Arwin Tulli #4
Pero Brontes era más fuerte. Más rápido.
Por supuesto que lo era. Había tenido los mejores entrenadores, la mejor comida, los mejores lechos.
El descanso que necesitaba un hombre destinado a ser rey.
Su madre seguramente se había preocupado de que comiera bien, de que descansara.
Su padre lo habría animado a seguir cuando estaba a punto de rendirse.
¿Qué había tenido él?
Su madre había muerto cuando era niño. Siempre lo había visto como una carga, un problema inevitable que debía soportar hasta que creciera.
Por suerte había muerto antes de que él alcanzara la mayoría de edad; no había tenido que ver lo miserable que se volvió su vida, lo difícil que le era conseguir la más mínima cosa.
Si Brontes tenía que esforzarse para ser fuerte, para dominar sus habilidades, Arwin tenía que hacerlo el doble.
Aun así, no podía creer que hubiera llegado a general. No podía creer que seguía vivo.
El aire le explotó en los pulmones cuando su espalda golpeó la arena después de que Brontes le pateara la parte posterior de las rodillas. Abrió los ojos y rodó justo a tiempo cuando la espada del rey atravesó el lugar donde había estado segundos antes.
Se apartó a toda prisa, el pecho ardiendo de rabia contenida. Al alzar la mirada, vio al rey acomodándose la camisa como si aquello fuera solo entrenamiento, una simple práctica.
El miedo lo golpeó.
Brontes iba a ganar. Iba a atravesarle el estómago con la espada. Iba a decapitarlo… la muerte de un traidor. Su cuerpo sería arrojado a las arenas ensangrentadas de Umbriel, alimento para los buitres.
Cuando su mirada encontró a Rionach, vio ese mismo miedo en sus ojos empañados por las lágrimas.
Estaba llorando, cubriéndose la boca, intentando no decir nada.
¿No estaba tomando partido? ¿Sentía algo por él?
Tenía que sentirlo. No había forma en el Tártaro de que lo que había tenido no significara nada.
Lo había mirado con adoración. Había gritado su nombre… su nombre, una y otra vez. Era a él a quien se aferraba cuando se perdía en su placer. Era a él a quien sonreía al despertar, al primero que besaba. Su piel era lo primero que tocaba cuando necesitaba sentirse viva. ¡Era él! ¡No Brontes!
Él había llegado primero.
Él había estado primero.
La cabeza de Arwin cayó .
Todo lo que había querido era ser la primera elección de alguien. Quería ser la primera elección de Rionach. Había querido ser la primera elección de su padre. La primera elección de Brontes, de su hermano.
Eso era todo.
Su pierna cedió al bloquear otro ataque. Brontes golpeó desde arriba, blandiendo la espada como un hacha. El rey estaba concentrado en herirlo. A su hermano. Su único hermano, su única sangre viva.
De rodillas, jadeando, Arwin alzó la vista hacia él. El rey retrocedió, dándole espacio.
No. Eso no le servía. No ahora. Brontes no dejaría las cosas a medias, ¿verdad?
—Mátame —murmuró Arwin, sus ojos llenándose de lágrimas hasta que estas rodaron por sus mejillas sucias—. Por favor. Acaba con esto.
Rionach gritó con todas sus fuerzas, suplicándole a Brontes que no lo matara.
Su corazón se rompió aún más. Lo quería vivo. ¿Para qué? ¿Para verla casarse con el rey? ¿Para verla sonreírle a él en lugar de a Arwin? ¿Para verla tener hijos que no serían suyos?
El estómago se le contrajo. Se encorvó, sujetándose los costados.
—Mi rey… por favor. Se lo ruego.
Arwin vio de reojo la mirada afligida de Brontes ir de él a Rionach y de vuelta.
Pero estaba demasiado herido como para atreverse a alzar la vista por completo.
El rey había ganado. Todo seguiría igual.
Se casaría con Rionach, la coronaría reina, tendría herederos con ella… herederos que reinarían en lugar de él.
—No te mataré, general Arwin.
La sangre le hirvió.
—Por favor —alzó la cabeza para mirarlo otra vez—. ¡Mátame!
—¡No lo haré!
La desesperación lo invadió. No iba a ser testigo del ascenso de Brontes, de su boda, de verlo sostener a un hijo junto a Rionach. No vería a Rionach inclinándose para besarlo, vestida de blanco y con una tiara en la cabeza. No.
Apretó el mango de su espada e intentó una última vez.
—Rey Brontes, se lo suplico.
El rey negó con la cabeza.
Arwin se arrodilló, suplicando una vez más. Ninguna súplica serviría. El rey no cedería. Nunca lo hacía.
Algo dentro de él se quebró. Con la última gota de energía que le quedaba, alzó la espada para atacar .
Pero, veloz como un rayo, la Espada del Cielo golpeó el rostro de Arwin, y su arma cayó al suelo… junto con lo que le quedaba de dignidad.
Arwin se quedó mirando su reflejo. El largo tajo en su rostro ya había sido suturado hacía tiempo. Una herida superficial. El médico la había llamado una herida superficial… como si fuera apenas un raspón de un niño que se cae y se raspa las rodillas. Una herida superficial…
Lo que el sanador olvidó mencionar fue que dejaría una cicatriz horrenda en lo que alguna vez había sido el rostro apuesto de Arwin.
Inclinó la cabeza, examinando cómo avanzaba la curación.
Se veía miserable. Si no fuera tan cobarde, se habría quitado la vida allí mismo, frente al rey, pero no…
tuvo que ser teatral y pedirle a Brontes que lo hiciera por él.
Brontes había ido a su habitación después del duelo, como si el orgullo de Arwin no hubiera quedado ya lo bastante destrozado. El rey le había concedido el descanso que tanto necesitaba para recuperar fuerzas.
Claro. El rey lo necesitaba. Era su maldito general. Sabía más del ejército que el propio Brontes, y aun así…
Arwin se miró por última vez y decidió que no valía la pena. Pensar en todo aquello no valía la pena. Ya estaba hecho. Brontes se casaría con Rionach. Eran almas destinadas. Arwin seguiría siendo el general y Brontes, el rey.
Rionach le daría un heredero al trono, y Arwin observaría cómo presentaban al bebé ante el mundo, y él tendría que seguir el estúpido protocolo de arrodillarse y jurarle lealtad a esa criatura.
Solo imaginarse de rodillas, ofreciendo su espada a Brontes y a Rionach, le revolvía el estómago de rabia.
Bufando, tomó su abrigo y salió del castillo.
Su objetivo, por ahora, era ahogar sus penas en alcohol en la Plaza Ofelia y, con suerte, encontrar a alguien a quien usar para olvidar a la futura reina del Reino del Cielo.
Pero su visita a la taberna local no dio fruto.
Muchas personas se le acercaban y le tocaban los hombros, pero en cuanto veían la cicatriz, se apartaban, probablemente asustadas no solo por la marca, sino por lo que la habría causado.
Arwin no los culpaba. El tajo era grotesco, rojo, con los puntos aún frescos tirando de su piel. Si se dejara crecer la barba, tal vez podría cubrirlo, pero por mucho que odiara esa marca, la consideraba un buen recordatorio de lo que había hecho. Había desafiado al rey… y había sobrevivido .
Soltó una risa nasal.
¿A quién quería engañar?
Sobrevivió porque Brontes tuvo piedad de él. Si hubiera sido cualquier otro soldado, ya estaría muerto, su cuerpo tirado para pudrirse en el abrasador desierto de Umbriel como alimento para las aves carroñeras. Pero no. Seguía vivo, todo porque era el hermano secreto del rey.
—Maldito imbécil… —murmuró para sí mientras se bebía otro trago de un solo golpe.
Un par de manos suaves rozaron sus hombros. Se giró y se encontró con unos ojos oscuros, entrecerrados y una sonrisa traviesa. Gruñó mientras observaba a la mujer frente a él. No le provocó nada, ni siquiera curiosidad, así que volvió a girarse y pidió otro trago.
—Que triste es ver al general del ejército más poderoso de Gaia ahogando sus penas en alcohol —dijo la mujer, sentándose en el taburete junto a él—. ¿Cómo va esa semana? ¿Mierdosa?
Arwin puso los ojos en blanco antes de mirarla.
—¿Semana? Toda mi vida ha sido una mierda.
—Entiendo. No te culpo. Uno pensaría que vivir aquí es fácil. No lo es. —La mujer le sonrió al cantinero y le guiñó un ojo—. Tomaré lo mismo que él.
—No voy a pagar.
—¿Acaso el rey Brontes no les paga lo que merecen a sus soldados? —rió suavemente, pasando el dedo por el borde del vaso antes de dar un pequeño sorbo—. Coño, esto está fuerte. Siempre me ha fascinado cómo los mortales quieren destruirse por dentro con estas cosas.
¿Mortales? La curiosidad de Arwin se encendió.
Por el rabillo del ojo, fingiendo desinterés, la observó con atención.
Una sonrisa etérea adornaba sus labios mientras sus ojos oscuros examinaban el vaso vacío.
Su piel brillaba con una juventud eterna y una inocencia intacta. Aquella mujer no era real… era… divina.
—¿Quién eres?
La mujer soltó una risa suave y volvió la mirada hacia él.
Sin romper el contacto visual, se inclinó hacia su espacio.
Su aroma era intenso, floral, abrumador.
Arwin tragó saliva, dejando que su esencia lo relajara, lo calmara y se sorprendió a sí mismo sonriéndole.
Ella no dejó de sonreír, como si no tuviera nada de qué preocuparse, a diferencia de él.
—Creo que el último nombre que se me dio fue Eris —dijo con una risita.
Arwin soltó el aire que había estado conteniendo, un escalofrío recorriéndole la espalda. Eris, diosa de la discordia.
¿Qué hacía allí? ¿Qué quería? ¿No se suponía que había desaparecido junto con los demás dioses?
Las manos de Arwin temblaron, incapaces de hacer otra cosa que no fuera mirarla fijamente. Recuperando la voz, se aclaró la garganta antes de preguntar:
—¿Qué buscas?
Eris rió, y el sonido fue terrenal y puro, y a la vez sobrenatural.
—No busco nada, general. Eres tú quien busca algo que no puede obtener.
Dejó el vaso entre ambos y deslizó la mano para tocarlo. El contacto lo dejó inmóvil.
—He oído tus ruegos, general. Te he visto de rodillas, suplicándole a Ouranós que te dé paz, que llene tu corazón. ¿Y qué ha hecho?
Nada. Ouranós no había hecho nada más que ignorarlo. Arwin negó con la cabeza, respondiendo sin palabras.