La maldición del dragón 10
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S olo necesitamos una llave. Saipha y yo podemos compartir habitación, me digo a mí misma mientras corremos hacia abajo de la escalera de caracol.

Lo importante es no quedarnos fuera por la noche.

Sea lo que sea lo que tienen preparado los inquisidores para esas almas desgraciadas, no va a ser bueno, lo siento en los huesos, y no voy a dejar que sea yo.

Una vez que los cuerpos afligidos han madurado lo suficiente como para aguantar físicamente el desequilibrio de la Sombra de Éter que provoca la transformación, esta puede suceder en cualquier momento.

Pero los períodos de estrés físico o emocional intenso (dolor, miedo, peligro) son desencadenantes conocidos.

Sabiendo esto, solo puedo imaginar qué tipo de situaciones habrán elaborado para provocar un cambio.

Los otros suplicantes parecen pensar lo mismo sobre nuestras circunstancias.

Bajan corriendo por las escaleras, y sus gritos y gruñidos hacen eco a nuestras espaldas.

Saipha y yo estamos arriba del todo, en la cuarta planta, así que llegar antes que los demás a las zonas principales es imposible…

, a menos que recurramos a actos más despiadados.

¿Se supone que eso es lo que debemos hacer?

¿Herirnos los unos a los otros para conseguir ventaja?

¿Nos pararían los inquisidores? No tengo ni idea.

Por primera vez, me doy cuenta de lo que eso significa en realidad…

Aquí dentro podría pasar cualquier cosa .

La idea se me queda en el cerebro como si la sujetara una daga de la Piedad, envenenándome la sangre con miedo.

De repente, el hecho de no hablarnos del funcionamiento interno del Tribunal parece menos un esfuerzo por prevenir que los malditos eviten ser descubiertos…

y más otra forma de jugar con nuestras mentes.

Y de cubrirse las espaldas. Las palabras de mamá me retumban en los oídos.

«Pero ahí dentro os harán cosas…, cosas horribles que no deberían perdonarse nunca, y os dirán que es normal».

—Aquí abajo. —Tomo una decisión rápida y tiro de Saipha hacia el pasillo de la tercera planta.

—¿Aquí? ¿Por qué?

—Ya somos las últimas del grupo. No vamos a alcanzarlos.

Dejemos que se separen, que encuentren algunas llaves quizás, y podemos ver si hay algún tipo de patrón en dónde están escondidas.

Además, no hay nada que indique que no puedan estar escondidas a simple vista aquí en uno de los pasillos —explico mientras examino la larga sucesión de puertas por si ya tienen una llave puesta en la cerradura.

—A veces la solución correcta es la más obvia —concuerda Saipha de inmediato—. Voy a subir a la cuarta planta otra vez y miro allí.

—Y yo comprobaré la primera después de esta. —Confeccionar un plan ya parece mejor que correr precipitadamente hacia el caos.

—Y yo la segunda.

—Después nos podemos separar para registrar el resto del edificio.

Se detiene al principio de la escalera.

—Solo necesitamos una, ¿verdad? —Me encanta que hayamos llegado a la misma conclusión sin necesidad de debate.

—Sí, pero vamos a conseguir tantas como podamos. Podrían venirnos bien para negociar más adelante. —Es posible que sea demasiado optimista pensar que encontraremos más de dos, pero si lo hacemos… Voy a aprovechar cualquier ventaja que pueda conseguir aquí dentro.

—Tenemos unas mentes brillantes. —Sonríe, sin duda ha vuelto a pensar lo mismo que yo. Saipha va a ser una Caballera de la Piedad excepcional, lo tengo claro—. Por casualidad no te habrán enseñado el vicario o tu padre ningún sello del estilo encuentra-esta-cosa-que-necesito, ¿no?

Resoplo ante la idea.

—Sabes que padre nunca iría en contra de las reglas del Credo. —Y esas reglas estipulan que solo los ciudadanos de pleno derecho pueden ver un sello, e incluso entonces la mayoría de los que están en uso están ocultos. Sus diseños completos se mantienen guardados en los registros de la Piedad.

—Has pasado mucho tiempo en su taller. No sabía si habrías echado un vistazo. —Se apoya contra el arco de piedra con una sonrisita que me dice que ella lo habría hecho de haber estado en mi lugar.

—No te imaginas lo tentador que fue.

Capta la nota de nostalgia amarga en mis palabras.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—El vicario decía que atraería Luz de Éter sin un sello o no lo haría en absoluto.

Baja la voz y da un paso adelante para que nadie la escuche cuando me contesta:

—Odias al vicario. Y encendiste el farol de mi padre.

—Lo sé —suspiro—. Probablemente sea una tontería, pero es porque mi padre me pidió que no lo hiciera.

—No creo que querer y respetar a tu familia sea una tontería en absoluto. —Sonríe—. ¿Quedamos en la cuarta planta al atardecer?

—Hecho. —Tan pronto como digo la palabra, se va.

Sigo con mi búsqueda en serio. Examino todas las cerraduras y paso las manos por encima de los marcos de todas las puertas. Muy a mi pesar, aquí no hay llaves escondidas… Ni tampoco en la primera planta.

Maldita sea. Y yo pensaba que era inteligente por eso también.

Cuando vuelvo a salir al claustro central, veo a un suplicante que se ha subido a la espalda del Dragón Anciano.

Está buscando bajo las escamas, intentando averiguar si alguna de las púas que le bajan por la espalda está suelta.

Otra tiene el brazo entero metido en la boca del dragón.

Contengo un escalofrío y me dirijo a una de las muchas puertas que rodean el vestíbulo central circular.

Si hay llaves escondidas dentro de la estatua del dragón, pueden quedárselas los demás.

Yo prefiero no desmayarme en mis primeras horas del Tribunal.

Me encuentro en el corazón de una biblioteca de dos plantas llena de estanterías de pergaminos y libros más raros todavía. No me da tiempo a apreciarlo porque entro en medio de una pelea.

Hay salpicones de sangre, que casi se mezclan con la alfombra gris oscuro. Une suplicante cae al suelo. Una bota le pisa la muñeca y los dedos se le abren.

Otro se agacha para quitarle la llave de la mano abierta con una elegancia familiar en sus movimientos. A pesar de la pelea, no se le ha movido de su sitio ni un solo pelo de las trenzas con las que ha domado las ondas delicadas de su pelo castaño claro. Casi se me escapa una mueca de asco.

Tenía que ser ella la que se metía en una pelea el primer día.

—Deberías aprender a respetar a tus superiores —se burla Cindel.

Antes de que pueda hacer nada, le suplicante del suelo rueda, agarra el tobillo de Cindel y le muerde. Ella deja escapar un aullido que es más de sorpresa que de dolor.

Entonces le suplicante del suelo agarra la otra bota de Cindel y tira con fuerza. Esta se cae, y le suplicante de pelo negro se pone encima de ella.

—¡Dá-me-la!

Cindel viene de una familia adinerada y con buenas conexiones.

El dinero y el poder compran una cosa en Vinguard: entrenamiento.

Lo que se traduce como un paso más sencillo por el Tribunal y mayores probabilidades de convertirse en un Caballero de la Piedad, o de llamar la atención de un gremio o un artesano de primera categoría, por lo menos.

Es casi tan hábil como yo. Cindel cambia el peso de lado, sube una rodilla y rueda. Su oponente está atrapade.

—Yo la vi primero —declara Cindel.

—Yo la conseguí primero. —Le otre suplicante intenta golpear los muslos de Cindel.

Examino la sala. Hay un inquisidor cerca, al final de una de las estanterías. Otro está apoyado en la barandilla que rodea el entresuelo de la segunda planta.

Ninguno se mueve.

Son Caballeros de la Piedad con otro uniforme, me recuerdo.

Puede que sean jóvenes, pero todos son asesinos adiestrados.

No les importa la violencia, para ellos es algo natural.

Solo están aquí para asegurar que ninguno de nosotros tiene la maldición y para ofrecernos piedad si es así.

Seguramente nos dejarían hacernos cualquier cosa si eso es lo que hace falta para estar seguros de que ninguno de nosotros se transforma de manera espontánea en una máquina de matar sin sentido en medio del mercado algún día.

Lo que parece lógico, dicho así… Sin embargo, las palabras de mi madre adquieren una nueva claridad cada segundo que pasa.

—Parad. —Doy un paso adelante. Los dos me ignoran—. ¡Parad!

Agarro el puño de Cindel antes de que le pegue. Otro golpe vuela en mi dirección. Lo esquivo sin esfuerzo y mantengo el equilibro. De mala gana, admito que puede que todo el entrenamiento que me ha hecho pasar el vicario haya servido para algo.

Los ojos de Cindel se encuentran con los míos. Hay un destello de reconocimiento, después odio.

— Tú .

El sentimiento es mutuo , quiero contestarle. Pero en vez de eso le digo:

—Ya es suficiente.

Una máscara fría apaga el destello de emoción genuina de su rostro. Cindel nunca deja ver más de un segundo de debilidad. Le tiembla la muñeca bajo mi agarre, con la llave en el puño.

—¿Y tú qué quieres?

Le otre suplicante nos mira a Cindel y a mí a través de sus pestañas tupidas que contrastan con su piel ligeramente morena.

Tras una rápida evaluación, le individue de pelo negro aprovecha el momento para recuperar el equilibrio y frotarse la nariz con el dorso de la mano, lo que le deja un hilo de sangre.

—No merece la pena —le digo.

—Nunca pensé que Valor Reencarnado huiría de una pelea. —Cindel me mira de arriba a abajo.

—Guárdate la violencia para nuestros enemigos reales: los dragones. Tenemos mucho más que ganar ayudándonos los unos a los otros. Como los caballeros en el muro.

Los labios se le contraen hacia abajo ante esta mención. Debe de odiar que la esté haciendo quedar mal. Pero entonces no debería ponérmelo tan fácil.

Le agarro el puño cerrado con la otra mano y siento como le tiembla el cuerpo de la ira.

—Suéltala. —Me di cuenta desde el principio que la llave no le corresponde a Cindel. Siempre lucha por no fruncir el ceño cuando no lleva la razón.