Arwin Tulli #6
¿Cómo se atrevían a mirarla?
Él jamás le habría permitido un vestido así. No habría permitido que nadie más la viera…
Al pasar junto a él, percibió el leve aroma de su jabón de vainilla, opacado por un fuerte perfume de lirios. Su olor era distinto, pero seguía siendo Rionach. Seguía siendo su Rionach.
Se fijó en su rostro, en su sonrisa, tan brillante, más que nunca. Ella soltó el ramo para tomar la mano de Brontes.
El fuego en el estómago de Arwin ardió con una intensidad insoportable. Sus ojos se clavaron en el roce de sus manos; aún podía recordar la forma en que Rionach jadeaba bajo el cuerpo de Brontes.
Su mirada saltó de sus manos entrelazadas al rostro de Brontes, iluminado por la felicidad…
Todo eso debía haber sido suyo. Él debía ser quien sostuviera su mano, quien recibiera esa sonrisa. Qué satisfactorio sería desenvainar su espada, pasarla por el cuello del rey y ocupar su lugar.
El llanto de un recién nacido rompió el recuerdo.
La rabia se disipó al escuchar el llanto, cada vez más fuerte. Brontes se detuvo en seco, con la mirada fija en la puerta cerrada. Segundos después, una doncella la abrió con lágrimas en los ojos.
—¡Su Alteza! ¡La beba ya está aquí! —exclamó.
«¿Ya nació? ¿Una niña?»
Brontes soltó el aire que contenía y casi empujó a la joven al entrar en la cámara. Una de las parteras se lavaba las manos mientras la doula ayudaba con delicadeza a Rionach a amamantar a la criatura. El rostro de Brontes se arrugó de emoción al ver a su esposa y a su hija.
Y Arwin…
El mundo entero se le vino abajo al ver el cabello oscuro de la bebé.
Negro como el de Brontes.
Rionach estaba demasiado absorta en el cariño de su esposo, intentando acomodar a la niña en sus brazos. Arwin solo podía imaginar cómo habría sido si fuera él quien besara sus lágrimas, quien sostuviera el peso de la criatura, quien sintiera el pecho a punto de estallar de orgullo.
Rionach alzó la mirada por un instante y, en cuanto lo vio allí de pie, volvió a bajarla hacia la niña. Ni siquiera merecía una segunda mirada. Ni un gesto.
El labio superior de Arwin tembló. Decidió marcharse. Inclinó la cabeza ante nadie y cerró la puerta tras de sí.
El reino entero, junto con cada persona en él, podía arder por lo que a él le importaba.
¿Cuánto tiempo llevaba Rionach acostándose con Brontes? ¿Cómo estaba tan segura de que la niña era suya?
No necesitaba estar allí cuando dio a luz, pero estuvo. Estuvo porque necesitaba estar para ella, sin importar el resultado. Porque le importaba ella.
Le importaba lo suficiente como para asegurarse de que la niña estuviera sana. Lo suficiente como para que, tiempo después, cuando la pequeña ya tenía unos cuantos meses de vida, se arrodillara ante ella y ante Brontes y les ofreciera su espada. No solo eso: juró lealtad y prometió protegerla.
Valda Aither, princesa del Reino del Cielo.
El nombre le recorrió la espalda como un escalofrío cuando la presentaron ante el pueblo como si fuera algo extraordinario. No lo era. Era solo la hija de su hermano traidor y de su esposa infiel.
Lo que más le molestaba era cuánto se parecía a Brontes. Valda era su viva imagen. Sonrisa amplia, cabello negro, ojos color miel. No había duda de que era suya. Y, al parecer, tampoco había duda de que era la niña de la que Las Moiras le habían hablado a Brontes.
Ella y su pareja cambiarían las cosas. Traerían un nuevo orden al mundo.
No.
Ella no cambiaría nada.
Sería él, Arwin, quien lo cambiaría todo. Aunque fuera para peor. Aunque le tomara toda la vida lograrlo .
El plan comenzó a tomar forma cuando llegó la noticia del nuevo bebé real mareño del Reino del Mar: una niña. Una niña había nacido y ya los susurros de cambio y renovación corrían por cada reunión, en cada castillo y reino.
Eso no le convenía a Arwin.
Así que salió del castillo, se fue de Ofelia y se internó en el desierto de Umbriel, con los pies hundiéndose en la arena densa, el calor abrasador quemándole los hombros.
No ansiaba más la muerte.
Ansiaba venganza.
Y no fue hasta que cayó de rodillas que se dio cuenta de que la estaba llamando. A ella. A Eris.
Su dulce abrazo enfrió el calor sobre su piel, como si una manta fresca lo envolviera. Unos ojos brillantes lo contemplaron, y una sonrisa, más radiante que el sol, cubrió todo a su alrededor.
—¡Nos encontramos otra vez! —Su voz era más dulce que cualquier cosa que hubiera oído.
Arwin se humedeció los labios resecos, buscando las palabras adecuadas.
Eris negó suavemente con la cabeza, apartó el cabello de su rostro y sonrió aún más.
—Oh, cuán perdido estás —susurró, posando sus labios en su frente con una caricia reconfortante—. Puedo guiarte de vuelta… a donde deseas estar. Pero necesito algo a cambio.
—Lo que sea —respondió él, con los puños cerrados, temeroso de tocar a la diosa frente a él.
—Constrúyeme un templo. Llena las bocas de tu pueblo con oraciones para mí. Sacrifica. Derrama sangre en mi nombre. Tendrás mi protección… y gobernarás.
Gobernar.
Él gobernaría.
¿Qué más podía desear?
—Trato hecho.
CONTINUARÁ…