16
S aipha y yo estamos en el último escalón al final de la escalera del colegio mayor. Ha llegado la noche al Tribunal.
He pasado el día entero en su habitación, pero todavía me siento como si me hubiera caído por unas escaleras…
dos veces. Por debajo de la camisa llevo bien enrolladas alrededor del torso unas vendas hechas con trozos de estopilla que encontró en los talleres.
Estuve a punto de pedirle a Saipha que buscara a Lucan para pedirle que hiciera más ungüento, pero prefiero sentir dolor a pedirle su ayuda.
Como era de esperar, no hay nadie fuera. Nadie es tan imprudente como para hacer algo así.
Probablemente ese sea el motivo por el que a Saipha le gusta.
No lo diría nunca, porque me hice daño, pero sé que una parte de ella está un poco celosa de verdad porque «me lo pasé muy bien» anoche. Porque ya he tenido la oportunidad de demostrar que soy una candidata a la Piedad y ella no. Este instinto hará de ella una excelente Caballera de la Piedad.
Me mantengo alerta por si veo a Lucan cuando bajamos, pero no está por ningún sitio.
Me pregunto si usó el resto de la noche, o del día, para encontrar una llave.
Cosa que debería haber estado haciendo yo, o habría hecho, si no fuera porque estaba encadenada al tejado y después necesitaba recuperar tanta fuerza como pudiera, tan rápido como fuera posible.
—¿Estás lista? —pregunta mi amiga.
No lo estoy, pero voy a necesitar días para curarme y no los tenemos. Lo mejor que tengo es una oportunidad de encontrar un sello que lo haga por mí.
—Estoy lista.
Acto seguido, nos lanzamos hacia adelante.
Voy directa al tapiz amarillo y lo aparto para revelar el autómata de dragón, y espero que Saipha tenga razón y esta réplica de dragón amarillo tenga un sello que me ayude a recuperarme.
Entre ese y el sello protector del dragón plateado, seré casi invencible.
Conseguir los demás sería casi sencillo.
Saipha corre en la dirección opuesta, directa al tapiz del dragón cobrizo. Se para justo delante y se queda en el sitio, esperando a que el tapiz se enrolle hacia arriba.
Estoy buscando el panel del pedestal del dragón amarillo cuando me doy cuenta.
Algo va mal .
Ninguno se mueve. Estoy apretujada en el hueco estrecho dentro del que está metido el dragón. Ya debería haber salido rodando.
—Isola, ¿cuánto tarda esto? —me llama Saipha.
No contesto, en su lugar arranco la puerta del panel y me arrastro por debajo.
La oscuridad es casi total dentro y me cuesta encontrar el camino solo por el tacto.
Mis movimientos son casi frenéticos, deslizo los dedos por los muelles y los engranajes completamente parados a medida que acerco la mano al punto central, donde debería estar el sello.
Hay luz suficiente para ver que ya no está.
¿Los han desarmado los inquisidores? No, de ninguna manera harían que este lugar sea menos mortal. ¿A menos de que no quisieran que encontráramos más? Pero, si ese fuera el caso, imagino que ya me habría enfrentado a su ira por encontrar y usar uno.
Estudio los restos de tiza donde estaba el sello. Solo quedan algunos trozos de líneas; nada que pueda conectar con confianza. Lo ha emborronado una mano que conozco. Siento un hormigueo por la espalda.
Ha sido Lucan. Mientras yo estaba distraída por lo grandes que eran sus manos, él estaba tramando algo. Maldigo por lo bajo.
—Ya no están —anuncio al salir de debajo del dragón mecánico—. Ya no hay ningún sello.
—¿Qué? —Cruza la sala con urgencia—. ¿Cómo que no hay ninguno? ¿Los han desactivado los inquisidores? —Busca por la sala. Apenas se ve un rayo de luz de luna que entra por las finas ventanas de más arriba.
—¿De verdad piensas que harían de este un sitio más sencillo para nosotros? —le pregunto inexpresiva.
—Entonces, ¿cómo?
—Apuesto que Lucan vio lo que hice y anoche, después de que me llevaran, los difuminó para que no pudiera conseguir más ventajas. —Los puños me tiemblan con una ira que casi no puedo contener.
—Dado lo difícil que decías que fue conseguir uno, no estoy segura de que él haya podido.
—Es perfectamente capaz, te lo aseguro —contesto mientras pienso en la facilidad con la que se movía para esquivar los ataques de los dragones.
—Hablas como alguien que ha observado con mucha atención la forma en que se mueve —señala.
—Solo para saber el tipo de persona a la que nos enfrentamos. —Mi tono suena mucho más defensivo de lo que me gustaría.
Saipha inspecciona la sala para esconder una sonrisita.
—Bueno, lo que sea que haya pasado… Parece que estamos seguras aquí, por ahora.
Claramente, las noches son las horas de los inquisidores.
Es cuando nos van a presionar de cualquier forma que les intrigue.
Y aquí estamos, expuestas. No me hago ilusiones de que me perdonarán si nos encuentran, incluso después de haberme puesto a prueba anoche.
El Tribunal no consiste en una prueba, consiste en presionarnos hasta rompernos.
Dicen que es la única manera de asegurar la seguridad de nuestra ciudad, pero aún puedo sentir el bastón de esa inquisidora bajo la barbilla.
La forma en que era tan tan obvio que quería golpearme con él.
No puedo evitar pensar que disfrutó viéndome sufrir…
—¿Por qué no comprobamos los otros autómatas, solo para estar seguras? —dice Saipha—. Y después, si no…
—Si no, te vuelves a tu habitación —le contesto con firmeza, porque no quiero que mi amiga padezca lo que yo sufrí anoche.
—No voy a dejarte sola aquí fuera otra vez. —Se cruza de brazos—. Y cuanto más discutas conmigo, más tiempo vas a perder.
—Vale. —Me voy hacia otro dragón.
Uno por uno, comprobamos los dragones restantes. Saipha me ayuda a manipular los paneles para abrirlos. Sin embargo, incluso antes de mirar, sé que no hay ningún sello porque los autómatas no están tratando de arrancarnos la cabeza.
—Al menos nos tenemos la una a la otra —dice en un intento por ser optimista. Se lo agradezco—. Vamos al invernadero. El cobertizo en el que os escondisteis anoche parecía fácil de defender.
Acepto y salimos por la puerta lateral por la que me colé anoche después de aprender el sello. La escalera está en silencio.
—Mantente alerta —susurro.
—No me lo tienes que decir dos veces. —Parece confiada, a pesar de estar frustrantemente desarmada.
Una planta más arriba, encontramos un pasillo sin salida.
Paro y parpadeo como si los ojos no pudieran enfocar del todo lo que tengo delante.
No recuerdo esto de anoche, o de ayer cuando estaba buscando la llave.
Cuando enfoco la mirada, reparo en una puerta del mismo tono que la piedra que la rodea.
Niego con la cabeza y empujo la puerta, y me encuentro con un pasadizo largo y oscuro.
—¿Es por aquí? —Saipha me roba los pensamientos y suena igual de indecisa.
—Eso pensaba… —Vuelvo a negar con la cabeza—. Volvamos atrás. Debemos de haber hecho un giro incorrecto.
—Las cosas pueden parecer distintas en la oscuridad. —Me muestra una sonrisa alentadora, pero no se extiende por su rostro como de costumbre. Ella también está dudando de sí misma.
Nos damos la vuelta para volver sobre nuestros pasos, pero al poco el corazón me empieza a latir con fuerza y me fallan las piernas.
Parece como si el pasillo llano ahora tuviera una pendiente…
, un leve ángulo que no estaba ahí antes.
Trato de ignorar la creciente sensación de terror y me convenzo de que debo de estar equivocada. Pero no lo estoy. Lo sé.
Mi amiga suspira con alivio cuando la puerta por la que entramos aparece, pero yo sigo luchando por mantener la respiración normal y el miedo bajo control, con la esperanza de que esa pendiente cambiante fuera solo mi imaginación.
De vuelta en la escalera, bajamos y seguimos b ajando.
La esperanza dura poco. Los latidos del corazón vuelven a acelerarse.
—¿El claustro central estaba tan abajo? —La voz de Saipha suena cansada.
—No… Algo no va bien.
Nos movemos más rápido. Las paredes de la escalera empiezan a desdibujarse, las líneas se tuercen. Parecen oscilar como si el monasterio fuera un ser vivo que respira y nosotras estuviéramos siendo arrastradas al centro.
Capto un destello de luz por el rabillo del ojo. Me giro, pero no hay nada. El aire se ha vuelto frío y me baja por la espalda, lo que me obliga a luchar contra los escalofríos y el castañeo de dientes.
—¿Dónde… estamos? —Se pega más a mí y agradezco la calidez y la seguridad de inmediato.
—No lo sé.
La escalera se abre a una amplia cámara.
Pero está claro que no es el claustro central.
Aquí el aire está cargado, con el olor a turba de la tierra mojada y…
algo más. Algo intenso. Que casi revuelve el estómago.
Es un aroma extrañamente familiar, pero por más que lo intento, no soy capaz de identificarlo…
—Deberíamos volver. —Saipha se tambalea hacia atrás y desaparece de mi vista. Es como si las mismas sombras hubieran cobrado vida y se la hubieran comido de un bocado.
—¿Saipha? —susurro. No hay respuesta—. ¡Saipha! —Esta vez más alto. La oscuridad se traga su nombre y ni siquiera me contesta con un eco. Arrastro los pies por la negra oscuridad en la dirección en que desapareció, con el cuerpo y la respiración temblorosos—. ¡Saipha! —grito.
No recibo más que silencio, y la sensación de peligro me amenaza como un depredador.
Algo me llama la atención. Me giro en el sitio. Una llama azul flota en la distancia, iluminando el suelo de tierra con un brillo sobrenatural. Si yo puedo verlo, puede que Saipha también. Corro hacia él.
El fuego azul sale disparado justo cuando voy a entrar en su resplandor. Giro con fuerza, intentando no quedarme atrás. Se mofa de mí a lo largo de un espacio que no parece tener final y que no alberga más que bruma sombreada y suelos sucios. Llamo a Saipha todo el tiempo.
Sigo sin respuesta.
La bola de llamas sale disparada a la derecha y giro; luego me paro cuando una ráfaga de aire caliente me llega acompañada de un gruñido grave. Paralizada en el sitio, veo una garra afilada como una daga y del tamaño de mi pierna enroscada junto a mi pie. Por la Piedad, casi me tropiezo con…
El pecho se me encoge cuando arrastro la mirada hacia arriba y me encuentro un brazo grueso y monstruoso y un pecho ancho y escamado. Más arriba, veo un cuello que se enrolla con una elegancia terrible hasta una cara esculpida de cada pesadilla que he tenido.
Tras ella, el terror se apodera de mi pecho cuando las alas se despliegan, grandes y silenciosas, ocultando la oscuridad con algo todavía más oscuro. No puedo moverme.
Entonces le veo los ojos. Pozos color obsidiana divididos por rajas lilas; fríos, sin parpadear, y fijos en mí.
El sonido que sale de mi garganta no es un grito. Es un gimoteo. Pequeño. Roto.
Y demasiado humano.