6
M amá y yo estamos sentadas en lados opuestos de una sala de detención lúgubre en una de las torres más pequeñas que salpican Vinguard.
No forma parte del muro y, por eso, la atienden Caballeros de la Piedad que no pasaron las pruebas para patrullar las murallas, y prestan ayuda en la ciudad cuando aterriza un dragón (como esta tarde).
También es un lugar para retener prisioneros hasta que pueda juzgarlos el Credo, que hace cumplir las leyes de Vinguard (también como esta tarde).
Me muevo. Los grilletes que me muerden las muñecas son incómodos, pero el taburete es la causa de mi desgracia. Creo que el suelo de piedra está más blando.
La única que me da más dolores de cabeza está sentada frente a mí… Tan pronto como el pensamiento me cruza la mente, miro a la esquina de la sala y me riño a mí misma. Mamá no ha tenido una vida fácil. Y lo hace con buena intención, lo sé.
Suspiro con fuerza. Por lo menos nadie ha encontrado el frasco con polvo de azote que tengo en el bolsillo. Marius le ha «ahorrado a Valor Reencarnado la humillación de ser cacheada». Y con esa ya va una cosa que ha salido bien desde que estuve en el muro.
—Lo siento —murmura mamá.
—No pasa nada. —Sí que pasa—. Sé por qué lo has hecho.
—Es tan complicado, Isola, estar tan cerca de descubrir algo y sin embargo saber que te estás quedando sin tiempo. —Inclina la cabeza, la descansa contra la pared que tiene detrás y mira fijamente al techo—. Espero que nunca te sientas así.
—Sé cómo se siente al quedarse sin tiempo —mascullo.
El destino fue cruel al hacer que el dragón me atacase cuando tenía doce años.
Tan joven como para cambiarme la vida para siempre.
Tan mayor como para recordar cómo era la vida antes de que los ojos se me volvieran dorados y el Credo me proclamara Valor Reencarnado, el legendario Asesino de Dragones que regresó, destinado a matar al Dragón Anciano y a restaurar el equilibrio del mundo.
Queda muy poético sobre el papel. Las historias suelen serlo, como si intentaran compensar lo caótico, feo y complicado que es el mundo real.
—¿Qué quieres decir? —La atención de mamá recae por completo en mí. Ha escuchado lo pesadas que han sido esas palabras.
—Yo… — Llevo años sintiendo que estoy maldita. ¿Lo estoy? No puedo preguntárselo ahora. Valor Reencarnado y su madre, ¿detenidas para ser interrogadas? Si fuera uno de los Caballeros de la Piedad que hace guardia al otro lado de la puerta, tendría la oreja pegada—. El Tribunal es mañana.
Las estatuas esculpidas de caballeros que adornan las agujas de la Gran Capilla de la Piedad se mueven más que mamá ante la mención del Tribunal.
—No…
—No te preocupes. No voy a dudar —la interrumpo rápida y sonoramente mientras la miro y señalo hacia la puerta con la cabeza.
Se contiene y una chispa de furia se le enciende en los ojos y se convierte en un infierno cuando la puerta se abre de repente, revelando al vicario Darius.
Justo a tiempo.
El vicario no camina, se desliza con autoridad.
Su figura impotente y fibrosa se sitúa entre nosotras en dos zancadas y nos mira por encima de la nariz puntiaguda, con juicio en mi dirección y odio puro hacia mamá.
Una mueca le tira del bigote recortado al milímetro cuando sus ojos (uno azul y otro dorado) me acribillan con decepción.
Como era de esperar, Lucan entra detrás de él y se apoya contra la esquina que hay a la izquierda de la puerta, la más alejada de mí.
Estoy segura de que fue a contárselo al vicario en cuanto me zafé de él.
Es probable que estuvieran a medio camino cuando los Caballeros de la Piedad los encontraron para informarles de nuestra captura.
No debería sorprenderme, pero lo hago cuando entra una persona más: padre.
Sigue vestido con su túnica color rojo sangre de dragón como alto coadjutor del Credo.
Me pregunto qué función oficial estaría desempeñando cuando el dragón atacó, porque las ojeras que tiene bajo los ojos son más oscuras que de costumbre.
La sal de su pelo castaño oscuro parece más abundante.
Suele quemar el aceite de medianoche durante días enteros en su laboratorio.
Pero hay algo diferente… Más que cansancio físico, es como si algo le pesara en el alma.
—¿Os importaría explicar qué estabais haciendo? —nos pregunta el vicario en cuanto se cierra la puerta. Pero su atención permanece solo en mí.
—Solo estaba…
—Estaba cuidando de mí —digo rápido. La excusa que se pueda inventar mi madre no va a ser tan buena como la mía.
Miro hacia ella e intento decirle «déjame protegerte» con la mirada.
Puede que no sea el verdadero Valor Reencarnado, pero, mientras el vicario lo crea, lo usaré para proteger a la gente a la que quiero.
Y sé exactamente lo que el vicario quiere escuchar—.
Cuando llegó el dragón, sentí que algo tiraba de mí, como si la Luz de Éter me atrajera, y me apresuré para atacarlo.
Los ojos del vicario resplandecen. Nadie más podría apreciarlo. Pero a mí me recuerda a un dragón observando a su presa. Con una brutalidad impaciente.
—¿Y qué ha pasado con esta atracción hacia la Luz de Éter?
—Se desvaneció cuando el dragón murió y la amenaza había desaparecido. —¿Suena demasiado a guion? Llevo dándole vueltas a las palabras desde que Marius nos trajo aquí.
Chasquea la lengua.
—Es una pena. Pero tendrás tiempo en el Tribunal, y después en la Piedad, para perfeccionar tus habilidades como la reencarnación de nuestro gran asesino.
Estoy seguro de que pronto vendrá a ti. —Habla como si no hubiera intentado escurrirme el poder de los huesos cada día durante los últimos seis años en nuestras sesiones de entrenamiento, que suelen ser brutales.
Levanto las muñecas a medida que se acerca con una gran llave en la mano. Cuando me quita los grilletes, le pregunto:
—¿Y mi madre?
Hay un segundo de duda en el que creo que está a punto de negarse.
En Vinguard, a los infractores de la ley no se los retiene mucho tiempo.
Si se los declara culpables, son sentenciados a trabajar en las canteras de la Subcorteza y a excavar piedra para los Caballeros de la Piedad, que la usan para reparar el muro. O sentenciados a muerte.
Y sé cuál de las dos sentencias preferiría el vicario para ella.
Pero al final se gira en su dirección y le quita los grilletes también.
—De cara al futuro, tu preocupación es innecesaria.
Nuestra salvadora tiene las habilidades para mantenerse a salvo.
O serán el Credo y los Caballeros de la Piedad quienes la protejan.
Puedes estar tranquila —le dice, con una voz siniestramente baja.
Lo que en realidad quiere decir es «aléjate del símbolo favorito del Credo, hereje.
Solo estás viva porque matar a la madre de Valor Reencarnado estaría mal visto» .
Las manos se me cierran en puños por un segundo. Pero, tan pronto como lo hago, siento que alguien me observa. Mis ojos vagan hasta los de Lucan. No le ha pasado desapercibido.
¿Te vas a chivar de esto también? , le pregunto con la mirada.
Si Lucan lo ha visto, no me responde.
Empiezo a caminar hacia la puerta y miro a cuando paso a su lado. Su expresión cansada no cambia. Tampoco se mueve en mi dirección para abrazarme. Pero tiene los ojos llenos de preocupación y compasión…, al menos por mí. A mamá no le muestra nada.
A medida que he ido creciendo, se ha vuelto más fácil de aceptar, pero todavía me cuesta entender cómo pudo querer a mamá durante veinte años y después pasar a ser un extraño para ella.
Sé que tiene una personalidad complicada, pero él también lo sabía cuando le pidió matrimonio con un anillo hecho a mano, grabado con un sello que mamá ha conservado hasta el día de hoy.
Ya ha parado de llover cuando salimos de la torre a una plaza pequeña. La luna es como una garra en el cielo, y su luz débil ilumina la ciudad mojada y oscura. Es tan tarde que han apagado las luces de la calle y los postigos se han cerrado para evitar atraer dragones.
Aunque no sirve de mucho… Los dragones atacan cuando les place. Con más frecuencia cada año.
—Voy a despedirme de mamá —les anuncio a mi padre y a Lucan, con un tono de desafío en mis palabras.
Quizás se debe a que el vicario se ha quedado atrás para hablar con los Caballeros de la Piedad en la torre.
Seguro que los está amenazando para que no esparzan rumores del preciado Valor Reencarnado del Credo.
De solo pensarlo, un tono enfadado se me instala en la voz—. Solo será un momento.
Ninguno me para cuando cruzo la plaza hasta donde espera mamá, en la calle que lleva a su apartamento.
—Lo siento —dice de nuevo—. Tenía pensado ofrecerte una buena cena antes de la Convocatoria.
—Lo sé. —Meto la mano en el bolsillo y la cierro alrededor del frasco mientras me coloco de forma que ni mi padre ni Lucan pueden ver lo que hago.
Le agarro la muñeca con la otra mano, le pongo el frasco en la palma y le cierro los dedos.
Ensancha los ojos y abre un poco la boca.
De solo ver el frasco un escalofrío me recorre la espalda al recordar la sensación retorcida y opresiva de la Sombra y la Luz de Éter comprimidas a mi alrededor—.
Al menos no ha sido una noche perdida del todo. Te conseguí esto.
Mamá lanza una mirada a padre y a Lucan antes de guardárselo en el bolsillo con rapidez.
—Isola…
—Sé que es el motivo por el que fuiste corriendo hasta el dragón. Bueno, uno de ellos. —Sonrío sin fuerzas—. Mira, puede que sea demasiado tarde para mí, pero, por favor, acaba tus investigaciones, mamá. Intenta averiguar qué es en realidad la maldición y cómo ponerle fin.
—¿Demasiado tarde para ti? —repite débilmente, con el ceño fruncido. Me pone una mano en la mejilla—. ¿Qué quieres decir, querida mía?
—Mamá, yo… ya no soy una niña. —Tengo la garganta cerrada, y no es por ningún tipo de magia en el ambiente. Ni por el azote—. La mayoría de la gente no necesita tinturas para sentirse bien.
Descansa la mano en el bolsillo que alberga el frasco.
Pero yo sé que ambas estamos pensando en un recipiente de cristal diferente, un pequeño vial lleno del líquido misterioso que solo ella puede prepararme.
Un remedio para los dolores, los temblores y los sudores.
Algo que me relaja la mente y el corazón, que me permite estar cerca de los sellos sin querer arrancarme la piel.
—Y soy consciente de que no me siento así por ser Valor Reencarnado.
Si lo fuera, sería capaz de atraer Luz de Éter sin sellos a estas alturas.
—Me miro los dedos de los pies y hago un esfuerzo por aguantar las lágrimas.
Ya he llorado suficientes noches por esto, y nada ha mejorado.
Levanto la barbilla y me fuerzo a sonreír a pesar de que lo último que siento es felicidad—.
Lo que significa que tengo la maldición, ¿no?
Se le descompone el rostro. Le salen líneas en las comisuras de los labios, entre las cejas, alrededor de los ojos.
—Isola…
—No pasa nada —contesto veloz. La necesidad de consolarla se impone a mi propio terror.
Aunque ambas sabemos que, si estoy maldita, eso conllevará mi muerte.
Y pronto—. Lo averigüé hace tiempo. Haces tinturas para remediar los efectos secundarios.
Quizás soy tan vulnerable a la maldición, sea lo que sea, que se ha manifestado antes.
¿Que los ojos se me pusieron dorados, pero nunca cambiaron a rajas?
Es posible que tus tinturas hayan mantenido el resto de la transformación a raya de verdad.
»Pero, una vez esté encerrada en el monasterio para el Tribunal, ya no tendré más.
Así que es probable que me transforme. Aun así, hoy quería conseguirte lo que pudiera.
Puede que sea demasiado tarde para mí con la cura que puedas descubrir, pero hay generaciones de niños que te necesitan, así que, por favor, no abandones tu investigación.
Ojalá… Ojalá hubiera podido ayudar más, hacer más por ti y por todo Vinguard.
Sin previo aviso, tira de mí y me abraza como si fuera la última vez. Como si esto fuera un adiós. Miro la luna con forma de garra, que se emborrona por las lágrimas que estoy luchando por no dejar caer.
—Te conseguiré otra tintura. No dejaré que te maten —susurra. Sus palabras son tan afiladas y fuertes como una daga de la Piedad.
—Pero… — El monasterio va a estar cerrado tres semanas durante el Tribunal, y no se puede dar ayuda a aquellos que están dentro, pienso, pero me corta antes de contestar.
—Ten fe, Isola.
—No eres de las que citan al Credo. —Ahogo una leve risa.
—En ellos no. En ti misma. Eres mucho más fuerte de lo que crees. Pero ahí dentro os harán cosas…, cosas horribles que no deberían perdonarse nunca, y os dirán que es normal. No dejes que ganen.
—Isola. —El tono severo del vicario es como un hacha que nos separa.
Odio que me separo de ella por instinto al oír su voz. Mamá sonríe con tristeza. Yo no era la única que estaba aguantándose las lágrimas, y eso lo empeora.
—Isola —repite padre, mucho más amable—. Deberías descansar antes de mañana.
Sigo mirando a mamá. Asiente con levedad. No quiero hablar. Parece que, si no lo hago, el tiempo no pasará. Mañana nunca llegará. Me quedaría atrapada aquí para siempre, pero estaría viva.
—Te quiero más que a la Luz de Éter —susurro al fin la primera mitad de nuestro adiós.
—Te quiero más que a todo el Éter del mundo —concluye mamá antes de dar un paso atrás hacia las calles oscuras de Vinguard.
No es hasta que estoy cruzando la plaza que me doy cuenta de que nunca llegó a contestar mi pregunta, nunca me confirmó si estoy maldita.
Probablemente sería demasiado cruel esperar que lo hiciera.
¿Qué madre le admitiría de inmediato a su hija que se va a transformar en un monstruo, que va a morir?
—¿… y estará listo mañana? —Apenas puedo escuchar la pregunta que hace el vicario a padre cuando me acerco. Lucan se mantiene a cierta distancia. Se lo habrán ordenado, asumo.
—Lo estará —responde.
Se callan al acercarme. Es evidente que están hablando del Tribunal, así que no pregunto. Tampoco me lo iban a contar. Solo sé que lo que haya hecho mi padre no va a ser bueno para ninguno de los que estamos a punto de pasar tres semanas encerrados.
Padre está más inexpresivo que nunca cuando caminamos a casa. Por suerte, el vicario y Lucan han ido por su propio camino. Por lo menos, si el Tribunal es bueno por un único motivo, es por ayudarme a evitar una regañina.
Murmuro un leve «Buenas noches» a padre cuando cruzamos el umbral de casa. Los demás ya están dormidos. Pero sé que, aunque debería descansar, el sueño me va a esquivar.
Tan pronto como salga el sol, la Convocatoria habrá llegado, y el Tribunal dará comienzo.