Arwin Tulli #2
Apretó con más fuerza la empuñadura de su espada al escuchar a Brontes proclamarse rey y colocarse la corona sobre la cabeza.
Un teatro, pensó. Todo era un teatro. Mientras los líderes de cada pueblo y ciudad se acercaban para felicitarlo y ofrecer sus condolencias, Arwin no pudo evitar girarse hacia el cadáver de su padre.
Su padre…
Ni siquiera podía llorar su muerte como debía.
Aquel hombre jamás lo había tratado como a un hijo; nunca le había ofrecido la misma calidez que le daba a Brontes.
Arwin entendía las razones, pero después de la muerte de su madre y de mudarse al castillo con apenas diez años, había creído que el hombre que le había otorgado el don del viento tal vez lo trataría igual que a Brontes.
Pero no.
Lo trataba como a un inferior. Como a otro soldado en entrenamiento.
Lo que Arwin habría dado por recibir, aunque fuera una sola vez, una mirada de afecto del rey. Una maldita mirada.
Parpadeó para apartar las lágrimas y se aclaró la garganta al ver al nuevo rey caminar hacia él.
Brontes le sonrió con brillo en los ojos y, para su sorpresa, lo atrajo hacia sí en un abrazo fuerte y cálido.
Arwin se quedó helado, incapaz de mover las manos, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
—Vamos a estar bien —le dijo Brontes, como si la muerte de su padre fuera a afectarles de la misma manera—. Nos tenemos el uno al otro, ¿verdad?
Arwin asintió y sus manos temblorosas finalmente se alzaron para sujetar a su medio hermano.
—Sí.
—No me vas a dejar enfrentar esto solo, ¿cierto?
Arwin negó con la cabeza y enterró el rostro en el hombro de Brontes.
—No lo haré.
—Bien, porque voy a necesitar toda la ayuda posible. ¿Y quién mejor que tú para ayudarme? —Brontes se apartó y le dio una palmada suave en la cara—. Hermano.
El pecho de Arwin se llenó de orgullo. Asintió y llevó una mano a la nuca de Brontes, inclinándolo para apoyar sus frentes juntas.
—Hermano —susurró, y aquella palabra llenó un vacío que ni siquiera sabía que llevaba dentro.
Arwin abrió los ojos justo a tiempo para ver a su amante levantarse de su cama.
La hermosa joven estiró los brazos por encima de la cabeza, y las sábanas resbalaron desde su pecho hasta su esbelta cintura.
Con una risa profunda, él pasó su grueso brazo sobre su figura y la atrajo de nuevo hacia el colchón.
La mujer se resistió al principio, pero tras recibir suaves besos en el hombro, terminó acomodándose contra su pecho.
—De verdad debería irme ya, Arwin —dijo ella, trazando círculos perezosos sobre el pecho firme y desnudo de él.
—Siempre estás tan ansiosa por marcharte, Rionach —gruñó, presionando su erección contra su costado—. Quédate. Hoy tengo el día libre. Puedo darme el lujo de pasar un par de horas más contigo en la cama.
Rionach soltó una risa suave, rozó su mandíbula cubierta de barba y se apartó.
—Pero tengo cosas que hacer. —Besó la punta de su nariz con un gesto tan condescendiente y frío que el joven soldado frunció el ceño—. Oh, por favor. No me mires así.
—¿Así cómo?
—Así… —movió la mano en su dirección—, ¡como sea que sea eso!
Arwin gruñó y la soltó antes de deslizarse fuera de la cama para buscar sus pantalones.
—Entonces vete.
Rionach bufó.
—¿De verdad vas a ponerte así?
Él negó con la cabeza mientras se subía los pantalones y se acomodaba el cabello con las manos.
—¿Así cómo?
Rionach soltó una risa incrédula y negó.
—De verdad, Arwin…
—Escucha. No sé qué está pasando. Has estado rara desde que te presenté al rey Brontes. Apenas quieres pasar tiempo conmigo. Me has rechazado más de una vez. ¡Por los dioses, Rionach, se supone que vamos a casarnos!
—No, Arwin. Tú quieres casarte conmigo. Yo aún no he aceptado.
Arwin se quedó inmóvil, mirando a la impresionante mujer tendida en su cama… en su maldita cama.
—Soy un pendejo.
Claro que lo era. Se había metido en la cabeza que Brontes era su hermano, su único hermano, su familia, y que debía conocer a la mujer que amaba, a la mujer con la que quería casarse.
Pero había visto cómo los ojos de Brontes brillaban; había visto su mirada hambrienta posarse sobre Rionach, y también había visto cómo Rionach le devolvía esa mirada.
¿Cómo pudo ser tan estúpidamente ciego?
Sabía que existía la posibilidad de que fueran almas destinadas. Pero había apartado ese pensamiento; se había mentido a sí mismo. No había forma de que la mujer que amaba fuera la pareja destinada de su hermano… ¿verdad?
—¿Por qué dices que eres un pendejo?
—¡Porque lo soy, Rionach! ¿Crees que soy estúpido?
Rionach alzó las manos en señal de rendición, tomó su ropa y se vistió tan rápido como pudo.
—No puedo bregar contigo ahora mismo.
—Nunca puedes lidiar conmigo. Siempre sales corriendo en lugar de tener una conversación honesta.
—Lo dice el que está gritando.
Arwin se agarró el cabello plateado con frustración. Abrió los ojos y la miró fijamente. Necesitaba controlarse… y necesitaba que ella se fuera.
—Vete, Rionach. Por favor.
Rionach asintió y, sin decir una palabra más, se marchó.
Arwin se quedó mirando la puerta cerrada durante lo que le pareció una eternidad. Sabía que le había pedido que se fuera, pero nunca pensó que realmente lo haría.
Decidió salir de su habitación, bajar hasta la Plaza Ofelia, tal vez tomar algo. Necesitaba tiempo para sí mismo. Quizá solo estaba dándole demasiadas vueltas a todo. Brontes no se atrevería a interponerse entre él y Rionach.
Él le había hablado de ella. De su belleza. Del día en que la conoció en la plaza. De su sonrisa deslumbrante, de su largo cabello oscuro, de lo obstinada que era, de cómo se sentía cada vez que ella lo tocaba.
Le contó a Brontes sobre sus visitas nocturnas y, aunque sabía que no era apropiado, se sentía orgulloso de decir que había logrado conquistar a una mujer como Rionach…
Brontes no había parecido interesado hasta que la conoció.
Hasta que sus ojos se posaron sobre ella.
Hasta que tomó su mano y la besó en señal de saludo.
Arwin aún podía sentir el apretón en el pecho al recordar cómo su medio hermano la miraba.
Brontes no se atrevería… ¿o sí?
Montó su caballo y salió del castillo con prisa.
La Plaza Ofelia le daría la distracción que necesitaba.
La encontró en las tabernas. Incluso sentado solo, mujeres y hombres se acercaban a él.
Su aspecto juvenil y su extraño cabello plateado siempre lo hacían destacar entre los celestinos, un rasgo heredado de su madre.
Bebió solo, ignorando manos que le rozaban la espalda, preguntas, charlas vacías. No prestó atención a nadie. Su mente siempre regresaba a Rionach, a su sonrisa, a su cabello, a su cuerpo pequeño y firme. Reprimió un gemido y se movió incómodo en el taburete.
La había conocido años atrás, durante un festival. Él estaba bailando en el centro de la plaza, joven, feliz, sin preocupaciones. Lo único que le inquietaba entonces era su examen de rango y cómo lo superaría para llegar a donde estaba ahora.
Ella estaba junto a los músicos, observándolos tocar, con el cabello suelto hasta los hombros y un vestido que le llegaba a los muslos.
A medida que la música subía y más gente se sumaba a bailar, él quedó atrapado entre un grupo de jóvenes y, casi sin darse cuenta, de repente la tuvo entre sus brazos, riendo, bailando.
Parecía tan despreocupada, tan… libre. Libre de juicios, de preocupaciones, de responsabilidades, de ira, de tristeza, de dolor. Era todo lo que él quería… y más.
Ella alzaba los brazos hacia el cielo, con los ojos cerrados, mientras él la hacía girar por la cintura. Él también reía, sin aliento ante su belleza, ante el baile, ante la cercanía de su cuerpo suave. Rionach era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida, y nunca quería dejarla ir.
Esa misma noche tuvieron intimidad. La llevó a su casa fuera del castillo, la que había pertenecido a su madre y que aún conservaba. Estaba nervioso, temía no poder satisfacer a la diosa que tenía frente a él en la pequeña sala, pero sus manos, sus besos, sus caricias derritieron su ansiedad.
La quería así para siempre.
Mientras la sostenía contra la cama, decidió que sería suya. Se volvió adicto a sus manos, a cómo se contraía su rostro, a los pequeños sonidos que escapaban de sus labios, a cómo lo apretaba.
Él era de ella, como ella de él, y nada ni nadie cambiaría eso.
Decidió que ella era su pareja del alma. Que se casarían. Que dejaría el castillo, que se retiraría de su vida como soldado para vivir solo para hacerla feliz, para mantener esa sonrisa en sus labios, para oír su voz quebrarse de emoción. Tendrían hijos. Envejecerían juntos, tomados de la mano.
Arwin lo tenía todo planeado. Solo necesitaba que Rionach dijera «sí».
Rionach era suya y no lo concebiría de otra manera.
Pero ahí estaba, sentado solo en una taberna, con la copa medio vacía y desconocidos intentando arrastrarlo a sus camas, mientras él solo podía pensar en Rionach.
Ese no era su lugar.
Necesitaba irse.
Pagó la bebida y decidió regresar al castillo. Tal vez lo mejor sería dormir y darle descanso a su mente agotada, pero mientras caminaba por los pasillos de Oberón, al notar las miradas compasivas de los soldados, no pudo evitar inquietarse.
Algo no estaba bien.
Sus botas resonaban contra los muros de piedra, sus pasos pesados por el cansancio. Al pasar frente al estudio del rey, no pudo ignorar un sonido suave y entrecortado que conocía demasiado bien; tampoco pudo ignorar los gruñidos masculinos que salían de allí.
El corazón se le desplomó en el pecho.
Dio un paso hacia la puerta, con el pulso ensordeciéndole los oídos. Los gemidos, el sonido de cuerpos moviéndose, eran lo bastante claros como para atravesar la niebla de su peor miedo.
La mano temblorosa de Arwin cayó sobre la perilla. Despacio, en silencio, abrió la puerta del despacho de Brontes.