8
O bservo la ciudad a través de la pequeña ventana del carruaje.
En la distancia, vislumbro la Aguja de la Piedad, hogar de los Caballeros de la Piedad.
Es la estructura más alta, más incluso que las torres que se elevan del muro.
Como una espada que se extiende desde la corteza de la tierra y perfora los cielos con su punta.
Cada ventana es un puesto de vigilancia.
Los cañones sobresalen de torretas recién construidas (que son un poco más ligeras que las más antiguas de piedra gris oscura), y le dan a todo el conjunto una apariencia espinosa.
A sus pies se encuentra un edificio que solo se abre a aquellos que no son coadjutores una vez al año: el monasterio.
El carruaje para y la oleada de Luz de Éter que nos rodeaba al moverse se disipa. Se ha reunido una multitud. El Tribunal es un rito de pasaje, un motivo de orgullo y de temor. Aunque sospecho con un mal presentimiento en el estómago que toda la conmoción no solo se debe a la reapertura del salón.
Mi miedo se confirma en el momento en que salgo del carruaje.
El vicario Darius ya está esperando. Sus dedos fríos y sudados se agarran a los míos como tornillos cuando «me ayuda» a bajar.
Se escuchan murmullos e incluso algún aplauso cuando las miradas que nos rodean se mueven hasta mí; los ojos dorados individuales brillan como un mar reluciente entre colores naturales.
El vicario eleva mi mano como si hubiera llevado a cabo un gran triunfo solo por existir.
Más aplausos.
Esto es lo peor. Jamás pensé que tendría ganas de que empezase el Tribunal. Les ofrezco una sonrisa tensa. Deber , me recuerdo y me pongo más recta, este es tu deber .
Al menos hasta que el dragón que llevas dentro te reclame.
Mi padre sale después y me acompañan hasta el final de la cola de suplicantes convocados para el Tribunal.
Parece que esta vez somos unos treinta. Los niños son muy escasos en una ciudad asediada por los dragones y el azote.
Gracias a Valor, no han hecho un espectáculo pasándome hasta el principio de la cola.
—Buena suerte. —El vicario me suelta la mano para permitir a padre que me dé un último y fuerte abrazo.
Por encima de su hombro veo a Marie y a Callon.
No me había dado cuenta de que habían llegado.
Deben de haber salido poco después de nosotros y tomado una ruta más directa a pie.
El vicario añade—: Aunque no te hace falta.
—Gracias —murmuro cuando mi padre me suelta, tratando de sonreír con valentía. No encaja del todo con mi cara.
—Ojalá te pudiera mandar ahí dentro con algo más abrigado. —Marie me aprieta las manos. Le devuelvo el gesto con una leve pero agradecida sonrisa—. El invierno estará aquí antes de que nos demos cuenta.
Dudo que vayan a proveernos de algo más abrigado. Por suerte, el Tribunal acaba casi siempre antes de la primera nevada.
—Va a estar bien. —Callon da un paso adelante, extiende los brazos y tira de mí para abrazarme, tan fuerte que dejo salir un resoplido. Esto no es propio de él, pero me doy cuenta del motivo cuando mi hermanastro me susurra al oído—: Escalera roja, escudo de dragón negro…
Hace una pausa y gira un poco la cabeza. Una mujer que no reconozco nos pasa por detrás para abrazar a otro suplicante diferente, y él espera hasta que se han ido para proseguir.
—Para comida. Hay un escondite seguro tras el soporte para ballestas.
El exterior de la ventana del taller de la cuarta planta también es un buen lugar para esconderse.
El alféizar es más grande de lo que parece.
—Las palabras son tan precipitadas que casi se mezclan.
Cuando se aleja, sonríe de oreja a oreja, como si no hubiera dicho nada en absoluto.
Me quedo pasmada. Se ha arriesgado a contarme algo del Tribunal.
Han pasado años desde que él lo pasó, y todo podría haber cambiado…
Aun así, el gesto me conmueve y me da algo de confianza en que, si no estoy maldita, puede que me vaya bien.
Es poco probable, pero no sería de Vinguard si no tuviera esperanza.
—Yo también te voy a echar de menos. —Sonrío como si no hubiera pasado nada.
Asiente con complicidad.
Me giro, esperando ver ahí a mamá con toda naturalidad.
Pero al lado de Callon hay un espacio vacío casi a propósito.
La cabeza me da vueltas mientras busco cualquier señal suya.
No es posible que no esté aquí… No se lo perdería.
No después de lo que sucedió anoche. La garganta se me tensa.
Me dijo que me conseguiría una tintura .
Estaba segura de que estaría aquí. Están a punto de encerrarme tres semanas. Es ahora o nunca.
Mientras busco, mi atención recae en el vicario.
Sigue rondando cerca. Su ojo dorado brilla como la luz de la Pila que hay muy por debajo de la Ciudad Alta.
La expectación es evidente en su rostro, y me separo de mi familia sin que mueva un músculo.
Una vez más, desempeño mi papel. Intento no encogerme cuando me sostiene las mejillas con las manos.
Me trago las náuseas que siento cada vez que me toca.
Me arrodillo ante él, porque sé que es lo que se supone que tengo que hacer. Porque eso es lo que se me exige, lo que se me ha enseñado. Y porque no soy estúpida. Vinguard ya me considera su gran asesino renacido. Y ahora me ven arrodillándome ante él .
—¡Que la Luz de Éter bendiga a nuestra cazadora!
—dice con una voz demasiado alta que me hace encoger—.
Que le dé fuerza. Que las bendiciones de Valor la guíen y le den ímpetu al entrar en el Tribunal.
Que su actuación la lleve hasta los rangos de los Caballeros de la Piedad.
Pues cuando emerja de esta prueba y de su entrenamiento, será como Valor, preparada para reclamar lo que es suyo por nacimiento. Bendiciones. Bendiciones. Bendiciones .
—Bendiciones de Valor —entona la mayoría de los presentes.
El vicario me ayuda a levantarme y me guía hasta el principio de la cola. Justo lo que no quería. Es como si pudiera leerme la mente e hiciera aquello que más odio.
Encuentro a Saipha a medida que caminamos, y me lanza una mirada que lo dice todo.
Puede que me anime como Valor Reencarnado, pero no está de acuerdo con la teatralidad del vicario, porque sabe lo incómodo que me resulta.
Y ha visto las heridas que me deja después de entrenar.
Ahora no puedo decirle nada, porque me suelta justo delante del desfile de suplicantes.
Lucan está justo detrás de mí y lucho con todas mis fuerzas por ignorar su presencia.
Pero puedo sentir su mirada en la nuca cuando su padre sube a un púlpito de piedra construido a la derecha de las enormes puertas del monasterio.
Nunca pensé que tendría ganas de escuchar al vicario, pero cuando la alternativa es escuchar respirar a este tío…
—Bienvenidos, suplicantes, al Tribunal de este año.
—Hace un gesto hacia la multitud y aquellos que no llevan el uniforme básico se apartan a un lado del grupo de jóvenes de dieciocho años que está reunido—.
Al embarcaros en las próximas tres semanas, os comprometeréis a estudiar, entrenar y rezar.
Aquí, en el sagrado monasterio que suele acoger a los coadjutores del Credo, profundizaréis vuestra fe y vuestra conexión con el corazón de Vinguard, la Pila.
Saldréis como ciudadanos de pleno derecho.
Pasareis por el dorado y, con esa conexión a la Pila, seréis capaces de usar sellos.
»El Tribunal es la prueba de Vinguard. Aquí no hay escondite; se encuentra a los malditos y se les muestra piedad.
A pesar de que se tomarán precauciones, ninguna vida está garantizada en Vinguard, ni siquiera aquí.
Y expulsar a la maldición puede llevar a repercusiones desafortunadas.
Pero este es un riesgo que debemos correr para asegurar que nuestro hogar permanezca seguro durante los siglos venideros.
Hay un momento de silencio sombrío ante esta idea. La vida es preciada y escasa en Vinguard. Perder a un ciudadano por cualquier motivo es una tragedia, incluso si es inevitable en el caso de un maldito.
Intento secarme las palmas sudadas en los pantalones tan discretamente como puedo. Se acabó . No hay marcha atrás… Dragón o cazadora de dragones, estoy a punto de averiguar cuál estoy destinada a ser.
—Ahora, someteos para ser puestos a prueba, para revelar si estáis entre los cazadores… o los cazados. —El vicario eleva las manos y las enormes puertas se abren con un crujido y un chisporroteo de Luz de Éter que se dibuja por sellos ocultos.
Capto la señal y me pongo en marcha con una respiración superficial.
Mi corazón amenaza con rasgar cada capa de tejido cicatricial que lo mantiene en su sitio.
Se acabó . Ahora es cuando descubro si soy su salvadora o su mayor vergüenza, cuando descubro por fin si el dragón se paró en vez de matarme por terror porque soy Valor… o porque soy uno de ellos .
En cuanto entro en el monasterio, me encuentro cara a cara con un dragón.