Arwin Tulli #5
—Yo no te ignoré, general. Te escuché y aquí estoy. Renuncia a Ouranós. Déjame ser tu diosa.
Arwin empujó su silla hacia atrás y se puso de pie de golpe, tirando su bebida, que se derramó por la mesa y goteó hasta el suelo. Sacó unas monedas con manos temblorosas y las dejó caer con fuerza sobre la mesa antes de marcharse.
Al salir de la taberna, aún podía sentir la ardiente mirada de la diosa clavada en su espalda.
Habían pasado dos meses desde que Arwin se había encontrado cara a cara con la diosa Eris.
En su desesperación por esconderse de ella, decidió volver a su antigua casa, donde había vivido con su madre.
Tal vez allí no podría encontrarlo. Pero al empujar la puerta, un miedo frío lo recorrió al pensar que la mirada de Eris aún podría alcanzarlo.
Pasó los dedos por su cabello blanco mientras observaba el desastre de su hogar. El interior se desmoronaba lentamente bajo el peso de años de abandono, empeorando con cada semana que pasaba. Sabía que debía regresar al trabajo, pero no creía estar listo para enfrentar al rey… ni a Rionach.
¿Y si hacía lo que en el fondo deseaba?
Podía hacer lo que Eris quería. Renunciar a Ouranós como su dios, ponerse bajo su ala y su protección. Adorarla. ¿Qué pasaría si lo hiciera? ¿Podría ella realmente darle lo que tanto anhelaba ?
Un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Se giró hacia la entrada y notó que la puerta estaba entreabierta. Un pequeño rostro asomó, y un par de ojos oscuros lo miraron fijamente. El pecho de Arwin se tensó al reconocerla.
—¿Rionach?
—Arwin —su voz sonó aliviada—. Pensé que podías estar aquí.
Rionach dio un paso dentro y cerró la puerta tras de sí.
Así, sin más, el aire en la pequeña sala se volvió denso, casi ácido.
Arwin tragó saliva y se quedó de pie en medio de la habitación, inmóvil.
No la había visto desde el duelo y había pensado que mantenerse lejos de ella borraría lo que sentía. Pero estaba terriblemente equivocado.
—¿Qué haces aquí?
¿Había vuelto para disculparse? ¿Quería volver con él?
Una pequeña chispa de esperanza se encendió en su pecho. La aceptaría de vuelta en un instante. Olvidaría todo lo ocurrido, el duelo, verla debajo de su hermano. Por los dioses, la aceptaría de nuevo y la adoraría a ella en lugar de a Eris.
—¿Él sabe que estás aquí? —preguntó, aunque el solo pensamiento de su hermano le arrugó la nariz, como si hubiera olido algo podrido.
Pero cuando el rostro de Rionach se suavizó, su ceño también lo hizo.
—¿Qué sucede? —preguntó otra vez, conteniendo el aliento.
Los ojos de Rionach se apartaron de él y se alzaron hacia el techo en ruinas. Tal vez recordaba el tiempo que habían pasado juntos allí. Tal vez buscaba las palabras adecuadas. Arwin no pudo evitar sonreír con esperanza, apretando el puño a su costado.
—Lo siento, Arwin.
Sintió como si el alma se le escapara del pecho.
—¿Lo sientes?
Rionach asintió.
—Siento no haber sido clara. Siento no serlo ahora. Siento que todo haya tenido que llegar a esto.
Sus manos temblaron. Sin saber qué hacer con ellas, miró hacia abajo y entrelazó los dedos para evitar que se notara.
Arwin inclinó la cabeza y dio un paso hacia ella, abriendo los brazos. Cómo deseaba abrazarla una vez más. Juntar los pedazos rotos de su corazón en ese abrazo, rodeado de su aroma, y sanarse.
—Te amo, Arwin —susurró ella.
Su rostro se iluminó con una sonrisa radiante. Dio otro paso para tomarla, pero entonces ella añadió:
—Pero no estoy enamorada de ti.
«¿Qué?»
La presión en su pecho se volvió insoportable, asfixiante. No pudo seguir mirándola ni un segundo más y bajó la vista hacia el suelo sucio. ¿Para qué había venido? ¿Qué necesidad había de decirle eso?
—Creo que deberías saberlo. La fecha de la boda se modificó.
«¿La boda? Claro…»
—¿Ya se está arrepintiendo?
—Será antes de lo previsto.
Él cerró los ojos con fuerza.
—Arwin… estoy embarazada.
Alzó la mirada de golpe, esperando que fuera una mentira. Pero la seriedad y la angustia en el rostro de Rionach lo decían todo. Estaba embarazada.
Sus manos grandes y ásperas se cerraron alrededor de sus brazos.
—Es mío, ¿verdad?
El desconcierto en sus ojos se transformó en sorpresa.
—No. Es…
—Ni se te ocurra, Rionach. Ni se te ocurra decir que es de él. Estabas en mi cama el mismo maldito día que me engañaste.
Luchó por contener el sollozo que amenazaba con salir. Su agarre se tensó mientras ignoraba el gesto de dolor en el rostro de ella.
—¡Ese es mi hijo! ¡No voy a permitir que te cases con otro si llevas a mi hijo dentro!
—¡Arwin, me estás lastimando!
Con un gruñido, la soltó. La futura reina del Reino del Cielo no debía llevar moretones…
Se llevó las manos al cabello. El fuego ardía dentro de él. Un millón de pensamientos chocaban en su mente. Matar al rey. Mantener a Rionach a su lado. Derribarlo todo. Rezarle a Ouranós. Rezarle a Eris.
—Rionach… —comenzó, dándole la espalda mientras ella se frotaba los brazos donde él la había sujetado—. Si ese niño es mío, juro que lo mataré y te traeré de vuelta.
Su voz no tembló.
—No es tuyo —susurró Rionach .
—Ese niño es mío… y tú también.
Rionach negó con la cabeza y abrió la puerta para marcharse.
—No estás bien.
No lo estaba. No con todo ocurriendo tan rápido. ¿Cómo podía siquiera respirar cerca de Brontes sabiendo que estaba criando a su hijo? ¿Cómo podría permanecer al lado del rey y la reina mientras presentaban al nuevo bebé real como suyo?
—Me voy, Arwin. Esto se acabó.
—Entonces vete —murmuró él, aún de espaldas, mientras el eco de sus pasos se alejaba hasta que la puerta se cerró.
Rionach tenía razón. No estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo, cuando todo lo que había amado, todo lo que había querido, le estaba siendo arrebatado de las manos?
El viento dentro de él se agitaba, áspero y salvaje, escapándose de su control, imitando el caos que lo consumía por dentro, buscando salir de alguna forma.
Con un grito, Arwin cayó de rodillas y la casa entera estalló en una ráfaga de viento furioso.
Las rodillas de Arwin no dejaban de temblar.
Estaba sentado frente a la cámara real mientras Brontes caminaba de un lado a otro, casi desgastando la alfombra con su ansiedad.
La noticia se había extendido por todo el castillo: la reina estaba de parto.
Tenía a dos parteras y una doula a su disposición, mientras que Arwin y Brontes debían esperar afuera.
Al principio, Brontes no quería ni siquiera estar en la misma habitación que él.
Pero tal vez fue la forma en que sus ojos se nublaban de lágrimas, o quizás la desesperación compartida por saber si la mujer que ambos amaban estaría bien, lo que hizo que Brontes le permitiera quedarse en la estancia exterior de la cámara real.
Y ahora estaban allí los dos, atrapados en una espera insoportable.
Arwin se frotó las mejillas, el cuerpo temblándole por la anticipación.
¿Se parecería a él la criatura? ¿Tendría su cabello gris, sus ojos color avellana? ¿Sería niño o niña?
—Esto está tardando demasiado —gruñó Brontes mientras se daba media vuelta para comenzar otra vuelta nerviosa sobre la alfombra.
Arwin estaba de acuerdo. Era demasiado tiempo. No veía la hora de ver a Rionach en todo su esplendor, sosteniendo a su hijo. Su hijo .
Después de aquella conversación en la casa de su madre, no había vuelto a dirigirle la palabra. Solo la veía cruzar los pasillos del castillo, acompañada por doncellas, mientras el personal se preparaba para la boda real. Una boda a la que no tuvo más remedio que asistir.
Había sido una ceremonia por la mañana. Mientras estaba de pie junto a otros altos oficiales del ejército, no pudo evitar mirar a su hermano con una envidia feroz. Arwin logró contenerse… hasta que la vio a ella.
Cuando Rionach avanzó por el pasillo, Arwin la devoró con la mirada. Llevaba el cabello medio recogido en un moño, y su vestido, de hombros descubiertos, dejaba su piel perfecta expuesta a todos.