La maldición del dragón
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U nas botas golpean los adoquines del callejón, un sonido tan intenso para mis oídos como el de una daga al ser afilada.
Pego el hombro a la esquina del edificio y miro hacia abajo del estrecho pasillo que lleva al hueco en el que estoy, helada y aguantando la respiración.
Va a ser una de dos personas, y solo espero que sea…
Mis ojos captan la solapa de una capa de color rojo sangre de dragón y regreso a las sombras, rezando para que no me haya visto.
Maldita sea. Sabía que me estaba siguiendo.
Aguzo el oído a medida que los pasos desaparecen. Pero entonces regresan, más lentos, más decididos. El crujido de la grava del estrecho pasaje entre edificios me tiene sin aire. No tengo a dónde ir.
Me acerco tanto como puedo a la pared, cierro los ojos y bloqueo los músculos hasta estar completamente quieta, pero los pasos se acercan cada vez más. Y, a medida que siento la fría voluta de sombra en el rostro, lo sé:
Estoy perdida, estoy totalmente perdida.
Cuando abro los ojos, espero ver la figura alta de Lucan. En vez de eso, me encuentro con una mirada esmeralda familiar que contrasta con unas mejillas llenas de pecas por encima de la mayor de las sonrisas.
—Sorpresa —susurra Saipha.
—Uf, gracias a Valor. —La atraigo hacia mí, apartándola de la vista a la vez que los otros pasos cruzan el callejón. De nuevo.
No hablamos hasta que se ha ido.
—Siento llegar tarde. Creo que sabes el por qué —me dice Saipha.
—¿Porque el sabueso que envía el vicario tras de mí te estaba husmeando los tobillos? —le contesto seca—. ¿Te ha visto?
—Por favor —se burla—. No es tan bueno como para verme si yo no quiero que lo haga.
—Pero me doy cuenta de que Saipha no se baja la capucha.
Es del mismo color gris arenoso que la piedra con la que está construida toda Vinguard.
Igual que yo, está vestida para camuflarse.
Sus ojos vagan hasta la pesada puerta de madera que hay sobre mi hombro izquierdo—. Isola, ¿es eso lo que creo que es?
— Sip . —Ahora sonrío yo—. La encontré.
Una forma de entrar. O, más bien, una forma de subir .
—¿Cómo sigues encontrándolas? —Está estupefacta pero absolutamente encantada. Me doy cuenta por la forma en que alterna el peso entre un pie y el otro, en un intento por no saltar arriba y abajo como hacía cuando éramos niñas y acordábamos jugar a su juego favorito: Caballero de la Piedad y dragón.
Yo siempre era el dragón.
—Estoy atrapada bajo la Gran Capilla de la Piedad la mayoría de los días —digo—.
La biblioteca está llena de mapas antiguos de Vinguard.
—Y esos mapas muestran dónde están todas las viejas torres de vigía, torres que hace tiempo fueron unidas con argamasa hasta formar un muro enorme que hoy rodea Vinguard.
—Pero aquellos que no poseen el dorado no pueden acceder a la biblioteca —reflexiona.
Justo después palidece cuando la miro a los ojos.
Agito una mano frente a mis dos iris dorados, el único par a juego que hay en Vinguard.
Saipha se cruza de brazos, mira hacia lo lejos y murmura—: Lo pillo.
Aun así, no pensaba que el vicario te dejaría entrar en la biblioteca, ya que todavía no eres ciudadana de pleno derecho.
—Y no lo hace. Al menos no sola, pero entro igualmente. —Y, para darle énfasis a lo que acabo de decir, empujo la puerta por la que para nada tenemos permiso para entrar.
La madera es vieja y está hueca a causa de los insectos y los cientos de años de desgaste. Se quiebra por las pesadas barras de hierro que ayudan a darle forma y cae haciéndose pedazos con un pesado golpe metálico que parece más siniestro que las campanas del muro.
Ambas paramos en seco.
El pecho se me estruja, mi corazón se salta un latido.
Saipha se inclina hacia atrás lentamente y echa un vistazo abajo hacia el hueco sombrío que hay entre los edificios en dirección al callejón.
—¿Algún rastro de él? —susurro.
Niega con la cabeza. Sin mediar palabra, entramos deprisa. Hemos pensado lo mismo a la vez: Vámonos de la escena del crimen .
Hay una habitación diminuta, un rellano, más bien, en la base de una escalera de caracol.
El aire está viciado y denso por el paso del tiempo, pero el pelo de mi sien capta hasta el viento más ligero.
Con la puerta abierta hay una brisa cruzada.
Eso significa que hay una apertura en alguna parte más arriba.
Saipha me da un toque en el hombro y me tiende un farol.
Resisto la tentación de burlarme de ella por robar el farol de su padre, propiedad de un Caballero de la Piedad, y presiono el pulgar en la esquina inferior donde dos líneas emergen tras una placa.
La Luz de Éter fluye desde las suelas de mis pies hacia arriba por mi cuerpo, hasta las yemas de los dedos.
Cuando el farol cobra vida, un débil brillo dorado ilumina la vieja escalera, engullida rápidamente por la oscuridad de arriba.
Saipha me adelanta tomando la iniciativa, como siempre. Justo como lo haría un Caballero de la Piedad.
En cuanto está dos pasos por delante, me froto la mano en el muslo y dejo de contener un escalofrío.
Me arrasa con una ola de náuseas ardientes que se va tan rápido como ha venido.
Está empeorando. Aprieto los dientes, niego con la cabeza y empiezo a subir antes de que se dé cuenta de que me he quedado atrás.
Pero no puedo parar de masajearme la cicatriz del pecho, donde parece que mi corazón está intentando abrirse paso a través de los huesos y la piel.
—¿Y cómo has conseguido escaquearte del entrenamiento hoy?
Pensaba que el vicario te tendría repitiendo cada ejercicio una vez más antes del Tribunal —pregunta Saipha cuando hemos subido más o menos una planta y está claro que no nos han seguido—.
No me digas que has intentado negociar con Lucan otra vez.
—Por supuesto que no. Se puede ir a chuparle la garra a un dragón. —Aprendí la lección de sobra. Solo pensar en ese día hace que cierre los puños, pero me obligo a relajarme. Eso ya no importa. Al menos esa es la mentira que me cuento a mí misma—. Dije que estaba enferma.
—¿Y el vicario Darius se lo ha tragado?
—Está claro que no del todo, porque ha mandado a Lucan a buscarme. Pero Callon está trabajando, igual que Marie. Y estoy segura de que padre sigue encerrado en su taller. —Como lleva desde hace semanas—. Así que no es como si hubiera alguien en casa para delatarme.
—¿Cómo está llevando tu padre que te vayas mañana?
—Bien. —Me encojo de hombros—. Parecía un poco emocionado antes, cuando mencioné que iba a casa de mi madre esta noche.
—No me puedo imaginar al maestro artífice, creador de armas que destruyen dragones, el hombre que sabe cómo atraer la Luz de Éter, Kassin Thaz, «un poco emocionado».
—Mi padre se sentiría halagado de que hayas prestado tanta atención a sus honores. —No estoy segura de si es la mención de la Luz de Éter lo que hace que me pique la cicatriz… o la mención de armas destructoras de dragones. ¿Me apuntarán con una de esas pronto?
Cambio de tema antes de que Saipha se dé cuenta de mis pensamientos oscuros. O de que me pregunte por mamá.
—¿Qué tal tus padres?
—Mamá está bien en general. Aunque estoy convencida de que está intentando engordarme. Me está dando una ración extra cada noche. —Saipha para en un rellano, tomando aliento y asomándose a otro pasaje oscuro. Sin consultarme, sigue subiendo—. Papá está hecho un desastre llorón.
La risa me distrae del picor.
—¿El mismísimo Marius Celest? ¿El hombre con cinco muertes confirmadas bajo su ballesta? ¿Llorón?
—¿Quién es la que lleva la cuenta de los honores ahora? —Saipha sonríe por encima del hombro. Pongo los ojos en blanco—. Y ya lo sabes, papá es muy blando por dentro. Da miedo a los dragones, no a la gente.
Y a aquellos con la maldición del dragón, evito decir.
Pero cualquier Caballero de la Piedad mataría a un maldito en el acto.
¿Será él? Me quedo mirando la espalda de Saipha con el estómago revuelto y la garganta tan rígida que casi no puedo respirar.
La pregunta que me mantiene despierta cada noche desde hace semanas.
La que suele irse con el amanecer, pero hoy no parezco ser capaz de desterrar. No cuando queda tan poco tiempo.
¿Serás tú quien me mate, Saipha?
—Para. —Saipha extiende la mano y me devuelve el farol—. Escucha.
Un silbido suave viene de arriba.
—Demasiado irregular para ser alas de dragón —susurro.
—Oiríamos las campanas si fuera un dragón. Apaga la luz.
Le hago caso.
Los escalones de piedra gastados que tenemos por delante se ven delineados con una luz fría. Débil pero innegable. Apenas puedo ver la mirada de emoción que me lanza Saipha en esta oscuridad casi total, pero sé que está ahí, porque se la devuelvo.
Empieza a subir los escalones de dos en dos y la sigo con el corazón palpitando.
Espero, espero que sea lo que creo que es.
Puedo conseguir lo que necesito y después ir a casa de mamá.
Esta es la noche en la que haré la pregunta que llevo meses queriendo hacer, pero que he estado demasiado asustada de decir en voz alta.
Demasiado asustada durante años para dejarme pensar en ella siquiera. Y entonces…
—¡Garra y colmillo, Isola! —Saipha me llama justo cuando giro la curva, y la luz intensa casi me ciega tras nuestro oscuro ascenso.
Paro en seco; el brazo de Saipha me sujeta como una barra de hierro y evita que me caiga de la cornisa del abrupto muro y me desplome hacia mi muerte. El viento me golpea la cara y trae consigo el toque pútrido y a la vez dulce del azote que está acabando con nuestro mundo poco a poco.
He encontrado lo que vine a buscar.