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A lgo grande, diría que un dragón amarillo, en base al tamaño y la profundidad del agujero, ha roto un trozo del muro.
Los escombros se esparcen por la piedra y aterriza a nuestros pies desde el hueco de la escalera que ha colapsado por encima de nosotras.
Pero yo solo puedo concentrarme en la abertura.
Es como si uno de los pergaminos del Credo se hubiera caído de su estante y desenrollado ante mí, con sus minuciosos dibujos a todo color.
A mi izquierda, las Montañas de la Galerna se alzan más grandes que nunca contra un cielo gris que ya ha empezado a oscurecerse con la noche.
Puedo verlas por completo, hasta las estribaciones de su base, cuando todo lo que he llegado a contemplar antes eran sus picos nevados tallando el cielo como una sierra dentada al otro lado del muro.
Tierra baldía se extiende entre ellas y un bosque lejano de árboles ennegrecidos y esqueléticos, que se elevan de entre una niebla roja que se enreda en sus cadáveres.
—¿Eso es lo que creo que es? —Las palabras de Saipha suenan tensas de horror.
—El azote. —Nunca lo había visto activo. Solo vivía en las historias de mamá y en las advertencias del Credo.
— No. —Se da la vuelta y se cubre la nariz y la boca—. No deberíamos estar aquí. Tenemos que irnos.
—Los Caballeros de la Piedad patrullan las murallas que tenemos por encima. Si no fuera seguro a esta distancia, todo Vinguard habría muerto —digo tras ella, con los ojos fijos en la abertura dentada del muro. Me quedo sin respiración cuando me doy cuenta de cuánto polvo del azote hay aquí.
Es mejor de lo que podía esperar.
—Los Caballeros de la Piedad han pasado por el Tribunal. Saben que no tienen la maldición del dragón. Por esto existe el muro, Isola, para mantener eso fuera . No deberíamos inhalarlo.
Estoy a punto, a punto , de contarle que todo lo que el Credo le ha contado es incorrecto en el mejor de los casos.
Una mentira en el peor. El Credo dice que los dragones son criaturas de Sombra de Éter, la mitad equivocada del Éter, la letal.
Que nacen del azote. Y estar maldito es ser vulnerable a la Sombra de Éter hasta el punto de que tú mismo te conviertes en una de las feroces bestias sin conciencia.
Solo que… contarle que el Credo se equivoca sería traición. Así que mantengo la boca cerrada, a pesar de que me mata un poco ver tan asustada a mi amiga.
Saipha, entre nosotras, yo soy la que debería tener miedo.
—¿Por qué no miras si puedes encontrar una forma de subir? —le sugiero.
—Deberíamos volver abajo , Isola.
Necesito que no me mire solo un poco más. Tengo la mano en el bolsillo, con el frasco de muestra de mamá agarrado. Insisto un poco más.
—Esta es la última oportunidad que vamos a tener de hacerlo.
—Solo durante tres semanas, después ya seremos Caballeras de la Piedad y patrullaremos las murallas con nuestros ojos dorados y sin miedo —contesta mirando por encima del hombro.
—Eso será si entramos en la Piedad.
—Como si no fuéramos a conseguirlo —se mofa.
—¿Por favor? Podríamos batir nuestro récord de escalada más alta si subimos un poco más. Vamos a comprobar si hay otro camino —le ruego.
—Está bien, vale. Pero si me convierto en dragón por exposición a la Sombra de Éter, te comeré a ti la primera —refunfuña, y va hacia uno de los trozos grandes de escombros.
Aprovecho la oportunidad.
Subo el frasco hacia un estrecho alféizar de piedra y recojo un montón de polvo dentro.
Para vencerlo, primero debemos entenderlo, escucho decir a mamá con una nota de orgullo mientras lo hago.
Va a estar eufórica. Es más de lo que he podido conseguir nunca.
Puede que sea suficiente como para que encuentre una cura para la maldición.
Es una esperanza estúpida, lo sé. Incluso si esta fuese la cantidad de polvo de azote que le hace falta para acabar su investigación sobre la maldición, no hay posibilidad de que pueda crear una cura antes de que se acabe la noche.
Sin embargo, al ponerle el tapón al pequeño vial y mirarlo durante medio latido del corazón, me siento más ligera de lo que me he sentido en semanas.
Por un momento, casi puedo ignorar los pequeños escarabajos que corretean bajo mi piel y la vibración al fondo de mi mente, que amenaza con crecer hasta convertirse en un dolor que podría hacerme desear partirme el cráneo en dos.
—¿Vas a ayudarme o piensas quedarte ahí parada? —se queja Saipha, enderezándose tras la inspección. Me meto el frasco en el bolsillo y me giro intentando no parecer tan culpable como me siento. Frunce el ceño—. ¿Qué te pasa?
¿Qué le digo? ¿Qué le digo? Trago saliva con fuerza y me obligo a mostrarme calmada mientras busco una respuesta que le sirva. No hay excusa para tocar nada que esté fuera del muro.
—Yo…
Me interrumpe un repentino doblar de campanas. Docenas de ellas. Todas a la vez. Retumban tan alto que hasta la pared vibra con cada frenético tañido.
Ataque de dragón.