9 #2
Ese pequeño error ahora tiene la ventaja de darme una visión de todos los otros suplicantes, y también es una forma de inventar que mi pausa fue intencionada, en caso de que alguien lo mencione.
Reconozco a unos cuantos, creo, pero es difícil estar segura. Aunque no puedo dejar de mirar a uno. Todavía no me creo que Lucan haya seguido por delante de mí. No me fío de él en absoluto.
Como si notase que le miro, la atención de Lucan se ve atraída en mi dirección.
Su mirada avellana se encuentra con la mía.
La aguanto lo suficiente como para dejar claro que no voy a echarme atrás pero no tanto como para que sea raro.
Se gira y mira hacia adelante, y yo dejo escapar un suspiro aliviado.
Agarro a Saipha por el codo. Las escaleras son demasiado estrechas como para andar en paralelo, por lo que subimos medio compartiendo los escalones con torpeza para poder susurrarle al oído.
—Por fin puedes verlo. El hijo del vicario. —Lucan no sale de la Gran Capilla de la Piedad casi nunca, así que a pesar de conocerlo muy bien a través de mis historias, Saipha no ha tenido todavía el disgusto de conocerlo—. El chico con el pelo rubio tirando a castaño, más oscuro por debajo.
Saipha sigue mi mirada y encuentra a Lucan.
—¿El de los hombros anchos que están ganando la batalla contra las costuras de su camisa?
Pongo los ojos en blanco, como si no me hubiera dado cuenta.
—Sí, el mismo.
Hace un ruido de desagrado.
—Olvidaste mencionar lo atractivo que es.
—Sí lo mencioné. —Una vez. Antes de que su lealtad al vicario me impidiera volver a verle igual de atractivo.
—Puede que lo hayas admitido de pasada, pero no hiciste suficiente hincapié en la fuerza de esa mandíbula.
—Saipha. Asqueroso .
Suspira dramática.
—Sabes que siento debilidad por el pelo alborotado y los ojos tristes.
—Confío en que perseverarás —le respondo sin emoción.
Los suplicantes se separan a distintos niveles.
Nos esperan largos pasillos de puertas. Saipha y yo seguimos subiendo y dando vueltas.
Las escaleras parecen no acabar nunca (la mayoría de los edificios de Vinguard tienen un límite de dos plantas).
La Gran Capilla, la Aguja de la Piedad y el monasterio son los tres únicos que se extienden a mayor altura.
El monasterio suele ser el hogar de muchos de los coadjutores del Credo, en concreto de aquellos que son jóvenes y no tienen una residencia familiar propia, pero se evacúa por completo durante las tres semanas del Tribunal.
Hay muchas más habitaciones que suplicantes, por lo que podemos elegir… Y quiero estar tan lejos como sea posible de todos los demás, sobre todo de Lucan. Así que cuando veo que baja por el pasillo de la segunda planta, subo a la tercera deprisa, y después a la cuarta.
Somos las únicas que han decidido subir tan alto.
Para la mayoría de la gente de Vinguard, mantenerse cerca del suelo es algo que se hace por instinto, yo incluida.
Estoy luchando contra esa parte asustada de mí y haciendo lo que un Caballero de la Piedad, un cazador de dragones, haría.
Lo que Valor haría. Echamos un vistazo a las seis puertas de este pasillo (una de ellas es un baño que está al final), para asegurarnos de que estamos solas.
Entonces paro en el pasillo y espero, observando la curva de la escalera de caracol.
—¿Qué pasa? —Saipha tiene el buen juicio de bajar la voz.
No contesto. Alzo la mano en señal de espera y escucho. Se acercan pasos. Odio tener la razón de la peor manera posible.
Lucan llega a lo alto de la escalera y nuestros ojos vuelven a encontrarse. Esta vez para y me sostiene la mirada. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Él… se limita a quedarse ahí, mirándome. Como si estuviera esperando a que haga algo. A que diga algo.
Doy un paso adelante y abro la boca para hablar, pero las palabras de pánico de otro suplicante llenan el vacío.
—¿Están cerradas todas las puertas? —exclama alguien más abajo.
Se está armando un alboroto. Más confusión. Se escuchan exclamaciones similares de otros suplicantes.
Vuelvo a mirar a Saipha, cuyos ojos están tan abiertos como deben de estar los míos. Todos sabemos lo que dijo el vicario, lo que se nos ha dicho todas nuestras vidas: el Tribunal tiene un fin, hacer que salga la maldición. Sea como sea.
Y, me guste o no, mis peores miedos están a punto de llegar a un punto crítico.
Una caja de color cobre colgada de la pared repiquetea con un chasquido de Luz de Éter y la voz de un orador invisible. Sus palabras retumban por los pasillos:
—Se han escondido las llaves de las habitaciones por el monasterio. Familiarizaos con vuestro nuevo hogar. Pero hacedlo antes de que se acabe el día. Al igual que en el resto de Vinguard, en el Tribunal no está garantizada la seguridad por la noche.
Miro a Lucan. Luego a Saipha, y de nuevo a él. Se gira y sale corriendo hacia abajo.
—¿Qué posibilidades habrá de que haya llaves para todos? —le pregunto a Saipha mientras la emoción se me escurre de la voz.
—Escasas —me dice lo que yo también sospecho.
—¿Y lo que puedan hacernos por la noche?
—Horrible. —Vuelve a estar de acuerdo con lo que estoy pensando.
—¿Estás lista? —Giro los hombros hacia atrás y respiro hondo.
Se cruje los nudillos y se sacude el pelo corto.
—Sí, ¿y tú?
Aunque siento que podría vomitar. Aunque esta es la pesadilla de la que no puedo huir. Aunque he pasado años entrenándome para esto y aun así siento que no estoy preparada… La voz no se me quiebra cuando contesto:
—Más. Que. Nunca.