La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 26. Capítulo 26 #4
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26. Capítulo 26 #4

Al bajar la mirada, Valda vio el charco de sangre que se formaba bajo sus pies. Aun con los sentidos fallándole, alcanzó a ver a Maris manipular agua de una jarra cercana, haciéndola flotar frente a ella.

En un acto desesperado, el líquido se lanzó directo a las fosas nasales de Arwin, ahogándolo.

Maris adoptó una postura defensiva, los puños cerrados, esforzándose por mantener el control y dejarlo sin aire.

Valda oía los jadeos ahogados, los sonidos de asfixia, y una leve sonrisa rozó sus labios antes de que sus fuerzas la abandonaran y cayera al suelo.

—¡Valda!

Maris soltó el control que tenía sobre el agua y se arrodilló frente a ella, preocupación grabada en su rostro. En su mirada, Valda reconoció amor y angustia y eso la tranquilizó: su pareja aún se preocupaba por ella.

Detrás de ellas, Arwin luchaba por recuperar el aliento, recomponiéndose. Volvió a alzar la daga y, con dos zancadas amenazantes, se colocó detrás de Maris, levantando la hoja en alto para asestar el golpe.

Valda, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, rodeó a su amante con un brazo y, con lo poco que le restaba de poder, desató una explosión de energía que las lanzó a ambas por el balcón y estrelló a Arwin contra las paredes con un impacto que le hizo crujir los huesos.

El viento rugía en sus oídos mientras caían.

Valda se aferró a Maris, sujetándola con fuerza mientras se precipitaban, intentando invocar desesperadamente una débil e inestable ráfaga de aire que amortiguara la caída.

Valda golpeó el suelo primero; el impacto le robó el aliento y la obligó a soltar a Maris, que rodó unos metros más allá, silenciosa e inmóvil.

Tragando el sabor metálico de la sangre que le llenaba la garganta, Valda fijó la mirada en Maris, en su cuerpo derrumbado y herido.

El pavor se asentó en su estómago al sentir la ausencia del vínculo de su pareja en el pecho.

Pero entonces, un leve movimiento de Maris encendió una chispa de esperanza en ella. Exhaló con alivio.

—M-Maris… —la llamó, con la voz quebrada. Extendiendo la mano hasta donde sus fuerzas se lo permitían, suplicó—: Levántate, por favor.

Maris alzó la cabeza del suelo y sus ojos se encontraron con los de Valda, llenos de determinación.

Valda logró dibujar una débil sonrisa al percibir el miedo y la muerte acechando en los ojos de Maris… esos ojos azules tan familiares, tan suyos, que sostenían su mirada.

Un intento de risa escapó de los labios de Valda, mezclado con un hilo de sangre.

En los últimos instantes antes de que el mundo se sumiera en la oscuridad, Valda sintió la benevolencia de los dioses concederle un último y precioso vistazo de los hermosos ojos azules de Maris, grabando su esencia en su memoria mientras todo se desvanecía.

Mientras Maris se impulsaba para levantarse del suelo, un dolor abrasador le atravesó el brazo izquierdo, señal clara de una posible fractura. Con un grito ahogado, volvió a caer, el impacto sacudiéndola aún más. A pesar del intento de Valda por amortiguar la caída, el descenso había sido brutal.

—¡Dioses, Valda! —jadeó Maris, con la voz llena de angustia.

Al abrir los ojos, Maris vio la imponente figura de Arwin asomada sobre el balcón de la cámara real. Sujetaba la barandilla mientras escudriñaba el terreno en busca de ellas. Por un instante pareció no encontrarlas, hasta que sus ojos color avellana se clavaron en los de Maris.

«Cabrón. Cabrón. Hijo de la gran puta.»

Arwin se giró hacia el interior de la estancia y gritó algo que Maris no logró entender. No tenía ninguna intención de quedarse a averiguar qué decía. Aferrándose el brazo herido, se apresuró hasta Valda y cayó de rodillas a su lado.

—¡Valda! —La sacudió con fuerza—. Valda, despierta. Tenemos que irnos…

Las palabras murieron en su boca, como si alguien se las hubiera robado junto con el aliento.

Le costaba inhalar, exhalar, como si el aire a su alrededor se estuviera cerrando.

Con la mano sana, trató desesperadamente de apartar una fuerza invisible que le apretaba el cuello.

Los pulmones le ardían y el corazón le retumbaba con fuerza en los oídos.

Al alzar la vista, vio la mano extendida de Arwin desde el balcón, asfixiándola, levantándola del suelo como si colgara de una cuerda invisible.

—¡Pero qué honor! —tronó su voz desde arriba—. ¡Morir igual que tu madre!

En medio de la asfixia, el silbido de una flecha cortó el aire y se clavó con fuerza en el hombro de Arwin. Él soltó su agarre y Maris cayó al suelo de nuevo, con el rostro encendido, jadeando, pero aliviada de poder respirar otra vez.

—¡Tengo a Maris, Isen! ¡Saca a Valda ahora!

«Melvian…».

La mujer más baja levantó a Maris, pasando su brazo sano sobre su hombro. Una chispa de esperanza encendió el pecho de Maris, mezclándose con lágrimas de alivio y desesperación que le corrían por las mejillas.

Melvian estaba viva. Viva y bien. Su querida amiga había sobrevivido.

—Estás viva… —susurró Maris, con la voz ronca y débil—. Pensé que te había matado junto con los demás…

—Logré escapar cuando volvió —explicó Melvian—. Sentí que algo no iba bien con Isen, así que aproveché para huir.

Maris volvió la mirada hacia el apuesto mareño justo cuando soltaba otra flecha que se clavó en el pecho de un soldado que se acercaba.

El guardia tambaleó, aferrándose a la herida mortal antes de desplomarse, dejando al descubierto a un grupo de soldados armados que salían por la entrada del castillo, espadas en mano.

—¡Tenemos que irnos, ya! —urgió Melvian, tirando de Maris hacia su caballo.

—¡Espera! ¡No, no! ¡Valda! —protestó Maris.

—Isen la tiene. ¡Tenemos que irnos, Maris! —Melvian la tomó por la cintura y la ayudó a montar en la parte trasera de su caballo.

Desde donde estaba, Maris vio a Isen colgarse el arco al pecho y alzar a Valda sobre el lomo del caballo. A pesar de sus propias visibles heridas, logró acomodarla con cuidado boca abajo. De un salto, montó detrás de ella y azuzó al animal con las piernas.

Maris y Melvian partieron tras ellos, galopando lejos del peligro que los perseguía.