La maldición del dragón 5
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–U no reconoce a sus iguales —le digo de broma. Debería haberle dado otra vuelta. No es mi mejor trabajo . Pero tampoco tengo tiempo de intercambiar pullas con él.

Lucan da un paso adelante. Sus cejas espesas tienen una línea profunda en medio. Su pelo rubio oscuro se vuelve castaño cuando está mojado, aunque los reflejos dorados aún brillan en los últimos minutos del crepúsculo.

—¿Qué estás haciendo, Isola?

Voy a ver si mi madre sigue respirando , estoy a punto de decir. A punto . Pero entonces recuerdo lo bien que me salió la última vez.

El Credo odia a mamá. El vicario prácticamente ha dicho que la mataría él mismo si me paso de la raya. Y Lucan no es nada sino una extensión de su padre.

—Había salido a por medicina cuando el dragón atacó. Estoy volviendo a casa. —Mentir es tan fácil cuando no te importa la persona a la que le estás mintiendo.

—Tu casa está en la dirección opuesta. —Está lo suficientemente cerca como para poder verle los ojos.

Son de un color avellana tan hermoso que es frustrante, si soy sincera.

Bueno, si soy sincera de verdad, todo en él me molesta por lo atractivo que es, dado que es el vástago del hombre más malvado que conozco.

—Ah, ¿sí? —Finjo estar confundida como excusa para asimilar el entorno y doy un paso atrás mientras tanto—. Qué extraño, debo haberme dado la vuelta.

—Puedo acompañarte a casa.

Prefiero caminar con un dragón plateado que contigo.

—Qué ofrecimiento más generoso, pero no hace falta.

—Creo que debería acompañarte.

—En serio, estoy bien. Gracias por preocuparte.

Te veo mañana. —Esas tres últimas palabras me saben a ceniza mientras salgo disparada por un callejón lateral.

Lucan grita a mis espaldas. Escucho sus pasos aporreando los adoquines, pero tengo una ventaja sólida y, tras años de entrenamiento con el vicario, sé exactamente cómo va a pensar su hijo.

Me arranco la capa y la cuelgo en una contraventana suelta antes de correr a toda velocidad en dirección opuesta. Puede que el engaño solo me gane un segundo, pero es todo lo que necesito.

Aunque seguro que sabe a dónde estoy yendo… Ese pensamiento hace que corra más rápido todavía. Mi corazón hace un esfuerzo con cada latido que da contra la jaula de tejido cicatricial que tengo entre las costillas.

Recobro el aliento en un cruce. A la izquierda está el apartamento de mamá. A la derecha está el lugar al que cayó el dragón.

Doy un paso a la izquierda. Paro.

—Maldita sea. —Giro a la derecha y vuelvo a correr.

Sé dónde va a estar porque mamá, a pesar de ser brillante, no tiene una pizca de sensatez en el cuerpo.

Es tan imprudente como Saipha, pero mientras que Saipha es del tipo «bueno» de imprudente (que quiere matar dragones y patrullar el muro antes de tener permiso), mamá es del tipo «malo» de imprudente.

El tipo que cuestiona al Credo, que lleva a cabo investigaciones ilegales que conllevan su expulsión de un gremio, o…

Que sostiene la mandíbula de un dragón verde mientras que intenta sacarle un colmillo a escondidas.

—Mamá. —Mi voz no suena por encima de la lluvia creciente. Me acerco corriendo—. Mamá.

—Fascinante, muy fascinante… —masculla.

— ¡Mamá!

Da un brinco y la mandíbula del dragón se cierra de golpe. Sus ojos se giran hacia mí, uno negro y otro dorado.

—Ah, hola, Isola.

—No me digas «Ah, hola» con una sonrisa como si nos fuéramos a sentar a cenar.

—Señalo el cadáver del dragón. El único motivo por el que mis rodillas no se han vuelto de gelatina y no estoy helada por la conmoción es por el enorme agujero que tiene en el pecho.

Mi padre puede ser un hombre de pocas palabras, pero claramente puede hablar alto a través de sus creaciones—. ¿Qué estás haciendo?

—Investigar —me contesta, y le da una palmadita a su bolso.

—Oh, maldito sea el dragón que todo lo quema, mamá, llevarse partes de dragón es una de las cosas más ilegales en Vinguard.

—Sé que es inútil decírselo. Ha vivido aquí toda su vida también, pasó por el Tribunal, trabajó en el gremio de los Cuidadores de la Tierra y vive bajo el dominio del Credo.

Mamá conoce todas las leyes, y a veces siento que las trata como una lista de tareas que saltarse.

—¿Cómo voy a aprender si no puedo mirar? —Se encoge de hombros y vuelve a girarse hacia el cadáver—. No me es frecuente conseguir uno tan fresco. Por lo general, los capas rojas ya estarían rondándolo.

—Y lo estarán en cualquier momento. —La agarro del codo y me acuerdo de Lucan. Él también está cerca—. Tenemos que irnos.

—Está bien. —Suspira como si fuese yo la que está siendo totalmente irracional—. Una cosa más.

—De una-cosa-más nada. Ya. —Le tiro del brazo.

Todos los planes cuidados que tenía para esta noche se han deshecho y mis esperanzas disminuyen ante mis ojos.

Incluso si supiera que no tengo salvación, esperaba poder hacer algo (sin importar lo corta que acabe siendo mi vida), para ayudar de verdad a Vinguard.

En vez de mentir como un falso faro de esperanza y morir por una daga de la Piedad.

—Necesito mirar debajo de las escamas. —Tira de las escamas en dirección contraria, como si acariciase a un gato del revés—. No hay rastros de polvo de azote… ¿Sabes lo que significa esto? El dragón no produce el azote, así que sí que son criaturas de…

—Explícamelo todo cuando estemos en tu apartamento. —Esta vez tiro de ella tan fuerte que se aleja un paso del dragón—. Tenemos que irnos porque tengo…

La luz de faroles de la Piedad se refleja en las calles mojadas y delinea la piscina oscura de sangre de dragón que rodea las botas de mamá.

Incluso si corriéramos, nos encontrarían.

Las manchas de sangre de dragón son peores que la tinta.

Sus botas dejarían un rastro y se quedarán de un color carmesí incriminatorio para siempre.

—¡Alto ahí!

Me quedo helada.

—Por orden del Credo, estáis… —Una silueta familiar camina hacia adelante, iluminada por los faroles de la Piedad a su espalda.

Unos rayos diminutos bailan alrededor de las hombreras plateadas que le cubren los hombros, resaltando el pelo de un color rojo que me es familiar.

Recuerdo la noche que padre grabó sellos en la parte inferior de esa plancha—. Ay, por el amor de Valor. ¿Isola?

—Hola, Marius —saludo al padre de Saipha con una sonrisa débil. Buen trabajo, Saipha. Tu padre consiguió encontrar a mamá, sin duda.

Baja los ojos a las botas de mamá. Estamos muy cerca. Suspira tan fuerte como imagino que lo haría mi propio padre y dice:

—La ley es la ley. Arrestadlas.