La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 23. Capítulo 23 #3
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23. Capítulo 23 #3

—La diosa del caos y la discordia —murmuró Valda, pasándose las manos por el cabello otra vez, esta vez aferrándose a él en lo alto de la cabeza.

—¿Crees que ella te maldijo?

—Probablemente… —murmuró Valda, mientras su mente se llenaba de detalles olvidados.

Entre ellos apareció la visión de una mujer: cabello azul claro, rasgos mareños. Una mujer que había creído que era su pareja… pero que había desaparecido justo al comenzar su pesadilla.

—¿Quién es ella? —preguntó Maris.

Valda soltó un suspiro tembloroso, sorprendida de haberse perdido tanto en sus pensamientos que Maris casi parecía leerlos.

—No tengo idea. Se me apareció en mi cumpleaños. Yo pensé…

—No lo era —dijo Maris, celos y posesividad goteando en su voz.

—Claro que no, pero… esa mujer parecía mareña y…

—Los dioses y las diosas pueden cambiar de forma a voluntad, Valda. ¿Por qué Eris sería diferente?

Valda alzó una ceja.

—Leía mucho cuando era niña.

—Eso lo explica todo.

Maris soltó una risa suave ante el tono juguetón de la reina, aunque enseguida le tocó la parte baja de la espalda.

—Esto es un problema, sin embargo. Si puede cambiar de forma, no sabremos quién es ni si está entre nosotros. ¿Y qué garantía tenemos de que Arwin no la use para hacer más daño?

—Aún no lo sabemos, Caracol.

—Supongo… —murmuró Maris.

Con un suspiro, Valda tomó su mano y la atrajo lo suficiente para besarla.

Esa caricia suave se volvió ardiente en cuestión de segundos, y Valda mantuvo los ojos abiertos, recorriendo cada línea del rostro de Maris.

Profundizó el beso, rozando con la lengua la unión de sus labios, hasta que su amante la detuvo.

—Valda, espera.

—No, no quiero. Me han negado ver tantas partes de ti. Creo que es justo que ahora vea todo lo que pueda.

—Y lo harás. Pero, mi amor, aún tengo que hacer una aparición en la plaza. Eyphah…

—Por favor, no la menciones.

—Bueno, no creo que ella y yo estemos en los mejores términos —dijo Maris, inhalando hondo y rascándose la parte de atrás del brazo.

Valda ladeó la cabeza, confundida.

—¿Qué pasó?

—Le di una galleta.

Los ojos de Valda se abrieron con incredulidad, luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Maris se sobresaltó y se apresuró a cubrirle la boca.

—Es de madrugada. Hay guardias afuera. Pueden oírnos. ¡ Contrólate!

—¿Y qué pasa si nos oyen? —dijo Valda, apartando las manos de Maris mientras sus hombros seguían temblando de la risa—. Estoy bastante segura de que nos oyeron chichando anoche.

—¡Valda! —Un suave tono rojizo subió por el cuello, las mejillas y las orejas de Maris.

—Dioses… Te ves tan linda cuando te avergüenzas —rió Valda, dejando que sus dedos rozaran la piel enrojecida de su rostro mientras su diversión se desvanecía, dando paso a otra cosa—. Me pregunto qué otras caras puedes hacer.

Maris tartamudeó al principio y volvió a apartarle la mano.

—¿Puedes concentrarte por un momento?

—Lo dudo, Caracol. —Una sonrisa boba volvió al rostro de Valda, y Maris se derritió contra ella—. No me gusta que andes dándole galletas a la gente. No quiero que a Eyphah le guste como a mí —añadió con tono burlón, dándole una nalgada firme a Maris que le arrancó un jadeo sorprendido.

—¡Valda!

—Ya, ya. Me voy a portar bien. —Se enderezó, aunque sus manos no dejaron las nalgas de Maris; en cambio, amasaron la carne firme, haciendo que su respiración se entrecortara.

—¿Qué hizo Eyphah?

—Habló demasiado —se encogió de hombros Maris, rascándose el brazo.

Esta vez fue Valda quien rodó los ojos.

—Completamente normal viniendo de esa mujer. ¿Qué decía?

Maris se mordió el labio inferior y dudó en responder, lo que hizo que el buen humor de Valda se desvaneciera poco a poco.

—¿Maris? —insistió, ya sin rastro de juego en la voz—. ¿Qué dijo?

Tras unos segundos en silencio, Maris decidió contestar:

—Dijo que me habías tomado como tu puta para tener más control sobre nosotros, los mareños.

«¿Cómo se atreve?».

Valda se levantó y se dirigió a la puerta. Cuando estaba a un suspiro de salir de la habitación, Maris se interpuso y cerró el paso.

—Salte del medio, Maris.

—No. No lo haré. ¡Estás desnuda y yo también! ¡No vas a ir tras ella y mucho menos así!

—¡Te faltó el respeto!

—A ti también.

—Me importa un carajo lo que piense de mí, pero no debería hablar así de ti. Eres su reina, mi reina, y va a respetar esos títulos, aunque sea lo último que haga.

—¡Valda, basta! Yo… —Maris tropezó al empujarla lejos de la puerta—. Defender mi honor con violencia y desnuda no va a arreglar nada. Ya le di una galleta. ¿Crees que mejorará algo si sales y le sacas el aire de los pulmones como hiciste con Arwin?

—Suena como una excelente idea—dijo Valda con un tono peligrosamente juguetón.

—¡Valda!

—No debería hablarte así.

—En eso estamos de acuerdo. —Maris chasqueó la lengua, tomó a Valda del brazo y la llevó hacia el baño—. Necesito que dejes de ser tan impulsiva por unas horas. Le dije a la gente del asentamiento que hoy respondería sus preguntas.

—¿Quieres que esté contigo? —preguntó Valda, esta vez con seriedad.

Si Maris la necesitaba, estaría allí en un instante.

Cualquier cosa que le pidiera, ella se la daría.

Estaba escrito: Valda cuidaría de cada necesidad de Maris hasta su último aliento.

Pero también entendía las responsabilidades que ahora debía enfrentar su pareja.

Llegaría el momento en que tendría que dar un paso atrás y dejar que Maris tomara su lugar como futura reina del Reino del Mar.

Frunció el ceño. Era extraño ver a Maris…

verla y más aún verla como la reina de los mareños.

El pecho se le llenó de orgullo al observarla de pie en medio de la habitación, desnuda, natural, hermosa solo para sus ojos y sus manos.

Aun así, el vínculo entre ellas era lo bastante fuerte como para saber que Maris estaba tensa, nerviosa por lo que vendría ese día.

Eso no podía ser. Valda necesitaba que ese encuentro con su gente fuera lo más afable posible.

—Ven. Déjame bañarte.

No dejó espacio para discusión. Valda levantó a Maris y la llevó hasta la bañera. El agua, todavía tibia, estaba perfumada con aceites relajantes. ¿Quién la había preparado? No lo sabía. Solo agradecía que no estuviera helada como la que había usado para lavarse la cara hacía un momento.

La idea de ser ella quien bañara a Maris le resultaba reconfortante. Siempre había sido Maris quien le preparaba los baños y la frotaba con cuidado. Esta vez quería ser ella quien la ayudara y le daba un placer inmenso poder cuidarla con algo tan sencillo.

—Nadie había hecho esto por mí —dijo Maris mientras se acomodaba al otro lado de la bañera.

Valda se sujetó del borde mientras entraba y se sentaba frente a ella—.

La última persona que me preparó un baño fue Melvian, la noche en que te apareciste en mi habitación de sirvienta.

Siempre era mi mamá quien me los preparaba… cuando se acordaba.

Valda se recostó contra el borde de la bañera, ocupando casi todo el espacio al estirar sus largas piernas.

—Háblame de tu mamá —pidió, tomando un paño y jabón cerca de la bañera y llenándolo de espuma.

Maris respiró hondo mientras Valda se inclinaba para masajearle los pies, levantándolos fuera del agua con una mano y frotándolos con la otra.

Valda observó cómo Maris echaba la cabeza hacia atrás y se recostaba contra el borde de la bañera.

Quería concentrarse en limpiarla, pero se perdió en las expresiones de su rostro mientras se relajaba bajo sus caricias.

—Mi mamá era una mujer buena. Me cuidó como si fuera suya y nunca pidió nada a cambio, salvo que me portara bien y obedeciera.

Valda subió con el paño hacia las pantorrillas. Su silencio invitaba a Maris a continuar.

—Me enseñó a tocar el violín. Supongo que era su manera de mantenerme conectada con mi cultura.

—Los mareños son grandes artistas —dijo Valda, pasando el paño detrás de sus rodillas antes de cambiar de pierna.

—Eso es verdad.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —Las caricias de Valda se volvieron más lentas mientras observaba el rostro de Maris. No quería incomodarla, pero llevaba tiempo queriendo saberlo. Se enderezó y se humedeció los labios—. No tienes que responder si no quieres.

Maris abrió un ojo azul para mirarla.

—¿Qué es, mi amor?

Valda tragó saliva y terminó de limpiar sus piernas antes de preguntar:

—¿Alguna vez supiste por qué tu mamá hizo lo que hizo?

En cuanto terminó, notó cómo Maris se echaba hacia atrás. Justo lo que no quería provocar.

—Lo siento. No debí…

—No, está bien.

—No tienes que hablar de ello.

—Quiero… —Maris tomó un poco de agua con las manos y se la echó por los brazos y el pecho antes de quitarle el paño.

Valda sabía que era un gesto para mantenerse ocupada, para ordenar sus palabras. Podía sentir su conflicto interno y una chispa de enojo y lo único que quería era consolarla.

—Mi madre no pudo superar la desaparición de mi papá.

—Creía que había muerto.

—Murió, según ella. Sintió cómo el vínculo se rompía. Ella… se perdió.

—El duelo puede hacerte eso.

Maris asintió.

—Lo que no entiendo es cómo pudo dejarme, sabiendo cuánto sufrimos cuando él murió.

Valda casi podía sentir la rabia ardiendo dentro de su corazón. Si a ella le dolía, no quería ni imaginar cuánto le dolía a Maris.

—Lo siento mucho.

—Es la primera vez que hablo de esto con alguien. —Maris frunció sus labios.

—Hablar ayuda.

Maris bufó mientras Valda volvía a mojar el paño y continuaba bañándola. Entonces se acomodó a horcajadas sobre su cintura y, con cuidado, Valda frotó la tela sobre sus brazos, asegurándose de quitarle toda la pintura.

—No creo que pueda hacerlo sin llorar.

—¿Te permitiste llorar? —preguntó Valda, levantando la mirada hacia su rostro justo cuando Maris abría la boca, pero inmediatamente la cerró y desvió la vista.

—Tomaré eso como un «no».