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E l Tribunal tiene un uniforme. Es un sencillo par de pantalones de lana gris oscuro, resistentes y adecuados para prácticamente todo.
Una camisa blanca holgada, hecha con una tela de ortiga suave, y con mangas largas que me arremango hasta los codos.
El cuello es de pico, pero no muy bajo. Y un chaleco de cuero por encima, con un cuello maravillosamente alto.
No tendré que mostrar la parte de arriba de la cicatriz.
Me miro en el espejo. Un conjunto nuevo en Vinguard suele estar reservado para los cumpleaños u otros eventos importantes de la vida.
Aquí los recursos son escasos, y no somos gente derrochadora.
Como Valor Reencarnado, tengo la suerte de poder darme el gusto con la ropa más que la mayoría, pero estas prendas son distintas de las que usa el vicario para vestirme.
A pesar de que el Tribunal está supervisado por el Credo y, por extensión, el vicario, las prendas no han sido diseñadas para hacerme destacar, así que sé que no son elección del vicario Darius.
Siento como si estas fueran mías …, incluso siendo un simple uniforme.
Si muero, al menos no lo haré disfrazada de su muñeca, pienso con amargura. Preferiría morir desnuda si esa hubiera sido mi única opción. Esto es mucho mejor.
Lucan me cruza la mente, empapado hasta los huesos con su pesada túnica de coadjutor.
Él también va a tener unas semanas de descanso del decreto del vicario.
Como si eso le importase. Me regaño por el mero hecho de dejar que me cruce la mente.
Estoy segura de que a Lucan le encanta llevar el uniforme del Credo, dado lo mucho que disfruta ejerciendo el poder del vicario por extensión.
Llaman a la puerta.
—¿Isola? —Es Marie, mi madrastra. Me alegro de que no sea padre. Sigo sin saber qué decirle desde lo de anoche.
—Pasa.
Abre la puerta, pero no entra. Marie solo lleva tres años formando parte de mi vida y como resultado es demasiado precavida con mis límites. Esto hace que me guste más incluso, y eso que de por sí es una persona bastante agradable.
—Tienes buen aspecto. —Fuerza una sonrisa. Me doy cuenta porque los bordes de los ojos no se le arrugan. Está preocupada por mí.
—El mismo que todos los suplicantes —asumo. Nunca he visto la inauguración del Tribunal. Solo los ciudadanos de pleno derecho de Vinguard tienen permitido presenciar el Día de la Convocatoria.
—¿Tan malo es? —Es una pregunta con muchos niveles. Puede que Marie no me vea al completo , pero ve lo suficiente. Lo que quiere decir realmente es «¿no has intentado pasar desapercibida todos los días desde el ataque?» .
—Es lo que hay. —Me encojo de hombros y evito decir nada más. Cualquier cosa más sería coquetear un poco demasiado con la traición y, mientras que ella no es lo que yo llamaría una fanática, sí que es fiel al Credo.
—¿Quieres que te recoja el pelo?
—Iba a dejármelo suelto. —El vicario prefiere mis rizos negros y salvajes controlados, así que los dejo sueltos cuando surge la oportunidad. Además…, me recuerda a mamá.
—Sabes que pienso que suelto te queda mejor. —La sonrisa de Marie es más sincera ahora—. Y nos da un poco más de tiempo para el desayuno.
La sigo, pero los pies se me paran en el umbral de la puerta.
Memorizo mi habitación por última vez, la forma en que las motas de polvo vagan por la luz del sol.
El aroma fresco de la piedra. La pesada piel que me regaló padre por mi cumpleaños hace dos años sobre la cama.
Quizás Saipha pueda usarla cuando me haya ido…
Ojalá pudiera pedirle a Marie que se la dé, pero eso significaría admitir que creo que estoy maldita.
Y para eso bien podría decir «matadme ya. Tened piedad».
Con la garganta tensa por todos los recuerdos, los expulso con un pesado suspiro y me despido de mi casa.
—¡Buenos días! —repica el hijo de Marie, Callon, desde los fogones cuando entramos en la estrecha cocina.
Su pelo rizado es de un color marrón más cálido que el de Marie, aunque el de ella ha empezado a ponerse cano y a contrastar con su piel oscura a pesar de que solo es de mediana edad—.
Tostadas y champiñones. Algo abundante antes de que te veas forzada a vivir de las gachas del Tribunal durante las próximas tres semanas.
Tan pronto como arqueo las cejas en señal de sorpresa, Marie lo manda a callar.
—No des detalles.
Los ciudadanos juran guardar secreto sobre lo que sufrieron en el Tribunal. Dicen que es para prevenir que nadie sea capaz de esconder la maldición al tener ventaja en las pruebas, pero creo que el Credo solo ama mantener a la gente en la ignorancia y sin poder.
—Decir que la comida es horrible difícilmente es una pista que podría darle ventaja. —Pone los ojos en blanco.
Amontona una porción digna de dos personas en mi plato cuando me siento. Mi hermanastro, desde hace tres años, es aprendiz de uno de los mejores constructores de la ciudad. Pero juro que debería haber sido chef.
Me obligo a comer, aunque los nervios le quitan el sabor a la comida.
—El Tribunal no es tan malo —me tranquiliza Callon con la boca llena—.
Hacen que todo lo que lo rodea parezca superintimidante, pero encontrar a alguien con la maldición del dragón es muy raro.
Las pruebas te pondrán al límite, pero también son una oportunidad para destacar ante los gremios y encontrar buenos mentores, así que intenta pasártelo bien con ellas.
—Callon —Marie le riñe de nuevo.
— Mamá , decirle que va a estar bien no es hacer trampas. Todo lo demás ya lo sabe.
Marie suspira y se recoloca los mechones de pelo que se le han soltado. Sigue la ley a rajatabla, que es parte del motivo por el que creo que mi padre se enamoró de ella. Él también es un purista.
Hablando de padre… Entra con paso firme en la habitación. Me lanza una mirada rápida y dice:
—Es hora de irse.
—¿Ya? —Me meto otro trozo de tostada impregnada de aceite en la boca. Callon ha sacado la sal en escamas esta mañana (sin duda, solo para mí), y cada bocado cruje deliciosamente como finas láminas de glaseado que se rompen, así que no dejo nada.
—Ni siquiera has tocado el desayuno —le responde Callon a padre con abatimiento.
—Habrá otras mañanas. Hoy es un día especial y no podemos llegar tarde.
—Me levanta de la silla y me guía a la puerta antes de que pueda pensar en una objeción o una excusa para retrasarlo.
El instinto me dice que me lleve el bolso antes de salir de casa.
Pero hoy no. No me permiten tener nada más que la ropa que llevo a la espalda.
—Os vemos allí —dice Marie. Padre le lanza una mirada llena de agradecimiento y me acompaña hasta la puerta y después a uno de los espantosos carruajes del Credo.
Están ornamentados en exceso y son totalmente innecesarios en Vinguard.
La mayoría de las calles son muy estrechas para que pasen (el espacio se ha reutilizado para hacer casas), así que es mucho más rápido caminar a todas partes.
Es otro elemento más que grita «¡mira lo diferente que soy! ». Lo detesto.
—¿Estás nerviosa? —pregunta padre cuando ya nos hemos acomodado dentro de su interior cargado y aterciopelado.
—Un poco, si soy sincera. —Me muevo. Es el mismo carruaje que me transporta a mis entrenamientos con el vicario, pero hoy parece que estoy sentada sobre alfileres.
Hay un destello de Luz de Éter y las ruedas comienzan a girar bajo nosotros a medida que el carruaje se mueve hacia adelante. Qué derroche de la energía que mantiene a Vinguard a salvo.
—Vas a estar excepcional. Eres Valor Reencarnado. Es el principio de tu verdadero destino. Lo de anoche era una señal —responde con orgullo.
—Y si… —No llego a acabar la frase. Padre me para subiendo la mano. Sabe lo que estoy a punto de decir antes de acabar. ¿Y si no soy la heroína que todos creéis que soy?
—Ya lo hemos hablado. —Niega con la cabeza—. Siempre estás lista para preguntar si no lo eres. Pero ¿y si sí eres Valor Reencarnado, Isola? ¿Por qué no cambiar tu instinto para creer que podría ser cierto en vez de luchar contra ello?
Eso te encantaría, ¿verdad? Me muerdo la lengua para no decirlo. En vez de eso, le pregunto:
—¿No te parece conveniente que, cuando la gente estaba empezando a perder la fe en el Credo, de pronto tienen a su guerrero legendario y toda la legitimidad que lo acompaña?
—Tus ojos —contesta, con la intención de silenciarme solo con ese simple hecho. Su ojo dorado brilla, pero me centro en el otro. Antes del ataque, yo tenía los ojos iguales que el ojo marrón que conserva.
—Estuve sola después del ataque. —Las palabras son amargas y duras—. Con ellos . Inconsciente. El vicario podría haberme cambiado los ojos él mismo sin decírselo a nadie. —El Credo, y en concreto el vicario, supervisa el dorado.
Padre se aleja, claramente sorprendido de que lo haya sugerido siquiera.
—Otorgar la conexión a la Pila a través del dorado es algo que solo sucede tras el Tribunal, una vez están seguros de que la maldición no está presente.
—El vicario Darius hace sus propias reglas.
—El dorado solo cambia el color de un ojo.
—El vicario oculta mucha información bajo llave. —Lo que he podido ver es solo un cuarto del total—. ¿Quién sabe lo que puede hacer que no nos cuenta?
—¿Cuándo te has vuelto tan insensible? —Padre frunce el ceño—. ¿Tu madre ha…?
No quiero escuchar una palabra más. Odio cuando actúa como si el vicario lo fuera todo cuando todo lo que ha hecho ese hombre es robarme.
—Quizás soy insensible porque persuadiste al consejo para mantenerme alejada de ella cuando solo tenía doce años.
—Después de su divorcio, ni siquiera podía verla cuando quisiera, hasta este año cuando cumplí los dieciocho.
Me agarro el chaleco por encima del pecho en un intento desesperado por controlar los restos del leve dolor que solo sus tinturas pueden aliviar. Tinturas que no he podido obtener.
Maldito sea el dragón, espero que tenga algunas en la Convocatoria . Si no, no sé cómo voy a sobrevivir a las próximas tres semanas.
Los ojos de padre se vuelven fríos y distantes. La mayoría de la gente no sería capaz de diferenciarlo de su expresión estoica habitual. Pero yo sí.
—Tu madre, que Valor la bendiga , es un peligro para sí misma. Sé que no quieres creerme cuando lo digo…
—Pues no lo digas. —Le vuelvo a cortar. Nuestros ojos se encuentran, mantenemos la mirada y yo espiro—. No… No lo digas.
Por una vez, me hace el favor. Se instaura el silencio, pesado pero tan frágil como el cristal emplomado que delinea las viejas ventanas de la Gran Capilla de la Piedad.
Da la sensación de que romperlo sería igual de peligroso.
Solo el chirrido del carruaje se atreve a hacerlo —la madera cruje como huesos bajo presión—, como si incluso las ruedas sintieran adonde me están llevando.
La cicatriz me pica, punzante y repentina, un recordatorio fantasma de garras y fuego.
Con cada giro de las ruedas, el picor empeora, como si quisiera recordarme que estoy más cerca de mi muerte.