11
S aipha me espera en la cuarta planta. Sostiene una llave en lo alto de manera triunfal.
—¡Tengo una!
La abrazo tan fuerte que parece más bien un placaje.
—Eres una salvavidas.
—También me han dejado elegir la habitación. He intercambiado la llave que encontré por la de una habitación de mi elección. He escogido la de aquí arriba.
Me separo rebosante de alegría.
—Eres genial.
—Entiendo que tú no has conseguido una, ¿no? —Me da una palmada en la espalda.
—No. —La suelto con un suspiro—. ¿Dónde estaba?
—Me di cuenta de que todas las llaves que encontraba la gente estaban dentro o alrededor de algo relacionado con los dragones —contesta.
Y aquí estoy yo, demasiado asustada para mirar siquiera a la estatua, mucho menos meter la mano en la boca y rebuscar. Nunca le he admitido a mi amiga que los dragones me dejan petrificada. Una parte de mí siempre ha tenido miedo de lo que pensaría.
Así que, en vez de mencionarlo ahora, me limito a decir:
—Me alegro de que te dieras cuenta. Yo solo he visto a una persona con una llave.
Tan pronto las palabras han salido de mi boca, la caja cobriza de la pared cobra vida con una chispa de Luz de Éter.
—Todos los suplicantes que tengan llave deben dirigirse al colegio mayor. Solo se permitirá un suplicante por habitación. Aquellos que no tengan llave pueden continuar buscando en la noche para encontrar su refugio.
Nuestras miradas se encuentran y sus ojos se ensanchan con culpabilidad.
—Isola, yo…
—No te preocupes. Conseguiste la llave tú sola. Te has ganado una buena noche de descanso. Estaré bien. —Las palabras me dejan un sabor desagradable en la lengua, amargas de lo equivocadas que están.
—Sí, lo estarás. —Saipha asiente y da algunos pasos hacia atrás, y después abre la segunda puerta desde la parte superior de las escaleras. Compartimos una última mirada antes de cerrarla tras de sí.
Cuando la puerta se bloquea, se me cae la sonrisa segura que le estaba mostrando. Recuerdo lo expuesta que estoy. Miro a la ventana que hay al final del pasillo. La ciudad se desvanece en la rápida luz menguante. El corazón se me estremece. Me salto una respiración y un latido a la vez.
Podría esperar a que pase la noche escondida en una ubicación que pueda defender, o podría seguir buscando una llave. Sé lo que haría un Caballero de la Piedad.
Vuelvo a bajar las escaleras y salgo al claustro central, luego me detengo a mitad de un paso. Todas las salidas a diferentes escaleras y pasillos están cerradas. Compruebo la puerta más cercana agitando el picaporte. No se mueve. Intento abrir la siguiente. Cerrada. Todas se niegan a abrirse.
La idea de estar encerrada en esta sala hace que arrastre los ojos hasta la estatua y los tapices.
Cada dragón parece más realista a medida que cae la noche, con los ojos brillantes como si pudieran cobrar vida en cualquier momento.
Las puntadas individuales relucen en la luz menguante como si estuvieran a punto de saltar de la tela.
Me atrevo a acercarme al azul y examino los hilos que ilustran perfectamente unos grandes fragmentos de hielo que salen de las garras del monstruo.
Puede que hayan cerrado esta sala para obligarme a comprobar aquí.
Intento hacerme a la idea de acercarme más a los dragones de lo que mi cuerpo quiere permitir.
Sin embargo, a medida que me acerco, siento un hormigueo en la piel y me arde la garganta.
Me masajeo el cuello. ¿Está más abultada de lo normal? ¿Más caliente de lo normal?
Otros pasos atraen mi atención hacia donde está el colegio mayor. Mis ojos se encuentran con los de Lucan, y el corazón me late más fuerte cuando recuerdo lo que Cindel dijo antes: «Consigues ser Valor y tenerlo a él» .
Asqueroso , pienso en respuesta.
No, el corazón me late así porque me tranquiliza no estar sola en una sala con imágenes de dragones, incluso si no estar sola significa estar cerca de él. Desde luego no está latiendo fuerte porque esté sola con un chico, y puede que esta sea la primera vez de mi vida que eso pasa.
Decidida a no dejar que vea mi nerviosismo, me cruzo de brazos, imitando su pose de anoche con mamá y conmigo en aquella celda. Me pregunto si lo pilla.
—¿Tú tampoco has conseguido una llave? —pregunta.
Su voz es baja y suave, destinada a salas enclaustradas y estudios de oración.
Pero hay dureza bajo su murmullo casi apacible.
Eso es lo que no me inspira confianza. Esa parte más dura de él que esconde tras la fachada bien elaborada de superioridad moral.
Pero sé que está ahí; no sería el hijo del vicario sin ella.
—No, es que pensé que sería divertido darme un desafío extra quedándome fuera la primera noche. —Camino hacia el siguiente tapiz cuando se acerca, y me esfuerzo por mantener una distancia entre nosotros sin darle la espalda en ningún momento.
—No te fías de mí para nada, ¿verdad? —Lucan nunca me ha dicho nada tan directo, por lo que me asusta, incluso si la observación es correcta.
—No te conozco. —Prudente. Sincera. Mejor que la respuesta de me fiaría antes de que un dragón cobrizo no me coma que de ti , que sería demasiado honesta.
—Has pasado años conmigo. —Se acerca y todo el pecho se me tensa a medida que se aproxima.
Estoy concentrada en el más mínimo movimiento de sus hombros.
En el leve oscilar de su pelo. Puede que mi entrenamiento esté dando resultados de verdad.
No va a poder atacarme por sorpresa cuando soy tan consciente de cada movimiento que hace.
—He pasado años a tu alrededor —aclaro—. Hay una diferencia.
—Puede que hayas pasado años a mi alrededor , ignorándome como si no fuera más que otro de los aduladores del vicario, pero yo siempre te he visto a ti. —La forma en que lo dice hace que el corazón se me acelere de nuevo. Sus ojos castaños son tan grandes como para ver mi alma en su totalidad.
—¿Qué quieres decir? —Me esfuerzo por mantener la cabeza alta y la voz tranquila, vagando hasta la estatua central para ganar algo de distancia. Me sigue tras echar un último vistazo al tapiz. Parece casi… ¿precavido? No me atrevo a pensar que quizás él también se pone nervioso al ver dragones.
—He visto que nunca rezas, pero le pides a los coadjutores que recen por ti para poder retirarte a tu mente.
La forma en que miras hacia fuera del muro como si estuvieras buscando algo…
No, anhelando algo. Que te rascas el cuerpo cuando se dibuja un sello de artífice —contesta, y agradezco la luz menguante.
Esconde el calor de mis mejillas al darme cuenta de que me han observado tan minuciosamente.
Lucan continúa—: Que te subes el cuello de las camisas cuando no te está mirando, probablemente por el mismo motivo por el que llevas el pelo suelto, aunque haya más posibilidades de que te hagas daño en una pelea: porque enoja al vicario Darius.
—Baja la mirada a mi pecho. No es hasta entonces cuando me doy cuenta de que me estoy presionando la cicatriz.
Está palpitando, como si las costuras de mi piel herida estuvieran a punto de abrirse de nuevo y algo fuera a escaparse.
Si ha podido ver todo esto, entonces, ¿qué más puede saber Lucan de mí?
Qué más de lo que intento esconder con tanta desesperación…
Y ¿qué derecho tiene a saberlo?—. Y, por supuesto, que te frotas la cicatriz en presencia de la Luz de Éter.
—Qué atento. Me halagas. —Ni siquiera puedo fingir sinceridad mientras me alejo. Esto es… extraño.
—Y apuesto a que, incluso ahora, tienes tanto miedo por los tapices que el corazón casi se te sale del pecho. Tanto que me sorprende que no se te pare por completo.
Me detengo y lo miro con recelo. Sabe demasiado . Por eso sabía lo que tenía que decir para hacer que confiara en él aquel día. Me engañó para que pensara que era otra persona.
Lucan se acerca con pasos lentos y premeditados.
Está a punto de invadir mi espacio personal, pero se abstiene de hacerlo.
De pronto, el aire de la sala es escaso, los cordones del chaleco me aprietan y deseo que esté más cerca y al otro lado de la sala a la vez.
Hay algo totalmente desconocido en su mirada.
Algo que no podría nombrar incluso si lo intentase…
, y una parte de mí quiere intentarlo de verdad.
—¿Por qué no has compartido estas observaciones antes? —La pregunta es tan afilada como la punta de una flecha de ballesta, y la siguiente sale disparada de mi lengua igual de rápida—. ¿Las estabas reservando para tus debates vespertinos con el vicario?
Hace un gesto de burla.
—¿No? —insisto. Me inclino hacia adelante, intentado recuperar ventaja en la conversación.
Pero acortar las distancias solo hace que me dé cuenta de lo caliente que está; más cálido que las piedras de una chimenea que ha estado ardiendo todo el día.
Lo suficiente como para que se me sonrojen las mejillas, y odio pensar que seguramente sacará sus conclusiones—.
Siempre estás ansioso por correr hasta él.
—¿Todo tu odio se debe a lo que pasó aquel día?
Ese día. Claro que sí, hipócrita mentiroso.
—Se debe a que no haces más que cumplir sus órdenes —replico un poco demasiado deprisa, y después añado—: Pero lo que hiciste ese día no ayudó.
—Isola…
—Un día libre. Uno . ¡Eso es lo que quería, Lucan!
Me hiciste creer que podía confiar en ti.
— Me hiciste pensar que te gustaba . Desde que me convertí en Valor Reencarnado, he tenido muy pocos amigos.
No muchos quieren pasar tiempo de verdad con «la salvadora de Vinguard», la mayoría son unos aduladores insufribles que intentan acercarse a mí para mejorar su posición de alguna manera.
Pensaba que él sabría cómo es estar atrapada bajo la sombra del vicario.
Pero no voy a contarle nada de eso. En su lugar, inspiro hondo y bajo la voz para que no me escuche ningún inquisidor acechando en las sombras—.
Un día en el cumpleaños de mi madre, para estar con ella.
Niego con la cabeza y me giro para alejarme. Daré vueltas a esta sala toda la noche si eso es lo que hace falta para mantener la distancia con él.
Sus pasos me siguen, porque está claro que me siguen.
—Te dije que no te lo recomendaba.
—Pero dejaste que me fuera . Lo cual se parecía bastante a un acuerdo. —No le miro—. Si ibas a correr a contárselo al vicario, ¿por qué dejarme ir siquiera?
—No podía decirte que no sin ir en contra de las enseñanzas.
—Se ríe. Eso me llama la atención. Es un sonido perplejo, impregnado de incredulidad—.
¿De verdad crees que podía hacerlo? ¿Y que yo, un aprendiz del Credo de dieciocho años, podría cubrir a Valor Reencarnado cuando de pronto hubiera desaparecido, la persona más observada en todo Vinguard, y que todo el mundo aceptaría mi palabra sin pensarlo? Eres más ilusa de lo que pensaba.
Las palabras me golpean como una guantada atravesándome la cara. Dicho de esa manera… La furia hace que me arda desde el pecho hasta la punta de las orejas, pero no sé diferenciar si está dirigida hacia él o hacia mí misma.
—¿Perdona?
—Solo soy un engranaje en el sistema del vicario, Isola. —Suena… cansado—. Trabajo a sus órdenes sin descanso, acatando sus caprichos y ejecutando sus deseos.
¿Un engranaje?
—Pero si eres el hijo del vicario.
—Y me has visto vivir una vida tan privilegiada por ello —contesta con sarcasmo.
Cuando lo pienso, me doy cuenta de que siempre lleva uno de los mismos pocos conjuntos que tiene, a diferencia del vicario, que cambia regularmente de vestimenta.
Pero eso lo había atribuido a que los miembros del Credo quieren modelar el comportamiento que esperan de los ciudadanos de Vinguard.
Aunque tampoco le he visto comer nada especial nunca.
E incluso con el vicario, los dos parecen…
Lucan parece más un perro acatando la llamada de su amo que un hijo.
—¿Qué te hizo, Isola, por irte ese día? —Se para delante de mí una vez más, mirándome desde arriba. ¿Por qué tiene que ser tan alto, joder? Ni siquiera puedo adoptar una pose en la que pueda mirarle desde arriba, y no soy baja para nada.
—Conseguí una mísera media hora con mi madre y, a cambio, hizo que mi entrenamiento fuera un infierno durante seis semanas.
—¿Cómo crees que me castigó a mí?
Me quedo callada. He pasado de tener demasiado calor a estar completamente fría. No había pensado en eso en absoluto. No había pensado en él como algo más que… un engranaje .
Estoy a punto de contestar cuando las luces del claustro se apagan de golpe, igual que se apagan en todo Vinguard pasada una hora del atardecer.
Lucan desaparece ante mis ojos cuando nos zambullimos en una oscuridad casi total, aunque puedo sentir el calor saliendo de su cuerpo en pequeñas olas que chocan contra las frías revelaciones que acabo de tener.
—¿Estás bien? —Respira.
¿Se ha acercado en la oscuridad? Suena como si ahora estuviera a tan solo unos centímetros de mí.
—Estoy bien —miento. No estoy bien con esa silueta enorme acechando en la oscuridad. La escultura del dragón parece más real todavía ahora que mi imaginación está completando los detalles…—. ¿Por qué?
—Te ha cambiado la respiración. —Las yemas de sus dedos se posan en mi mejilla y ahogo un grito. Es un movimiento torpe. Sé que es probable que estuviera buscando la estatua o mi hombro. Retira los dedos tan rápido como los ha puesto—. ¿Isola?
Su calidez. El sonido de su respiración.
Saber que está ahí mismo y no poder verlo.
Me distrae tanto… Lo suficiente como para casi no ver el movimiento que hay a nuestra derecha: el breve parpadeo de luz antes de que ambos nos lancemos en direcciones opuestas y una bola de llamas rasgue el aire y explote a media escama de distancia de donde yo estaba parada.