La maldición del dragón 12 #2
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—¡Cálmate, Isola! No saldremos de esta sin ti. —Me sacude y veo las estrellas por el dolor cuando mi espalda eviscerada grita en protesta. Esto es peor que todas las palizas del vicario en los entrenamientos, pero, por algún motivo, no estoy llorando—. ¿Dónde está este sello «esencial»?

—En algún lugar del centro. —Mis palabras son débiles, atrapadas entre mi respiración superficial y trabajosa. El corte de la espalda me envía oleadas de dolor por todo el cuerpo.

—Genial, entonces, ¿les preguntamos educadamente dónde está la trampilla de entrada o…?

—¿Eres siempre así de encantador? —De forma milagrosa, fruncirle el ceño alivia el dolor.

—¿Crees que esto es ser encantador? Deberías pasar más tiempo conmigo durante experiencias no cercanas a la muerte. —Lanza una sonrisa amplia ante la que finjo tener arcadas.

—Necesito luz. Si voy a introducirme en las entrañas de estas bestias, tengo que ver lo que estoy haciendo. —Me desato con rapidez los cordones del chaleco.

—Esto está yendo un poco rápido para mi gusto. —Las palabras son juguetonas, pero habla de una forma muy indecisa.

—Ya te gustaría. —Me alejo de él y grito, con el chaleco hecho una bola en el puño—: ¡Eh, dragón cobrizo de mierda! ¡Por aquí!

El fuego se acumula en un punto lejano y la cabeza del dragón cobrizo se gira. El mundo parece ralentizarse cuando la bola de fuego sale disparada hacia nosotros una vez más. Agito el chaleco justo a través de ella. Retiene las llamas ardientes.

—¿Cómo es que no quema el chaleco ni a ti ? —pregunta Lucan.

—Lodo de ciénaga inflamable. Las llamas se mueven por el lodo y el lodo protege la tela, más o menos.

—Lo simplifico demasiado. El fuego no va a arder para siempre…

, ni siquiera durante un rato, pero es mejor que nada.

Examino las estatuas de los dragones con ojos nuevos.

No son reales , me recuerdo a mí misma, y embisto hacia adelante, esquivando más ataques igual que esquivaba los mazos de los coadjutores cuando el vicario les hacía pegarme mientras recitaba versos de oración.

Echo un vistazo al perímetro del podio del dragón plateado. Una garra me pasa por encima y me agacho. Mi cuerpo entero quiere quedarse petrificado. Hacerme una bola y esconderme. En su lugar, lucho contra el impulso mientras busco un…

Un punto de entrada.

Hay una juntura alrededor de la base que está más alta que las otras. Un panel lateral. Tiro el chaleco y hundo los dedos en la abertura, buscando alguna palanca e ignorando el dolor cuando las uñas se me resquebrajan y se levantan.

Suena el silbido de otro golpe en el aire.

Esta vez, lo evito por poco. La criatura iba directa a por mi cabeza.

No les importa nada si morimos aquí dentro, ¿verdad?

Me viene un pensamiento horripilante a la cabeza: ¿cuántas muertes de «malditos» en el Tribunal han sido de todo menos eso?

La idea hace que todo este lugar parezca de pronto más un mausoleo que un campo de pruebas.

—¡Por aquí! —grita Lucan al dragón, agitando las manos. Se gira en su plataforma moviendo la cola. Lucan la esquiva con una elegancia sorprendente. Más rápido y ágil de lo que esperaba de un chico que ha sido entrenado para mantener al Credo, no para repartir piedad.

A menos que el vicario sí le haya entrenado para que pueda entrar en la Caballería de la Piedad y me vigile ahí dentro también…

Algo de lo que preocuparme en el futuro. Ahora mismo, voy a abrir este panel aunque sea lo último que haga. Clavo los dedos dentro y le pongo todo mi empeño. Con un grito, hago saltar la plancha de metal y rebusco por dentro.

Como era de esperar, hay un laberinto de engranajes de metal y poleas.

El vientre del dragón brilla con la débil luz del chaleco aún llameante como si estuviera vivo, lleno de insectos de color plata y cobre.

Un zumbido tan fuerte que es casi como un rugido que resuena en mi pecho.

¿Cómo voy a encontrar algo en este caos?

Se puede sentir , escucho las palabras de mamá.

El Éter, el equilibrio entre la Luz de Éter y la Sombra de Éter, como lo concibió la naturaleza, es un flujo natural en todos nosotros.

En el mundo mismo. Es vida y muerte, creación y destrucción; el verdadero poder se encuentra en el medio.

En el equilibrio. Para sentir la magia, solo necesitas buscarla con todo tu ser.

Inhalo lentamente e intento despejar los sentidos.

Es difícil cuando todavía escucho las explosiones de llamas, el chasquido del hielo creciente y el incesante zumbido de máquinas.

Bloqueo el olor abrumador de mi propia sangre.

Me empieza a picar todo el cuerpo, los músculos se me crispan y mi corazón se salta latidos.

Con el aliento tembloroso y el ceño fruncido, mantengo la concentración, incluso cuando siento que el único alivio posible sería arrancarme la piel empezando por la cicatriz.

Persisto más que nunca porque, o me convierto por tener la maldición del dragón, o muero aquí.

Y entonces, como si hubiera pasado el punto de agotamiento, todo se desvanece, y puedo sentirlo, la chispa de poder de la que ella me hablaba. Una sensación familiar, muy dentro de mí. Más clara que nunca.

Un centelleo me llama la atención. Ahí.

Mis ojos se fijan en un punto pequeño a un lado. Un panel diminuto sobre el que se ha dibujado un diseño simple: un cuadrado con un círculo dentro y una sola línea vertical. Abro más los ojos y aguanto la respiración.

Un sello de artífice, completo, al descubierto.

Conocimiento prohibido expuesto ante mí.

El tiempo parece ralentizarse y mis pensamientos se aceleran.

Centenas de constelaciones se forman en mi mente a medida que una docena de puntos aparentemente sin relación se conectan.

Es como si mi padre me hubiera dado todas las piezas; yo solo tenía que ver la imagen.

Este sello no ha sido tallado o labrado en el metal, sino más bien dibujado en lo que parece tiza. Juro que reconozco el estilo de mi padre en él. Como si tuviera la intención de que esto pasase, de que yo lo encontrara.

La idea me vuelve más atrevida, más valiente. Me hace sentir menos sola porque, en cierto modo, él y mamá están aquí conmigo. Cuidándome. Sigo los movimientos de los engranajes y las poleas que tiene alrededor, cualquiera de las cuales podría quebrarme los dedos.

Uno…, dos y tres.

Uno…, dos y tres.

Con un gruñido, me lanzo. Froto el sello con la mano. En cuanto el diseño está difuminado, todo se detiene. Debía de ser el sello que estaba atrayendo la Luz de Éter al interior de la máquina.

Me desplomo, girando sobre mi espalda con un gemido de dolor mientras miro los engranajes parados, cogiendo aire. Entonces veo otro sello minúsculo. Un cuadrado con otro cuadrado más pequeño dentro, con una X que conecta el centro del más pequeño con los puntos exteriores del más grande.

Alargo el brazo y descanso las puntas de los dedos sobre él. Tenía razón…, es la marca de papá. Si el primer sello era el dibujo primario, entonces este era…

Sigo los hilos con los ojos muy abiertos. Algo en mi interior está encajando en su sitio con la misma precisión que los engranajes que me rodean.

—¿Isola? —Lucan me llama a voces, agitado. Más explosiones de llamas me devuelven al presente. Un rugido de dragón, amplificado por una caja cobriza, me arranca un escalofrío.

Salgo con dificultad. Los ojos de Lucan se encuentran con los míos al instante.

—¿Confías en mí? —pregunto.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—No estoy escuchando un «no». —Estiro el brazo hacia atrás y me restriego la mano por la parte baja de la espalda.

Usando mi propia sangre, replico el segundo sello que he visto dentro del autómata en el dorso de mi mano izquierda.

Lucan abre los ojos. La mayoría de la gente no puede sentir la Luz de Éter lo suficiente como para activar los sellos hasta el dorado.

Pero yo no soy como la mayoría, gracias a lo que sea que pasase dentro de mí que mató a ese dragón cuando tenía doce años, y tengo los dos ojos dorados para demostrarlo—.

¿Por qué no descubrimos qué hace esto juntos?