La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 23. Capítulo 23 #5
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23. Capítulo 23 #5

Valda la observaba trabajar. Quién diría que algo tan simple como un paño recorriendo su piel sucia le daría tanta paz.

—Me estás observando mucho —dijo Maris, concentrada en su tarea.

—No puedes culparme por hacer lo que llevo deseando desde el momento en que escuché tu voz —susurró Valda, inclinando la cabeza para dejar al descubierto su cuello.

—Sigue siendo de mala educación.

—¿Me está prohibido mirar a mi pareja?

Un escalofrío recorrió la espalda de Valda cuando Maris conectó sus ojos con los suyos. La intensidad de esa mirada jugaba con su control.

No quería ser imprudente, pero Maris la llamaba y estaba más que dispuesta a responder.

Se incorporó y deslizó las manos hasta la cintura de Maris.

Su piel se amoldó bajo su firme agarre. Maris soltó un pequeño suspiro; sus labios se entreabrieron y Valda sintió cuánto la necesitaba, aunque intentara mantener su autocontrol.

—¿Sabes qué? —susurró Valda, su aliento cálido rozando la oreja de Maris.

—¿Qué?

—Encuentro tan rico cómo se ve tu piel debajo de mis manos.

Maris dejó escapar un gemido suave, y eso encendió algo dentro de Valda. Su mano bajó para tomarla por las nalgas, sus ojos recorriendo la curva de su cuerpo bajo el agua turbia.

—¿Quieres que me encargue de tu ansiedad, Caracol? —preguntó, sabiendo que la respuesta sería un sí, pero adoraba oírla pidiendo, escuchar cómo su voz se quebraba al exigirle.

Maris abrió la boca para responder, pero un golpe fuerte y molesto resonó en la puerta de la habitación.

—¿Tú me estás jodiendo? —rugió Valda, soltando el cuerpo de su amante y golpeando el borde de la tina con la palma.

Con un gruñido furioso, se levantó, el agua resbalando por su piel limpia.

—Quien sea va a escucharme. Estoy harta de las faltas de respeto en este lugar.

Salió del baño ignorando los llamados de Maris pidiéndole que se pusiera algo. No la escuchó. Cerró la puerta del baño y abrió de golpe la que separaba el dormitorio del resto de la cabaña.

Valda nunca se había avergonzado de su cuerpo. Al contrario, estaba orgullosa de su piel marcada y llena de cicatrices. Eran trofeos. ¿Por qué ocultarlos?

Eyphah estaba del otro lado, boquiabierta. Sus ojos recorrieron el rostro de Valda, bajaron por su pecho y su monte, y volvieron a subir. Tragó saliva y dio un paso atrás; un rubor rosado teñía sus mejillas.

El labio superior de Valda tembló al mirar a la mujer frente a ella.

—Eyphah Hurley.

Su voz retumbó. La reconocía. Era una mujer atractiva, inconfundiblemente mareña con su cabello azul y el corte bajo.

No tan bella como Maris. No tan alta como ella.

La observó de arriba abajo y decidió que, si llegaba a haber una pelea, ganaría sin esfuerzo.

Bufó y se giró para tomar su bolso, sacando una blusa de seda de mangas largas y unos pantalones.

—¿Dónde está Maris?

Valda soltó un gruñido de advertencia mientras se vestía frente a ella.

—¿Qué necesitas?

—Necesito hablar con mi reina.

—¿La misma a la que llamaste puta?

Metió los brazos en la blusa y se la acomodó. Cuando volvió a mirarla, notó el rubor de vergüenza en el rostro de Eyphah.

—Estaba descansando. Igual que yo.

Terminó de vestirse y caminó hasta quedar frente a ella, sus brazos musculosos relajados a los lados.

—Puedes ver… —dijo Eyphah, casi como una pregunta.

Valda asintió, ladeando la cabeza mientras se inclinaba un poco más hacia ella.

—Me han concedido el milagro de la vista. Me encantaría explicarlo, pero es demasiado largo y quiero que te vayas de aquí bien rápido. Además, hay algo mucho más importante que debes saber.

Esperó a que la mirada de Eyphah volviera a la suya antes de continuar.

—Maris, la misma a la que llamaste puta… tu reina… es mi pareja.

Los labios de Eyphah temblaron, y Valda alcanzó a ver el fuego encenderse en sus ojos antes de añadir:

—Si vuelves a insultar a tu reina, a mi reina, no seré tan indulgente como ella.

No me limitaré a darte una galleta como hizo ella, Hurley.

—Se inclinó más, su voz baja y peligrosa—.

Te arrancaré la columna del cuerpo y la pondré en la plaza para que todos vean lo que pasa cuando le faltas el respeto a mi pareja.

Eyphah apretó la mandíbula, sus ojos cayendo al suelo de madera.

—¿Entendido? —preguntó Valda.

Tras unos segundos en silencio, Eyphah asintió.

De repente, la puerta del baño se abrió de golpe, y una Maris empapada y despeinada salió, cubierta apenas por una toalla grande que le tapaba desde el pecho hasta medio muslo.

—¿Cómo te atreves a encerrarme ahí? —gruñó, su enojo dirigido a Valda, sin notar aún que Eyphah estaba en la habitación.

Cuando Valda se hizo a un lado y vio a la otra mareña, el rostro de Maris perdió el color.

—¡Eyphah!

—Perdona la intrusión —dijo Eyphah, su mirada saltando de Valda a Maris.

—Recuérdame matar a nuestros guardias cuando regresemos —murmuró Valda antes de que Maris le diera un manotazo en el brazo.

—¿Qué? Es obvio que no sirven para nada.

Eyphah se aclaró la garganta.

—Maris, estaba preocupada de que hubieras olvidado que debías hablar con tu gente.

—Es temprano —replicó Valda.

—Dijo que nos hablaría al amanecer —respondió Eyphah con brusquedad.

—A veces pasan cosas…

Maris se colocó entre ambas, su mano cayendo distraídamente sobre el estómago de Valda.

Valda dio un pequeño brinco por el contacto repentino, pero no se apartó.

Estaba cansada de esconderse, cansada de fingir que su relación con Maris era simplemente ser amantes.

Además, sabía perfectamente cuáles eran las intenciones de Eyphah con Maris, y no iba a permitirlo.

Notó que Eyphah estaba mirando la mano de Maris. Bien.

Que quedara claro que la futura reina del Reino del Mar le pertenecía y que haría lo que fuera para mantenerlo así.

—¿Es cierto? —preguntó Eyphah—. ¿Son pareja?

Valda sintió una breve tensión, una punzada de ansiedad. Maris no la negaría, ¿verdad? Conteniendo el aliento, observó cómo su amada asentía, segura, agradecida… y no pudo evitar sonreír con orgullo.

—¿Estás segura?

—Si sigues cuestionando nuestra unión, lo tomaré como una falta de respeto. Y ya te dije lo que haré si le faltas el respeto.

—Su Alteza —advirtió Maris, con un tono que reflejaba el disgusto en sus ojos entrecerrados—, no habrá sangre hoy.

—Eso depende de Hurley —respondió Valda, mientras Maris presionaba un poco más su estómago.

Valda sabía que no era la más flexible. Estaba tensa ante la presencia de Eyphah.

Si Maris tenía un tipo, Eyphah encajaba en él y no iba a correr riesgos.

Enderezó la espalda y los hombros, apoyando su mano grande en la parte baja de la espalda de Maris mientras sus ojos se clavaban en la mirada furiosa y desconfiada de Eyphah.

Ignorando a Valda, Eyphah centró toda su atención en Maris.

—Te están esperando. Ya comenzaron a reunirse en la plaza y quieren hablar contigo. Mi gente, tu gente, están asustados, emocionados y esperanzados, y no sé qué decirles más que esperen. Me enviaron a buscarte, por eso estoy aquí. No quise interrumpir ni incomodarte, Su Alteza.

Maris negó con la cabeza.

—Llámame por mi nombre. Sigo siendo Maris.

—No, yo… —empezó Valda, irritada.

—Valda, esa es mi decisión —la interrumpió Maris, alzando su mano.

Valda tragó saliva, pero al final asintió.

—Está bien.

Eyphah se mordió el labio inferior, probablemente para ocultar su incomodidad ante la escena, y salió cuando Maris le dijo que esperara afuera. Valda cerró la puerta detrás de ella mientras Maris recogía su ropa para vestirse.

Hoy iba a ser un día largo.

***

Valda observó con asombro mientras Maris hablaba con su gente.

Las miradas de todos cayeron sobre Maris en el momento en que salió de la Casa de Arago. Ya la estaban esperando, con una mezcla de inquietud y orgullo en sus rostros, y aunque Valda podía sentir el miedo de Maris a ser expuesta, no podía sentirse más orgullosa de la forma en que se mantuvo firme.

Maris no se guardó nada. Explicó cómo había sido adoptada, cómo la habían criado, el miedo de sus padres a que les arrebataran a su hija, cómo era diferente y capaz de manipular el agua, pero también cómo había ignorado ese don pensando que no era la verdadera princesa.

Maris contó cómo llegó a trabajar en el castillo de Oberón y se convirtió en la doncella de Valda, cómo conoció a Isen Hurley y cómo sintió ese impulso abrumador de mantener a todos a salvo y hacer lo mejor para ellos.

Mientras hablaba, Valda vio los ojos de los mareños llenarse de lágrimas de felicidad, mientras Eyphah se removía incómoda al escuchar el nombre de su hermano, frotándose el tatuaje.

Finalmente, Maris habló de sus miedos, de cómo no sabía nada sobre liderar o gobernar, de cómo era igual que ellos, de cómo temía hacer algo que los lastimara y que entonces la vieran indigna .

Hubo unos segundos de silencio hasta que Eyphah dijo:

—No esperamos que dirijas esto como si ya supieras cómo hacerlo. Creo que hablo por todos cuando digo que solo… —tragó saliva—, nos alegra no estar solos.

—Nunca estarán solos —respondió Maris, girándose por un segundo para encontrarse con la mirada de Valda—. Ahora tenemos que unirnos si queremos reconstruir.

—Nos gustaría reconstruir el Reino del Mar —dijo un hombre, su mano entrelazada con la de quien parecía ser su esposo—. Podemos ayudar. —Con la mano libre señaló el asentamiento—. Podemos reconstruir cualquier cosa.

—No tengo dudas de que podemos, pero creo que lo mejor sería reagruparnos y hacer un plan sólido. Me gustaría volver, ver qué se puede rescatar. No quiero lanzarme de lleno y ponerlos en peligro.

—Hay toda una generación de mareños que crecieron aquí y nunca han visto nuestro reino en todo su esplendor.

Y, con todo respeto hacia la reina Valda, este no es nuestro hogar.

No se parece en nada. Queremos volver —dijo una mujer de mediana edad, con un niño pequeño de cabello azul salvaje en brazos, igual al de Maris—.

Ellos deberían conocer su hogar y vivir allí, como nosotros lo hicimos.