La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 20. Capítulo 20
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20. Capítulo 20

M aris salió de la Casa de Proteus justo a tiempo para ver a Eyphah dirigiéndose hacia el grupo de árboles al otro lado del asentamiento.

Soplando un mechón de cabello lejos de su rostro, decidió seguirla.

Mientras caminaba, observó las casas deterioradas alrededor de la plaza, los caballos delgados y el triste intento de huertos comunitarios entre las cabañas.

La gente había intentado salir adelante; podía ver que sus esfuerzos por hacer de ese pedazo de tierra un hogar no habían sido en vano, pero no le cabía duda de que la corona podría haber hecho mucho más. ¿Por qué no lo habían hecho?

Una pequeña verja de madera separaba las casas del pequeño bosque, un contraste marcado con los campos arenosos. Maris frunció el ceño. Era como si la vida solo pudiera encontrarse allí.

Tragando saliva, con la respiración atrapada en el pecho, Maris se adentró en el follaje denso.

El bosque era joven; los árboles no superaban los tres metros de altura, y los arbustos y flores lucían intactos, perfectos.

Nunca había visto flores como aquellas. Rosas, lirios y claveles; los había visto en libros, pero jamás en persona.

Sus manos ansiaban tocarlos, comprobar si eran tan suaves como había leído.

Su fragancia le trajo un extraño consuelo a su tensión.

¿Estaba haciendo lo correcto al seguir a Eyphah?

¿No debería darle un momento para pensar?

Maris suspiró y se frotó las sienes, apartándose mechones de cabello azul del rostro .

«Está bien, Maris. Deja las tonterías y haz lo que tienes que hacer. Habla con ella, ve cómo puedes ayudar en lo inmediato y haz lo tuyo».

Asintió para sí misma y siguió avanzando, buscando a Eyphah sin éxito.

En cambio, se encontró mirando un pequeño lago.

Incluso de noche, algo dentro de él hacía que el agua brillara con un tono verde intenso.

Maris se quedó quieta, alzando las cejas mientras tomaba una rápida bocanada de aire.

Era lo más hermoso que había visto en toda su vida…

Dio un paso atrás, como si su pie pudiera dañar aquella belleza.

Pero su curiosidad pudo más. Se arrodilló al borde del lago y, con cautela, deslizó la punta de los dedos sobre la superficie.

El tono verdoso brilló con más intensidad, concentrándose justo donde lo había tocado.

Negó con la cabeza, incrédula, y soltó una risa suave, maravillada.

—Guau… —susurró.

Giró la cabeza, esperando casi encontrar a Valda a su lado.

Luego frunció el ceño. Aunque estuviera allí, no podría verlo.

Y por primera vez, Maris deseó que la reina pudiera disfrutar de lo que ella estaba viendo.

Movió las manos sobre el agua, haciéndola brillar aún más, disfrutándola un momento antes de continuar su búsqueda.

—Hermoso, ¿verdá’?

Maris alzó la mirada desde el lago hacia la mujer.

—Eyphah —la llamó en un susurro suave.

La mujer le dedicó una sonrisa juguetona antes de ponerse en cuclillas al borde, imitando su postura.

—Creo que esto es lo único por lo que de verdad estoy agradecida. —Tocó el lago con seguridad, como si supiera exactamente lo que hacía. El agua brilló con más intensidad—. Es un lago bioluminiscente.

Maris bajó la mirada al agua ondulante. Los destellos de color danzaban frente a ella como millones de luciérnagas diminutas. Era impresionante.

—Cuando la reina Rionach decidió darnos este pedazo de tierra, no sabíamos qué hacer con él.

Sabíamos que teníamos que construir casas, una plaza pa’ los niños.

Le rogamos por un lugar pa’ nadar y nos dio esto.

El agua que trajo del Reino del Mar seguramente venía de playas cercanas al castillo.

—Eyphah sacudió el agua de sus manos y se puso de pie—.

Trajo consigo a los organismos que brillan con el movimiento.

Nunca pensamos que sobrevivirían, mucho menos que crearían algo así.

—Alzó las palmas y miró la vegetación alrededor—.

Esto es como un regalo del mismísimo Poseidón.

—Luego señaló detrás de ella—. Hay cinco lagos más como este.

Durante el día están llenos de niños nadando y jugando.

—Volvió a mirar a Maris—. Y a veces, por la noche, encontramos a un par de chamaquitos haciendo sus cosillas. —Alzó una ceja azul.

Había un aire juguetón en sus gestos mientras caminaba hacia ella, con las manos en los bolsillos y los pies descalzos. Todo rastro de enojo había desaparecido.

—Te estaba buscando —dijo Maris, sin apartar los ojos de ella.

Ser la hermana gemela de Isen significaba que era mayor que Maris y que Valda, y aun así no parecía tener más de veinticinco años.

Al acercarse, Maris notó que su tatuaje era exactamente igual al de Isen, lo que significaba que en algún momento habían sido muy unidos.

—Me encontraste, cariño —ronroneó Eyphah, con una voz suave y tentadora.

Maris alzó una ceja. «¿Cariño?».

—¿Crees que podamos hablar?

—Podemos. —Su postura cambió de relajada a distante—. Aunque debo decir que ver a la reina aquí me incomoda.

—¿Por qué?

—Esa mujer no ha puesto un pie aquí desde que era una niña. Y de repente vuelve, presumiendo un tesoro como tú. —Se encogió de hombros—. ¿Cómo no voy a ser cautelosa?

—No estás actuando con cautela. Estás actuando con enojo.

—Estoy cansada de las promesas.

—¿Qué promesas?

Eyphah soltó una risa seca y negó con la cabeza mientras comenzaba a alejarse de nuevo.

—Eyphah, estoy aquí para ayudar. ¡Si no me dices qué está pasando, no puedo hacer nada!

—¡Nadie ha hecho más en este lugar que yo! ¡To’ esto! —Señaló los árboles y el asentamiento detrás de ellos—. ¡To’ esto! ¡Yo lo hice! ¡No necesito que otro mareño traidor venga aquí a actuar como si supiera qué es lo mejor pa’ nosotros solo porque se siente respaldado por la corona!

—¿Otro? —Maris frunció el ceño—. ¿Hablas de Isen?

—Oh, no, cariño. Hablo del capitán Hurley.

—El disgusto se dibujó en su boca al mencionar a su hermano—.

Un mareño siendo capitán en el ejército del reino que nos lanzó en medio de la nada a morir.

—Exasperada, se pasó la mano por el cabello—.

Es bastante raro ver a un mareño trabajando pa’ la corona.

Pensé que mi hermano era el único traidor .

El labio superior de Maris tembló. Dio un paso atrás, mirándola con incredulidad. Aunque le molestaba cómo hablaba de Isen, podía imaginar que las relaciones entre hermanos eran complicadas. Pero llamarla traidora sin siquiera conocerla era demasiado.

El estómago se le retorció en un nudo de rabia.

—¿Tu me estás llamando traidora?

Eyphah se encogió de hombros.

—El que se pica es porque ají come.

—No sabes nada de mí y, por las palabras que te salen de la boca, tampoco sabes nada de tu hermano.

Eyphah echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Es verdá’. Todavía no sé cuántos bichos tuvo que chupar pa’ llegar a donde está.

—Deja de joder… —Maris mostró los dientes en un gruñido furioso.

—La misma pregunta va pa’ ti, amor. —Eyphah dio un paso al frente, su rostro a apenas centímetros del de Maris antes de inclinarlo ligeramente—. ¿A qué sabe el chocho de la reina?

—¡Cuidado con lo que dices! Soy tu representante ante la corona del Reino del Cielo. —Maris alzó la barbilla. Estaba cansada de andarse con vueltas.

—¿Representante? —Eyphah silbó y levantó las manos como si se protegiera—. Por favor. ¡Ten piedad!

—¿De verdad crees que esa actitud ayudará a nuestra gente?

—Son mi gente, no la tuya. En el momento en que decidiste trabajar pa’ ellos, renunciaste a to’ lo que tenía que ver con el Reino del Mar, y lo mismo hizo el capitán.

—¿Y eso quién lo dice? ¿Tú? —replicó Maris, tensando la mandíbula.

Los labios de Eyphah se curvaron.

—Vienes aquí sin avisar, con la reina a tu la’o. Has tenido la protección de la corona mientras nosotros casi nos moríamos de hambre. Mi hermano se fue diciendo que traería la ayuda que necesitábamos. No tienes idea de lo que es luchar como lo hemos hecho nosotros.

Oh, pero Maris sí lo sabía. Sabía perfectamente lo que era ser abandonada por la corona.

—Sí la tengo.

—¡No te compares con nosotros! —gritó Eyphah, el pecho agitándose con una rabia contenida durante años—.

¿Tienes idea de lo que es llegar a un lugar desconocido sin nada?

¡Mi hermano estaba arreguindao de mi camisa mientras el barco se hundía bajo nuestros pies cuando tocamos tierra!

¡Mi mai murió antes de poder pisar este maldito lugar!

Su voz tembló hasta quebrarse. Dio un paso atrás y respiró hondo.

—No tienes idea de lo que se siente no saber si vas a sobrevivir… o si siquiera podrás hacerlo.

Maris inclinó la cabeza y le regaló una sonrisa cargada de disculpa.

—Sí la tengo. —Dio un paso vacilante hacia ella—. Conozco ese miedo, ese dolor. Esa incertidumbre. La conozco muy bien.

Eyphah la miró entonces, curiosa y dudosa.

—¿Ah, sí?

—A mí me adoptaron un soldado celestino y su esposa cuando ocurrió la destrucción. No podían tener hijos, así que me criaron como si fuera suya. Mi papá desapareció un día y… mi mamá se derrumbó.

Se encogió de hombros, como intentando deshacer el nudo que se le formaba en el estómago. Los ojos le ardían y luchaba por contener las lágrimas.

—Sé lo que es entrar a casa y ver que todo lo que conocías ha desaparecido… —se mordió el labio inferior y tragó con dificultad—, colgando de una soga.

Los ojos de Eyphah se abrieron de par en par, y Maris pudo ver el arrepentimiento filtrarse en su expresión. La miraba como si estuviera viendo directamente su alma. Maris deseó que pudiera notar que decía la verdad y no que estaba repitiendo un discurso aprendido.

Los hombros de la mujer se relajaron.

—Lo siento mucho.