La maldición del dragón 13 #2
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Siento un poco de dolor al principio ante la presión que ejerce al empujar la mezcla dentro de la herida, pero la medicina improvisada comienza a hacer efecto de inmediato, y el dolor disminuye. Los hombros se me relajan y un débil suspiro se escapa de mis labios sin pensarlo.

—De verdad, no necesito, ni quiero, tu ayuda —murmuro.

—Puede que no la quieras, pero dudo que no la necesites.

Miro por encima del hombro y analizo su cara.

Mandíbula cuadrada, nariz fuerte, ojos color avellana; del tipo más marrón y dorado que verde.

Todas las piezas encajan perfectamente y odio darme cuenta.

Porque tiene razón… Todavía no sé si me fío de él.

Puede ser o el legal heredero del vicario, en cuyo caso podría ayudarme, o un ferviente adulador envidioso como Cindel, que me envenenaría con gusto para revelar que no soy Valor en realidad.

—¿Cómo aprendiste a hacer esto? —pregunto.

—Lo único bueno de estar en el Credo es tener acceso a la biblioteca. Hay mucha información allí, y he tenido mucho tiempo para leer.

Mucha que no quieren que sepamos , pienso, pero no estoy segura de si son mis palabras o de mamá.

—Pero eso ya lo sabes, ¿no? —agrega.

—Estoy segura de que no sé a qué te estás refiriendo —contesto, pensando en todos los mapas del muro que he estudiado.

—Cierran la puerta con un sello. Por alguna razón nunca se les ha ocurrido que la chica con los ojos dorados podía abrirla.

Sabe que me colaba en la biblioteca. ¿Debo pensar que no se lo ha contado a nadie? No… ¿Por qué no iba a hacerlo? Esto es un truco. Tiene que serlo.

—Has estado… impresionante ahí fuera —me dice. Sin duda cambia de tema para que no investigue más a fondo.

—¿Vas a contarle al vicario que he usado un sello?

—Va en contra no solo de sus valores al entrenarme (el vicario insistía en que si yo llegaba a atraer Luz de Éter sería con un sello o no lo haría), sino también de las reglas de Vinguard.

Todavía no soy una ciudadana de pleno derecho.

No he superado el Tribunal. Ni siquiera debería conocer el diseño completo de un sello.

—Si no querían que los consiguiéramos, no los habrían puesto ahí.

No estoy segura de que ese sea el caso, pero me gusta mucho esa teoría como para discutirla.

—Siempre sospeché que tenías una chispa en ti que no estabas dejando mostrar alrededor del vicario. —Ahí está otra vez esa voz baja y atenta suya. La que suele reservar para el rezo. La misma que me elogió y me hizo creer que podía confiar en él… ¿Quién eres en realidad, Lucan?

—Tú también eres distinto —replico con cautela. Nunca me ha dicho tantas palabras de una sentada. Nunca ha sido tan directo o contundente. Veo el boceto de la amabilidad que me mostró antes, pero esta vez con todo detalle.

—Supongo que ambos teníamos partes de nosotros que protegíamos de él. —Su sentimiento me sobrecoge. Casi parece una ofrenda de paz. O una invitación.

Intento echarle un vistazo por el rabillo del ojo. Lo único que capto es un ceño fruncido mientras trabaja diligente en mi espalda.

—Es extraño ver a alguien ser parte de los coadjutores antes del dorado…

, antes de confirmar que no está maldito.

¿Hicieron una excepción por el hijo del vicario?

—Pronunciar esas palabras es como poner las puntas de los dedos en el agua de la bañera para ver si está demasiado caliente.

Saipha tiene la teoría de que Lucan ha sido entrenado desde una edad temprana para ser mi guardián; quizás es el momento de averiguar si es cierto.

Saca más pasta del recipiente y continúa tratándome la herida, que ahora está maravillosamente anestesiada.

—Es extraño que me conozcas desde hace años y no me hayas preguntado ni una vez por mi pasado.

Tiene razón. Desde que empecé a los doce años, él ha estado en casi todas mis sesiones de entrenamiento y lecciones de historia del vicario. Callado y al fondo, cumpliendo sus órdenes, obediente.

—Estabas cerca. Te veía. No te conozco .

—Porque siempre estaba al acecho, y casi siempre inexpresivo, a veces con el ceño fruncido, pero nunca interactuaba, así que me niego a aceptar la premisa de su acusación.

La primera vez que Lucan y yo hablamos de verdad el uno con el otro fue hace unos meses cuando le asignaron que me entrenara un día.

Intenté convencerle de que me dejara irme para pasar con mi madre el día de su cumpleaños, y me delató de inmediato al vicario.

Me muevo fuera de su alcance y levanto la barbilla desafiante—.

Y cuando nos conocimos de manera oficial, me dijiste que creías en mí, me dejaste irme, y después te diste la vuelta y me la jugaste.

Esa misma rabia pura de hace meses vuelve, caliente y afilada en mi garganta, como si su traición acabara de suceder. Giro la cabeza para mirar fijamente a los maceteros vacíos apilados de cualquier manera en la esquina.

Se limpia el resto del ungüento de los dedos con pasadas duras y bruscas sobre el pantalón.

—Lo siento, no todos tenemos el privilegio de llevar una armadura llamada Valor para poder rebelarnos contra el vicario Darius cuando nos conviene.

—Con las manos quietas, resopla con suavidad.

Creo que está intentando no decir nada más, así que dejo que el silencio se instale a modo de invitación.

La acepta—. Me llama su hijo, pero en realidad solo soy otro pupilo del Credo.

Quedé huérfano tras un ataque de dragón.

—¿Qué? —No puedo retener un grito ahogado—. ¿Eres adoptado?

—El vicario es tan caritativo por acogerme, ¿no crees? —Si las miradas pudieran extraer Luz de Éter, varias plantas estarían ardiendo ahora mismo solo por la intensidad de la suya.

—Pero… sigues siendo su hijo, ¿no? —digo más suave, más amable. Aquí hay algo que no me encaja.

La familia es la sangre que eliges por encima de la sangre con la que has nacido; todo Vinguard lo sabe.

Somos una ciudad donde la gente pierde a sus seres queridos con una regularidad dolorosa.

Solo porque sea adoptado no debería significar que sea menos querido…

Pero la forma en que Lucan actúa me hace temer que sea cierto.

Aunque, por otro lado, la idea de que el vicario quiera a alguien más que a sí mismo es tan extraña para mí como la de un Caballero de la Piedad en la Subcorteza.

—De nombre. —Se encoge de hombros y después añade, más bajo pero igual de enfadado—: Mientras le sea útil.

Se pasa los dedos por el pelo y emite un ruido de asco.

—Siendo honestos, yo se lo pedí.

—¿ Tú se lo pediste a él ? ¿Ser su hijo?

—Solo para unirme al Credo. Todo el tema de la «adopción» fue idea suya.

—¿Qué edad tenías cuando pediste unirte al Credo? —Es una decisión importante. El Credo acoge huérfanos, pero si era todo lo que conocía…

—Doce.

—Qué joven. —Suavizo la mirada. Yo tenía doce años cuando descubrí que estaba predestinada a ser Valor Reencarnado—. Demasiado joven…

—Siempre he tenido claro lo que quiero. —Su voz suena tranquila, pero carga el peso de cosas que no entiendo del todo.

—¿Nadie fue nunca a por ti? —Obviamente, no, si se quedó con el Credo. Bien hecho, Isola . Me lanza una mirada que sugiere que está pensando lo mismo y murmuro—: Lo siento.

—Lo único que recordaba cuando regresé tras el ataque era mi nombre…, ni siquiera el apellido. Todo lo demás estaba borroso. —Hace una pausa, y sus movimientos y palabras se vuelven pesados—. Así que no es que pudiera salir a buscar a mi familia.

Y entonces pidió unirse al Credo, porque no tenía nada más.

Y el vicario se dio la vuelta y le convirtió en su hijo…

Apostaría mi vida entera a que lo hizo porque vio una oportunidad en Lucan.

Un joven desesperado e impresionable que casualmente tenía la misma edad que su Valor Reencarnado.

Alguien a quien el vicario podía moldear para que me siguiera al sitio al que él mismo no podía ir: el Tribunal.

—Lo siento. —Y lo digo en serio también.

Hay muchos en Vinguard que me culpan en secreto por no cumplir más rápido con mi papel y no haber matado ya al Dragón Anciano.

Como si cada muerte que ha tenido lugar desde que me nombraran Valor Reencarnado fuera mi culpa.

Como si esa no fuera una culpa con la que, también yo, cargo.

—Decir que lo sientes no va a arreglar nada. —Conque es uno de esos… Una de esas personas que se encoge de hombros ante el peso del mundo como si nada porque «no puedes hacer nada al respecto», a pesar de que te está reduciendo a polvo en silencio.

—Lo sé.

—Pero yo también lo siento. —Su tono ha cambiado por completo, las palabras parecen un poco más ligeras y le salen con más facilidad.

—¿Eh?

—Si las cosas hubieran sido diferentes, te habría ayudado a pasar la tarde con tu madre. Se lo debo todo al vicario. No puedo ir en su contra, Isola. Controla mi vida tanto como la tuya.

Puede que más , pienso y miro fijamente hacia una media distancia, más allá de las plantas. No esperaba esta amabilidad y tampoco la había pedido… o querido, ya que estamos. ¿Qué puedo decir? ¿Que todos deseamos que las cosas fueran distintas? Sería el eufemismo del siglo.

Antes de poder encontrar respuesta, unas sombras emergen de la puerta por la que entramos. Tres inquisidores dan zancadas con determinación adonde estamos sentados. Me muevo con lentitud, con los músculos tensos por si tengo que correr.

No puedo ver los ojos de la mujer de delante por la sombra que proyecta la capucha en su rostro, pero puedo sentir cómo nos fulmina con la mirada.

—¿Cuál de vosotros sostuvo el fuego sin quemarse?

Estoy a punto de responderle cuando Lucan contesta:

—Ella.

Se me encoge el estómago y mis ojos van hacia él. Lucan ni siquiera me mira. Después de ayudarme, curarme, mostrar partes de nuestras almas, ¿me expone de esta manera? Quiero gritarle, pero mi ira sería usada en mi contra sin duda alguna. Perder los estribos es algo que haría un maldito.

Yo sé, como es lógico, que tenía que hacerlo. Pero es difícil ser lógica cuando, a la primera oportunidad, me ofrece en sacrificio con entusiasmo. Otra vez . No importa que estuviera a punto de asumir la responsabilidad. Él tenía que asegurarse. Adiós a la camaradería en ciernes.

—Isola Thaz, ven con nosotros —me ordena la mujer de delante en un tono que me dice que no está a punto de llevarme a un curandero para ponerme vendas.

—¿Por qué?

—A raíz de la demostración de esta noche, tenemos motivos para pensar que puedes estar maldita.

Todo el cuerpo se me enfría y me noto la mandíbula floja. Me sorprende que aún puedo formar las palabras suficientes para contestar:

—Tenía la mano en el chaleco. Las llamas eran de…

—Si no vienes por voluntad propia, será ganarte más puntos en tu contra. —La mujer es tan directa que duele.

—Yo… —Negarme o intentar explicarlo más solo va a empeorar las cosas. Solo hay una cosa que puedo hacer ahora, y es ir con ellos. Me pongo de pie y miento cuando digo—: No tengo nada que ocultar. Vamos.

La inquisidora asiente, se gira y empieza a caminar hacia la puerta. La sigo, con los otros dos por detrás cerca de ella. No tienen caras ni nombres. Solo son espectros que me guían de vuelta a la oscuridad del vestíbulo.

Lucan no dice nada cuando me llevan. Ni me molesto en mirar hacia atrás mientras las sombras me envuelven. No tengo ni idea de adonde me llevan. O de lo que me harán.

Me froto el centro del pecho a medida que vuelven todos mis antiguos miedos.

¿Por qué no me mató el dragón aquel día?

Probablemente, no fue porque sea una persona de las profecías.

Más bien fue porque el dragón me reconoció como a una de los suyos.

Y ahora estoy sola con la gente que es experta en encontrar a aquellos que tienen la maldición del dragón.

Mi peor pesadilla se está haciendo realidad.