La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 21. Capítulo 21 #4
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21. Capítulo 21 #4

Si Valda percibía su tensión, estaba haciendo un trabajo excelente fingiendo que no. Maris no estaba segura de poder ocultar sus nervios. Tiró todo el protocolo por la ventana y buscó la mano de Valda, apretándola sobre su hombro.

Un profundo murmullo salió del pecho de la reina, recorriendo su cuerpo hasta llegar al de Maris.

—Mi oferta sigue en pie —susurró Valda cerca de la curva de su oído—. Podemos volver a la cabaña.

Maris negó con la cabeza, su cabello rozando el rostro de Valda.

—Se me pasará —susurró—. Estaré bien.

—Estoy aquí. Solo dilo y nos vamos.

Un tirón repentino en su túnica hizo que Maris bajara la mirada. Un niño, no mayor de siete años, le sonreía. A su sonrisa le faltaban un par de dientes. Su cabello era desordenado, salvaje, de un azul profundo. Maris le devolvió la sonrisa con torpeza antes de saludarlo con un confundido:

—¿Hola?

—¿Eres nueva?

Valda arqueó una ceja.

—¿Un niño?

Ignorando la pregunta de Valda, Maris se agachó para quedar a la altura del pequeño.

—Hola. ¿Cómo te llamas?

—Coljar. —El niño volvió a sonreír.

—¡Coljar! —exclamó Maris—. ¡Qué bello ese nombre!

—¡Si eres nueva, tienes que acercarte al fuego! —dijo Coljar, tomando la mano de Maris y tirando de ella para alejarla de Valda.

—¡Espera! —Maris se giró justo a tiempo para ver a la reina alzar la mano, buscándola—. ¡Ya vuelvo!

Valda permanecía en su propia oscuridad, rodeada de gente y conversaciones a las que no prestaba atención. El aroma de Maris se desvanecía entre el olor de la comida.

Tenía miedo de moverse siquiera un centímetro, miedo de chocar con algo o con alguien. Llevó la mano hacia su espalda y sacó su bastón blanco. Lo desplegó y, aunque sentía el suelo bajo sus pies, se quedó inmóvil hasta que una mano le apretó el codo. Valda se tensó y dio un tirón, apartándose.

—¿Quién...?

—No te quedes ahí pará’. Ven.

La voz de Eyphah atravesó el bullicio. Con un gruñido fuerte, Valda se soltó de su agarre, tambaleándose al dar un par de pasos inseguros.

—No me pongas las manos encima.

Eyphah suspiró.

—Lo siento. No quería que estuvieras pará’ ahí como una pendeja.

—¿Y a ti qué te importa?

—Me importa porque… —se quedó en silencio, como si su atención estuviera puesta en otra parte. Valda estaba segura de que miraba a Maris—, no quiero que Maris se preocupe por ti. Quiero que se relaje esta noche y disfrute, en vez de estar atendiéndote como un perro.

El agarre de Valda sobre el bastón blanco se volvió más firme.

—Ella me ayuda por voluntad propia.

—Seguro que sí —la respuesta seca de Eyphah le atravesó el pecho—. No tiene na’ que ver con tu título ni con que le des lo que ella pida siempre y cuando te la mame bien.

Valda mostró los dientes.

—Tienes suerte de que estemos en público o ya te habría sacado el aire de los pulmones. Maris no es así.

Eyphah resopló y empujó a Valda a un lado, dejándola sola otra vez.

Cuando Valda estaba a punto de llamar a Maris, sintió un tirón en la pierna izquierda. Frunció el ceño y bajó la barbilla, como si pudiera mirar hacia abajo.

—¡Hola!

Valda inclinó la cabeza al reconocer la voz.

—¿Coljar? —Alzó el rostro, concentrándose en todas las voces a su alrededor—. ¿Dónde está Maris?

—Está con los músicos. ¿Tú eres la reina?

Valda chasqueó la lengua y asintió.

—Oh. No te ves tan poderosa. Te ves perdida. ¿No puedes verme?

Valda negó con la cabeza.

—Estoy ciega.

—¡Ah! —Coljar se quedó en silencio. Su pequeño agarre en la pierna de Valda no se aflojó. Permanecieron ahí, incómodos, absorbiendo el ambiente, hasta que volvió a tirar de su pantalón.

—¿Sí? —preguntó Valda, ligeramente irritada.

—¿Podemos pintarte?

—¿Pintarme?

—¡Sí! O sea, pintarte la cara y los brazos. Tienes buenos brazos.

Valda ladeó la cabeza.

—¿Me van a poner fea?

—¡Nah!

Valda arrugó la nariz y se encogió de hombros.

—Bueno, entonces llévame.

Coljar soltó una risita, tomó el dedo índice de Valda y la jaló. Valda no tuvo más remedio que seguirlo. Intentó ocultar su diversión al escucharlo ordenar a todos que se apartaran, porque la reina, su campeona, necesitaba espacio.

Valda sonrió, tranquila, mientras el pequeño la guiaba de un lado a otro hasta que, sin más, le ordenó que se sentara.

Cerrando los ojos, Valda movió la mano libre para encontrar el asiento. Se sentó despacio, suponiendo que estaba cerca del fogón. Aún oía el alboroto a su alrededor, pero se tensó cuando un par de manos pequeñas y nuevas cayeron sobre su hombro.

—¡Coljar! ¡Es perfecta!

Valda alzó una ceja y giró el rostro, reconociendo otra presencia detrás de ella.

—¡Es la reina! —dijo Coljar, soltando su dedo y tirando de su camisa—. Oye, señorita…

—Valda —lo corrigió.

—¡Valda! —continuó Coljar—. ¿Mi prima y hermanita pueden ayudarme?

«¿Eah? ¿Cuántos son?».

Valda abrió la boca para hablar, pero de pronto sintió un toque frío y húmedo en el centro de la palma izquierda.

—¿Qué es eso?

—¡Lia! No puedes empezar así de la nada. ¡Tenemos que pensar un diseño! —La molestia de Coljar era evidente, y Valda no pudo evitar reír.

—¿Cuántos son ustedes?

Coljar gruñó mientras se acomodaba para sentarse junto a ella.

—Lia es mi hermanita. Es bien fastidiosa y casi no habla.

—¡Sí hablo! —Valda supuso que era Lia. Sonaba mucho más pequeña que Coljar—. Solo que… —resopló, molesta—, ¡tú hablas demasiado! ¡Yo quiero pintar!

—Lia tiene razón, Coljar. Tú hablas demasiado —dijo otra niña detrás de Valda mientras volvía a tocarle los hombros—. Soy Kimmi, Su Alteza. Soy su prima.

Valda asintió y sintió otro punto húmedo siendo pintado en su mano, esta vez en la muñeca.

—¿Ustedes son profesionales? —preguntó en tono juguetón.

—Eh… —Kimmi se encogió de hombros—. Podría decir que sí. Llevo tres años haciendo esto. Coljar y Lia quieren imitarme.

—¿Cuántos años tienes, Kimmi?

—Doce. Coljar tiene siete y Lia seis —dijo la niña antes de resoplar—. ¿No te molesta que te pintemos?

Valda soltó una risa.

—Hagan lo que quieran. No voy a poder verlo.

—¡Los demás sí!

—Si no les gusta, que cierren los ojos —dijo Valda, chasqueando la lengua y encogiéndose de hombros.

—¡Muy bien! — celebró Coljar, mientras Lia pintaba un tercer punto en su dedo medio.

—Su Alteza, ¿tienes algo puesto debajo de la camisa?

—Claro.

—Creo que te verás brutal con diseños en los hombros y los brazos —dijo Kimmi, dándole unas palmaditas en el antebrazo.

—¡Y en la cara! —añadió Coljar.

—Y en las manos —dijo Lia, poniendo un cuarto punto en su dedo.

Valda soltó una risita.

—Está bien. Úsenme de lienzo. No me molesta.

Kimmi soltó un chillido emocionado y se apartó lo suficiente para darle espacio.

Valda desabotonó su blusa y la deslizó por los hombros y los brazos, quedándose solo con las vendas del pecho.

Los pinceles de Coljar y Kimmi repiqueteaban en sus manos mientras los traían corriendo, y Lia la jaló hacia el suelo para que pudieran alcanzar mejor su alta figura.

En cuestión de segundos, Valda luchaba por mantenerse quieta y no reírse al sentir las suaves pinceladas sobre su piel. Arrugó la nariz y sus hombros temblaban bajo el cosquilleo de los pinceles, mientras el sonido de las carcajadas felices de los niños llenaba el aire a su alrededor.

La atención de Maris pasó del violín que sostenía a la deliciosa risa de Valda.

La había escuchado reír antes, pero nunca con la intensidad de ahora.

Un calor le llenó el pecho y el estómago al ver a la todopoderosa, gruñona y temible reina sentada en el suelo, rodeada de niños, mientras le pintaban los brazos y la cara con colores brillantes.

Absolutamente aterradora, pensó Maris antes de devolver el violín.

Mientras los músicos le hablaban de las distintas canciones que iban a tocar, los ojos de Maris volvieron a desviarse hacia Valda.

Estaba sentada con las piernas cruzadas debajo de ella, los brazos desnudos apoyados sobre los muslos, mientras Coljar y otros dos niños deslizaban sus pinceles por sus brazos musculosos y sus anchos hombros.

La niña más alta se concentraba en los pequeños puntos amarillos que pintaba sobre el rostro de Valda y la reina arrugaba la nariz como si intentara contener la risa.

Maris soltó un suspiro satisfecho, pero su momento de admiración se vio interrumpido cuando una voz femenina profunda llenó el aire húmedo de la noche.

Sorprendida por lo armónica y melodiosa que sonaba, Maris giró la cabeza y encontró a Eyphah cerca del gran fuego, con los ojos cerrados y la boca abierta mientras cantaba.

Como si fuera una señal, los músicos tomaron sus lugares y acompañaron la hermosa voz de Eyphah con sus instrumentos.

El retumbar de los tambores resonó por todo el asentamiento y se elevó hacia el cielo nocturno, acompañado por la dulce melodía de los violines.

Maris sintió cómo el ritmo la arrastraba, igual que a las personas a su alrededor.

Los niños y las parejas jóvenes comenzaron a aplaudir, uniéndose a la celebración.

Todos se levantaron de los troncos para bailar alrededor del fuego, girando una y otra vez.

La música era tan distinta a la que se tocaba en los festivales patronales celestinos; tan profundamente mareña.

Con un estremecimiento en el pecho y la piel erizada, no pudo evitar cerrar los ojos y dejarse llevar por la rica canción que narraba la historia de un marinero y sus tesoros más preciados.

Maris se sintió arrastrada y mecida por los sonidos del mar embravecido dentro de ella.

Su corazón latía al ritmo de los tambores, y sus manos comenzaron a moverse en una danza lenta de olas y vientos furiosos.

Con un suspiro satisfecho, se levantó de su asiento y observó cómo el círculo de su gente —su gente— reía y bailaba alrededor del fuego. Y así, sin pensarlo, saltó al centro, tomó la mano de un joven y se dejó arrastrar por las risas y las palabras alegres de la canción.