La maldición del dragón 15
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A bro los párpados cuando la puerta que da al interior de la torre chirría al abrirse de nuevo. Milagrosamente, no estoy muerta. O, peor, no soy un dragón.

Puede que no esté maldita después de todo…

La idea es tan vigorizante como la brisa fría que baja de los picos nevados de las Montañas de la Galerna.

No estoy segura de si eso, o el viento, es lo que provoca un escalofrío.

Pero, por primera vez, no parece siniestra.

Anoche me han llevado más al límite que nunca, y aquí estoy.

El cielo se ilumina con un amanecer neblinoso. La mujer que estaba al mando ha vuelto con sus lacayos, que se acercan a zancadas desde la puerta. Se quedan parados a mi alrededor como si fuera un experimento fallido.

—Que quede constancia de que Isola Thaz ha pasado la noche expuesta, sin ataques de dragón, y no muestra signos de transformación. —La decepción es evidente en su voz. Aprieto los dientes. Quería que estuviera maldita.

Es asombroso cómo puedo ser tan querida y odiada al mismo tiempo en Vinguard.

Los inquisidores abren los grilletes y dan un paso atrás cuando lucho por ponerme en pie.

Noto que la herida de la espalda está hinchada y endurecida por la pasta que le puso Lucan.

La grava me ha dejado marcas en el lado sobre el que he dormido toda la noche.

Nadie me ayuda. Incluso esto es una prueba en sí misma.

Ninguno de ellos me para cuando me dirijo hacia la puerta y me tropiezo bajando las escaleras, usando la pared como apoyo.

Espero a que alguien mencione que encontré y usé un sello, ya que anoche solo se centraron en que había sujetado el lodo ardiente, pero nadie lo hace.

Así que no tardo en marcharme. Un pie delante del otro…

No estoy segura de cómo consigo llegar al colegio mayor, pero llego.

Otras puertas se abren, los suplicantes salen al nuevo día.

La mayoría no se fijan en mí, pero une sí.

Le misme adolescente andrógine de pelo oscuro de la noche anterior, que había estado luchando con Cindel por una llave.

Abre la boca como para llamarme, pero la cierra cuando otro suplicante entra al vestíbulo.

Como si no quisiera dirigir la atención hacia mi estado.

Le hago un gesto de agradecimiento y acabo de arrastrarme hasta la habitación de Saipha justo cuando ella sale.

—¡Isola! —exclama corriendo hacia mí.

Las rodillas me ceden cuando la veo y ella me agarra. Me doblo del dolor y recoloca la mano en mi espalda al ver la herida.

—¿Qué ha pasado?

—¿Me creerías si te digo que he luchado con un dragón? —Han vuelto a esconder los autómatas de dragón detrás de sus tapices. Los inquisidores deben de haberse dado cuenta de que he saboteado el plateado.

—Qué bien te lo pasas. —Saipha me lleva a medias a su pequeña habitación.

La disposición es simple: un catre, una mesa enana y un taburete.

La mesa está vacía. No hay una cómoda o un armario; no hay espacio suficiente.

Supongo que tiene sentido. Los coadjutores que viven en el monasterio no necesitan mucho espacio, y el Credo provee todo lo que necesitan.

Lo que hace que la caja fuerte que tiene a los pies de la cama resalte.

—¿Qué hay ahí dentro? —La voz se me quiebra del agotamiento que por fin puedo mostrar.

—Por ahora, nada. He mirado; tenía la esperanza de que un coadjutor se apiadara y nos dejara algo bueno. —Me ayuda a sentarme en el suelo en vez de en la cama. No la culpo. Yo tampoco querría que sangrase encima de las sábanas.

—Qué pena que no hayan infringido la ley para ayudarnos —digo con una mueca de dolor al sentarme.

—Supongo que los han dejado porque nos van a animar a recolectar nuestros propios suministros en algún momento, o a guardar todo lo que encontremos. ¿Qué te ha pasado?

Me apoyo contra la pared y explico los eventos de la noche. Escucha todo con atención; Lucan, los dragones mecánicos, los sellos, el invernadero y el tejado.

Hace un sonido bajo, entre la meditación y el disgusto, y después se pone de pie, camina hasta la ventana y abre los postigos para que entre el aire fresco.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—No te va a gustar.

—Ya imagino. Dime.

Un segundo más de duda, una mirada un poco de disculpa y entonces:

—Creo que deberíamos quedarnos fuera esta noche.

—¿Qué?

—Si lo que has contado es cierto, hay más sellos en los dragones, sellos de los buenos. Deberíamos encontrarlos todos. Nos dará mucha ventaja porque, a diferencia de todos los que estamos aquí, tú puedes usarlos. — Tiene razón, pero…

—No estoy en condiciones para enfrentarme a más autómatas. Casi no salgo de esa sala con la columna vertebral en la espalda. —Y, si soy sincera, nunca habría podido hacerlo sin la ayuda de Lucan—. ¿Quieres hacerlo otra vez?

—Lo sé, lo sé. —Saipha suspira y se pasa la mano por el pelo rojo corto—. Si tuviéramos tiempo, Isola, sabes que todo lo que querría hacer es traerte una sopa y vendajes limpios, y contarte todo el cotilleo del mercado hasta que te sintieras mejor. Pero aquí no tenemos esos lujos.

Aparto la mirada. Tiene razón, por supuesto. Pero yo solo quiero una cama calentita y una buena noche de descanso. Aunque tampoco es que tenga una habitación en la que hacerlo .

—Además, si el dragón plateado te ha dado un sello que te ha proporcionado blindaje, como el de un dragón plateado, entonces puede que los otros tengan sellos similares. Podrías conseguir el del dragón amarillo y…

Vuelvo la cabeza hacia ella y termino su frase.

—Curarme adecuadamente.

Se arrodilla delante de mí y me mira a los ojos.

—Esto es lo que vamos a hacer. Yo voy a ir a los talleres; voy a encontrar vendas o algo que se pueda usar como tal; también voy a conseguir comida y voy a estar pendiente de si veo una llave para ti mientras tanto, por si acaso.

Por ahora, descansa, y después te curaré las heridas.

No será tan bueno como un restaurador de verdad, pero haré lo que pueda.

Cuando llegue el atardecer, si todavía no estás segura y te hemos encontrado una llave, podemos tomar una decisión final sobre si queremos intentarlo.

Pero, haya llave o no, creo que deberíamos.

¿Qué haría un Caballero de la Piedad?

No se echaría atrás.

—Tienes razón. Deberíamos —le digo con más confianza de la que siento. Si algo nos indica la noche de ayer, es que este Tribunal solo va a empeorar. Necesitaremos toda la ventaja que podamos conseguir. Y, quizás porque he sobrevivido hasta este punto, puede que consiga superarlo.

Pero, a pesar de mi optimismo forzado, no puedo evitar sentir que este plan es un error terrible.