20. Capítulo 20 #2
Maris asintió y bajó la mirada hacia la hierba suave bajo sus pies para ocultar esa lágrima traicionera que siempre aparecía cuando hablaba de su madre.
Cuando el peso en su pecho disminuyó, alzó la vista hacia los ojos cobalto de Eyphah.
La ternura que irradiaban fue suficiente para hacerla llorar.
—Yo también lo siento. Las dos hemos perdido gente que amamos; estoy segura de que te da mucho miedo perder a alguien más.
—Se encogió de hombros—. Lo entiendo. Ahora tenemos que concentrarnos y ver que nos tenemos la una a la otra y, por los dioses, Eyphah —inhaló hondo y soltó el aire, expulsando su ansiedad—, si podemos ayudarnos, ¿por qué no hacerlo?
Maris se acercó peligrosamente, su mano cerrándose sobre el antebrazo de Eyphah, anclándolas a ambas. Necesitaba saber si estaba logrando llegar a ella. Pero mientras buscaba en su rostro alguna señal, los ojos oscuros de la mujer se fijaron en sus lágrimas… y luego en sus labios.
Maris se movió incómoda, dando un paso atrás y soltándola.
Eyphah inhaló hondo y alzó la mirada hacia sus ojos.
—Perdóname. —Pasó la lengua por su labio inferior antes de morderlo suavemente—. Es que tú eres… —dudó y soltó una risa nerviosa—, muy agradable a la vista.
—Aceptaré el cumplido —Maris rió con torpeza.
Eyphah asintió, sus ojos brillando con un destello de deseo mientras se enderezaba, cuadrando los hombros. Tras unos segundos de silencio, fue ella quien rompió la tensión con una pregunta seria.
—¿Te gustaría ir pa’ mi cabaña? —Antes de que Maris respondiera, añadió—: Podemos seguir hablando. Tengo meidiala pa’ beber, si quieres —sonrió de forma torcida, encantadora—, ¿quieres tomarte un descanso de ser el perro guía de la reina?
Maris arqueó una ceja ante la invitación. Acostarse con la líder del asentamiento no estaba en sus planes y, aunque encontraba el carácter de Eyphah atractivo —quizás porque tenía debilidad por las mujeres fuertes—, se dio cuenta de que no estaba interesada.
Estaba interesada en Valda. En sus manos, su boca, su sonrisa perfecta y su cabello negro corto, en su susurro suave y sus palabras alentadoras. Y preferiría el “caracol” de Valda al “amor” o “cariño” de Eyphah cualquier día.
—¿Dónde quedaría mi diplomacia si me fuera contigo a tu cabaña? —bromeó Maris—. Además —inclinó la cabeza—, recuerdo que tu hermano me dijo que estabas casada.
Eyphah torció el gesto.
—Estaba.
—¿Entonces eres viuda?
Eyphah se encogió de hombros con indiferencia y dio un paso atrás. Había abandonado su intento de seducción, para alivio de Maris. Al menos por ahora.
—¿Cuánto tiempo se quedarán en Nueva Agenor?
—Aún no lo he hablado con la reina. No creo que nos vayamos mañana, si es eso lo que preguntas.
Eyphah asintió.
—Dentro de dos noches celebraremos la Noche de la Ninfa en la plaza. Habrá música, comida, arte.
—¿Qué es la Noche de la Ninfa?
—Si nuestra princesa siguiera viva, ahora tendría veintiún años. Nos gusta celebrar su cumpleaños tal como lo hacíamos antes. También intentamos recrear las noches patronales que teníamos en el Reino del Mar… Significaría mucho que participaras.
Maris se mordió el interior de la mejilla para evitar que la alegría se desbordara. Ver a Eyphah relajarse, aceptarla por fin, la hizo sentirse más tranquila, más segura. Tal vez podría llegar a ella y conseguir para Nueva Agenor la ayuda que necesitaban.
—No me lo perdería.
Eyphah asintió y extendió el brazo derecho hacia ella. La mirada de Maris recorrió el antebrazo tatuado, observando el intrincado diseño. Le preguntaría por los tatuajes, pero no esa noche. Quizás mañana, tal vez durante la celebración.
Con una confianza renovada, Maris apretó con firmeza el brazo de Eyphah.
La pierna de Valda no dejaba de rebotar.
Estaba sentada en el gran sofá de la Casa de Proteo, con los ojos cerrados y los oídos bien atentos.
Escuchaba los cantos distintivos de los pájaros nocturnos y de los insectos.
Nueva Agenor era un lugar tranquilo y apacible que merecía tener las herramientas necesarias para competir con las distintas aldeas a lo largo de las llanuras arenosas del Reino del Cielo.
Y su familia no les había dado lo que necesitaban. Ella no les había dado nada.
Valda suspiró y apoyó los codos sobre las rodillas, en un intento triste de controlar el temblor de su pierna.
El control que tenía sobre su propio reino se le estaba escapando.
Era como si la hubieran puesto allí como una gobernante de mentira.
No sabía mucho sobre las necesidades del pueblo mareño más allá de su deseo de bajar los impuestos.
Sí, Eyphah había ido a suplicar ayuda, pero en su prisa por demostrar que podía tomar buenas decisiones, no les había prestado verdadera atención.
No sabía nada sobre su ejército real ni sobre las tropas apostadas en Umbriel.
Poco a poco estaba descubriendo que todo en lo que había creído no era como pensaba.
¿Habían sido mentiras?
La habían coronado… y luego la habían apartado mientras alguien más movía los hilos .
Frunció el ceño.
Esa persona era el general.
Su estómago parecía un nudo. A Valda siempre le habían enseñado que debía confiar en Arwin.
Su madre había dejado claro, de algún modo, que él era parte de la familia, que era una figura paterna y que debía obedecerlo.
Y así lo hizo. Obedeció sus reglas, sus leyes, sus órdenes.
Seguirlas fue lo que le permitió sobrevivir todos esos años de entrenamiento, todas esas batallas.
Pero el resentimiento siempre estuvo ahí… esa espina de ira y duda.
Él la obligó a hacer algo que nunca quiso hacer, algo que aún hasta el día de hoy la perturbaba cada vez que lo recordaba.
Valda se frotó las manos con disgusto. Todavía podía recordar el olor de la sangre de su primera muerte…
su primera ejecución. El estómago se le revolvió al pensar que había sido uno de los suyos a quien había degollado.
Y aunque recordaba lo que había hecho, había intentado con todas sus fuerzas borrarlo, difuminar los detalles: el rostro del hombre, sus súplicas de misericordia, su nombre…
Valda frunció el ceño con más fuerza, el rostro ensombreciéndose.
¿Cómo se llamaba?
El sonido de unos pasos hizo que echara la cabeza hacia atrás. La respiración se le entrecortó en el momento en que oyó a Maris darle las buenas noches a los guardias afuera de la cabaña.
El corazón le latía con fuerza cuando se levantó del sofá, al mismo tiempo que Maris cerraba la puerta y la aseguraba para pasar la noche. Valda se relajó en cuanto su delicioso aroma a mar envolvió sus sentidos.
—¿Estás bien? —preguntó, tensándose—. ¿Te tocó, te hizo algo?
—Estoy bien. No hizo nada de lo que pudiera arrepentirse después. —Maris se acercó con pasos suaves. De pronto, su mano cayó sobre el cinturón de Valda—. No pasó nada malo. Al contrario, creo que podré hablar con ella como una persona civilizada.
El rostro de Valda se enrojeció.
—¿De verdad?
—Sí —dijo Maris, su voz desvaneciéndose como si dudara en compartir lo que tenía en mente.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Maris la guió para que volviera a sentarse en el sofá antes de sentarse junto a ella—. Habrá una celebración dentro de dos noches: la Noche de la Ninfa, así la llamó.
—¿Eyphah quiere que estés allí?
—Sí. Yo ni sabía que hacían esas celebraciones. —Hizo una pausa.
—Siento que me estás ocultando algo —dijo Valda, apretando los labios en un gesto tenso.
Valda había intentado abrirse con ella, pero la sensación de que Maris no le contaba todo, de que no confiaba plenamente en ella, brillaba como una punzada de dolor en su pecho.
Quería que Maris confiara en ella para todo.
Quería que sintiera que podía decirle cualquier cosa sin miedo a ser juzgada.
Los dioses sabían que intentaría comprenderla lo mejor que pudiera.
Valda se tensó antes de hablar otra vez.
—Dime.
Maris tomó sus manos callosas y las apretó con firmeza antes de responder:
—Vi los lagos… bueno, yo los llamaría charca más que lagos… —dijo mientras pasaba el dedo índice sobre una vena marcada en el dorso de la mano de Valda—. Y ella me pidió que fuera a su cabaña.
Su voz era baja, cuidadosa, como si supiera que Valda iba a enfurecerse.
El labio superior de Valda tembló. Un calor le subió al rostro y a las orejas, y el aire silbó al salir por su nariz antes de que pudiera hablar.
—¿Y fuiste? —La pregunta quedó suspendida en el aire y sintió cómo Maris se tensaba.
—Estoy aquí.
—Eso no… —cerró los ojos mientras intentaba contener la rabia que burbujeaba en su pecho. Apretó los dientes antes de inhalar con fuerza. —, eso no responde mi pregunta, Caracol.
—Valda. —Maris sostuvo su mandíbula y mantuvo su rostro firme entre sus manos—. Quiero que me escuches y que me escuches bien.
Valda oía su propio pulso retumbar en su cabeza mientras un ardor seguía expandiéndose por todo su cuerpo.
—Estoy escuchando. —La voz le temblaba.
—No quiero a nadie más que a ti.
Valda exhaló, cerrando los ojos, avergonzada por la furia que se había enroscado en su interior.
—¿De verdad?
Atrayéndola hacia sí, Maris apoyó su frente contra la de ella y asintió sin separarse.
—Solo te quiero a ti. A nadie más, solo a ti. Tú eres suficiente y todo lo que quiero.
Valda se aferró a los brazos de Maris. Bajó la cabeza y le dio un beso rápido en los labios.
—Perdóname, Maris.
Maris apartó un mechón de cabello negro del rostro de Valda.
—¿Por qué?
—Debí haber hecho más. Nosotros… mi familia… debimos haber hecho más. Te prometo que reconstruiré Nueva Agenor. Reconstruiré el Reino del Mar, el castillo, todo. —Se estremeció y dejó que sus manos descendieran hasta la cintura de Maris—. Por los dioses, juro que reconstruiré el castillo para ti.
Maris soltó una risita y negó con la cabeza.
—Pero no soy una reina.
Valda dejó escapar una risa ronca entrecortada.