La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 22. Capítulo 22 #4
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22. Capítulo 22 #4

—Dioses… —un gemido roto salió del pecho de la mareña—. Valda, por favor, por favor, hazme ve nirme.

El último hilo de control se rompió dentro de Valda en un jadeo audible.

Se inclinó hacia atrás, presionando sus manos sobre el vientre de Maris de forma dominante, obligándola a quedarse quieta mientras el vaivén de sus caderas se volvía casi errático.

Su mano izquierda subió desde su estómago, pasando por el dulce valle de sus pechos hasta su garganta esbelta y sudorosa, hasta que sus dedos se posaron sobre la boca de Maris.

Gritando, Maris se aferró a sus muslos gruesos, arañándolos, mientras el pulgar de Valda rozaba su labio inferior. La lengua de Maris salió, lamiendo su caricia. Besó la yema áspera antes de llevarse el dedo a la boca y succionarlo con fervor.

El ritmo de Valda vaciló. Se inclinó sobre ella y la mano que la mantenía firme por el vientre subió para tomarle el cuello, apretándolo lo suficiente como para que jadeara y soltara su pulgar.

—Maris —gruñó Valda a modo de advertencia, volviendo a un movimiento constante mientras las llevaba a ambas hacia ese punto máximo.

Maris sonrió contra su pulgar y soltó una risa baja entre gemidos suaves cuando Valda volvió a retumbar.

—Me vengo —gimió Maris, aferrándose a sus anchos hombros mientras sus caderas se encontraban.

Valda asintió, incapaz de formar una frase coherente mientras su boca se mantenía cerca de la de ella. Se tragó sus propios gemidos, el calor de su aliento bañando los labios entreabiertos de Maris. Un grito roto llenó el aire frío de la habitación oscura.

Con una embestida brusca, Maris echó la cabeza hacia atrás y se estremeció de placer. Valda sonrió, sus labios rozando su pulso.

—Eso es, Caracol. Vente conmigo.

—No pares, por favor. —El agarre de Maris en su muslo era casi doloroso.

—Nunca. —Inclinándose, Valda la envolvió en sus brazos y pegó aún más sus cuerpos.

Las manos de su amante volaron a su espalda, arañando la piel salpicada de pecas y dejando una hilera de marcas rojas.

Un calor distintivo se asentó en su frente y empezó a deslizarse por su rostro, hombros y pechos.

Valda se recompuso entre respiraciones suaves mientras las manos de Maris pasaban de su espalda a su mandíbula.

—Tu frente…

—Lo sé —jadeó Valda.

—La mía también —susurró Maris.

—Perfecto —respondió Valda, una sonrisa traviesa extendiéndose por su rostro sudoroso .

Maris cubrió los labios de la reina con un beso satisfecho y apasionado que terminó con ambas apoyando sus frentes brillantes la una contra la otra. Ardía un poco, nada doloroso, pero al tocarse, una sensación de plenitud se extendió en lo más profundo de sus almas.

El calor terminó por asentarse y luego desvanecerse por sus extremidades hasta las puntas de los dedos. Suspirando con satisfacción y con una sonrisa boba, Valda se acomodó en la cama hasta quedar resguardada suavemente en el abrazo amoroso de Maris.

Maris pasó la mano por el cabello húmedo de Valda, besó su frente y la atrajo aún más hacia sí.

—¿Estás cómoda? —preguntó, esa misma mano ahora acariciando su mandíbula.

—Sí. ¿Y tú? ¿No soy demasiado pesada?

Maris soltó una risa alegre en respuesta.

—No lo eres. Estamos bien, muy bien.

Valda asintió, su brazo encontrando una curva muy cómoda en la cintura de Maris. Movió el rostro para obtener un beso que Maris le dio sin perder un segundo.

—¿Segura?

—Sí —respondió Valda, feliz y aturdida, tan llena de amor que sentía que el pecho le iba a estallar—. Solo pensaba…

—¿En qué? —preguntó Maris, su mano ahora dibujando círculos en los hoyuelos de la espalda baja de Valda.

—En que renunciaría a mis deberes como reina solo por quedarme en tus brazos así.

Valda cerró su mano sobre la mandíbula de Maris y la atrajo para darle otro beso, esta vez posesivo y ansioso.

—No tenemos nada planeado ahora, ¿verdad? —preguntó Maris contra sus labios.

—Ay, Caracol, después de esta noche, estoy bastante segura de que Eyphah y el resto del asentamiento querrán tener una charla con su gobernante…

Maris se tensó y Valda intentó con todas sus fuerzas calmar su ansiedad.

—Fuera de eso, nuestra agenda está bastante libre —dijo, dedicándole una sonrisa apenada.

Maris se apartó y soltó un suspiro molesto.

—Maris…

—Valda —la interrumpió—. Tengo miedo. Toda mi vida he vivido escondida en las sombras. No sabía quién era, qué era y, de repente, los problemas de todo un reino han caído sobre mis hombros.

—Tienes todo el derecho de estar aterrada .

—¡Pero no debería! ¡No debería! Yo debería…

—Maris —la detuvo Valda, dejando una mano sobre su hombro—.

Yo estaba petrificada cuando murió mi mamá, estaba petrificada cuando me coroné, estaba petrificada cuando me enfrenté a mi pueblo…

—Tragó con dificultad, no acostumbrada a hablar de lo incapaz que se había sentido como gobernante, de cómo aún sentía que no les daba lo que merecían—.

Estoy petrificada sabiendo que tendré que tomar decisiones que los afectarán a todos. Es normal tener miedo.

Maris gimió suavemente.

—Tienes razón… Mañana los enfrentaré, aceptaré esta nueva realidad e intentaré hacer lo mejor posible para todos. —Se encogió de hombros—. No me queda otra que ir día a día.

—Es cierto, pero tienes que recordar una cosa.

—¿Qué cosa?