La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 25. Capítulo 25 #3
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25. Capítulo 25 #3

—¿Qué carajo está pasando? —gruñó Valda. Sus facciones lucían tensas mientras entrelazaba sus manos detrás de la cabeza, dejando caer su fachada estoica.

Cuando se volvió hacia Maris y la vio con Cerbera, su preocupación aumentó. Le quitó la gata de los brazos y comenzó a tocarla y revisarla con cuidado. El ronroneo fuerte de Cerbera llenó la habitación, pero volvió a maullar, retorciéndose en sus brazos como si quisiera mostrarle algo.

—Debe haber estado escondida —dijo Valda, dejándola escapar para que corriera hasta el plato vacío.

—Valda… —empezó Maris, extendiendo la mano hacia ella.

—Debe haber agua por aquí en algún lado…

—Valda…

—Tiene que haber algo para darle de comer…

—¡Valda! —gritó Maris, deteniéndola antes de que saliera a buscar comida—. ¡Arwin es el líder del golpe!

Valda tragó visiblemente y se dejó caer en el sofá, no derrotada, pero al borde del colapso. Maris sabía por sus emociones que estaba pensando en los cuerpos.

Esos cuerpos… Había docenas. Criadas, soldados, Dristan… Maris presionó los dedos contra su sien. Todos sus planes, sus ideas… ahora no valían nada. Arwin había estado detrás de todo desde el principio.

Valda se levantó de golpe, pasándose las manos por el cabello. Sus pasos pesados retumbaban en la habitación, acompañados por su respiración agitada, hasta que Maris dijo:

—¡Siempre fue él! Se fue a reunir a sus hombres, no a investigar.

Valda guardó silencio. Con rabia hirviendo en su pecho, gruñó:

—Le voy a cortar la cabeza a ese hijo de la gran puta.

—No. Te vas a mantener firme y vas a respirar. Esto es lo que él quiere. Desestabilizarnos.

Maris la sujetó por los antebrazos mientras los maullidos de Cerbera se iban apagando en el fondo.

—¡Los mató! — gritó Valda, soltándose y girando hacia ella—. ¡A mis hombres, a mis soldados, a Dristan, a las criadas!

Se aferró el cabello otra vez. El aire a su alrededor comenzó a girar. Un pequeño tornado surgió del cuerpo de la reina. Los muebles se sacudieron y volcaron; los papeles salieron disparados de los cajones.

Maris le tomó el rostro con ambas manos y la sostuvo firme. No iba a permitirlo. No podía. Que Valda perdiera el control solo empeoraría todo. Tenía que haber una manera diplomática de manejar aquello… ¿verdad?

—¡Valda! ¡Te tienes que calmar! Esto no va a arreglar nada —dijo, observando cómo la oscuridad en los ojos de Valda comenzaba a asentarse mientras respiraba.

El viento disminuyó hasta detenerse por completo. Las hojas que flotaban en el aire cayeron lentamente, como hojas secas, esparciéndose por el suelo de la cámara.

Valda cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Maris. Temblaba. Sus manos temblaban sobre la empuñadura de la espada. Hacía tiempo que Maris no la veía así, con furia brotándole por los poros.

Lo entendía. Entendía incluso el impulso de hacer cosas impensables a quien fuera responsable de la masacre afuera. Pero tenían que pensar, planear, actuar con cabeza fría. Si todos los soldados dentro del castillo estaban en contra de Valda, actuar por impulso sería una locura.

—Si te toca un solo cabello…

—No lo hará —la interrumpió Maris, apretando suavemente sus mejillas.

—Si lo hace… —continuó Valda, rodeándola con los brazos, aplastando sus cuerpos juntos.

Maris sentía el latido del corazón de Valda contra su pecho. Quería calmarla, despejarle la mente. Necesitaba que pensara con lógica, no con emoción. Y la verdad… ella tampoco estaba tranquila.

El pasador giró con brusquedad y, al no abrirse, alguien golpeó la puerta con el puño.

Valda se tensó bajo su tacto y giró hacia la entrada. Antes de que pudiera preguntar quién era, una voz masculina gritó desde el otro lado:

—Valda Aither, el rey está disponible para recibirla. Abra para escoltarla. Su acompañante se quedará aquí. Solo usted puede estar en su presencia.

La ausencia de su título le revolvió el estómago a Maris. Apretó el fuerte antebrazo de Valda hasta que esos ojos dorados volvieron a ella .

—Valda…

—Tengo que verlo —dijo Valda. La ansiedad desapareció, reemplazada por esa fachada fría y amarga que Maris había visto al inicio de su reinado.

Maris asintió, pero ahora el miedo la inundaba a ella. Incertidumbre alojada en su pecho. Valda tenía que ir… pero ¿por qué le costaba tanto dejarla marchar?

—Ten cuidado —susurró, con las manos frías y húmedas—. Por favor.

—Voy a volver, ¿okay? —Selló su promesa con un beso profundo—. Toma.

Se quitó vaina y lo puso en las manos de Maris.

Ella abrazó la daga contra su pecho y volvió a mirarla.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Quiero que cierres la puerta con seguro cuando me vaya. Si alguien intenta entrar, úsala.

—Valda, apenas puedo sostenerla…

—Por favor…

Valda le estaba suplicando. Valda le estaba rogando que se protegiera.

Maris respiró hondo y asintió, aunque de mala gana.

—Valda Aither, si no abre esta puerta, la romperemos y la sacaremos por la fuerza.

—¡Ya voy! —ladró Valda, volviéndose hacia Maris—. Quédate aquí. No abras la puerta.

La besó una última vez.

—Te amo. Cuídate.

—Yo también te amo. Ve. —La empujó suavemente hacia la puerta.

Valda quitó la silla, abrió y salió, cerrando de golpe tras de sí. Maris volvió a colocar la silla en su sitio.

Al girarse, vio el desastre que Valda había dejado en su arrebato de furia. Dejó la Espada Celestial en el suelo y decidió mantenerse ocupada limpiando, un hábito que había aprendido de su madre años atrás.

Recorrió la habitación, recogiendo objetos caídos y colocándolos en su lugar. Juntó jarrones rotos y tazas, dejó un cepillo sobre un buró abierto y desordenado.

En el suelo, cerca de los muebles, encontró un montón de carpetas y papeles. Abrió una carpeta y fue metiendo las hojas una por una. No estaba prestando atención al contenido hasta que vio la firma de Dristan.

Se le cerró la garganta. Nuevas emociones amenazaron con salir. Dristan tenía tantas ideas para ayudar… y así, sin más, lo habían matado.

Conteniendo un sollozo, vio a Cerbera sentarse sobre una hoja y lamerse la pata, como si nada. Maris la espantó con la mano hasta que se movió .

Tomó el papel… y frunció el ceño al ver su nombre escrito.

Nombre: Maris Era

Historial académico: Desconocido / Educación en el hogar

Historial laboral: Taberna de Dune

Posición: Mesera

Ese era el informe que Valda no quería que viera. El que había pedido que prepararan. Maris suspiró y siguió leyendo.

Madre biológica: Desconocida / Fallecida

Padre biológico: Desconocido / Fallecido

Madre adoptiva: Saha Era – fallecida

Causa: Suicidio

Padre adoptivo: Raan Era – fallecido

Causa: Pena capital

Motivo: Traición a la Corona celestina

El corazón de Maris se detuvo.

¿Traición a la Corona celestina? Su padre era un buen hombre. Un esposo que amaba a su familia y a su reino más que a nada. Un soldado fiel, dispuesto a dar la vida por la corona… ¿por qué lo habían ejecutado por traición?

El papel se le resbaló de los dedos. Se dejó caer de rodillas y empezó a recoger más hojas del suelo. La mayoría eran sobre reconstrucción, ideas para mejorar Nueva Agenor, los caminos, el sistema escolar.

De pronto, vio el nombre de su padre.

Tomó el informe. Allí se detallaba lo que supuestamente había hecho para ser declarado culpable y condenado a muerte.

Decía que había retrasado intencionalmente la ayuda al rey Brontes cuando ocurrió la catástrofe y que, años después, lo habían atrapado ayudando a los rebeldes del desierto de Umbriel.