice que los dragones son la encarnación de la Sombra de Éter.

—Creo que los sellos solo vaporizaban el ácido. No creo que extrajeran Sombra de Éter realmente.

—Pero lo hemos inhalado —me susurra desde una distancia corta frente a mí—. Hemos inhalado vapor de dragón verde. Eso debe tener Sombra de Éter, ¿no?

—No lo sé —admito.

—¿Cómo no la va a tener? Forma parte de esos monstruos. —Ahora son sus palabras las que son puro veneno.

—Quizás se trata de eso. —La alcanzo, le agarro la mano y la sostengo por un momento, para estabilizarnos a las dos. Mis siguientes palabras son tan solemnes como una trompa funeraria—. La maldición es provocada por una acumulación de Sombra de Éter.

—Entonces, ¿nos están exponiendo por voluntad propia? —Las palabras son pequeñas, poco más que una exhalación. Lo único en el mundo que aterroriza a Saipha.

—No lo sé —repito. Quiero tranquilizarla contándole las teorías de mamá de que los dragones en realidad no son bestias de Sombra de Éter, pero conozco a mi amiga y todo lo que va a oír es una traición contra el Credo que nos guía—.

No sé qué lógica le ven los inquisidores a esto o qué pueden hacer después. Solo sé que no creo que sea nada bueno.

—No me gusta nada de esto. —Sé que tiene el ceño fruncido solo con escucharla.

—Ni a mí. Así que vámonos de aquí mientras podamos.

—Nos guío a lo largo de la pared externa.

Deslizo una palma contra la piedra suave y la otra la dejo aferrada a la mano de Saipha.

Caminamos por la habitación sabiendo que, tarde o temprano, encontraremos alguna forma de salir.

Por lo menos las dos respiramos con normalidad y no siento que me vaya a explotar el corazón.

Una grieta vertical en la piedra, no más ancha que mi dedo meñique, me hace parar.

Suelto la mano de Saipha y empujo contra la piedra que hay al lado de la grieta.

Con algo de esfuerzo, cede. La luz de luna es casi cegadora después de la oscuridad total de la cámara.

Salimos y suspiramos de alivio a la vez, y me falta tiempo para cerrar la puerta detrás de nosotras.

Se funde casi a la perfección con los ladrillos y el mortero del muro. Una salida oculta.

Cierro los puños. Los inquisidores estaban dispuestos a dejarnos merodear por esa sala toda la noche, atrapadas en una red de veneno de dragón concentrado, muertas de miedo.

«Los Tribunales están diseñados para llevarnos a nuestros límites » , dicen.

Pero ahora estoy más segura todavía de que es para acabar con nosotros.

No puedo contener el escalofrío que me recorre el cuerpo al pensar en lo que nos espera.