La maldición del dragón 14
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S e me hace un nudo en la garganta cuando la inquisidora me guía hacia arriba de las escaleras. Presiono los labios para permanecer callada. No van a contestar a ninguna de las preguntas que tengo, y dudo que piensen mejor de mí si las hago.

Valiente como un Caballero de la Piedad , me digo a mí misma. Valiente como Valor . Me ofrece poco consuelo. Me esfuerzo en evitar temblar cueste lo que cueste, contrayendo y relajando los puños, controlando la respiración para calmar los latidos frenéticos de mi corazón.

En el mejor de los casos, estar aterrorizada dañará mis posibilidades de ser invitada a la Piedad. En el peor de los casos, me va a hacer parecer más sospechosa aún.

La única forma en que puedo salvar la situación es rezumando una fuerza que honestamente ya no estoy segura de tener. Extraer tanta Luz de Éter me ha dejado el cuerpo revuelto. Todavía tengo la espalda agonizante, incluso con la medicina improvisada de Lucan.

Aunque no me puedo imaginar lo mal que estaría sin ella…

—Fuera. —La inquisidora abre la puerta que hay en la parte superior de las escaleras.

El viento me golpea la cara incluso antes de salir.

Trago con dificultad y mis ojos se ven atraídos de inmediato por el cielo.

Está nublado esta noche…, lo cual hace que estar fuera sea aún más peligroso.

Hay algo de luz, pero no la suficiente para diferenciar con seguridad qué es una capa de nubes en movimiento y qué podría ser un dragón.

Los picos escarpados de las Montañas de la Galerna atraviesan el cielo en la distancia; el punto de despegue perfecto para que un dragón se lance en picado para atacar.

El tejado está desierto, a excepción de diez grilletes.

Me guían a uno de los juegos de hierros, con los puños todavía cerrados mientras me encadenan los pies. De poco van a servir las cadenas si mi peor pesadilla se hace realidad y resulto estar maldita. Están ideadas para evitar que huya, no que me transforme.

Mi mirada se desvía a la Aguja de la Piedad, con su silueta imponente destacando en la noche.

Uno de los inquisidores enciende un farol y, en el alféizar lejano de una torre, otro parpadea y se enciende en respuesta.

La luz de una lámpara centellea en el cañón al moverse hacia mí, y me trago el nudo que me sube por la garganta.

Saben que estoy aquí.

Me pregunto cuántos Caballeros de la Piedad estarán encaramados en sus puestos de vigilancia.

¿Se dan cuenta de que el cañón que están nivelando apunta a «Valor Reencarnado»?

¿Se imaginó mi padre alguna vez que su mayor arma sería dirigida hacia su hija?

Y ya no puedo parar el temblor de las manos, así que cierro los puños hasta que la piel palidece.

La mujer que ha marcado el camino hasta aquí se coloca frente a mí y atrae mi mirada.

Es entonces cuando me fijo en una cicatriz fina que le baja en perpendicular por la mandíbula y hacia abajo del cuello.

Es imposible decir cuánto se extiende hacia arriba de su rostro con la capucha puesta.

No puedo verle los ojos, pero puedo sentirlos…

Su desaprobación. Su desagrado intenso. Parece mayor que el resto de los inquisidores que hay aquí, al mando.

—Voy a hacerte algunas preguntas. Todo lo que se espera de ti es tu completa y total honestidad —habla casi con dulzura. El sonido es como poner perfume sobre sangre; es imposible enmascarar la nota siniestra—. ¿Lo entiendes?

—Sí. —En mi mente, estoy con mi madre en el laboratorio de su apartamento, con Saipha en una noche despejada poniendo a prueba nuestra valentía sentadas en su tejado, con padre en el mercado.

Estoy en cualquier sitio menos aquí y ahora.

Pensar en todos los lugares en los que he sido feliz evita que se me quiebre la voz.

—¿Tienes la maldición?

¿De verdad alguien contestaría que sí a eso?

—No.

Saca un bastón forrado en piel con unos movimientos que prometen violencia y lo coloca bajo mi barbilla, como si estuviera midiendo la distancia que nos separa.

—¿Tienes motivos para sospechar que tienes la maldición?

—No. —Una mentira descarada. He sospechado que estoy maldita durante años. Incluso al decir la palabra, contengo un escalofrío que hace que se me ponga la piel de gallina.

—¿Alguna vez has soñado que te convertías en un dragón?

—No —miento. He tenido sueños en los que se me alargaban las uñas y los ojos se me cambiaban a rajas. Pesadillas sobre un dragón diminuto que me trepa por la garganta y me sale por la boca mientras grito.

—¿Alguna vez has sentido compasión por los dragones?

—No. —Verdad a medias. He sentido lástima por ellos como lo haría por cualquier animal que está siendo sacrificado. Y, si lo que dice mamá es cierto, porque matarlos puede estar haciendo más daño que bien.

Arrastra el bastón por mi mejilla. Casi puedo ver el contador corriendo tras sus ojos; ¿me cree? ¿Cree que ve una mentira en mis palabras?

—Recuerda, aquí arriba, eres mía —me amenaza en un susurro. El cuero chirría cuando sujeta el bastón con más fuerza. Por un segundo, pienso que me va a golpear, pero se contiene—. Te recogeremos cuando haya salido el sol. —Se va y los otros la siguen obedientes.

El ruido que hace la puerta al cerrarse suena alto por el tejado, que de pronto está demasiado silencioso.

No hay nada más que el viento y cielo abierto, y me siento terriblemente pequeña.

Miro fijo a la luna en forma de garra y luego mi mirada vuelve a posarse en el cañón.

Sigue apuntado justo hacia mí y yo me rindo y dejo que los temblores se apoderen de todo mi cuerpo; no pueden verlo desde tan lejos.

Hasta los dientes me rechinan; del frío o de la rabia, ya no estoy segura.

Soy alimento para cualquier dragón que me divise. Vuelvo a mirar al cañón y me pregunto si en realidad soy un cebo. Porque encadenar a alguien a un tejado para obligarle a rendirse ante su maldición parece moderado en comparación con tener una habitación llena de autómatas letales atacándome.

Miro a la luna pálida y parpadeo, a la vez que me hundo en el tejado cubierto de grava. Esperando. Esperando a que los dragones vengan a por mí, ya sea para investigar a uno de los suyos… o para matar a un enemigo.

Las nubes van a la deriva sobre la esbelta luna.

Hacen que se contorsione igual que puedo sentir los fragmentos de magia bajo mi piel.

Cierro los puños. Tengo los nudillos agarrotados y me duelen las yemas de los dedos.

¿Es porque arranqué aquel panel? ¿O porque unas garras están haciendo presión desde dentro para salir?

¿Por qué no me mataste aquel día? , le hago al dragón que vive en mis recuerdos la pregunta silenciosa que ha perseguido a cada latido de mi corazón herido desde entonces. ¿Por qué perdonarme la vida a mí? ¿Y qué era esa luz que vi justo antes de que te fueras volando?

Mis pensamientos oscuros vagan hasta Lucan.

¿Le ha sido tan fácil entregarme como lo ha parecido?

¿O era de verdad otra de esas veces en que, si las circunstancias hubieran sido diferentes, habría actuado de otra manera?

Esa mirada afligida en sus ojos color avellana cuando me preguntó si sabía lo que le había pasado a él después de chivarse de mí está grabada en mi memoria.

Un huérfano acogido por un hombre poderoso. Un chico sin opciones ni alternativas. ¿Qué más podía hacer en realidad aquel día en que intenté saltarme el entrenamiento, o esta noche?

¿Son las palabras y gestos amables su yo de verdad? ¿Qué es la máscara y qué es el hombre?

Niego con la cabeza. Nada de eso importa ya, y llevo despierta toda la noche. Cierro los ojos y dejo que se me hundan los hombros, rendida ante el agotamiento. Si sigo aquí cuando vuelvan a por mí, entonces averiguaré qué hago con Lucan. Pero ahora mismo, solo quiero dormir.

Me abrazo las piernas dobladas, descanso la cabeza en las rodillas y hago todo lo que puedo por ignorar las punzadas agudas de la grava del suelo, el dolor de la espalda y el miedo abrumador que se cierne sobre mí.

Cuando me quedo dormida, mi último pensamiento es la esperanza de que, si no me despierto, es porque me ha comido un dragón. Cualquier cosa antes que convertirme en uno.