La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 23. Capítulo 23 #2
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23. Capítulo 23 #2

—¿Tan humilde eres como amante? —dijo, dejando por fin que su dedo índice recorriera el seno izquierdo de Maris, tocando una mancha de pintura roja seca.

Maris inhaló con fuerza y los ojos de Valda saltaron de su pecho a su rostro.

—Ay… no alcancé a ver tu expresión. —Sus ojos se oscurecieron y Maris tragó saliva—. Otra vez.

Inclinándose hacia delante, Valda tomó el seno izquierdo de Maris con la mano, provocando un suave jadeo.

—Hermosa —murmuró con una sonrisa.

Antes de poder hacer lo mismo con el otro, Maris le sujetó la muñeca.

—¿Qué pasa? —preguntó Valda.

Maris negó con la cabeza.

—Las dos necesitamos bañarnos —dijo, señalando a Valda y luego a sí misma—. Y las sábanas también están sucias. Deberíamos sacarlas para que las limpien y….

—¿Y luego puedo enterrarme dentro de ti y ver todas esas caritas bonitas que haces? —Maris estaba a punto de responder, pero en cuanto Valda empezó con sus palabras sucias, se quedó quieta, mirándola .

—Valda…

—Quiero verlo todo. Yo…

—¡Valda!

—¿Qué?

Los ojos de Maris volvieron a los suyos. Por mucho que quisiera seguir con el juego, Valda supo que algo la inquietaba. La repentina comprensión de lo que acababa de pasar cayó sobre ambas, y Valda solo pudo suspirar:

—Puedo ver otra vez.

Maris se humedeció el labio inferior y le tocó la rodilla.

—Lo sé, pero… ¿cómo?

Valda no apartó la mirada de ella mientras se encogía de hombros.

—Me curé. Tal vez de verdad era una enfermedad y…

Mordiéndose el labio, Maris retorció los dedos, debatiéndose entre decir algo que no debía.

Valda ladeó la cabeza y le tomó las manos.

—¿Maris? ¿Sabes algo que yo no?

—Tal vez.

—Necesito que seas sincera conmigo. Basta de secretos. ¿Qué es? —preguntó Valda, observando cada pequeño gesto que Maris hacía cuando luchaba consigo misma.

—No era una enfermedad, Valda.

Ella frunció el ceño y se irguió.

—¿Cómo lo sabes?

—Melvian. Ella me dijo que no era una enfermedad.

—¿Qué sabe e…? —La mandíbula de Valda se aflojó—. Ella… es una adoradora bendecida de Asclepio, ¿verdad?

—Sí. Yo… me enteré el día que me lastimé en el local de Lasmeer.

Valda cerró los ojos y se pasó los dedos por el cabello con frustración.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Para ser justa, ella me pidió que no lo hiciera. Y… —Maris frunció el ceño, llevándose una mano al pecho, parpadeando rápido.

Valda iba a preguntarle qué pasaba cuando lo sintió.

Maris estaba confundida.

—¿Estás enojada conmigo? —preguntó Maris, frotando un punto específico sobre su pecho.

El vínculo…

Lo habían formado. Podían sentir las emociones de la otra.

—Espera. No estás enojada, estás feliz… —Alzó la mirada y se encontró con la amplia sonrisa de Valda—. ¿Esto es por el vínculo? ¡Deja de sonreír! ¡Hablo en serio!

Valda se arrastró hacia ella, le tomó la mandíbula con firmeza y se demoró en un beso, ignorando sus protestas y empujones suaves. Con una risa burlona, observó la nariz arrugada de Maris.

—Te he abierto como a un caracol de verdad —susurró, con los labios suspendidos sobre los suyos, robándole el aliento—. Ahora tengo tu perla.

—¡Ay,Valda, por favor! —Maris la empujó y Valda fingió estar herida al dejarse caer al suelo.

—Aunque debería estar molesta porque me ocultaste eso.

—Es mi mejor amiga. Si Kayden te pidiera guardar un secreto, ¿lo harías?

Valda se encogió de hombros, mirando al techo, con los brazos extendidos a los lados.

—¿Qué importa ahora? ¡Puedo ver! —Señaló hacia arriba—. Esta casa se está cayendo en cantos. Hay una grieta enorme en el techo. Si llueve, el agua va a entrar.

Maris le apartó la mano de un manotazo y se arrastró hasta sentarse sobre sus caderas. Valda no perdió tiempo en apretar los muslos de Maris, observando con atención cómo la carne se amoldaba bajo su agarre firme.

—Valda, esto es serio.

—Lo sé. Estoy hablando en serio. Tienes que dejarme celebrar que recuperé la vista.

—Sí, pero también tenemos que averiguar cómo pasó. Melvian no pudo curarte. Me dijo que no era una enfermedad normal.

—Intentó sanarme cuando me estaba curando la ceja, ¿no?

Maris asintió, distraída, pasando la mano por los duros bloques de músculos del abdomen de Valda.

—Ella creía que era una maldición.

Valda resopló y negó con la cabeza.

—¡Valda!

—Después de la Gran Desaparición, no ha habido ni una sola maldición sobre los humanos. Los dioses se han ido.

—Entonces, ¿por qué seguimos rezando? ¿Por qué los adoradores de Asclepio siguen arrodillándose para sanarnos?

Valda se encogió de hombros.

—Algunos creemos que todavía pueden escucharnos.

—Si todavía pueden escucharnos, es porque están cerca de nosotros… —dijo Maris, con la mirada bajando por los hombros y el pecho de Valda.

—¿Qué pasa?

—Yo… —Maris se mordió el labio y se deslizó fuera de su regazo—. ¿Crees que algunos dioses siguen entre nosotros?

Nadie sabía si los dioses seguían presentes.

La Gran Desaparición había ocurrido siglos atrás, pero nadie sabía si se habían ido por voluntad propia o si los habían obligado.

Las Moiras aún anunciaban el futuro en los sueños de los mortales.

Asclepio vivía en las manos de sus adoradores, y Ouranós, Poseidón, Vulcano y Ares, entre otros, seguían presentes en la figura de los gobernantes.

Tal vez entre esos dioses había uno que estaba enfadado con Valda. ¿Pero por qué? ¿Qué había hecho ella?

—Valda. —Maris se acercó, le tomó las manos y las presionó contra sus labios—. Anoche unimos los símbolos de los dioses cuando brillaron. Eso debió haber hecho algo, ¿no? ¿Quizás te sanó o rompió la maldición?

—No he hecho nada para merecer una maldición así, Maris. ¿Por qué alguien querría condenarme de esa manera? —El rostro de Valda se ensombreció al ponerse de pie y pasarse los dedos por el cabello con irritación—. ¿Tal vez alguien le pidió a su dios que me maldijera?

—¿Está prohibido adorar a otros dioses aparte del patrono de cada reino?

—No realmente. Así como hay adoradores de Asclepio, también hay devotos de otros dioses.

Maris se movió incómoda.

—¿Qué deidad está relacionada con una manzana dorada?

—Eris —respondió Valda—. ¿Por qué preguntas?

—¿Existen adoradores de Eris?

—Supongo. Creo que cada reino ha intentado erradicarlos. Algunos son lo bastante peligrosos como para elegir el mal antes que el bien. Son agentes del caos; aprovechan cualquier oportunidad para meterse donde haya inestabilidad.

Los ojos de Maris se movieron, pensando y analizando todo lo que Valda decía, hasta que su rostro se apagó, herido.

—Entonces… el Reino del Mar —empezó, antes de terminar su pregunta—. ¿Fue destruido por... ?

—No lo sabemos. Fue un huracán…

—Poseidón no haría eso. ¿Por qué destruir lo que ayudó a crear?

Valda frunció los labios y asintió.

—Por eso me cuesta tanto entender por qué un dios querría maldecirme. ¿Qué ganaría con eso?

—Tal vez el dios no esté ganando nada, pero su adorador sí. ¿Por qué querrían que estuvieras ciega y no muerta? —preguntó Maris, tocando las alianzas que colgaban del collar.

—Porque no querían que te encontrara —murmuró Valda, alzando de nuevo la mirada hacia Maris—. No querían que las cosas cambiaran. Si todo hubiera salido como debía, nos habríamos visto y habríamos sentido exactamente lo que sentimos cuando conecté mi mirada con la tuya… Estaba escrito.

—Aun así, me encontraste ese día.

—Es cierto, pero no bajo las circunstancias necesarias para crear el vínculo que tú sientes… que yo siento ahora —susurró la última parte, llevándose una mano al pecho—. Me siento completa, en paz, como si hubiera encontrado algo que llevaba perdido desde hace muchísimo tiempo.

La sonrisa de Maris podría haber iluminado el Tártaro, y Valda sintió que volvía a derretirse.

—Yo sentí eso desde el momento en que te vi. Escuché viento dentro de mi cabeza y un sonido áspero que no logro distinguir.

—Olas. Esos sonidos que oyes, que yo oigo, son los vientos y las olas uniéndose.

Valda imitó el gesto de Maris, pero la sonrisa se desvaneció al volver a mirar sus manos.

—Alguien quería que estuviera ciega para que no pudiera estar contigo. Entonces… ¿sabían que estabas viva? —preguntó, ladeando la cabeza.

—O simplemente no querían que encontraras a tu pareja, sin importar si era yo u otra persona. Querían que fueras vulnerable… débil.

—Manipulable… —gruñó Valda, apretando los puños a los costados.

—Arwin… —susurró Maris.

La única persona que podía beneficiarse de su ceguera era él. También se habría beneficiado de la muerte de su padre. ¡Tártaro! Incluso de la de su madre. ¿Quizá la había mantenido con vida por bondad? ¿Porque la veía como a una hija?

«No…»

—Valda…

Los ojos color miel se encontraron con los azules, apagados y preocupados. Valda frunció el ceño, tomó las manos de Maris y besó el centro de su palma.

—¿Qué pasa?

—Arwin… ¿él…? —los hombros de Maris se encogieron—, ¿adora a Ouranós como tú, o…?

—No es religioso, si me preguntas, pero todos los celestinos adoran a Ouranós —explicó Valda, pero Maris retiró las manos—. Maris…

—Hablé con él hace un par de días… —Maris alzó una mano cuando sintió la ira de Valda despertar—. No me hizo daño ni dijo nada insultante. Sorprendentemente, se estaba disculpando.

Sin embargo, Valda no cedió. Quería agarrar a Arwin por la garganta. ¿Cómo se atrevía a acercarse a Maris después de todo lo que había dicho de ella?

—Lo que me sorprendió fue algo que dijo cuando acepté su disculpa —continuó Maris al ver el gesto de Valda—, dijo: «Bendita sea la diosa». Y me pregunté de qué diosa hablaba. Entonces recordé que sostenía algo parecido a una manzana dorada durante la celebración de tu cumpleaños.

Valda se apartó. Un ceño interrogante oscureció sus facciones.

«Diosa Eris, acepta mi sacrificio».

Valda tragó con fuerza al sentir aquellas palabras resonando como un recuerdo borroso y nebuloso. Se alejó un poco de Maris, lo cual hizo que ella se preguntara si algo iba mal.

—¿Valda?

—Eris. Él adora a Eris.

Los ojos de Maris se abrieron de par en par.

—De todos los dioses que podía escoger, ese cabrón eligió a…