La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 25. Capítulo 25 #4
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25. Capítulo 25 #4

Maris no lo creyó ni por un segundo. Resopló con desprecio mientras leía todo el documento.

Al final, el nombre del ejecutor de su padre estaba escrito con tinta roja, elegante:

Valda Aither, Princesa del Reino del Cielo.

—No hagas nada, Valda Aither. Tenemos órdenes estrictas de matar a la mujer que está en tu recámara si intentas algo —dijo un guardia, estirando la mano para sujetarla del brazo.

Valda siseó cuando uno de los soldados se atrevió a tocarla.

Se apartó de su agarre y le lanzó una advertencia silenciosa.

Por más que quisiera recuperar el control por la fuerza, sabía que no llegaría muy lejos si lo intentaba sola.

Podían herirla… o peor aún, lastimar a Maris.

Y Valda haría lo que fuera por mantener a su pareja a salvo.

La llevaron pasando por los aposentos de Arwin, y no pudo evitar fruncir el ceño, confundida, hasta que se detuvieron frente a la cámara real.

De pronto, Valda sintió un tirón en el pecho, brusco y retorcido, jalándola desde lo más profundo.

Algo le sucedía a Maris…

Antes de que pudiera girarse para regresar, uno de los soldados abrió la puerta, entró y anunció su presencia a alguien dentro. Aquella era la habitación de sus padres; ni siquiera cuando se había convertido en reina la había reclamado como propia.

Valda se frotó el pecho y la tensión disminuyó por un instante cuando cruzó el umbral.

Allí, en la sala de estar del aposento, Arwin estaba sentado en el sofá de cuero, haciendo girar un vaso de un fuerte licor entre los dedos, tan cómodo como si le perteneciera.

Valda se quedó sin aliento. Sus manos se cerraron en puños a los costados.

Arwin dio un pequeño sorbo y alzó la vista. Cuando sus ojos se posaron en ella, asombro y sorpresa le cruzaron el rostro; se atragantó y tosió.

Dejó el vaso sobre la mesita y se puso de pie mientras se recuperaba.

—¡Valda! ¡No puedo creerlo! ¡Recuperaste la vista!

Valda no respondió. Su mente corría desbocada. Podría ahorcarlo ahí mismo. Podría lanzarse contra él y estrellarle la cabeza contra el borde de la mesa hasta dejarla hecha pulpa. Podría sacarle la daga que siempre llevaba en la bota y clavársela en el cuello.

En lugar de eso, respiró hondo y soltó el aire con lentitud.

—¿Qué hiciste?

—Te estaba esperando. Me dijeron que estabas en Nueva Agenor. Supongo que sacaste a tu asistente a dar una vueltita. Te entiendo. Llevas tanto tiempo encerrada en el castillo… una distracción te habrá venido bien.

—¿Qué hiciste, Arwin?

Arwin resopló.

—Me encargué de los rebeldes en Umbriel.

Cuando Valda no respondió, continuó:

—Disolví todo. Ya no son rebeldes. Ahora trabajan para la corona. En el camino eliminé a los traidores que no estaban de acuerdo con el nuevo monarca. Y aquí estamos.

—Mataste gente inocente.

—Maté traidores a la corona.

—¿Perdiste la puta cabeza, Arwin?

—No.

Arwin tomó el vaso y se lo terminó de un solo trago. Sus ojos color avellana se clavaron en Valda mientras daba un paso hacia ella.

—Valda Aither —empezó, con una calma inquietante en el rostro—, este sería el momento en el que te pediría un duelo. El que ganara se quedaría con la corona. Pero tu ausencia ha herido a este reino y tuve que intervenir, considerando que no hay más herederos al trono.

»El Reino Celestial está cayendo en un caos oscuro, Valda. Tú y tu madre perpetuaron este… reparto desigual de la riqueza. La corona le quitaba demasiado a la gente y yo lo sabía. Propuse algo distinto y muchos celestinos estaban conmigo. Tu liderazgo no estaba cumpliendo su propósito.

»Estoy tomando el control. Estoy haciendo lo que se tiene que hacer. Y no quiero matarte. En lugar de eso, te estoy pidiendo que abdiques y me dejes gobernar.

Valda soltó una risa incrédula y negó con la cabeza.

—No lo haré. ¡Este es mi reino! Soy la heredera legítima al trono y te crees que voy a entregarlo; estás equivocado. No ahora… no cuando finalmente la encontré.

Los labios de Arwin se curvaron en una sonrisa condescendiente.

—¿A quién?

—Encontré a la heredera mareña… a mi pareja. Por eso recuperé la vista. El cielo y el océano, el viento y las olas se unieron.

Valda asintió con convicción.

—La encontré y me sanó. Es mi pareja y nos amamos.

La risa de Arwin retumbó en la habitación.

El estómago de Valda se revolvió cuando otro tirón en el vínculo la hizo estremecerse. Se obligó a no dejar que Arwin notara la inseguridad que la sacudía.

—¿Quién es? ¿Esa sirvienta tuya? ¿Maris?

—Sí. Maris.

—¿Y te ama? ¿Incluso después de lo que hiciste?

Las facciones tensas de Valda se suavizaron, confundidas.

—¿Lo que hice? ¿De qué estás hablando?

—Tu fuiste la que ejecutó a su papá, Raan Era. Tú…

El gruñido de Arwin se transformó en una sonrisa torcida, con los brazos en jarra.

—Espérate… ¿tú llegaste a leer el informe?

El pecho de Valda se contrajo. La garganta se le cerró y los finos pelos de su nuca se erizaron.

«El informe… el informe de Maris…».

—Bueno, mi querida niña —dijo Arwin, con voz venenosa—, te sugiero que, ahora que recuperaste la vista, vayas y lo leas.