La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 20. Capítulo 20 #3
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20. Capítulo 20 #3

—Ay, pero sí lo eres. Eres mi reina, Caracol —susurró antes de apoderarse de sus labios en un beso dulce y apasionado a la vez—. Me tienes enchulá, envuelta entre tus dedos y aún no puedo creer lo mucho que me alegra que así sea.

—Valda…

—Simplemente acepta el maldito cumplido.

Con una carcajada, Maris inclinó la cabeza y la atrajo hacia otro beso.

Maris inhaló con fuerza, sus ojos abriéndose lentamente ante el recuerdo persistente de su sueño.

Le costaba enfocarse en la imagen, pero, en comparación con las oscuras y dolorosas visiones que había tenido durante los últimos años, este sueño había sido cálido.

Aunque las cosas no marchaban del todo bien en el castillo con el ataque en la Plaza Ofelia y los rebeldes en Umbriel, su relación con la reina estaba creciendo.

Cada momento juntas las acercaba más. Y ahora, estando con ella en Nueva Agenor, asumiendo todas las responsabilidades que Valda había puesto sobre sus hombros, todavía se sentía un poco nerviosa, pero contenta.

Todo porque Valda confiaba en ella. Confiaba lo suficiente como para darle las riendas.

Maris no pudo evitar sonreír de felicidad.

Estar en Nueva Agenor la hacía sentir como si estuviera en casa, aunque aún hubiera muchas cosas por hacer para convertir este lugar en uno mejor.

Con solo estar allí, ya iban por el camino correcto.

Maris giró la cabeza, dejando que su mirada se posara sobre la reina dormida.

La tranquilidad en los rasgos de aquella mujer despertó algo en su interior.

Era tan raro verla así, tan calmada, tan relajada.

Incapaz de negarse ese pequeño momento, Maris apartó con suavidad un mechón de cabello de la frente de Valda.

Ella no se movió, pero dejó escapar un suspiro placentero antes de acomodarse bajo las sábanas.

Quería despertarse cada mañana de su vida viendo ese rostro sereno a su lado.

La paz de la reina le traía paz. Le traía felicidad. Le traía sensación de hogar.

Maris frunció el ceño.

«Hogar».

Estaba en casa. No importaba si estaba en el nuevo asentamiento, de vuelta en el castillo o incluso en el Reino del Mar reconstruyendo la tierra olvidada. Si Valda estaba a su lado, estaba en casa.

Por mucho que Valda se sintiera culpable de no haber hecho más por su gente, Maris estaba agradecida de que al menos hubiera decidido llevarla a Nueva Agenor.

No tenía que hacerlo. Podía haber seguido con su vida sin preocuparse, pero no lo había hecho.

Le importaba, estaba allí, estaba abierta al cambio y dispuesta a ayudar, y Maris le estaría eternamente agradecida por ello.

Hoy sería un día más que especial, y se sentía feliz de compartirlo con ella.

Sus ojos se desviaron del rostro tranquilo de Valda hacia la ventana.

Aún estaba oscuro, pero en unas horas amanecería, y entonces se vería completamente envuelta en las actividades del día.

Sería una jornada larga. Probablemente debería intentar dormir un poco más, pero estaba demasiado emocionada.

Maris se quitó las sábanas de encima, deslizándose con cuidado fuera de la cama, y caminó desnuda hacia sus bolsas.

Sacó la ropa de Valda para el día, así como la suya.

Recordando el sol implacable y el calor sofocante, pensó que una blusa de algodón y unos pantalones hasta la rodilla le vendrían bien a Valda, mientras que ella usaría una túnica mareña que le llegaba a medio muslo y unos pantalones similares.

Aunque había visto a Eyphah descalza, pensó que Valda estaría mejor con botas, mientras que ella usaría sandalias.

De pronto, la pequeña bolsa que Melvian había preparado para ellas llamó su atención.

La abrió y revisó su contenido. Había polvo medicinal, vendas y un pequeño frasco con un ungüento hidratante hecho de aloe, menta y otra planta endémica celestina, que hacía que el bálsamo fuera fresco al tacto.

Maris abrió el frasco y lo acercó a su rostro, aspirando su aroma refrescante.

Melvian le había dicho que el ungüento sería útil para la piel, sobre todo si pasaban muchas horas bajo el sol, pero que también podía usarse para masajes.

La noche anterior había disfrutado de hablar con la reina, explorando las muchas cosas que podían hacer y las posibles alianzas con otros reinos.

Rhea podía ayudar a importar más vegetación, mientras que Harmonia y Vulcan podrían proveer más recursos, como herramientas, sin mencionar todos los barcos que el Reino del Cielo podía prestar para transportar esos materiales. Reconstruir sería la prioridad.

Los ojos de Maris brillaban con cada palabra que la reina había dicho. Le encantaba compartir esos momentos íntimos con ella y anhelaba más antes de que el día comenzara.

Al volver a mirar a Valda, notó que su espalda estaba descubierta, sus músculos dibujados como una deliciosa obra de arte y fuerza.

A Maris le picaban las manos de sentir el poder ondulando bajo sus dedos.

La reina seguía dormida boca abajo, murmurando algo mientras estiraba una mano, tanteando el espacio donde Maris había estado acostada.

Con una sonrisa traviesa, Maris regresó a la cama y trepó con cuidado sobre ella. Sus suaves muslos se acomodaron a ambos lados de su cintura, atrapando su cuerpo debajo del suyo.

Por un instante, Valda se tensó, sus ojos abriéndose de golpe, pero en cuanto reconoció las manos de Maris trazando suaves círculos en su espalda, se relajó bajo la caricia.

—Soy yo —susurró Maris. Su mano derecha recorrió el suave hundimiento de los hoyuelos en la espalda de Valda, mientras la izquierda sostenía el pequeño frasco.

—Buenos días, Caracol —la voz grave y adormilada de Valda recorrió el cuerpo de Maris como un escalofrío.

—Buenos días, Su Alteza —bromeó Maris, frotándose con desesperante lentitud contra la parte posterior de los poderosos muslos de Valda.

—¿Descansaste bien, Maris?

—Sí. ¿Y tú?

—También. Me quejaría del tamaño de la cama, pero que fuera más pequeña tuvo su lado positivo.

Maris alzó una ceja.

—¿Ah, sí?

Valda asintió, acurrucándose más contra la almohada.

—Mientras más pequeña la cama, más cerca estábamos. La noche no estuvo tan fría.

Maris ladeó la cabeza y pasó la mano por los músculos ondulados de su espalda .

—Es cierto. —Retiró la mano y abrió el frasco, aspirando una vez más su aroma—. Deberíamos prepararte para el día.

Valda volvió a moverse, haciendo que Maris casi perdiera el equilibrio sobre ella.

—Es demasiado temprano.

—Sí, pero si el tiempo va a estar como ayer, hará calor. Mucho calor. Eso puede causarte problemas en la piel. Tenemos que prepararte ahora. —Miró la espalda desnuda de Valda—. El sol te dio duro.

Pasó los dedos por las líneas rojizas en su cuello. Aunque la piel de Valda era fuerte y resistente, podía distinguir varias marcas, producto del sol, en su cuello y hombros.

—No sabía que tenías la habilidad de predecir el tiempo —bromeó Valda, relajándose bajo las caricias.

Maris soltó una risa suave.

—Es solo observación. Además, ¿de qué serviría si no cuidara de mi reina?

—Aunque no fueras mi asistente…

—Permiso, representante de Nueva Agenor—corrigió Maris.

—Representante —retomó Valda—. Aunque no fueras la representante de Nueva Agenor, seguirías siendo una buena chica —sonrió contra la almohada.

Un calor subió a las mejillas de Maris y se aclaró la garganta con nerviosismo.

—En fin… volviendo al tiempo…

—Pareces obsesionada con el tiempo…

—Lo que estoy notando ahora son las marcas del sol de ayer. —Pasó los dedos por su cuello—. ¿Puedo proponerte algo para prevenir daños en tu piel?

—Siempre me gusta escuchar tus ideas. Mi piel sufre bastante con el sol. Se reseca muy rápido.

—Eso era antes de encontrar a una amante capaz de encargarse de esas cosas. Es que a veces descuidas tu salud.

Valda rió antes de acariciar con cariño la pantorrilla de Maris.

—Mi cuerpo dice lo contrario. ¿O dirías que descuido mi salud física?

Esta vez Maris vio la sonrisa traviesa de Valda cuando cruzó los brazos bajo la almohada. Los enormes músculos de sus hombros se tensaron para su deleite.

Maris apretó el costado de Valda para mantener el equilibrio mientras se movía. Por mucho que quisiera decir la verdad y asegurarle que no había nada malo con su apariencia, también quería seguir el juego. Ese coqueteo constante era una de sus cosas favoritas de estar con ella.

—Melvian insistió en que trajera este ungüento, y no quiero que se desperdicie. Te ayudará con las quemaduras y le dará un buen tono a tu piel.

—Ya tengo un buen tono.

Era cierto. La piel besada por el sol y cubierta de pecas de Valda era hermosa.

—También quería consentirte esta mañana. Déjame ponértelo antes del desayuno.

Maris abrió el frasco, lo acercó otra vez a su nariz y luego se inclinó sobre ella. La reina inhaló profundamente y dejó escapar un gemido satisfecho al exhalar.

Valda se relajó cuando Maris vertió una fina línea de ungüento sobre sus hombros y columna. El líquido frío le erizó la piel mientras Maris cerraba el frasco y lo dejaba a un lado. Frotó el bálsamo con cuidado y firmeza sobre su espalda, usando luego los pulgares para amasar los músculos tensos.

Un suspiro placentero escapó de los labios de Valda, devolviendo a Maris al momento presente.

—Por los dioses, Valda, tienes nudos por todas partes.

—Es consecuencia directa de mi trabajo—respondió Valda, los labios entreabiertos, un sonido grave saliendo de su garganta—. Tus manos son un regalo de los dioses.

—Lo sé. He visto cómo te vienes gracias a ellas. —Los labios de Maris se curvaron.

Valda se quedó en silencio, tensándose.

—¿Qué? ¿Sin palabras? Vaya, ¿quién lo hubiera pensado? —Maris se inclinó un poco para echar un vistazo a su rostro—. ¿Te pusiste roja o es el sol de ayer?

—Maris… —la voz de Valda salió baja, casi como un gruñido, y la hizo estremecerse.