La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 21. Capítulo 21 #3
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21. Capítulo 21 #3

—Desde que perdí la vista, he tenido que lidiar con el hecho de que me estoy perdiendo cosas.

Maris abrió la boca para protestar, para decirle que no se perdía nada, que no había nada de qué sentirse celosa. Pero en cambio la dejó hablar.

—Extraño ver el amanecer y el atardecer en mi reino.

Extraño ver los rostros de mi gente trabajando en la Plaza Ofelia.

Extraño cómo se veía la ciudad cuando me paraba en el balcón.

Había algo mágico en todas esas luces parpadeantes desapareciendo en la noche mientras la gente se acomodaba para dormir.

—Valda se rascó el cuello con torpeza—. Pero hoy, mientras hablaba con Eyphah, empezó a decir algunas cosas que… debo admitir, me molestaron.

—¿Como qué?

El rostro de Valda se contrajo de dolor. Se cubrió los ojos con la mano izquierda, frotándose las cejas con frustración.

—Cuando fuiste a hablar con los músicos, dijo algo sobre ti. No dejé que entrara en detalles, pero…

—¿Y eso te molestó?

—¡Pues claro que me molestó! ¡Imagínate a esa pendeja de mierda teniendo el privilegio de mirarte! Desearía poder arrancarle los ojos de las cuencas.

—¡Valda!

—Es que… —suspiró y se dejó caer contra el respaldo del sofá—. Puñeta, Ma ris, no es justo.

Maris mordisqueó su labio inferior, luego se dio unas palmadas en las rodillas antes de levantarse.

La madera crujió bajo sus pies mientras caminaba hacia ella.

Apartó las manos de Valda de su regazo y se acomodó lentamente sobre él.

Rodeó el torso de la reina con los brazos y apoyó la cabeza en su amplio hombro.

—Lo siento.

Valda suspiró bajo su calor y su peso reconfortante. La abrazó con más fuerza y presionó la nariz contra su sien, inhalando profundamente.

—Ya que.

—No deberías estar celosa —susurró Maris, moviendo una mano para tomar la gruesa muñeca de Valda—. ¿Quieres saber por qué?

Valda gruñó suavemente y la apretó más contra su cuerpo.

—¿Por qué?

—Eyphah puede mirar todo lo que quiera, pero tú… —tomó la mano de Valda y la colocó sobre su pecho izquierdo—, tú, puedes tocar.

Con una sonrisa ladina, Maris apretó la mano de Valda contra su pecho.

El cuerpo de Valda se tensó y su respiración se entrecortó mientras su mano áspera se aferraba con más fuerza.

—¿Puedo?

Maris asintió.

—Tocar… —Volvió a presionar su mano antes de unir sus labios en un beso casto—. Besar…

—Lamer, chupar, morder —añadió Valda, atrayéndola para frotar su cadera contra su regazo.

Maris rió contra sus labios mientras un calor le recorría el cuerpo, asentándose en su bajo vientre. Podía sentir el latido de su propio corazón en la cabeza y entre sus muslos.

—Sí, puedes hacer todo eso.

—¿Y chingar?

—Obvio —suspiró Maris, dejando escapar un gemido suave cuando la mano de Valda bajó para tocarle las nalgas.

Valda la atrajo para darle otro beso, abriendo las piernas para que Maris quedara acomodada entre sus muslos, con las piernas rodeándole la cintura.

—Hablando de chingar… —Valda se mordió el la bio inferior antes de sonreír—. Traje algo del castillo que creo que te va a gustar.

Maris arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

Valda asintió, sus manos pasando de apretar las nalgas de Maris a deslizarse lentamente por su espalda.

—¡Ah! —La comprensión la golpeó, junto con una oleada de emoción—. Espera. ¿Cómo?

—Estabas descansando antes de que saliéramos de viaje. Logré agarrarlo y meterlo dentro de mi bulto.

—¿Meterlo dentro dices…?

La sonrisa de Valda se ensanchó.

—Así es. Sería una pena no darle buen uso, ¿no crees?

Con una leve inclinación de cabeza, Valda se levantó del sofá mientras Maris le rodeaba la cintura con las piernas.

—Vamos a darle buen uso, Caracol.

***

Cuando el sol se escondió bajo el horizonte, las luces titilantes de las antorchas llenaron la plaza del asentamiento.

La plaza no se comparaba en nada con la Plaza Ofelia ni con el patio dentro del Castillo de Oberón.

Era pequeña y contenida, rústica, porque el suelo no estaba empedrado con piedritas como en Ofelia.

Los preparativos del día anterior habían terminado con grandes troncos colocados alrededor de una enorme fogata encendida.

A medida que pasaban los minutos, los niños y sus padres comenzaron a reunirse, ocupando el espacio alrededor de los troncos y las antorchas.

El día anterior, cuando Eyphah les había mostrado las lagunas, les había explicado lo que necesitaba para mantenerlas en condiciones óptimas.

Luego compartieron una comida y, después de eso, Valda y Maris quedaron libres para disfrutar el resto del día como quisieran.

Fueron a las lagunas como se les había sugerido y, tras contarle a Valda cómo el agua brillaba al tocarla y qué creía que hacía falta para mejorar, pasaron la mayor parte del tiempo hablando de los planes para traer la ayuda que Nueva Agenor necesitaba.

Maris no podía estar más feliz con todas las promesas que Valda había hecho, empezando por bajar los impuestos.

Parecía que las cosas finalmente iban a mejorar para su gente.

Ahora se estaban preparando para asistir a la Noche de la Ninfa. Según Eyphah, la celebración no se comparaba con las enormes festividades que hacían en su reino natal, pero era algo, y Maris no se la perdería por nada del mundo.

Maris miraba por la ventana con una fascinación casi infantil mientras los músicos se acomodaban alrededor del fuego. El olor de la comida deliciosa que llevaban y colocaban por toda la plaza le llegaba a través del cristal. Cruzó los brazos bajo el pecho con ansiedad mientras seguía observando.

Había tanta gente y, según Eyphah, todos estarían presentes en la Noche de la Ninfa. Maris inhaló profundamente y se mordió el labio inferior al pensarlo. Odiaba las multitudes y estar rodeada de tantas personas, pero al mismo tiempo eran su gente. Bajó la mirada al suelo, avergonzada.

—¿Estás nerviosa?

Maris dio un brinco cuando la voz profunda de Valda llenó el aire espeso de la habitación.

Se giró hacia el baño y la vio salir, pasándose los dedos por el cabello húmedo.

La reina llevaba una blusa sencilla, pantalones oscuros y sus botas de combate.

Las mangas estaban arremangadas de forma descuidada hasta los codos.

La tela blanca se pegaba a las partes de su piel mojada.

—Sí. Hay mucha gente allá afuera.

Valda asintió y se sentó en el borde de la cama.

—Si no quieres ir…

—Sí quiero. —Maris ni siquiera la dejó terminar—. Quiero. Siento que tengo que hacerlo.

—Maris, no estás obligada a hacer esto.

—Sí lo estoy… —susurró Maris, mordiéndose la uña del pulgar—. Algo allá afuera me está llamando. No puedo darle la espalda, no puedo simplemente decir que no.

Valda apretó los labios antes de encogerse de hombros.

—Lo entiendo —dijo con una pequeña sonrisa.

Maris se volvió hacia ella, tratando de ignorar lo hermosa que se veía con el cabello húmedo y esa sonrisa tranquila.

—¿De verdad?

Valda asintió .

—Cuando tuve edad para ir, siempre sentía la obligación de asistir a las fiestas patronales afuera de Oberón.

—Estoy casi segura de que bailamos en una de esas fiestas.

Valda soltó una risa suave.

—Probablemente. Bailaba con quien me jalara.

Disfrutaba las fiestas; me encantaba estar entre mi gente y bailar con ellos.

Pero con el tiempo empezó a sentirse más como una tarea que como una oportunidad de estar con ellos.

—Sus hombros cayeron un poco—. Por eso te digo que, si no quieres ir, no vayas.

Maris cerró los ojos con fuerza y soltó el aire que había estado conteniendo. Sus pasos resonaron, las tablas del suelo crujiendo bajo sus pies. Se paró frente a Valda y sostuvo su mandíbula con suavidad, guiando su rostro hasta que sus miradas quedaron más o menos alineadas.

—Iré si vienes conmigo.

Valda amplió su sonrisa. Sus ojos se cerraron mientras disfrutaba la suavidad de las manos de Maris.

—Adonde tú vayas, yo voy.

Los labios de Maris se curvaron en una sonrisa suave.

—¿De verdad?

—Lo prometo.

Las manos de Valda se posaron en su cintura y la atrajeron hacia ella mientras inclinaba la cabeza, pidiéndole un beso en silencio.

Maris no podía negarle nada. Enredó los dedos en su corto cabello y presionó sus labios contra los de Valda en un beso lento, pero cargado de pasión.

***

Cuando Maris bajó las escaleras, Valda la esperaba pacientemente en la sala de la cabaña. Estaba sentada junto al pequeño fuego, con los codos apoyados sobre las rodillas. La reina giró automáticamente en cuanto escuchó el crujido de la madera bajo el peso de Maris.

—¿Lista? —preguntó Maris, deslizando su mano para tomar la de Valda.

—Si tú lo estás —respondió Valda, apretándole los dedos con firmeza antes de dejar que Maris colocara su mano sobre su hombro.

Maris vestía una túnica mareña azul oscuro sin mangas, con un fajín negro atado a su cintura y un corte profundo que descendía por su escote, acentuando el volumen de su pecho.

Unos pantalones blancos ajustados cubrían sus largas piernas hasta las rodillas, mientras unas botas hasta la pantorrilla protegían sus pies.

Se sentía extraña. Nunca en su vida había usado ropa completamente mareña, y la vestimenta celestina era mucho más ligera.

Tomando una profunda bocanada de aire, Maris enderezó los hombros y asumió su papel como representante de Nueva Agenor y ayudante de la reina. Abrió la puerta y salió de la Casa de Arago.

La plaza estaba llena de vida. Risas y conversaciones llenaban la noche fría con el calor de la familia y los amigos.

Los niños corrían entre las cabañas, reuniéndose en la plaza para luego salir disparados otra vez.

Los músicos afinaban sus instrumentos, y el murmullo crecía a medida que más personas se acercaban.

El cuerpo de Maris se fue tensando a medida que se aproximaban al fogón. Vio rostros que conocía de la comida que habían compartido a su llegada, pero también caras nuevas dejando de hablar para mirarla, como si intentaran recordarla de algún otro lugar.