La maldición del dragón 10 #2
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—No te la voy a dar solo porque seas Valor Reencarnado.

—Baja la voz, como si estuviera asustada de que alguien más pueda escuchar que es cualquier cosa menos respetuosa conmigo.

Esta es su eterna tortura: estar atrapada entre su resentimiento hacia mí y su lealtad al Credo, que le dice que tiene que venerarme como a su salvador resucitado.

No me entusiasma esta dinámica, pero la uso a mi favor.

—No me la voy a quedar. Se la voy a devolver a la persona que la encontró.

Por un segundo, creo que va a pegarme. En vez de eso, abre los dedos y tomo la llave.

Se la lanzo a la víctima de Cindel, que atrapa su salvavidas en el aire y se escabulle a toda velocidad, soltando un rápido «Gracias» por encima del hombro.

No le culpo. Ha conseguido lo que necesitaba y se ha ido antes de que nadie más pudiera herirle.

— Qué noble. —Por cómo lo dice, sé que Cindel no pretende hacerme un cumplido—. Es un lujo ser idealista.

—¿Lujo? —Parece más bien una responsabilidad asfixiante.

—No todos tenemos garantizado un puesto en los Caballeros de la Piedad.

—Ya me gustaría. —Me burlo. Ahora me toca a mí bajar la voz hasta susurrar e invadir su espacio personal—.

¿De verdad crees que el vicario me va a dejar ponerme una capa color rojo sangre de dragón y pasearme por el muro porque sí?

¿Crees que va a dejar que alguien dude de la fuerza de la salvadora ?

Voy a tener que luchar por un puesto igual que tú.

Si quiero tener una vida después de este Tribunal, voy a tener que demostrar que soy tan buena…

, no, que soy mejor que todos los que estamos aquí —pronuncio esa última parte un poco más alto, por el beneficio de todos.

—Bien. Tengo ganas de ver cómo doy la talla contra el gran Valor Reencarnado . —Cindel se aleja.

—Sabes, lo digo en serio. Tenemos mucho más que ganar trabajando juntos que luchando los unos contra los otros.

—Es inútil decírselo a ella de entre todos.

Siempre ha parecido albergar una aversión hacia mi persona.

Incluso antes de convertirme en Valor Reencarnado, cuando solo éramos dos niñas pequeñas que vivían a dos calles de distancia.

Su padre es otro alto coadjutor y parece tenerle la misma aversión al mío que ella a mí.

Cindel niega con la cabeza lentamente y comprueba que las horquillas que lleva en el pelo no se han caído. Nunca he pasado por alto que lo lleva de forma similar a como el vicario me pide a mí que lo lleve: recogido con trenzas alrededor de un moño.

—El poder se gana a través del conflicto y el sacrificio. Rezaré para que tengas la voluntad de ser quien Vinguard necesita, Isola.

—Te agradezco tus plegarias. —Aunque tengo una estatura media y Cindel es un poco más alta que yo, intento desprender una energía como si estuviera mirándola desde más arriba—. Pero tengo la bendición del propio Valor. Guárdate el aliento para alguien que lo necesite.

—Cuánta confianza en ti misma. Esperemos que no esté mal depositada después de todo lo que ha invertido en ti nuestro querido vicario. —Mira por encima de mi hombro y después un poco hacia arriba.

Al principio, pienso que se trata de algún tipo de truco para distraerme y no me muevo.

Pero, cuando su concentración permanece en lo que sea que ha visto, acabo girándome un poco y echo un vistazo por encima del hombro.

Ahí arriba, con los antebrazos apoyados en la barandilla del entresuelo, está Lucan.

Me esfuerzo por no emitir un gruñido. Por supuesto que me está siguiendo . Era mucho esperar que no lo hiciera solo porque no se paró a mi lado cuando yo lo hice ante la estatua del dragón.

Pero entonces me doy cuenta de no es a mí a quien mira. Lucan está mirando a Cindel como un Caballero de la Piedad miraría a un dragón herido en las Montañas de la Galerna. Es una mirada totalmente homicida. Y, a juzgar por el movimiento incómodo que hace la chica, ella también lo ve.

—Es tan injusto —murmura en voz baja—. Consigues ser Valor y tenerlo a él.

Niego con la cabeza en su dirección y abro la boca del estupor.

Cindel ni siquiera me está mirando a mí.

Está embelesada con Lucan. No… Es como si estuviera viendo a través de él, a lo que representa: poder, estatus, una conexión con el Credo.

Casi puedo ver la fantasía que se está montando en la que Lucan es el vicario y ella es su amante esposa, la madre espiritual de Vinguard.

Con un ruido de asco, Cindel mueve la cabeza y se aleja a grandes zancadas antes de que pueda protestar.

—Benj —llama a alguien y un hombre que podría ser el primo de Lucan viene corriendo de entre las estanterías.

Benj tiene el pelo un poco más oscuro, pero mantiene los mechones claros.

Aunque tiene los ojos marrones claros, no de color avellana.

Lo que ve en él es tan obvio que casi me da una arcada—.

Encuéntrame otra llave —ordena, y allá que se va.

Niego con la cabeza cuando ella sale y vuelvo a mirar hacia la galería. Lucan se ha ido. Por el amor de Valor, ¿de qué iba eso? Por lo general, a quien fulmina con la mirada es a mí. Así que, ¿por qué parecía que estaba listo para dispararle a Cindel ahí mismo?

Salgo de la biblioteca tan rápido como puedo, examinándolo todo en cada giro por si encuentro más señales de él.

La parte trasera de la sala conecta con una torre de talleres de artífice polvorientos por los que deambulo hasta encontrarme en un invernadero, caluroso y húmedo al entrar.

Es extraño ver una habitación con tanto cristal en Vinguard; el techo y una de las paredes están hechos de gruesos paneles transparentes que permiten que entre la luz para las plantas que crecen por todas partes.

Lucan entra justo cuando yo estoy saliendo, y me aseguro de no decirle nada. No tengo nada que decir.

Llaman al almuerzo con otro anuncio que retumba desde las cajas cobrizas que proyectan las voces de los inquisidores.

Hago una visita breve al refectorio para hacerme con un panecillo, pero no me entretengo.

Utilizo ese tiempo durante el que otros quizás están tomándose un descanso para buscar dentro de todos los juegos de herramientas de los talleres, y después vuelvo sobre mis pasos para husmear por el cobertizo y las mesas de cultivo del invernadero.

Busco la llave como si mi vida dependiera de ello. Porque puede que así sea.

En el proceso, me aprendo la distribución general del monasterio.

El edificio tiene cuatro plantas de altura, aunque eso ya lo sabía por el exterior.

Es antiguo, no tanto como el muro, pero muestra su edad con parches de ladrillos y argamasa frescos.

Al igual que el muro, parece estar hecho de un puñado de torres combinadas.

Hay pasarelas que no llevan a ningún sitio, bloqueadas porque se les ha construido por encima con el paso del tiempo, u obstruidas con puertas cerradas, pasillos internos sinuosos y estructuras nuevas colocadas donde cabían.

Hay escaleras que no tienen salida y acaban en almacenes polvorientos llenos de cosas sin sentido, como barriles en los que cabría una persona, hileras de estantes para armas vacíos o cajas cerradas con clavos y atornilladas las unas a las otras, que seguramente estarán llenas de suministros para los rituales en los que no hace falta que nos adentremos.

Hay más salas de oración de las que puedo contar, y cada una alberga símbolos diminutos en las paredes de los cinco dogmas del Credo.

Las registro todas con rapidez, pero no encuentro nada.

La sala capitular y la biblioteca están en una de las torres conectadas, la zona de entrenamiento físico y las arenas de combate en otra, el colegio mayor, los jardines, los talleres de artífices y de restauradores, y un sinnúmero de salas más cuyo uso original parece perdido en el tiempo.

En más de una ocasión me encuentro pasando por el mismo sitio, pero al final acabo navegándolo de memoria.

Y sin embargo, a pesar de toda mi exploración, no encuentro ni una sola llave.

Pero sí que veo a Lucan varias veces más y me dirijo de inmediato en la dirección contraria.

Me está siguiendo, sin duda por indicación del vicario, pero me niego a darle la satisfacción de reconocer siquiera su existencia.

Lo ignoro repetidamente hasta que se acaba dando por vencido y vuelve deambulando al claustro central mientras yo sigo buscando en cada rincón.

Regreso sobre mis pasos. Reviso cada recoveco y cada rendija por segunda vez.

Sigo con las manos vacías cuando el crepúsculo tiñe el cielo de naranja. Echo un vistazo por encima del hombro, medio esperando encontrarme al perro guardián del vicario acechando en las sombras de nuevo, pero estoy sola, lo cual es… ¿molesto? Y eso me molesta más aún.

No es que quiera que él complete este reto por mí… Pero estaría mintiendo si dijera que, a estas alturas, no lo agradecería.

Derrotada, inspiro hondo y me dirijo a las escaleras del colegio mayor.

Cada paso de la escalada hasta la cuarta planta es como estar en un cortejo fúnebre.

Si Saipha no ha conseguido encontrar una llave…

, ambas estaremos a merced de los inquisidores esta noche.

Y, basándome en lo tirante que me noto la piel, no estoy segura de si la sobreviviré.