4
M e tambaleo.
Saipha me rodea con los brazos y casi me deja sorda cuando me grita justo al oído:
—¡No puedes hacer eso!
Piensa que voy a correr hacia el dragón. Mi amiga cree demasiado en mí. No tiene ni idea de que las rodillas me han cedido, de que le presiono tanto los brazos porque casi no puedo mantenerme erguida.
Las vueltas que me da la cabeza amenazan con poner el mundo al revés y darle la vuelta a mi estómago.
—¿Lo oyes? —Señala a la Aguja de la Piedad.
Se trata de una estructura siniestra y espinosa formada por cientos de puestos de vigilancia para balistas y ballestas.
Pero los distantes chasquidos y chirridos que emanan de ella son algo que Vinguard no ha escuchado nunca antes—. Espera. Van a disparar.
Ambas observamos. Saipha sigue teniendo el brillo expectante en los ojos.
De algún modo, es capaz de ignorar todos los riesgos (hasta el peligro que supone para sus padres y su hermana mayor, que están encima del muro).
Todo lo que ve es la matanza final. Lo que hace que todo el sacrificio merezca la pena: un dragón menos en el mundo que esparza Sombra de Éter y extraiga la Luz de Éter de nuestra Pila.
El dragón gira la cabeza en mi dirección, con los ojos luminiscentes de color esmeralda en la luz menguante. De entre toda la ciudad, por un segundo, parece como si me encontrase a mí .
En un instante, ya no estoy de pie en la jaula que forman los brazos de Saipha.
Estoy en un tejado hace seis años. No es un dragón verde el que me mira, sino uno cobrizo, y no tengo ni idea de si esta alucinación es por la niebla que vaga por la ciudad o si es una de las pesadillas favoritas de mi mente para torturarme.
Llamas, más calientes de lo que he sentido nunca. Tanto que la piedra a mi alrededor se empieza a derretir. Cadáveres. Destrucción. Muerte. Me sorprende que los ojos no se me hayan cocido dentro de las cuencas cuando el enorme hocico surge del denso humo.
La bestia se arrastra hacia adelante. Sus ojos están fijos en los míos. Extiende una garra en dirección a mi pecho, como si quisiera jugar con la comida antes de…
Un estallido tan fuerte que agita los antiguos cimientos de Vinguard me devuelve al presente de una sacudida.
Un rayo de luz que podría rivalizar con el sol se dispara desde la Aguja de la Piedad al otro lado de Vinguard, y golpea al dragón donde está posado.
El disparo le entra por la espalda justo entre las alas y le perfora el pecho, matando al monstruo en el acto.
Saipha lanza un grito de alegría con el resto de Vinguard y me suelta.
Olvidada por un segundo, me dejo caer contra la pared que tengo detrás, respirando con fuerza a medida que olas constantes de Luz de Éter me golpean.
De repente, el mundo parece demasiado brillante.
Todos los colores son cegadores. Juraría que las gotas de lluvia de mi piel se evaporan mientras ardo desde dentro.
Mi mejor amiga se gira hacia mí, y un terror puro e intenso me atraviesa cuando casi espero que grite y me diga que las pupilas se me han convertido en dos rajas. Pero no lo hace.
—Ha sido increíble, ¿verdad? No creí a mi padre cuando me lo contó, pero ¡maldita sea!
No se da cuenta. No ve lo que me está sucediendo. Nunca lo ha hecho. Probablemente no quiera darse cuenta. No es capaz de admitírselo a sí misma . Es el único motivo que se me ocurre.
Fijo la mirada en el punto de la Aguja de la Piedad desde el que se originó el disparo. Un cañón , lo había llamado padre. Su mejor trabajo.
Buen trabajo, padre. Te dije que lo conseguirías , pienso, a medida que me alejo de la pared.
—Ha usado mucha Luz de Éter —murmuro.
—Merece la pena para matar a las bestias.
—Voy a ver si mamá está bien.
La expresión de Saipha pasa de la emoción y el asombro a la preocupación severa.
—No puedes ir.
—Saipha…
—Sabes que nadie excepto los Caballeros de la Piedad pueden estar alrededor del cadáver de un dragón.
Ya, justo eso es lo que me da miedo.
—Debo saber si está bien, Saipha.
—Su edificio sigue en pie.
—Eso no quiere decir nada y lo sabes —replico.
Saipha suspira y se pasa los dedos por el pelo rojo a la altura de los hombros.
—Vale, adelante. Buscaré a mi padre y lo mandaré en tu dirección. Puede ayudarte a buscarla.
—Gracias. —Doy un paso atrás.
—Ten cuidado con el ácido —me dice deprisa. Y, justo cuando me voy a girar, añade—: Y te veo mañana por la mañana.
El tiempo se para, como si hiciera una reverencia por el intenso significado que se esconde tras su despedida. Mañana por la mañana es la Convocatoria, el inicio del Tribunal. El que podría ser mi último día con vida.
—Nos vemos por la mañana —murmuro y asiento con la cabeza, y empiezo a correr.
Cuando Vinguard ya no pudo construir hacia fuera, lo hizo hacia arriba.
Cuando se volvió demasiado arriesgado construir más de dos plantas porque a los dragones les gusta posarse en los edificios más altos, lo hizo hacia dentro.
Las calles son laberínticas, apenas lo suficientemente anchas para que pase una persona en algunas partes.
Vuelven sobre sí mismas, forman túneles que tienen casas construidas tanto a su alrededor como por encima, y se convierten en puentes cortos en las zonas que abarcan los tejados.
Por suerte para mí, la gente se esconde dentro durante un ataque de dragón, así que puedo correr a toda velocidad sin preocuparme de encontrarme con nadie. Por eso es casi insultante lo injusto que es que, de toda esta ciudad de gente, aparezca él .
Lucan sale a la vista al final de la calle. Resbalo y paro en seco. Su túnica de coadjutor, de color rojo sangre de dragón, es casi negra cuando está empapada por la lluvia.
¿Por qué te pones eso? Ni siquiera eres un verdadero coadjutor , quiero mofarme.
Tiene dieciocho años, igual que yo, y está a punto de ir al Tribunal.
En realidad, no puede ser un coadjutor del Credo hasta después de haber obtenido el dorado.
Estoy convencida de que la túnica es cosa del vicario, igual que el collar de un perro.
Es una señal para todos, deja claro a quién pertenece.
Yo, de entre todos, sé lo mucho que le gusta disfrazar a sus mascotas al vicario Darius.
Lucan baja la barbilla con el ceño cada vez más fruncido.
—Sabía que te estabas escaqueando.