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L as fauces de la bestia están un poco entreabiertas. Inhalo con fuerza y la cabeza me da vueltas. Pero su mirada no arde y el aliento caliente no me golpea. Los ojos son dos piezas vítreas de obsidiana.
Solo es una estatua . Me he quedado petrificada por culpa de un metal bien trabajado.
¿Cómo dragones voy a sobrevivir al Tribunal hasta llegar al muro y más allá si me paralizo de miedo por la mera visión de una réplica de una de las criaturas?
Aunque se trata de una de las representaciones más terroríficas de un dragón que he visto.
Doy por hecho que es el Dragón Anciano, dado su color pálido.
Una mano cálida se entrelaza con la mía y mis ojos se encuentran con los de Saipha.
Ya me sentía agradecida por que pasara esto conmigo.
Ahora más que nunca. Los otros suplicantes han entrado rodeándome y ella me ha alcanzado.
Los ojos se me van corriendo hacia la espalda de Lucan, que ahora va por delante.
Estoy honestamente sorprendida de que no siga vigilándome por encima del hombro.
—Me gusta como llevas el pelo. —Me aparta un mechón del hombro.
—Gracias —susurro. Sabe lo que significa que lo lleve suelto—. Me alegro mucho de verte.
—¿Dónde iba a estar si no? —Me suelta la mano con una sonrisa—. No es que pueda negarme exactamente. Además, no me perdería la gran entrada de Valor Reencarnado por nada del mundo.
Pongo los ojos en blanco.
—Estoy segura de que has tenido tu propia entrada.
—Mi padre no ha podido venir. —Niega con la cabeza y se encoge de hombros—. Está patrullando en el muro. La seguridad de Vinguard va primero. Ya sabes cómo es esto.
—Lo sé. —Me recuerda la ausencia de mi madre. El corazón ya está intentando salírseme del pecho. Es imposible que supere esto sin la tintura.
—Apuesto a que lo has visto hace menos tiempo que yo. —Me mira de reojo—. Valor Reencarnado corriendo para pelear con un dragón, ¿eh? Estoy bastante segura de que estaba muerto antes de dejarte ir.
El vicario habla (y me salva de tener que pensar en una buena excusa) después de que las puertas pesadas que se cierran detrás de nosotros le den paso:
—Oficialmente, ya sois suplicantes del Tribunal.
Contemplo el gran vestíbulo al que hemos entrado.
Hay seis tapices colgados por las paredes que rodean la estatua del dragón del centro, cada uno representando un dragón a tamaño real en unos detalles bordados tan finos que me duelen los dedos solo de pensar en el esfuerzo que han supuesto.
El vicario Darius está encaramado en un estrecho balcón de metal cerca del techo al que se accede por una escalera de caracol.
—A lo largo de tres semanas, seréis observados, examinados y puestos a prueba como crean conveniente los inquisidores, para garantizar que no estéis malditos y os transforméis en una de las bestias que arrasan nuestras tierras y atacan nuestra ciudad. —Señala a la gente que bordea la sala.
Todos parecen jóvenes, no más de tres o cuatro años mayores que nosotros.
Llevan pieles rígidas de un tono marrón oxidado, una clara variante simplificada de las planchas que llevan los Caballeros de la Piedad en los muros, y capas cortas con capuchas que les cubren media cara.
Las capas están teñidas de negro, en vez del rojo sangre de dragón que llevan los Caballeros de la Piedad y los coadjutores.
Las dagas plateadas que llevan a la cintura, con sus pomos en forma de dragón, cuentan la verdad sobre lo que son. Esas dagas albergan en su interior un veneno tan letal que podría matar a un dragón (aunque nunca podría penetrar sus escamas). Pero no son para los dragones. Son para los humanos.
Puede que la gente que nos rodea lleve ropa diferente, puede que sean jóvenes, pero son asesinos adiestrados; son Caballeros de la Piedad, y todos parecen estar listos para administrar la piedad en caso de que los ojos de alguien cambien de forma.
Porque la piedad de la muerte es mejor que convertirse en una de las bestias.
—Además de los retos que aquí os presentan los inquisidores, habrá tres grandes pruebas que os acercarán más a comprender la verdad de Vinguard, a ganaros nuestros secretos para emerger como ciudadanos de pleno derecho y uniros a nuestra sociedad como miembros contribuyentes —explica.
Sospecho que de ahí viene el «tri» de Tribunal—.
Aquellos que consigan llegar al final sin mostrar signos de la maldición se presentarán ante la Pila y recibirán su ojo dorado.
Una emoción inquieta hace que los suplicantes se revuelvan.
—Habrá momentos durante vuestro Tribunal en los que puede que otros vengan a observar; líderes de gremios, coadjutores y, por supuesto, Caballeros de la Piedad.
Pueden venir a daros lecciones. O quizás ni siquiera seáis conscientes de su presencia.
Incluso si no los veis, sabed que bien podrían estaros vigilando.
Todos los demás suplicantes siguen mirando al vicario, pero ahora hay un nuevo brillo en sus ojos.
Una chispa encendida por lo que todos sabemos —que esos observadores serán los gremios y los maestros en busca de talento—, pero más todavía, están entusiasmados por la mención de los Caballeros de la Piedad como observadores en busca de talento.
Uno no puede solicitar ser un Caballero. Tiene que ser invitado.
—Todo esto es para asegurar que aquellos que viven dentro de nuestros muros estén libres de la maldición, contribuyan de forma significativa a la sociedad y sean leales solo a la causa de Vinguard.
—El vicario se alza imponente, un poco más alto.
Sus palabras adoptan un tono más duro y amenazador—.
Recordad: el dragón más mortífero es el de dentro.
Siento la piel demasiado tirante, estirada por encima de los tendones y los huesos que, de pronto, parecen del tamaño de los de un dragón.
Me froto las palmas de las manos por los pantalones y echo un vistazo a los otros suplicantes que están cerca.
En sus caras hay sonrisas amplias. Cómo se sentirá ser uno de ellos…
—Preparaos para que os lleven a vuestros límites para asegurar que no estáis malditos.
—El vicario llega por fin a su conclusión y su voz retumba en la sala—.
Y, si hay indicios de que otro suplicante está maldito, estáis obligados a exponerlo o se considerará traición y ambos perderéis la vida.
Ningún hijo de Vinguard da refugio a un dragón o a un simpatizante de dragones.
Que Valor bendiga vuestras vidas y que la piedad sea veloz en vuestra muerte.
Me trago el nudo de la garganta cuando el vicario desciende por las escaleras de caracol, con el chasquido de sus tacones emitiendo un eco siniestro por toda la sala cavernosa.
Nadie se mueve, pues está claro que no saben qué hacer después.
Su partida invita a mi mirada a vagar por el claustro, que se posa en cada uno de los seis tapices de dragones.
Un maestro tejedor ha captado a cada uno con una semejanza escalofriante, listo para atacar a su manera única.
Está el dragón verde, que enturbia el aire con una neblina nociva, con ácido goteándole de las fauces. Las imágenes son un poco demasiado frescas para mi gusto.
El dragón morado, un tono por debajo de la medianoche, con sus ojos negros y un rugido del que se dice que provoca locura.
El excepcional y ágil dragón plateado, cuyas escamas podrían ser planchas forjadas y reforzadas con sellos de artesanos, tiene las garras de acero afilado.
Un dragón azul con hielo tejido alrededor de sus poderosas garras. Casi puedo imaginar las nubes de tormenta que propaga con cada sacudida de sus alas.
El más grande del grupo es el dragón amarillo, una monstruosidad cuyo tamaño ya lo hace formidable, pero cuyas auras protectoras y sanadoras también lo hacen casi imposible de matar. Compensa lo que le falta en magia ofensiva con fuerza bruta y capacidades defensivas.
Y el más pequeño, pero también el más temible.
El más peligroso: el dragón cobrizo. La bestia de color cobre no es más que furia y fuego.
Este último engancha mi mirada más que ningún otro.
El corazón me revolotea, me pica la cicatriz y de pronto me arde toda la piel del cuerpo.
Intento expulsar el recuerdo cuando mi amiga empieza a hablar.
—Es una locura pensar que uno de nosotros podría convertirse en uno de ellos —murmura Saipha.
—Es improbable. No ha habido un maldito en el Tribunal en siglos. —Las palabras están preparadas. Me las he repetido a mí misma miles de veces para intentar dormir por la noche.
Me obligo a dejar de mirar al dragón cobrizo antes de que me consuma de nuevo el recuerdo de la criatura que me atacó aquel día…
Un humo tan denso que bloqueaba al sol. Corro a través de la oscuridad y las llamas, las cenizas ardientes me llenan la nariz y se me condensan en la boca.
Cuerpos esparcidos por el suelo. Todos los caminos hacia adelante bloqueados por escombros y fuego, dejando un único camino, el peor: hacia arriba.
Una ráfaga de viento de un calor insoportable… Y entonces esos dos ojos antinaturales que me devuelven la mirada. Las fauces abiertas, crepitando con un fuego que amenazaba con consumirme.
Hasta que no lo hizo…
—¿Te sigue doliendo? —pregunta Saipha. Bajo la mano del pecho con rapidez.
—No, solo que hoy me pica. —Maldita sea esa costumbre mía. Aquí no puedo mostrar debilidad. Todos me están observando, esperan que sea Valor. Y todos los inquisidores están buscando motivos para sospechar de la maldición.
—¿No irá a…?
—No, no va a interferir —acabo su pregunta antes que ella, y sueno más confiada de lo que me siento.
—¡Bien! ¿Vamos a ver nuestras habitaciones?
—Claro. —La mayoría de los suplicantes ya van en esa dirección de todas formas.
Hay una escalera con un letrero tallado en piedra sobre el pórtico que dice Colegio Mayor .
Soy la última en subir las escaleras, ya que el resto me pasó al lado cuando me quedé paralizada por la estatua central cuando entramos al principio.