12
E squivo el ataque, y me lanzo con todo mi peso para dar algunas vueltas más por si las llamas me han alcanzado la ropa.
Un rastro brillante pasa por donde estábamos Lucan y yo.
Llamas diminutas bailan sobre la baldosa, apenas emitiendo la luz suficiente para ver las sombras amenazantes de la estatua del dragón que nos acecha.
Inhalo hondo, y un aroma antinatural, metálico, como de ozono, me llena la nariz.
Lo sigue un crujido suave y rítmico por encima de nuestras cabezas.
—¡Muévete! —Me pongo de pie y salto por encima de la línea de llamas. No puedo hacer nada más para ayudar a Lucan sin ponerme más en peligro todavía. Tendrá que arreglárselas solo.
Otra bola de llamas ilumina la oscuridad cuando paro en seco frente al tapiz del dragón azul, jadeando. Noto movimiento a mi derecha, y una ristra de insultos me dicen que Lucan ha hecho caso a mi advertencia, pero por poco.
—Pero qué… —Lucan se interrumpe por su propia sorpresa.
Ya no hay solo una estatua de dragón en la sala con nosotros.
Las llamas bien podrían ser un faro en la oscuridad casi total.
Iluminan el lustre cobrizo de un segundo dragón de metal.
El tapiz que representaba al dragón cobrizo se ha enrollado hacia arriba de la pared y ahora el dragón se yergue orgulloso en la sala, como si emergiera de su nido.
—Es un autómata. No es real —digo con un jadeo. El corazón me va a toda velocidad dentro de las costillas, salvaje y errático. A pesar de que sé que no es real, mi cuerpo sí piensa que lo es, incluida mi cicatriz, que me pica insoportablemente.
Otro estallido de llamas proveniente del dragón cobrizo ilumina por fin la cara de Lucan lo suficiente como para ver la exasperación con la que me mira.
— Por supuesto que no es real.
—Bueno, yo… —No consigo acabar. El frío ha calado la piel de mi chaleco y me doy cuenta de que no es solo el dragón cobrizo el que nos estaba esperando. Mi aliento se hiela en el aire.
Parece darse cuenta de la neblina fría que sale de debajo del tapiz azul que tenemos al lado al mismo tiempo que yo.
Pero mientras que Lucan sale corriendo, yo me quedo congelada en el sitio, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada.
—¿Isola? —me llama.
No puedo contestar. Moveos , les ordeno a mis músculos mientras la agitación de los engranajes y el traqueteo del metal me llenan los oídos. ¡Moveos! No son reales .
—¡Isola!
El tapiz se enrolla como la cortina de la peor obra de teatro que jamás podría imaginar. Una estatua enorme de un dragón azul emite un estruendo a mi lado, y todo lo que puedo hacer es quedarme mirando con los ojos muy abiertos y totalmente aterrada. Tengo todo el cuerpo bloqueado.
—¡Pensaba de verdad que eras mejor que esto!
Al parecer era rencor lo que necesitaba para motivarme.
Me alejo del autómata antes de que la escarcha me cubra los hombros.
Lucan ha corrido a toda velocidad hasta el dragón plateado que se ha materializado de detrás de su tapiz.
Le sigo. No porque quiera hacer equipo con él, sino porque ha tenido la idea correcta.
El dragón plateado puede ser un sanguinario, pero no escupe fuego o ácido ni congela el suelo que pisa.
Y mientras que nos mantengamos en el ángulo muerto junto a sus patas traseras, sus escamas deberían escudarnos de los otros tres…
, al menos hasta que el dragón verde aparezca a nuestro lado.
—Gracias por seguirme por fin —dice sin emoción.
—Cállate —le contesto bruscamente y sin aliento de la carrera.
—Ojalá les mostraras a los dragones la misma ferocidad. Vaya heroína estás hecha. —Cindel y él se van a llevar genial aquí dentro. Quizás se lo pueda quedar después de todo. No es que sea asunto mío.
—¿No fuiste tú el que dijo que soy «más fuerte de lo que ninguno de ellos podrá imaginar jamás»?
¿O era solo para hacerme pensar que podía confiar en ti?
—Niego con la cabeza en su dirección con una mirada asesina, repitiendo las palabras del día que tuvimos entrenamiento individual juntos.
El día que estaba al mando y pensé que podía convencerle para que me dejara saltármelo.
Me devuelve una mirada igual de intensa y de desafiante. Nuestros pechos palpitan. Me noto llena de remordimiento, vergüenza, furia y lo que sea que es este sentimiento que él me hace sentir retorciéndose por mi interior.
—Quiero creerlo, pero me estás demostrando lo contrario.
Sabe exactamente cómo sacarme de quicio.
No soy quien creen que soy. Creo de verdad que sobreviví a ese ataque de dragón porque tengo alguna maldición del dragón rara (una que dio señales tempranas y de una forma que nadie ha visto antes), más que porque sea Valor Reencarnado.
Sin previo aviso, me agarra del brazo y siento una sacudida cuando me toca.
Es como la adrenalina que sentí la primera vez que Saipha y yo subimos corriendo una de las torres del muro.
Como la primera ráfaga de viento del mundo exterior que me golpeó la cara.
Inhalo con fuerza y, por un segundo, casi puedo saborear ese aire fresco de invierno que sopla de las Montañas de la Galerna.
—Demuéstrame lo contrario, Isola. ¿Cómo los detenemos? —me reta.
Estoy a punto de preguntarle por qué dragones piensa que lo sé, pero cierro la boca rápido.
Puede que sí sepa cómo… Son autómatas , y mi padre es el mejor artífice de todo Vinguard.
Si alguien sabe cómo mezclar metal y magia, es él.
Lo que significa que esto es como uno de los varios proyectos que me ha enseñado a lo largo de los años en su taller.
Este es un puzle que puedo resolver , no solo sobrevivir.
Mi mente se dispersa de nuevo en el momento en que un estallido de llamas se dispara por encima de los dragones azul y plateado…
No, dragones no, autómatas . Las llamas explotan contra la pared que tenemos detrás.
—¿Cómo es que sigue persiguiéndonos? —refunfuña.
—Tiene un sello que detecta la Luz de Éter.
Si tuviera que adivinar, diría que está diseñado para reconocer a los otros dragones como aliados y a cualquier otro objeto que use Luz de Éter como una amenaza.
Aunque no atraemos Luz de Éter de manera activa, esta fluye por nosotros y a nuestro alrededor.
Está en todo —explico la teoría que me enseñó mamá sobre la Luz de Éter al tiempo que intento pensar en cómo los construiría mi padre.
Puede que no me haya dejado ver ningún sello, pero eso no quiere decir que no me haya explicado la teoría.
Hasta donde yo sé, los ha construido él. De hecho… ¿Era esto por lo que estaba preguntando anoche el vicario?
—Oh, gracias al legado de Valor. —Es casi imposible ver a Lucan en las pocas llamas que quedan de la última explosión, pero puedo escuchar la más leve de las esperanzas en su voz cuando me pregunta—: Entonces, ¿ sí sabes cómo pararlos?
Presiono la espalda contra el podio con ruedas sobre el que descansa el dragón plateado (todavía inmóvil, por suerte), y me esfuerzo en imaginar el taller de padre.
Me está explicando cómo se enciende el fuego junto a una larga línea de lodo extraño que han recogido los Caballeros de la Piedad de las ciénagas que hay a las afueras del muro.
Mis ojos siguen los movimientos de padre cuando me enseña los engranajes, los muelles engrasados y los hilos que conectan los sellos de artífice para permitir la extracción de Luz de Éter a través de la máquina para darle vida.
Me hace preguntas sobre cómo creo que funciona, invitándome a encontrar las soluciones por mí misma; le encantaba darme pequeños puzles de niña.
—Aunque la Luz de Éter fluye por ellos, los objetos no pueden extraerla de manera activa porque no tienen conciencia.
Así que debe haber un sello primario que la extraiga de la Pila para proporcionar energía a los otros sellos que hacen que se muevan y ataquen.
Considéralo un corazón. Si podemos parar ese sello principal, el resto debería…
—. Por fin, llega el momento que estaba temiendo.
La bestia plateada cobra vida con un balanceo. Sus garras rasgan la luz tenue. Caigo y presiono el cuerpo contra el suelo, intentando hacerme tan pequeña como sea posible cuando de pronto mis huesos parecen ser tres veces más grandes.
Solo puedo ver a la muerte viniendo a por mí hace años. El dragón en el tejado y sus fauces llameantes. Las garras que me cortarán en tiras y me atravesarán el pecho.
Un grito me desgarra los labios cuando la garra se hace real. El dragón plateado me perfora la espalda, pasa por el chaleco de cuero y la camisa hasta llegar a mi piel, y me hace una raja entre los hombros. Grito de dolor mientras la sangre me calienta los costados.
Y sigo sin poder moverme. Estoy paralizada. Me da un vuelco el corazón y me duelen las articulaciones como si cada una de ellas hubiera sido sumergida en ácido.
El zumbido de la máquina me llena los oídos. Me preparo para lo que viene. Otro zumbido de un golpe en el aire, esta vez bajo, seguido de un golpe violento que sacude y agrieta el suelo de mármol. Eso ha debido de ser la cola.
Pero no me ha alcanzado.
Alguien me levanta y me aleja del sitio en el que estaba, encogida de miedo, y tira de mí hacia otro lado de la sala, pasada la estatua central que, gracias a Valor, sigue sin moverse. Por un instante vertiginoso, pienso que Saipha ha venido en mi ayuda. Pero no es ella.
Lucan me estrella contra la pared más lejana y me escuda con su cuerpo.
Chillo por lo que parece una explosión en mi espalda, justo donde estoy herida.
Después me arrastra hacia la derecha por el cuello de la camisa.
Tropezamos cuando otra explosión de llamas estalla donde estábamos hace un momento. Los restos ardientes iluminan su furia.