La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 26. Capítulo 26 #3
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26. Capítulo 26 #3

—Y aun así sigues rezando a un dios invisible que te abandonó. Qué lástima —suspiró la mujer, mirando a Arwin—. Este es mucho más listo que tú o que tu padre.

—No tienes derecho a hablar de él ni a sentarte en el trono de mi madre —murmuró Valda, apuntándole con la espada—. No dudaré en matar a una diosa, Eris.

El jadeo suave de Maris recorrió el cuerpo de Valda cuando una sonrisa leve se dibujó en el rostro de la mujer.

—Ay, por favor. Ustedes los humanos y sus costumbres. Esto es solo una silla. —Golpeó el apoyabrazos con la mano—. Le dan significado y apego emocional a todo.

—Valda —llamó Arwin, sentándose en el trono del rey Brontes—. Mi querida niña.

—Mi querida niña, tres carajos. Rresponde mis preguntas ahora mismo.

Tan rápida como el viento, Valda se movió hasta quedar frente a él. La espada rozaba su cuello, a centímetros de silenciarlo para siempre.

—Controlas el viento.

Arwin asintió con total naturalidad.

—¿Cómo?

—Ya te dije que tengo sangre real.

—¿De quién?

—De tu abuelo.

El ceño fruncido de Valda tembló un instante.

—¿Eres el hermano de mi padre?

Arwin sonrió.

—Medio hermano.

—Estás mintiendo. ¿Por qué te habrían dejado fuera de la línea de sucesión?

—Eso mismo me pregunté todos estos años. Especialmente cuando tu querido padre murió protegiendo al Reino del Mar. —Arwin volvió la atención hacia Maris y ensanchó su sonrisa—. Una tragedia, en verdad.

—Yo diría que tuviste algo que ver con la tragedia de mi reino —gruñó Maris antes de mirar a Eris.

La diosa rió, llenando el vacío de la sala del trono y provocando un escalofrío en la espalda de Valda.

—Esta nena es lista. Lástima que no hayas tenido el valor de demostrarlo.

—No fue falta de valor —replicó Maris con dureza, antes de fulminar a Valda con la mirada.

—Maris… por favor.

—Ni se te ocurra hablarme, asesina. Todo este tiempo creí que él estaba detrás de la muerte de mi padre… ¡y fuiste tú!

—¿Problemas en los Campos Elíseos?

—No seas tan cabrón, Arwin —escupió Valda, incapaz de ocultar el dolor de ser rechazada e insultada.

—¿Quieres volver a Nueva Agenor? ¿Regresarás como su gobernante o como una más del montón? —preguntó Eris, poniéndose de pie.

Vahos oscuros, de un púrpura profundo, se arremolinaron alrededor de su cuerpo, envolviéndola hasta que se desvanecieron en el aire.

Su figura volvió a transformarse en la joven que había sido antes.

Su cabello aguamarina no se acercaba a la belleza de los verdaderos tonos mareños, y la pobre imitación del símbolo en su frente resultaba casi ridícula.

—Yo soy su reina —dijo Maris, frunciendo aún más el ceño ante la impostora.

—No eres nada —replicó Eris.

—Valda, voy a ponértelo fácil —dijo Arwin, separándose del trono y alzándose sobre ella desde el estrado—. Quiero que abdiques, huyas y desaparezcas. Claramente estás en desventaja. Tus hombres han renunciado a su lealtad. Ahora mando yo.

—¿Quieres decir que mataste a los hombres que sabían que todo esto… —Valda señaló a su alrededor—, está mal?

—Te habías ido —respondió Arwin.

—¡Estaba trabajando! —replicó ella.

—Chingarte a esa puta no es trabajar. —Arwin alzó el mentón.

—¡Es mi pareja! ¡La heredera del Reino del Mar! Lo que estás haciendo va a romper el equilibrio de todo el reino.

—Ay, este reino ya está dañado. Se acerca una guerra, Valda, y no creo que estés preparada para ella.

Valda ladeó la cabeza, confundida.

—¿Una guerra? ¿Con quién?

Eris se levantó del trono y regresó con algo en las manos. Le entregó a Arwin una bolsa de lana ensangrentada. El hedor putrefacto que emanaba de ella hizo que Valda retrocediera un paso y se cubriera la nariz con la blusa.

—El Reino del Cielo tiene el ejército más grande y poderoso. Somos una fuerza temible —comenzó Arwin mientras abría la bolsa y metía la mano dentro—. ¿Qué pasará cuando entremos en guerra con los descendientes del mismísimo Ares? —preguntó, con una sonrisa endemoniada.

—¿Qué hiciste? —preguntó Valda.

Arwin sacó una cabeza en descomposición.

La cabeza de Vulcan Hagan, rey de Vulcano.

Maris jadeó con fuerza y apartó la mirada ante la escena horrenda, mientras los ojos de Valda se abrían con puro terror. Antes de que pudiera reaccionar, Arwin lanzó la cabeza cortada a sus pies. Ella retrocedió y chocó contra Maris.

—Mi investigación sobre el asesinato de tu madre confirmó que fue alguien del Reino de Vulcano quien la mandó matar.

Valda negó con la cabeza, sin poder apartar la mirada de la cabeza de Hagan.

—Estás mintiendo.

—Hablé largo rato con él. Pero el viejo pensó que echarme y llamarme mentiroso era una respuesta apropiada. Lo maté y te traje la cabeza del responsable de la muerte de tu madre.

—¡Eres un mentiroso! ¡Cada palabra que sale de tu boca es una maldita mentira!

—Deberías agradecerme. Aquí tienes tu venganza.

Valda lo escuchaba, pero no lograba procesar nada. ¿Cómo podía el rey haber estado detrás de la muerte de su madre? ¿Qué habría ganado con eso? ¿Por qué Arwin había hecho esto?

—¡Estás completamente loco! —rugió Valda, mirando desde la cabeza hasta Arwin—. ¡Acabas de declararle la guerra a los vulcanianos! ¿Tienes idea de lo que va a pasar? ¿A nosotros? ¿A los ciudadanos?

—Sé perfectamente lo que va a pasar. Cuando tu papá murió, yo goberné desde las sombras.

Cuando tu madre reinaba, yo le metía las decisiones en esa cabecita bonita.

Cuando tú eras una reina ciega, miré a mi pueblo y supe lo que necesitaba.

Necesitaban más de lo que tú podías darles.

Tengo más experiencia que tú. Puedo gobernar este reino y proteger a la gente con mano de hierro mientras tú te dedicas a chingarte a la renacuaja esa.

La rabia y el odio rompieron su fachada tranquila. No fue hasta que se dio cuenta de que se había inclinado sobre Valda que retrocedió, se acomodó el cabello plateado y enderezó los hombros.

—Abdica, Valda. Les harás un favor a los celestinos si renuncias al título.

Valda alzó la espada, colocándola frente a su rostro, justo sobre la cicatriz.

—Te voy a matar.

—¿Matarme? ¿Podrías matar al hombre que te amó como a una hija, Valda?

Valda parpadeó ante la repentina suavidad de su voz. Su espada titubeó, igual que su postura firme.

—Si no abdicas, te mataré a ti, a tu pareja y enviaré un pelotón a matar a todos los mareños sobrevivientes en los asentamientos.

—Tu no te atreverías.

—Maté a celestinos que se opusieron a mí. ¿Crees que dudaré en matar a esos parásitos?

—Valda… —Maris apoyó la frente en su espalda fuerte—. Por favor…

La tensión en el pecho de Valda regresó con fuerza. Sintió el calor de Maris deslizarse por su cuerpo, filtrarse en su piel, asentarse en su estómago. Maris estaba aterrada por su gente. Y Valda también. Si ambas murieran, ¿quién los protegería?

—Por favor, mi amor —susurró Maris solo para ella.

Esa palabra rompió la coraza de Valda. Y aunque sabía que Maris la estaba usando para persuadirla, al menos había un rastro de su amor en ese término .

—Retirémonos —murmuró Maris—. Elijamos nuestras batallas.

Valda tragó con dificultad al sentir la mano de Maris en su cintura. Con reticencia, envainó la espada y se giró hacia ella. Los ojos de Maris brillaban de preocupación. El dolor y el odio estaban enterrados por ahora. Inclinando la cabeza ante su pareja, Valda volvió a mirar a Arwin.

—Está bien.

Arwin sonrió.

—¿Ah, sí?

—Abdico. La corona es tuya. Ya has matado a mucha gente inocente.

—Qué decisión sabia —intervino Eris, pero nadie la miró.

—Les sugiero que se marchen ahora. No se lleven nada personal, solo váyanse. Haré que parezca que las maté a ti y a tu pareja, y nadie irá tras ustedes. Tómenlo como un regalo. Vivir entre su gente, en el anonimato absoluto, podría ser una bendición.

Valda volvió sus ojos a Maris, dándole la espalda a Arwin. La joven estaba conteniendo sus emociones, tratando de no derrumbarse bajo el peso de todo. Valda lo sentía. Y lo que más le dolía era no poder aliviar ese dolor.

Le acarició los brazos con suavidad y la atrajo hacia su pecho.

Maris no devolvió el abrazo.

—Vamos a estar bien. Confía en mí.

Maris no respondió. Ni siquiera asintió.

De pronto, las manos de Maris se movieron con brusquedad y se aferraron al hombro de Valda, clavando los dedos en la tela de su ropa con puro horror.

Los ojos de Valda se abrieron alarmados al oír el grito desesperado de Maris, pero antes de poder reaccionar, un golpe helado le atravesó la espalda como una daga de hielo, hundiéndose entre sus músculos.

Una agonía desgarró su cuerpo y la dejó sin aliento. Con una sacudida de adrenalina, empujó a Maris para apartarla, buscando con desesperación el origen del dolor.

Arwin estaba frente a ella, sujetando la daga que acababa de arrancarle de la espalda. Sangre brotaba de la herida, manchando el mármol blanco.

Las fuerzas de Valda flaquearon. Se le escapaba la energía. Cayó de rodillas, con los ojos clavados en el hombre al que una vez había considerado un padre. La sangre goteaba sin parar de la hoja.

—¡Valda! ¡No! ¡No! —Los gritos desesperados de Maris llenaron el aire mientras sus manos temblorosas presionaban inútilmente la herida para detener la hemorragia .

Con un giro rápido de muñeca, Arwin inclinó la daga hacia abajo y señaló a Maris con la cabeza.

—Vamos a hacer esto más convincente—su voz rezumaba malicia.

Los tirones urgentes de Maris en su blusa la obligaron a levantarse pese al dolor. Tambaleándose, Valda se apoyó en ella, dejando un rastro de sangre a su paso. Las súplicas angustiadas de su pareja resonaban en sus oídos, alimentando la desesperación que compartían.

Tenían que detener la hemorragia. Tenían que huir. Tenían que sobrevivir.

Corrieron a refugiarse en la primera habitación que encontraron: la recámara de su madre. Las puertas del balcón estaban abiertas, dejando entrar el aliento helado de la noche celestina que le erizaba la piel ya fría. Tembló sin control.

La respiración de Valda se volvió pesada. La vista se le nubló. Entre el jadeo, la voz de Arwin atravesó la neblina.

—¡Por ahí no se sale!