La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 22. Capítulo 22 #3
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22. Capítulo 22 #3

—Te amo —susurró Maris. Un calor liberador se expandió por su pecho, hasta la punta de sus dedos y de sus pies—. Te amo y quería decírtelo hace dos noches, pero sentí que no me correspondía hacerlo.

Aún sentía que no le correspondía. ¡Era el secreto de la reina celestina! Nadie sabía de su relación a puertas cerradas excepto Melvian y ahora Eyphah.

El rostro de Valda se iluminó con una maravilla tan pura que parecía quitarle años de encima. Parecía una niña joven e inocente, escuchando lo único que había querido oír toda su vida.

—¿Me amas?

Maris asintió, tomó la mano de Valda y la presionó contra su pecho, sobre su corazón. Quería que Valda fuera su pareja. Sabía que no había forma de saber si eran almas gemelas, pero por ahora, saber que sus corazones se pertenecían era suficiente .

—Sí, te amo. Y sé que no me correspondía decirlo y que no quería una pareja, pero por los dioses, Valda… —Sus manos apretaron más fuerte la de ella, como si se estuviera anclando.

—Me amas… —suspiró Valda, rodeándola con fuerza. Ya no era una pregunta. Era una afirmación y sonaba hermosa para los oídos de ambas.

Maris sonrió, sin soltar su mano. Quería gritarlo a los cuatro vientos, quería que todo el mundo lo supiera, pero en cuanto abrió la boca, los labios cálidos de Valda cubrieron los suyos, robándole las palabras con cada caricia, con cada roce de su lengua.

Valda la consumía. La quemaba con una pasión que nunca había sentido por nadie más.

—Llévame al dormitorio.

Maris se quedó fija en los labios rosados de Valda al escuchar la orden. Por más que quisiera ignorarla, dejarse llevar y permitir que la tomara allí mismo, decidió que lo mejor era obedecer.

—Ven.

Maris tomó la muñeca de Valda y la guió hacia el cuarto. La necesidad de la reina la empujaba casi a la desesperación, haciéndole perder un par de pasos y casi tropezar en el camino. Maris la sostuvo, riendo suavemente ante su torpeza, a pesar de los gruñidos de advertencia de Valda.

Abrió la puerta con prisa y la hizo entrar. Pero antes de poder cerrarla, las manos de Valda ya estaban en sus muslos y en sus nalgas, empujándola contra la pared.

—Me vuelves completamente loca, Maris.

La forma en que Valda la cargaba, cómo la levantaba con tanta seguridad sin importar su condición, cómo su boca decía las cosas más sucias para encenderla y luego susurraba las confesiones más hermosas y amorosas…

hacía que Maris se derritiera. Solo podía dejarse llevar.

Esta era la Valda que nadie más veía. La Valda que estaba reservada solo para sus ojos.

Y ahora, mientras la reina se quitaba las vendas del pecho, dejando su piel expuesta ante su mirada hambrienta, mientras sus manos ansiosas tiraban de la ropa de Maris con desesperación, Maris solo podía pensar en cuánto la amaba y en cómo tan solo un segundo lejos de ella sería como morir.

Valda era su alma; era el latido de su corazón, el aire con el que llenaba sus pulmones. Era su pareja del corazón y alma. No había duda y no aceptaría a nadie más que a Valda .

Maris se arrodilló sobre la cama y la besó con ardor, su lengua buscando la entrada a su boca. Valda la rodeó con los brazos, apretando sus pechos desnudos unos contra los otros. El calor entre ellas les arrancó suspiros desesperados.

Así, de pronto, Maris quedó rodeada por todo lo que era Valda: su aroma, su sabor…

La reina le apretó las nalgas, acercándola más.

Maris se apartó y besó su cuello camino abajo hasta llegar a uno de sus pezones tensos.

Lo atrapó con los labios, succionándolo suavemente mientras su mano jugaba con el otro.

Quería hacerla rogar, pero luego Valda gimió, con la mano en la nuca de Maris guiando su boca hacia el otro pecho, y eso la volvió loca.

Maris juntó los muslos, ya mojada. Sus ojos azules se alzaron hacia los blancos de Valda antes de bajar la barbilla.

Valda la sujetaba, respirando con fuerza, y Maris quiso descubrir cuánto la necesitaba la reina.

Primero acarició sus caderas, dibujando círculos suaves en su cintura antes de bajar por sus muslos.

Sus dedos delgados dejaron un camino cosquilleante antes de presionar entre sus piernas.

Maris suspiró al sentir humedad allí. Recordó lo deliciosa que había estado en su lengua unas noches atrás y deseó probarla otra vez.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Valda con un gemido ronco.

Maris no respondió. En su lugar, deslizó el dedo lo suficiente para impregnarse de su humedad.

—¿Caracol? —insistió Valda, su respiración pesada llenando el silencio.

Maris sacó el dedo y lo llevó a su boca, saboreándolo con un leve chasquido.

—Deliciosa como siempre, Su Alteza.

Maris jadeó cuando Valda la tomó entre sus fuertes brazos, la sentó sobre su regazo y la atrajo hacia sí.

Sus bocas se abrieron y se bebieron la una a la otra mientras las manos de Maris se aferraban al cabello oscuro que había aprendido a amar.

Pegó su pecho al de Valda, disfrutando la suavidad de esa piel como si fuera suya.

Gimió en su boca cuando la mano de la reina encontró el centro de sus muslos.

Valda comenzó a acariciarla con movimientos expertos y firmes.

Los ojos de Maris se fueron hacia atrás mientras esos dedos largos y gruesos liberaban la tensión en su cuerpo, a la vez que los labios de la reina dejaban escalofríos en su cuello.

Aun así, la mente de Maris no podía dejar de pensar en la sensación de Valda dentro de ella. Esas manos… capaces de darle tanto placer, capaces de tanta sangre. Capaces de tomar su rostro con fuerza, justo como le gustaba, y llevar ese calor líquido hasta su centro.

—Así, Caracol —la voz de Valda la devolvió a la realidad, anclándola—. Deja que todo el asentamiento sepa quién te pertenece.

Maris abrió los ojos y su mirada cayó sobre los ojos blancos de Valda, perdidos en su propia oscuridad. Oh, cómo deseaba que Valda pudiera ver lo fácil que era entregarse, lo fácil que le resultaba dejarse llevar. Maris gimió otra vez, más fuerte, mientras se aferraba a ella.

—Que buena tu eres. Eres mía —murmuró Valda con una sonrisa ladeada.

Esa sonrisa… Maris haría lo que fuera por mantenerla en sus labios.

Pensó en el momento en que Valda había perdido la vista, en lo débil, cansada y triste que estaba, y en cómo no había podido verla sonreír como ahora.

Esa sonrisa calmaba el torbellino de sus preocupaciones, apaciguaba la tormenta de incertidumbres hasta que lo único que quedaba era Valda… y su sonrisa.

—Me encanta sentirte así.

Un gruñido profundo surgió del pecho de Valda.

Su brazo se tensó alrededor de la cintura de Maris y, en lugar de hundir el rostro en sus pechos, inclinó la cabeza y apoyó la oreja sobre su pecho.

Allí, vibrando dentro del seno de su amante, estaba el latido constante de su corazón. Valda se quedó quieta, escuchándolo.

Entonces lo comprendió: estaba sosteniendo a la persona más importante de su vida, y el corazón de Maris latía así por su culpa, por sus labios, por sus dedos… por la forma en que la hacía sentir.

La mano de Maris se deslizó tímidamente hasta su frente, apartándole el cabello, quizá temiendo que algo estuviera mal, pero Valda calmó su preocupación con un beso dulce en el valle entre sus pechos.

No había duda en la mente de Valda de que renunciaría a cualquier cosa por volver a ver a Maris…

Mientras el tiempo parecía detenerse y el mundo a su alrededor se desvanecía en la nada, lo único que existía era Maris: su piel, su aroma, su sabor, su calor, el latido de su corazón y, sobre todo, las caricias amorosas de sus dedos en su cabello.

—Tu corazón late muy rápido, Caracol.

—¿Y el tuyo no?

—Claro que sí, pero estás muy alterada. —Valda levantó el rostro, sus labios trazando un camino que dejaba cosquillas desde el escote de Maris hasta su boca.

Maris la detuvo allí y sus labios se unieron en un beso casto y suave.

Valda fue la primera en apartarse para continuar su recorrido por el cuello, el pecho y de nuevo hasta sus senos.

Los labios de Valda se cerraron sobre los pezones de Maris, atrapando la carne erguida mientras Maris la atraía más hacia sí. Era como si Maris no pudiera saciarse, como si quisiera más, y Valda estaba feliz de darle exactamente lo que necesitaba.

—Quiero que mires a mí en todo momento, Maris —ordenó Valda, su mano frotando con fervor contra su clítoris.

—Sí, Valda —logró responder entre jadeos suaves.

—Quiero que entiendas que nadie volverá a chingarte ni a hacerte sentir como yo.

Un gemido bajo y agudo escapó de Maris. Valda se movió con rapidez y precisión, sacándola de su regazo y levantándola hasta dejarla tendida debajo de ella.

Capturó sus gritos con la boca, silenciándola mientras abría sus piernas y se acomodaba entre ellas.

Un suspiro de placer brotó de su garganta al sentir el calor de Maris contra su centro.

Las manos de Maris se movieron hacia su cintura, guiando el vaivén de sus caderas, pero Valda quería ir despacio, prolongar su placer todo lo posible. Si cediera a las provocaciones de Maris, no pasaría mucho antes de que ambas sucumbieran en brazos de la otra.

—Maris, por favor… —El cuerpo de Valda tembló, sus caderas alejándose solo para ser arrastradas de vuelta por las manos ansiosas de Maris.

—Necesito esto —suplicó Maris, sus uñas cortas clavándose en su piel—. Tú… te necesito, mi amor.

Ante el uso aterciopelado de ese nuevo apodo, su control se resquebrajó.

—¿Mi amor? —preguntó, sus manos apretando la carne suave de la cintura de su amante.

—Sí, mi amor, mi único amor… por favor, Valda —gimió.

Valda gruñó al presionarse con fuerza contra ella. Sentir la humedad de la otra mujer contra la suya hizo añicos lo que quedaba de su autocontrol. Maris la tomó por la nuca, inclinándole la cabeza para poder mirarla.

El aliento de Maris era cálido sobre su boca, su agarre desesperado mientras la atraía de nuevo hacia ella. ¿Cómo podría Valda negarse a Maris, sobre todo cuando le rogaba que la tomara?