La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) Arwin Tulli
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Arwin Tulli

—Creo que ya está lo suficientemente afilada.

—¿Crees? —Arwin soltó una risa y alzó la hoja para inspeccionarla mejor—. Le vendrían bien un par de pasadas más por la piedra de afilar.

Brontes rodó los ojos y negó con la cabeza antes de recostarse sobre las gruesas mantas.

—Siempre tan dramático.

Arwin soltó un gruñido divertido y continuó deslizando la espada sobre la piedra, los músculos de su antebrazo tensándose bajo la piel tostada.

—Espero que me llames dramático cuando sea mi espada la que le corte el cuello al enemigo de un solo golpe. —Se volvió hacia Brontes con una sonrisa condescendiente dibujándose en su rostro.

—¿Qué enemigo, Arwin? ¡Míranos! —Brontes alzó las manos, señalando a su alrededor—. Estamos jodidamente perdidos en Umbriel. Lo único en lo que deberíamos estar pensando es en comida y agua, que, por cierto… —se inclinó para tomar su morral y se lo lanzó—, ya casi se nos acabaron.

Arwin atrapó el morral con facilidad, desenroscó la tapa y dio dos largos tragos mientras Brontes lo observaba, con rabia ardiendo en sus ojos color miel.

—Eres un imbécil, Arwin.

—Ah, si fuera tan horrible, ¿por qué me mantienes cerca?

—Porque padre lo quiso así —gruñó Brontes antes de darle la espalda—. Odio estar atrapado aquí contigo. Odio ser tu maldito niñero.

—¿Niñero? —Arwin le lanzó el morral vacío, dándole justo en la cabeza—. ¡Solo me llevas unos meses!

—Sigo siendo tu niñero.

—Yo diría que es al revés. Está claro que no eres apto para ser el heredero.

Frotándose la parte de atrás de la cabeza, Brontes se giró hacia él, el rostro tenso.

—Escúchame bien, muchacho.

El agarre de Arwin sobre la espada se endureció.

—Por alguna razón, padre ve algo en ti que yo no veo.

Quiso que pasáramos juntos esta etapa de entrenamiento porque sé que piensa nombrarte capitán muy pronto y, después de eso, seguirás subiendo hasta convertirte en general.

Pero quiero que recuerdes algo. —Brontes se tocó la frente con un dedo—.

Yo soy el heredero del Reino del Cielo. Tú…

tú eres un bastardo que mi padre necesita mantener en secreto.

—¿Lo sabes?

—Te vi haciendo tus pequeños trucos. —El labio superior de Brontes se crispó—.

Até cabos rápido. A los Aither nos gusta meterla en cualquier parte.

Lamentablemente, padre es menos hábil sacándola a tiempo.

—Resopló y volvió a darle la espalda—. Necesito dormir.

Mañana iremos a buscar agua. Ojalá haya un oasis cerca.

Llenaremos los morrales, cazaremos algo y comeremos. Luego regresaremos al castillo.

La mandíbula de Arwin se tensó mientras observaba la parte trasera de la cabeza de Brontes. Sus dedos se movieron, tentados de volver a empuñar la espada, pero se contuvo.

Él y Brontes habían tenido la suerte de encontrar una cueva en medio del implacable desierto de Umbriel.

Era grande y profunda, con la entrada escondida en el costado de un alto peñasco rocoso.

Cualquiera habría pensado que era solo otra roca insignificante.

Arwin le había sugerido a Brontes que la exploraran, quizá incluso convertirla en un escondite secreto por si alguna vez regresaban a Umbriel, pero el príncipe se había negado a seguir avanzando.

Había decidido que ya había tenido suficiente entrenamiento y caminata por un día, encendido un fuego y arrojado sus mantas junto a él.

Arwin esperó hasta que los suaves ronquidos del príncipe llenaron el aire pesado antes de ponerse en pie y atarse su vaina al cinturón.

Tomó uno de los troncos que Brontes había usado para hacer el fuego y lo sostuvo como antorcha mientras se adentraba más en la cueva.

Se volvió una última vez hacia Brontes, asegurándose de que siguiera dormido, y luego continuó.

La cueva se extendía por varios kilómetros hasta que el terreno comenzaba a hundirse en forma cóncava.

Con las herramientas y la ingeniería adecuadas, aquel lugar podría convertirse en una especie de refugio, quizá incluso en un punto de descanso para soldados o viajeros.

Arwin frunció el ceño, se arrodilló y acercó la antorcha al borde del suelo.

Aquel sitio podía transformarse en un escondite perfecto y nadie lo encontraría jamás. Tártaro… el heredero ni siquiera veía el potencial del lugar. Arwin sí, igual que lo veía en el Reino del Cielo y en su ejército.

Con un gruñido satisfecho, el joven se incorporó y decidió no contarle a Brontes lo que había descubierto. ¿De qué serviría?

—¡Basta! —rugió Arwin mientras agarraba a uno de sus soldados por el uniforme y lo empujaba a un lado. Bajó la mirada hacia el hombre atado frente a él.

Con un gruñido de disgusto, Arwin se frotó los ojos cansados antes de pasarse los dedos por el cabello plateado, apartándolo de su rostro.

—¿De verdad, Isen? ¿Pensaste que un tipo como tú podría pasar desapercibido? —Esperó una respuesta, pero Isen parecía demasiado ocupado intentando recuperar el aliento—. Te hice una pregunta, renacuajo de mierda.

Isen escupió el agua que tenía en los labios y alzó el rostro hacia Arwin.

El moño se le había deshecho y mechones de su melena azul se pegaban a su cara y cuello mojados.

El agua se mezclaba con los rastros de sangre y tierra que corrían por su pecho y costado.

Dejó escapar un gruñido profundo mientras intentaba, una vez más, liberar los brazos de los grilletes que lo mantenían alzado sobre su cabeza.

—No vas a ir a ninguna parte. —Arwin se arrodilló hasta quedar cara a cara con el rostro maltrecho de Isen—.

Escucha. Sé que Valda te envió. Lo sé porque usaste uno de los caballos del castillo para seguirme.

¿Ves? El muchacho que ensilló tu caballo está conmigo…

y también todas y cada una de las almas dentro de ese castillo.

—Se relamió los labios y se inclinó más cerca—.

Creo que eres el único parásito que todavía piensa que Valda es la mejor opción para gobernar.

—Su sonrisa se volvió oscura—. Porque tú y todos los mareños son parásitos, chupando los recursos de nuestro reino, instalándose como si tuviéramos la maldita obligación de tolerarlos.

—Sirvo a la corona del Reino del Cielo. Valda es la reina; ella lleva la corona y yo le sirvo .

—Ah, así que no te rompieron la mandíbula. Que bien. —Soltó una risa—. Déjame arreglar eso.

Arwin echó el puño hacia atrás.

El mareño gruñó ante el impacto, escupió un coágulo de sangre y volvió a alzar el rostro hacia él.

—Escucha. Puedes sobrevivir a esto. Puedes renunciar a Valda y jurarme lealtad a mí. Porque, seamos honestos, puede que seas mareño, pero eres un soldado formidable. Claro, no lo suficiente como para cumplir tu misión. Pero está bien. Nadie es perfecto.

—¿Quieres gobernar?

—¿Me estás escuchando, Capitán Renacuajo?

—Te escucho de lo más bien. Solo quiero saltarme toda tu mierda y llegar al maldito punto.

Arwin se enderezó, la mirada fija en Isen.

—Debería patearte por eso.

Isen chasqueó la lengua.

—Eres el líder de la rebelión… Eres una cucaracha. Solo haces cosas cuando estás escondido. Los celestinos jamás se inclinarán ante un don nadie como tú, Arwin.

—General para ti, capitán. Respeta los rangos.

Isen escupió otra vez, casi alcanzando la bota de Arwin. Sonrió.

—Quédate quieto, a ver si logro darte en la cara.

Arwin negó con la cabeza, divertido. Alzó la mano y, con un leve movimiento de muñeca, el aire dentro de la caverna se volvió denso y pesado. Extrajo el aire de los pulmones de Isen, encapsulando su cabeza en un vacío sin oxígeno.

Se oyeron jadeos sorprendidos a su alrededor, pero la atención de Arwin estaba fija en el rostro de Isen, en sus ojos abiertos de par en par y en su boca desesperada.

Verlo luchar por respirar, forcejear contra las cadenas, le producía placer.

Aun así, bajó la mano, liberándolo y permitiéndole volver a inhalar.

Los jadeos de Isen resonaron contra las paredes de la caverna, ahogando el sonido de los pasos de Arwin mientras se acercaba.

El general le agarró el cabello azul y tiró de su cabeza hacia atrás hasta obligarlo a mirarlo a los ojos color cobalto.

Sonrió y, con una delicadeza casi burlona, limpió la sangre de los labios de Isen.

—¿Te gustó mi truco de magia, renacuajo?

Isen aspiró aire con desesperación, aferrándose a las cadenas sobre su cabeza como si de ello dependiera su vida. Aun así, respondió con un leve asentimiento.

—¡Ah! ¿Sí? —rió—. Me sonrojas, Capitán Hurley. ¿Quieres ver qué más puedo hacer ?

—Tú… tú no llevas la marca. —Isen sonrió con dificultad—. ¿Verdá’?

—No necesito esa estúpida marca en la frente para gobernar.

—Eres un bastardo. Por eso estás furioso. —Isen empezó a reír, pero el agarre de Arwin en su cabello se tensó, arrancándole un siseo de dolor—. El rey murió en batalla. Esperabas ocupar su lugar, pero te aplastaron y te dejaron como general. No alto comandante. No. Solo general.

—Si sigues hablando, vas a descubrir dónde vas a terminar. Podría dejarte morir bajo el sol de Umbriel. ¿Qué opinas?

—Prefiero morir antes que jurarte lealtad. —Escupió otra vez, esta vez directo al ojo derecho de Arwin.

Arwin lo soltó y estampó la suela de su bota contra su rostro. Se limpió la saliva y luego se volvió hacia sus soldados, que lo observaban con miradas petrificadas.

—Quiero que lo aten y lo abandonen a par de millas de aquí. Quiero que se queme bajo el sol hasta quedar hecho cenizas.

Uno de los soldados asintió, mientras el otro se apartaba para dejarlo pasar. El general lanzó una última mirada a Isen antes de tomar una bolsa junto a la celda improvisada y salir de la caverna.

Arwin observaba desde una esquina del salón del trono mientras Brontes apoyaba la frente contra la del rey recién fallecido. En cada ceremonia de coronación, el heredero debía inclinarse ante el gobernante muerto como una forma de recibir su conocimiento.

A Arwin aquello le parecía una completa estupidez.