La maldición del dragón 13
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E xtiendo la mano hacia el lado por si acaso mi reproducción del sello de artífice hace que desencadene un estallido de llamas o hielo.

Por este motivo exacto es por lo que el Credo no quiere que la gente normal intente hacer sellos.

Una línea mal hecha y puede suceder que no funcione en absoluto o que la Luz de Éter explote con consecuencias terribles.

Pero estoy sorprendentemente segura de mis capacidades para no haber hecho esto nunca, gracias a todas las horas que pasé con papá. Por primera vez, me siento como si simplemente algo fuera a salirme bien y la sensación es embriagadora.

Aspiro la Luz de Éter con una inhalación (de la misma forma que lo he hecho durante años, probando con el vicario), y esta vez siento como si todo este poder tuviera un lugar al que ir .

Se me arruga la piel del puño, extendiéndose por el brazo, y me escuece hasta por el pecho.

Un brillo tenue me ilumina el brazo a la débil luz de nuestros fuegos.

El dragón cobrizo se ha girado hacia mí mientras extraía la Luz de Éter. Casi pierdo la oleada de energía. Lucan grita, pero está demasiado lejos.

Elevo el puño y coloco el cuerpo detrás, usando toda la información que he aprendido sobre extraer Luz de Éter a través de los sellos con mi padre y en mis entrenamientos con el vicario.

La Luz de Éter es cálida, como el amanecer que llega tras una noche larga.

Por mi interior fluye más luz de lo que he sentido nunca, mucho más que al abrir una cerradura o al encender el farolito de Saipha.

Cuando me lanza la bola de fuego, espero de verdad que este sello haga lo que creo que hace. Va a ser, o bien un final muy estúpido para mi vida…, o bien lo más brillante que haya hecho jamás.

La bola de fuego se divide en dos en mis nudillos, desgarrándose en forma de lazos de llamas. Unas ascuas diminutas resplandecen alrededor de mi puño antes de apagarse. El leve brillo de mi piel se desvanece al tiempo que la Luz de Éter se disipa.

Y pensar que esto es lo que el vicario quiere que haga, pero sin un sello. Lo que Valor podía hacer. Es imposible imaginar cuán poderosa sería si pudiera.

Una risa de estupor se me escapa. Ha funcionado. Eso ha funcionado . Suponía que habrían puesto un sello protector en el dragón plateado, el más blindado de todos, y tenía razón.

El dragón cobrizo hace un chasquido; está preparando otra ráfaga. Corro hacia adelante y, con la mano libre, agarro a Lucan, que deja escapar un grito de sorpresa. Vamos en dirección a la puerta que está más cerca del invernadero.

Esto va a doler . Soltando a Lucan, vuelvo a recurrir a la Luz de Éter, solo que esta vez desplazo el flujo de magia a la pierna.

Inspiro y doy un paso hacia atrás mientras el dragón cobrizo empieza a reunir su propia Luz de Éter.

Entonces levanto la pierna y doy una patada justo en el pomo con todas mis fuerzas.

Incluso con una pierna que es como de acero, el resto de mi cuerpo no lo es.

Mis articulaciones gritan de dolor. Me sigue sangrando la espalda, hasta el punto de que estoy mareada. La puerta se mueve, pero no se rompe.

—Isola…

Ignoro lo que sea que está a punto de decir, me repongo y vuelto a golpear. Luego una tercera vez. A la cuarta, el marco de la puerta se quiebra y yo me quedo sin aliento, débil.

Lucan me agarra antes de que me caiga y me arrastra al otro lado de la puerta cuando una explosión de llamas estalla justo donde estaban nuestras cabezas. Otra vez. Y yo no sé cuántos cuasiaciertos puedo aguantar.

Maldice ente dientes, sentimiento que comparto. Tengo todo el cuerpo destrozado. El sudor y la sangre me empapan la ropa hasta que gotea. Los temblores están empezando a seguir al frío antinatural que se me extiende por el cuerpo a medida que la Luz de Éter se desvanece junto con mi concentración.

—Vamos. —Lucan me sigue sujetando y empieza a subir las escaleras tirando de mí.

—¿A dónde me llevas?

—Al invernadero —dice con un gruñido, como si me hubiera leído la mente. Básicamente, soy un peso muerto porque me voy tropezando por el pasillo a su lado. Si no fuera por él, me caería sin duda alguna.

—¿Por qué me llevas allí? —Echo un vistazo en su dirección. Aquí entra suficiente luz de la luna por las ventanas para verlo mejor.

—Casi no puedes andar.

—Estoy bien.

Sin previo aviso, me suelta, y yo me tambaleo al instante. Me caería al suelo si la pared opuesta no estuviera tan cerca. Subo la mano para apoyarme justo a tiempo.

Nuestros ojos se encuentran. Lucan cruza los brazos.

—Completamente bien. La imagen literal de «bien».

Le miro con el ceño fruncido ante ese sarcasmo.

—No tienes que ayudarme. Estamos en paz.

—¿En paz? ¿De qué estás hablando?

—Me has ayudado ahí abajo. Yo te he salvado a cambio. Ya podemos ir por caminos separados.

—Estamos atrapados aquí durante las siguientes tres semanas.

No hay «caminos separados». —Suena igual de contento que yo—.

Aunque me preguntaba por qué me has ayudado a escapar, cuando podrías haberme dejado.

Puedes decírmelo por el camino. —Me rodea la cintura con el brazo, con cuidado de evitar mi herida, y me agarra el brazo con la otra mano para darme más apoyo.

Sabía que estaba musculoso. Sus camisas hacen poco por ocultarlo. Pero sentirle a mi lado… Es fuerza pura, y una parte de mí que nunca he conocido antes quiere fundirse con él. Rendirse a la seguridad que ofrece, incluso si sé que tiene motivos ocultos.

—No me gusta estar en deuda con nadie. —Mis circunstancias con el vicario me lo han dejado suficientemente claro.

Sostiene mi vida por encima de mi cabeza y no puedo hacer nada al respecto.

Odio esa sensación de estar en deuda y no saber nunca cuándo la saldaré.

De no tener ese control—. Así que no me ayudes más.

—Esa cabezonería tuya va a conseguir que te maten.

—Esta perseverancia mía es el motivo por el que sobreviví.

Resopla.

—Después de sacarte de tu pánico catatónico.

Este tío es tan desagradable. Pero no voy a decirlo en voz alta. Soy demasiado estratégica para hacer eso , es lo que me digo a mí misma. Aun siendo el hijo del vicario, ha sido útil hasta ahora… por mucho que odie admitirlo.

Examino en busca de peligros cuando salimos al cálido invernadero, agradecida por no encontrar ninguno.

—Por aquí. —Me guía hasta un cobertizo que está construido en la pared trasera del invernadero—.

Aquí. —Menos mal que está abierto. Ambos hacemos un registro rápido del interior, pero es lo suficientemente pequeño como para que no pueda haber muchas sorpresas.

Dice lo que estoy pensando—: Defendible.

Asiento.

—Y ahora, quédate aquí. Voy a reunir lo que necesito.

—¿Que es…? —Dejo que me ayude a sentarme en un banco con cuidado. El mundo está empezando a dar vueltas un poco, ya sea por la pérdida de sangre o por agotamiento… o por los dos.

—Algo para curarte la espalda.

—¿Ahora eres algún tipo de curandero? —Entrecierro un poco los ojos.

—¿Tan malo sería si lo fuera? —Lucan se encoge de hombros y se dirige a las hileras de plantas.

Debería haber prestado más atención en los últimos seis años que he estado a su alrededor.

Me cambio a una posición más vertical y me estremezco por las múltiples puñaladas de dolor.

Vuelve con dos tipos de hojas en los puños.

Choca su rodilla con la mía cuando se sienta, y yo me alejo ante el toque. Ni siquiera parece darse cuenta.

—Me siento mejor —le digo, no solo porque dude de lo que planea hacer con las ramitas y las hojas que tiene en el puño, sino porque estar así de cerca de él me es incómodo.

—Claro, claro —contesta de la forma más desdeñosa posible mientras empieza a moler las plantas juntas en un recipiente vacío.

Presto mucha atención a lo que está añadiendo, cuándo y cuánta agua hace falta para formar una pasta espesa.

Si aquí hay plantas curativas, necesito aprender a usarlas.

Me mira fijamente un momento y ajusto la espalda con una mueca de dolor—.

Pero no tienes aspecto de sentirte mejor —afirma.

—Las apariencias engañan.

—Y tú no eres buena actriz.

Me burlo de eso. Si él supiera lo buena actriz que puedo ser.

He hecho que todo Vinguard siga pensando que soy Valor Reencarnado, bendecida por mi posición, amante del Credo.

La buena hijita del alto coadjutor Kassin Thaz, que sigue el camino con el que él siempre soñó, pero nunca pudo conseguir, directa a la Aguja de la Piedad.

A pesar del hecho de que estoy bastante segura de que, de entre todos, yo soy la que está maldita.

—Gírate. —Lucan tiene un pegote de la masa de plantas en dos dedos. Nunca me había dado cuenta de lo grandes que son sus manos hasta que he tenido un motivo para centrarme en ellas.

—¿Esperas que te dé la espalda y te deje ponerme eso en la herida?

Una pausa. Levanta las cejas.

—¿Quieres hacerlo tú? ¿O prefieres quedarte aquí sentada con eso sangrando y doliéndote?

Es tan irritante cuando tiene la razón. Con una queja, destierro mis ganas de ser infantil y me giro.

El contacto de Lucan en mi espalda es extraño, con los dedos callosos y cálidos.

Cuando aparta el borde roto de mi camisa hacia el lado, tiemblo.

Casi prefiero centrarme en el dolor que pensar en él tocándome.

Cuando es así de delicado, casi puedo olvidar todos los motivos por los que tengo que ser escéptica con respecto a él. Casi .

No voy a dejarle ganar tan fácilmente , me prometo a mí misma.

Esto es lo que hace. Muestra amabilidad y luego se vuelve en tu contra.

Estoy en un estado vulnerable. Por supuesto, es natural querer apoyarte en alguien que te ayude, tanto literal como emocionalmente.

Toma lo que necesites de él ahora y obtén la información que puedas, Isola, y examina tus ideas sobre él más adelante.