23. Capítulo 23 #4
—No tuve tiempo —respondió Maris, a la defensiva—. En cuanto se fue, en cuanto la enterraron, tuve que encontrar la manera de seguir adelante, de seguir viviendo. Melvian fue lo bastante amable como para conseguirme trabajo en la taberna y luego me llevó al castillo.
—Me tienes a mí ahora. No dejaré que te pase nada. Antes moriría que permitir que te hicieran daño.
—Lo sé…
Valda asintió y llevó el paño al cuello de Maris y luego a su hombro, sintiendo la tensión allí. No iba a presionarla más. Un silencio cayó entre ellas, y Valda creyó que la conversación había terminado hasta que escuchó su respiración temblar.
—Volví a casa después de trabajar en la taberna y noté que no había velas encendidas para mí.
Valda alzó la mirada desde su pecho hasta su rostro, detuvo el movimiento y le prestó toda su atención. Maris cerró los ojos e inhaló hondo por la nariz, dejando que los recuerdos de ese día volvieran a formarse con claridad.
Ese día era uno de esos días.
Uno de esos días en los que su madre se apagaba. No hablaba. No la miraba. Ni siquiera parecía notar su presencia. Había ido deteriorándose poco a poco y, aunque Maris intentaba sacarla de la casa, llevarla al pueblo a comer algo, su madre se escondía cada vez más dentro de sí misma.
Lo único que Maris podía hacer era fingir una sonrisa y contarle cómo había sido su día, como siempre hacía.
Su trabajo en la taberna era horrible. ¡Lo odiaba!
Odiaba a su jefe, odiaba a sus compañeros, odiaba a los clientes que frecuentaban el lugar.
Pero Maris tenía que sonreír por su madre.
Necesitaba hacerlo porque su madre la necesitaba más que a nada en el mundo, y lo mínimo que Maris podía ofrecerle era esa sonrisa.
Cuando amarró a su viejo caballo fuera de la casa y tomó su mochila, Maris notó que algo estaba… mal.
Su madre ya debería estar en casa. Debería haber encendido al menos un par de velas para ella. Saha siempre se preocupaba cuando Maris trabajaba hasta tarde, así que encendía velas. Incluso en medio de su delirio, Saha nunca olvidaba prenderlas para Maris.
—¿Ma? —llamó Maris al abrir la puerta y encontrarse con la oscuridad.
La pequeña cocina estaba intacta y también la mesa del comedor justo al lado de la entrada. Qué raro. Su madre siempre le servía la cena o al menos una taza de café caliente antes de irse a dormir.
—Ma, ¿estás aquí?
Maris avanzó hacia la sala y la encontró vacía. Al inhalar profundamente, algo inquietante le atravesó el pecho, apretándolo con fuerza. Justo cuando iba a dirigirse al único dormitorio que compartía con Saha, vio un pequeño papel debajo de lo que parecían ser dos anillos de boda.
Maris frunció el ceño, tomó el papel y trató de leerlo como pudo en la penumbra silenciosa:
Lo siento. Necesitaba verlo. Te amo. Mucho juicio. —Mamá.
Maris dejó caer la nota y la mochila antes de correr por el pasillo hacia el dormitorio.
¡La puerta estaba cerrada con llave!
¡Había cerrado la maldita puerta!
—¡Ma! —golpeó la madera con la palma abierta—. ¡Ma! ¡Abre! ¡Por favor, mamá! ¡Por favor! ¡No lo hagas!
Apretó el pomo antes de lanzarse con el hombro en un intento desesperado de abrirla.
—¡Mamá! ¡Por favor, no! —volvió a embestir la puerta mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Maris sollozaba, tirando de la puerta con ambas manos, llamándola, suplicando a cualquier dios que pudiera oírla que, por favor, por favor, detuviera a su madre, que la mantuviera a salvo.
Dio un paso atrás, inhaló con fuerza, levantó la pierna y pateó la puerta hasta arrancarla de las bisagras…
Entonces la vio.
La boca de Maris se abrió en un jadeo vacío. Sus manos, enrojecidas y lastimadas, se aflojaron sin saber qué hacer.
—¡Mamá!
Sus piernas finalmente reaccionaron. Corrió hacia ella, apartó la silla que Saha había usado como apoyo, ignorando el estruendo de madera y espejos al caer. Rodeó con sus brazos las piernas de su madre y empujó hacia arriba, como si intentara aliviar la presión de la cuerda.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡No! ¡Por favor, no me dejes sola! ¡Por favor, mamá!
La soltó, tomó la silla de nuevo, se subió a ella, sostuvo el cuerpo de su madre y desató el nudo tan rápido como pudo.
Cuando el peso muerto del cuerpo de su madre se desplomó sobre ella, Maris tropezó y cayó al suelo. Pero el dolor que recorrió su cuerpo no era nada comparado con la desesperación que le quemaba las venas.
Maris acomodó a su madre, la giró para que quedara frente a ella. Ignorando las marcas en su cuello, la mirada vacía de sus ojos, presionó con fuerza el pecho de Saha mientras gritaba su nombre una y otra vez, hasta que la garganta le ardió y su voz se rompió.
Su madre no reaccionó.
El frío de su piel atravesó la ropa y se filtró en las manos de Maris, mientras sus gritos desgarrados se mezclaban con los sonidos de las criaturas afuera de su hogar.
Valda frunció los labios. Si pudiera quitarle el dolor, lo habría hecho sin pensarlo dos veces.
Ver a Maris sostener los anillos que colgaban de su collar, sentir su respiración entrecortada contra su cuello mientras lloraba, era suficiente para volverla loca.
No quería verla llorar nunca. La atrajo hacia sí y la apretó con fuerza.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso.
Valda solo podía imaginar la desesperación y el dolor, pero si se parecían en algo a lo que había sentido cuando Rionach murió, entonces comprendía el desgarro de Maris. Dejó de lavarla y llevó la mano hasta su mejilla empapada para secarle las lágrimas.
—Estábamos bien. Hasta que mi padre murió. Después de eso, todo se fue al Tártaro.
—Debió ser muy duro quedarte sola…
—He estado sola casi toda mi vida. Excepto por Melvian. He tenido amantes aquí y allá, pero… —tragó saliva—, no quería tener ningún tipo de vínculo por lo que pasó con mis padres.
Valda inclinó la cabeza, su pulgar acariciando la mejilla de Maris.
—Lo siento…
—No era por ti, Valda —Maris bufó, negando con la cabeza—. Tenía miedo. Tengo miedo.
—¿De qué?
Maris tomó las manos de Valda y las apartó para recorrer con los dedos las líneas de sus palmas .
—Al principio tenía miedo de tomar una pareja del corazón porque existía la posibilidad de que encontrara a su pareja del alma y me dejara. Luego, cuando te conocí, tenía miedo de encontrar a mi pareja del alma y dejarte a ti.
—Como si te fuera a dejar ir tan fácilmente —dijo Valda con una suave risa, besando con ternura la sien de Maris.
La risa suave de Maris la calmó.
—Lo sé, pero ahora tengo miedo de que se rompa el vínculo.
—Eso no va a pasar.
—Valda, uno nunca sabe. Mira a mis padres. Mira lo que le hizo a mi mamá. No quiero sentir ese dolor… y no quiero que tú lo sientas tampoco.
—Ninguna de las dos lo sentirá —respondió Valda, apretando su mano—. Ya no estás sola. No romperé el vínculo.
Era una promesa que pensaba cumplir mientras le fuera posible. No se apartaría de su lado. No cuando la necesitaba tanto. No cuando los dioses las habían unido.
—Sí, pero ahora mismo siento como si tuviera algo pesado en el pecho que no me deja respirar.
—Estás ansiosa, y eso es completamente normal…
Valda lo sabía bien; había sentido ese mismo peso cuando se coronó reina. Era la carga de llevar la esperanza de todo un reino, y Maris no debía hacerlo sola.
Con un suspiro, pasó los dedos por el cabello de Maris.
—Maris, no puedo prometerte que las cosas serán fáciles; no lo serán.
Rara vez lo son. Pero sí puedo prometerte que, pase lo que pase, estaré aquí para ti.
No me iré de tu lado a menos que tú me lo pidas…
y aun así —rió suavemente—, no creo que pudiera separarme de ti ahora que te encontré, Caracol.
—No creo que pudiera separarme de ti tampoco —dijo Maris, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la frente en su hombro—. Nada podría hacer que me fuera. Te amo tanto.
—Y no tienes idea de cuánto llena mi corazón saberlo —respondió Valda, alzándole el mentón para mirarla—. Qué afortunadas somos, Caracol. Sin saberlo, incluso cuando luchaste contra ello, nos volvimos parejas del corazón… solo para descubrir que nuestras almas siempre se pertenecieron.
Valda la observó sonreír de nuevo. Podría escribir tantos poemas como fueran necesarios para llenar una biblioteca describiendo su belleza, y aun así no sería suficiente.
Maris era perfección pura a sus ojos. Incapaz de resistirse, se inclinó y capturó sus labios en un beso suave que le calentó el alma y encendió una llama que las envolvió a ambas.
—¿Sabes qué me ayuda cuando estoy ansiosa? —preguntó Valda con una sonrisa traviesa, sin apartar la mirada de su rostro sereno.
Maris entrecerró los ojos, arrancándole una risa profunda.
—Creo que lo sé, pero dale, dime.
—Necesitas mantener la mente ocupada hasta que salgas a enfrentarte a tu gente.
Con una sonrisa juguetona, Valda le pasó el paño y luego se recostó del otro lado de la tina, dejando que sus brazos gruesos descansaran sobre el borde.
—Ya no necesito que me ayudes a bañarme, pero para revivir viejos tiempos… me encantaría que me quitaras esta pintura.
Sonrió con amplitud.
—Te estás aprovechando de que aún no me han coronado, ¿verdad?
—Probablemente.
—Aunque soy la representante de Nueva Agenor, no tu asistente.
—Cierto. —La sonrisa de Valda se hizo aún más amplia.
—Eso significa que no tengo por qué hacer esto.
—¿Ah, no? Yo pensé que te gustaría sobetearme un poco.
Maris arqueó una ceja.
—¿Ajá? Tal vez a ti te gustaría verme hacerlo.
La sonrisa de Valda derritió su resistencia.
Lo vio en la forma en que los ojos de Maris recorrieron su rostro, sus labios, su mandíbula y bajaron por su pecho.
Sintió el tirón del vínculo y supo que Maris necesitaba esa distracción más que nada.
Con un suspiro dramático, se recostó de nuevo mientras Maris enjabonaba el paño y lo golpeaba contra su brazo.
El contacto ardió por un segundo, pero antes de que pudiera quejarse, Maris se sentó a horcajadas sobre su cintura y comenzó a frotar la pintura de sus hombros, clavícula, cuello y brazos.